Domingo 30 de agosto – XXII del Tiempo Ordinario

Lecturas
Dt 4, 1-2. 6-8
Sal 14, 2-5
St 1, 17-18. 21-22. 27  
Mc 7, 1-8. 14-15. 21-23

 

 

IDEAS SUELTAS

 

                Coincidiendo con los textos de hoy, volvería sobre el tema de la “interiorización”. Quiero decir, una especie de movimiento hacia la apropiación personal o el rechazo de las cosas que nos llegan desde fuera. Algo más que personalización, pues lo fundamental reside en que sea en el interior, que guarde dentro de ella misma lo fundamental e importante de todo lo que recibe. Para mí que uno de los males graves de nuestra religión, de la que hemos recibido y que usamos habitualmente, está en que casi todo ha quedado o es exterior a la persona. Por el interior, pocas veces echábamos un vistazo. Hemos ido a misa, nos hemos confesado, hemos afirmado con rotundidad nuestra fe católica, hemos obedecido a las autoridades eclesiásticas, pero desde fuera y como porque sí. Sin razonarlo mucho, sin hacerlo nuestro; algo sin la base precisa de contraste y experimentación, en todos y cada uno. No nos hemos atrevido a hacer juego con nuestra fe y no hemos podido descubrir bien qué juego da. De respetarla, no la hemos probado. (Quizá un ejercicio clarificador fuera la constatación de cosas en las que hemos creído y ahora ya no creemos, con sinceridad, aunque nos quedemos desnudos.) Conseguir que nuestras ideas, intenciones, valoraciones de la vida nos salgan y pasen por las tripas. Que en nuestro interior se hayan ido asentando unas bases firmes de todo lo que sale hacia fuera por los labios, pero tiene su terreno en el corazón. Que dentro de nosotros manen nuestras propias fuentes. Que nada de cuanto exteriorizamos  deje de pasar antes por el cedazo interior que criba cuanto le llega y sabe establecer un mínimo de valoración personal de todo lo que cree y lo que espera.

                La superficialidad general que arrastramos y provocamos tampoco favorece la propuesta. No se lleva pensar y dar vueltas a las cosas. Y, sin embargo, sus intríngulis son cada vez más evidentes. Quizá su misma complejidad nos acobarda y nos mueve a no dar vueltas ni pensar. Su abundancia misma nos anonada. Y con la facilidad y escaso sentido crítico con que nos hemos tragado cantidad de afirmaciones, e importantes, las rechazamos ahora sin más análisis. Es costoso pensar. Y no digamos conversar sobre cosas pensadas, no sobre ocurrencias. Suena a aburrimiento. ‘No me rayes’, ‘no me des la charla’. La vida es diversión, jolgorio y finde. Quizá. Pero hay quienes prefieren pensar. Les parece una de las más dignas actividades humanas, que sin llegar a permanente, resulta imprescindible. El reino de los cielos es semejante a una mujer trabajando la levadura, a un pastor que pierde una oveja, a una perla, a una luz. Y bien, está claro. Pero siempre, después de escuchar, hay que pensarlo, pues ni es perla, ni oveja, ni levadura, ni nada de lo dicho.

                Viene muy bien que otros piensen a la vez que nosotros o con nuestros temas. Presta lucidez y seguridad. Ayudaría muchísimo hablar de aquello precisamente de lo que no se suele hablar: tener que buscar y colocar palabras ante los demás obliga a pensar. Que no sea el hablar oficial, lo que todos hablamos a todas horas. Abriría luces insospechadas de vida y experiencia. Hablar más de lo que no solemos nos acerca de nuevo al interior propio. Lo que menos frecuentamos y menos expresamos con un poquito de verdad ante los demás resulta ser nosotros mismos. Asomarse a nuestro interior y ver qué bichos ciegos andan por ahí. Algunos serán probablemente demonios. Otros, estrellas silenciosas, rastros de luz incierta, heridas de amor y de Dios. ¿Se corresponderá lo que encontremos por ahí dentro con lo que presentamos por fuera? Nuestro rigorismo hirsuto y nuestra alegre permisividad, ¿dónde tendrán sus raíces? Y¿si todo está flotando en el aire y carece de raíces? Habremos de ir echando cabos y anclas, buscando su espacio en la inteligencia y la emoción a tantas, o tan pocas pero ricas, expresiones de fe, para que tengan su asidero, su asentamiento en lo hondo de nosotros mismos. Descubriremos, con el evangelio de hoy, que lo que pueda manchar o estropear a la persona nace del interior y no de nada que venga de fuera. Un interior bien rico da peso y legitimidad a toda nuestra vivencia religiosa.

                 1ª lec del Dt, (“segunda ley”), libro que prolonga la memoria de la ley en cualquier presente. Para sus autores, la ley y el amor al Dios de la alianza son la salvación siempre actual de Israel. Un reto para todos los pueblos: quién de ellos tiene un Dios tan cercano y una ley tan justa. Esta ley la descubrirá Jeremías más cercana todavía: la llevarán en sus mismos corazones quienes crean y no necesitarán de nadie que se la enseñe (Jr 31, 33-34).

                2ª lec. Comienza hoy la lectura en segundo lugar de la carta de Santiago. Nos acompañará durante cinco domingos. Pertenece la carta con claridad a la corriente judeocristiana y está colocada bajo la autoría de Santiago, nombre que no corresponde realmente a ninguno de los dos Santiagos de la lista de los doce. Tampoco quizá al Santiago que figura como “pariente del Señor”. A quienes se dirija la carta aparecen como cristianos algo desanimados y decepcionados después de su conversión. El centro de la carta es aquello de que “la fe sin obras está muerta”. Dentro de las obras, la atención a los pobres. En el texto de hoy, recuerda que la Palabra escuchada hay que ponerla en práctica. Y concreta ese poner en práctica en la atención a viudas y huérfanos –estereotipos del abandono social del momento- y en apartarse del mal de la sociedad que nos rodea.

                3ª Ev de Mc. El texto quiere recoger la postura de Jesús respecto a las tradiciones. En los versos 8-13 recoge una en relación a los propios padres, pero no queda en el texto de hoy. Todos los profetas – el texto que cita es de Isaías (29, 13)- clamaron contra el vacío, el formalismo, de tantas tradiciones religiosas. Es un peligro constante de todas las religiones y en todos los tiempos, ir quedando reducidas a un cascarón vacío. Este evangelio de hoy está en línea con el texto de St, que hemos escuchado como 2ª lec. Por otro lado, el Ev de hoy contiene un largo paréntesis, con unas pormenorizadas explicaciones. Son buen indicio de que todo el evangelio de Mc está dirigido a cristianos no judíos, que desconocían las costumbres de Israel. Interesante la enumeración que ofrece de “pecados” (12). Pueden ser los que tenía en cuenta la primitiva comunidad para la que Mc escribe. 

 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

 

                La coherencia completa entre lo que decimos o hacemos y lo que pensamos, al igual que la simple armonía del conjunto, más debe ser una meta y un sueño que una realidad verificable. Lo habitual suele ser la incoherencia y desarmonía en nuestro vivir. Pero no debemos renunciar a que sean meta e ideal que perseguimos de continuo. Muchísimo más en lo religioso, que debiera ser un campo sólo para la verdad. De cada uno y de todos.

                Un repaso superficial de nuestra vida nos servirá para estar atentos en este asunto de la verdad de cuanto hacemos. Valdría para nosotros “hablan de paz, mientras preparan la guerra”, hablan de democracia cuando nunca la ha querido para ellos, hablan de aborto mientras echan del trabajo a embarazadas. A mí qué todos vuestros cultos de domingo y reuniones de entre semana -dice el Señor-, si orilláis a los ancianos, desconfiáis del extranjero, y no tenéis en la seguridad social a la chica de casa. Guardamos vigilias y ayunos, la hora para la eucaristía, y salen de nuestros labios chismes y calumnias como para emparedar media ciudad. Nos ven acudir a adoraciones y novenas, a cementerios y capillas, quienes tienen constancia de nuestra facilidad para la mentira, nuestra mano ancha para asuntos de dinero, nuestros olvidos de la gente misma de casa. Defendemos la familia, y la monogamia más estricta, condenamos el divorcio, siempre sin citar cómo viven nuestros hermanos, hijos y sobrinos, y sin intentar un diálogo serio que nos lleve a buscar salidas nuevas y cristianas. Nos enfadamos mucho si alguien cuestiona si Jesús tuvo hermanos, pero ni leemos nada ni nos molestamos en investigar, aprovechando a estudiosos. ¿Qué entendemos cuando hablamos -y no digamos los más jóvenes- de “santo sacrificio”, “estado de gracia”, transustanciación, votos a Dios, infalibilidad, y muchos otros términos que usamos dogmáticamente, pero de los que no sabríamos explicar con coherencia, en lenguaje actual, ni una palabra? ¿Cómo saber sustituirlos y explicarlos de forma que digan algo real de la vida de hoy? ¡”El templo del Señor, el templo del Señor”! (Jer 7)                Muy peligroso también pretender tanta  autenticidad que olvidemos lo inconstantes que somos, lo débiles que resultamos. Que tenemos un como derecho a equivocarnos, a no ser coherentes del todo, a acercarnos a Dios precisamente porque somos así, porque se nos escapan por los labios cosas que ni piensa nuestro corazón. Hemos de aceptar hasta eso: que no somos tan fieles como para asegurar que todo lo de nuestros labios (ojos, manos, pies) ha nacido del corazón. Será básico ni negarlo ni disimularlo. Lo peor que sale del corazón es precisamente la capacidad de engaño, la falta de sinceridad, para reconocer que no todo lo que brota de nuestro corazón es bueno. Y al mirar a los demás, seremos más justos o más buenos. Los hermanos, si parecen sucios, es por fuera: el corazón se lo ha cambiado Dios. 

               Las tradiciones, por importantes que parezcan,  sirven si expresan algo interior. Eso interior, si auténtico, también acabará por modificarlas. Lo de fuera no mancha, aunque escandalice mucho. Lo de fuera impresiona a quienes viven en el ‘fuera’ de la superficie. Lo que ha de importar a todos es el corazón. Lo más importante se fragua en el interior. Lo que da calidad a nuestras acciones surge de dentro de nosotros. Y la meta de “tener un buen corazón”, en apariencia tan simple, encierra todo el saber cristiano y humano, es garantía de conciencia recta, y cumple las expectativas de Dios sobre nosotros. Él no pide más, él no se queda en lo exterior, pues es quien de verdad nos sondea y nos conoce (Sal 138). ¡Dichosos los de corazón limpio que con tal mirada verán a Dios!

                 En los textos del domingo VI escuchábamos que los leprosos habían de gritar, al acercarse: ¡Impuro, impuro! (Lev 13, 44-46). Eran impuros por fuera. Quedaron limpios por la palabra de Jesús. Por fuera. Uno quedó limpio hasta el corazón y por eso fue a agradecérselo al Señor (Lc 17, 11-19). Ezequiel anuncia cosas tan increíbles como “os daré un corazón puro con un espíritu limpio. Arrancaré vuestro corazón de piedra y os daré un corazón de carne” (36, 26).

 

                 J. Javier Lizaur

Domingo 23 de agosto – XXI del Tiempo Ordinario

Lecturas
Jos 24, 1-2a. 15-17. 18b
Sal 33, 2-3. 16-23
Ef 5, 21-32
Jn 6, 60-69

IDEAS SUELTAS

                Parece que ahora no hablamos tanto de libertad. Hace no demasiados años, la libertad era el centro del pensamiento sobre el hombre. Era lo que definía y descibría su singularidad respecto al resto del mundo. Era, sobre todo, libertad de escoger entre diversos varios o entre opuestos. Escoger un lado u otro. Así, podía verse muy bien como una condena: condenados, obligados siempre y en todo a algún tipo de elección. O de cosas sencillísimas y vulgares o de opciones radicales que marcan la vida para siempre. Pero era preciso optar, preciso elegir. Elegir obliga a desechar o dejar de lado cosas importantes y queridas, al optar por otras que lo son más. Era la grandeza y miseria de lo humano. Ya no tenemos tan vivo el tema de la libertad humana. Fue uno de los pilares de la revolución y, unida como entonces a la igualdad, va resultando más bien problemática. Descubrimos también que había una libertad de elección, libertad de, y una de dirección o referencia, libertad para. ¿De que me sirve elegir entre cosas de más o menos monta, si lo que no llego nunca a poder elegir es ser yo mismo, como me gusto y proyecto? A nadie convence ya ese principio como de posibilidades de futuro completamente abiertas a todo el que se lo trabaje. Tampoco aquello de libertad para el bien y no para el mal. Si libertad, ha de abarcar todo, y elegir el mal contra todo lo previsto es lo que obliga a hablar de libertad. Puede que libertad sea en el fondo poder plantarse a Dios y negar su promesa. Unido con todo lo de libertad, ¿creemos que se dan personas realmente malas, o son todo limitaciones, fallos, equívocos, enfermedades y obsesiones, que sirven de parapeto para no llegar a admitir la maldad?

                 Con esta especie de pos-modernismo, o más bien pos-todo, pocos creen limpiamente en una libertad personal capaz de introducir novedades en la vida propia o ajena. Están más claros y evidentes los condicionamientos continuos. Los hay genéticos y educacionales, familiares o grupales, culturales y lingüísticos, y muchos más que prolongarían una lista interminable. Está tan claro, resulta tan indiscutible, que nadie lo cuestiona y todos partimos de que así es y así nos parece. Tampoco nadie renuncia de primeras a aceptar una cierta libertad en los humanos, pero con menos seguridad y con poca concreción. Resulta difícil precisar con rigor dónde reside esa libertad para defenderla. Incluso, muchos agregarían unas ciertas fuerzas oscuras, sin nombre exacto y sin control, cercanas a lo que siempre se ha dado en llamar “destino” o “demonios”.

                No es entretenimiento intelectual reflexionar sobre la libertad. Por el contrario, sigue siendo decisivo para cuanto hacemos, decimos y pensamos. ¿Qué hay de la libertad religiosa, en qué consiste para todas las religiones? ¿Qué de la nuestra como miembros de la Iglesia Católica, en la que es tan patente y presente la autoridad? Temas de delincuencia, desadaptación, enfermedad, malicia, rozan siempre la libertad. Las respuestas que encontremos nos abren camino para reaccionar y resolver socialmente esas cuestiones. Muchos problemas actuales, de los que salen todos los días en los medios, exigen reflexionar mucho más despacio y con mayor rigor temas que damos por resueltos y evidentes. Sobre todo, no resolver o responder con esquemas fijos y falsos que casi nunca se alejan del simple palo y zanahoria.

                ¿Y el pecado, cómo queda, si afinamos bien en el asunto de qué es y cómo se ejerce la libertad? Incluso el perdón y la venganza, ¿potencian, ejercen o dificultan la libertad de las personas? “La verdad nos hará libres”, más libres. Lo ajustado en la percepción y conocimiento de la realidad, ¿nos ata y condiciona o nos desprende y libera? La libertad quizá se conquista poquito a poco, pero será desde alguna plataforma, desde algún punto de despegue. ¿Desde qué lanzadera propia, nuestra personal, nos abrimos a la libertad?

                 1ª lec del libro de Josué. Con Jc, S (1 y 2) y Re (1 y 2) forman el conjunto de la “historia” de Israel, vista por autores deuteronómicos. En el conjunto de la Biblia hebrea son llamados “profetas anteriores”. Esta designación se distancia ya de lo que nosotros solemos entender por historia y asigna a esta primera una tarea de orientación, intelección y prospección para el resto de la historia. El libro de Josué presenta la conquista de la tierra prometida como un paseo triunfal del pueblo que avanza y conquista. (Recordemos la de Jericó, Jos 6.) La realidad habría sido bien diferente (Jc 6), y en la misma escritura quedan indicios de pactos y alianzas como forma de apropiación de esa tierra (Rt). El texto de hoy plantea una propuesta de Josué. Una elección libre. Se trata de elegir al Señor, el que nos ha sacado de Egipto y nos ha traído hasta aquí o abandonarle. Es el Dios de la alianza, y elegirlo significa también atenerse a las consecuencias de esa elección. El pueblo elige al Señor. En el evangelio de hoy, los discípulos eligen seguir a Jesús o abandonarle.

                2ª lec de Efesios. Prosigue la carta presentando la vida nueva del bautizado, la vida del Reino de Dios que ha de adelantar. Hoy quiere plantear la relación del hombre y la mujer y se sirve para ello de la referencia a la relación de Cristo con su Iglesia. Por mucho que intentemos suavizar estas palabras hoy para que no chirríen tanto con nuestra cultura, creo imposible suprimir la superioridad de Cristo sobre la Iglesia, aunque muy correctamente veamos a esta como cuerpo y prolongación real del mismo Cristo. Cristo lo abarca y abraza todo y no veo posible ninguna igualdad. Y para la vida de hoy, ese puede ser uno de los principios fundamentales. Nos queda la verdad de que de Pablo a hoy hemos ido descubriendo muchas verdades de la relación hombre-mujer que él no podía ni sospechar.

                3ª lec, final del cap 6 de Jn. Terminado el discurso del “pan de vida” y sus consecuencias eucarísticas, viene el escándalo y el abandono de los discípulos. Escándalo de que Jesús sea “verdadero pan de vida” y escándalo de que esa vida llegue a la comunidad en forma de pan y vino y no se noten sus efectos. Jesús no coacciona, más bien facilita la salida, al recordar expresamente a los doce que pueden dejarle. Hay alusiones al que le va a entregar, porque no era de los que creen en él, y una confesión de fe de Pedro en nombre de los doce, diferente y similar a las que los sinópticos ponen en su boca. En estos, como en Juan, esta confesión sigue al relato de la multiplicación de los panes (Lc 9, 20) 

UNA POSIBLE HOMILÍA

                Hemos de intentar recordar todo lo que Jesús nos ha ido diciendo estos domingos sobre el verdadero pan de vida que es él, y no el maná del desierto. Que quien come su carne y bebe su sangre se une a él y tiene (en presente) la vida eterna y la unión con el Padre. Tras escuchar todo eso, muchos discípulos dicen: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?” Y ¿nosotros? ¿Hay algo de lo que dice o hace Jesús que nos resulte duro? Sería grave que nada. Es muy posible que la costumbre de oír evangelios y cosas de Jesús haya ido suavizando todas sus aristas y nos haya convertido el anuncio del reino en un discurso morigerado, lleno de pensamientos y propuestas convencionales que a nadie estorban. Duro es este discurso. ¿Qué es lo que más nos incomoda o escandaliza de Jesús? Esperamos muchas cosas de él, para nosotros o para el mundo, que nunca llegan. ¿O ya no nos escandaliza que pidamos cosas en la oración y nunca llegue otra cosa que el Espíritu Santo? ¿Ya no nos escandaliza el dolor y el grito de los inocentes, el hambre de casi tres cuartas partes de la humanidad, mientras el pan y los peces se desperdician o sirven a lo más de abono? ¿No esperábamos más de Jesús y su Espíritu en la Iglesia tras el concilio? ¿Más de nosotros mismos en la reforma eclesial y parroquial?

                Nos hemos acostumbrado demasiado fácilmente a que Jesús, carne y hueso nuestros, sea la puerta a Dios, su ungido, “el auténtico pan para sacar adelante la vida”, caído de Dios mismo. Y, por lo visto, nos hemos acostumbrado a que poseemos, ya en presente, ahora, la unión con Cristo -a través del pan y el vino- y la vida de Dios que es vida eterna. ¿No es duro y escandaloso que apenas se note? ¿Dónde está la imparable fuerza de su resurrección, su Espíritu que grita constantemente ‘Padre’, su entrega incondicional y sin medida, en estas nuestras tristes, pecantes vidas que se reúnen con otras similares en comunidad? Para tanto vino nuevo y exquisito, Espíritu y vida, ¿qué es de nuestros cuerpos, nuestra carne, tan esperados odres nuevos, rostros resplandecientes de la belleza de Dios (2Cor 3, 18)? Es duro adaptarnos a tanta contradicción, sin llegar a descubrir que la verdad está de parte de Jesús y sus promesas y no de nuestra parte y nuestro realismo. ¿Para qué tanta Eucaristía, si seguimos así desde siglos? ¿Para qué el esfuerzo, si es el Padre quien nos dirige a Jesús? ¿“Quién puede hacerle caso” a todo ésto?

                Casi parece destilar algo de escepticismo la primera parte de la respuesta de Pedro en nuestro nombre: “Señor, ¿a quién vamos a acudir?”. Hemos hecho muchas pruebas. Que si la revolución, que si el orientalismo, que si la sexualidad, que si la realización personal, que si los grupos, que si la democracia, que el testimonio. ¿Qué queda? ¿Qué nos salva? Déjame que hoy te diga, Señor, que llevo mucho contigo, y que me da un poco de pena no haber llegado tan lejos, donde tu voz me sonaba. Deja que me acoja a las palabras de este Pedro que siempre se nos adelanta, y que te diga que tus palabras me han dado vida, mucha vida, me han alegrado el corazón cuando las tinieblas impenetrables. Me han dado tanta vida que no logro agotarla ni queriendo, y que me durará tanto que me salvará siempre. Tanta vida, tanta esperanza de vida, tanto gusto de notarte cerca, no puede ser sino que tú eres -y lo digo así- el Santo de Dios, el que lleva entre nosotros su marca y consagración, el Dios con nosotros del Testamento anterior. Sé que eres Jesús, entrañable y querido, a quien jamás quisiera abandonar y que sé que nunca me abandonarás. Que “el pensar si te irás, me causa un terrible miedo, de si yo sin ti me quedo, de si tú sin mí te vas”.

                 J. Javier Lizaur

Domingo 16 de agosto – XX del Tiempo Ordinario

Lecturas

Pr 9, 1-6
Sal 33, 2-3. 10-15
Ef 5, 15-20
Jn 6, 51-58

 

 REFLEXIONES PRIMERAS

                Hablemos del vino que aparece hoy en todas las lecturas. Se nos dice desde la 2ª lec que no nos emborrachemos, que eso lleva al libertinaje y que nos dejemos llevar del Espíritu. Se suele hablar de vinos ‘espiritosos’, que exhalan mucho espíritu. El día de Pentecostés, la gente dudaba si era el mucho vino o el Espíritu lo que les hacía hablar así.

                 En la Escritura, el vino, como sería de esperar, encierra cosas buenas y malas. De las dos encontraríamos textos que aducir. En ella, las primeras historias del vino y su elaboración son antiquísimas y muy poco edificantes (Gen 9, 20ss). Y el vino recoge, en su abundancia o su escasez, la presencia o ausencia de la bendición y la benevolencia de Dios. No olvidemos la imagen de Israel como viña del Señor, y su desarrollo en ejemplos y parábolas hasta llegar al Testamento segundo y las afirmaciones de Jesús sobre él mismo como cepa (Jn 15, 1ss). El vino tenía uso profano, pero también religioso. La figura del “nazir” de Dios se había de abstener de toda clase de vinos y bebidas alcohólicas. También los sacerdotes en el desempeño de algunas de sus funciones. En el Cantar de cantares, el vino expresa los gozos del amor (5, 1) y el amor se compara a un vino perfumado (8, 2). Por el contrario, en Jer (25, 15ss) y el Ap expresa la ira de Dios.

                Dos datos fundamentales. El vino, y de calidad, forma parte del banquete escatológico, del del final de los tiempos y de la historia, en el texto de Is 25, 6-9. El vino es objeto de primera atención en el evangelio de Juan. Es el primero de sus signos (7) y adelanta su “hora” en las bodas de Caná. Un vino, según consta, extraordinario y sobreabundante, dado el tamaño de las tinajas de piedra. Así el banquete de bodas del final del Ap (19, 9) será también con vino, como Caná que es su anuncio. Y el vino sirve de cita para el final de los tiempos, pues Jesús, tras la cena, ya no lo beberá más hasta que llegue el Reino (Mc 14, 25). Habrá pues vino en el Reino. Antes, como hoy también escucharemos (1ªlec), un sabio quiere concentrar las habilidades para moverse en la vida y lo hace en la sabiduría hecha persona y ésta las vuelve a resumir en un banquete, gratuito y abundante, abierto a todos, y con vino preparado a la mesa.

                 Pocas cosas hay que arrastren como el vino una historia inmemorial de cultura (cultivo). Tanta selección, elaboración, experimentación, mimo constante, para llegar a los excelentes caldos actuales. El vino encierra él mismo la historia de nuestra cultura y sus avatares. El vino, muy atentamente escogido, acompaña todas las comidas -más si son solemnes-, las fiestas y las alegrías. Entre nosotros sería imposible encontrar alguna fiesta sin vino. En otros momentos, acompaña también la soledad y las dificultades de esta vida. Bendito seas (…) Señor (…) por este vino fruto de la tierra y de la cultura de los hombres…

                En la celebración de la Eucaristía hay vino. Parece una redundancia, pero quiere ser queja de la muy escasa importancia que se le da como signo. La queja la he repetido aquí más de una vez: ni el pan es percibido por cualquiera como pan, ni el vino como vino. En los dos casos, está ausente el signo escatológico de la abundancia. O más grave, los dos han desaparecido como signos para pasar a ser cosas sagradas. En la Eucaristía y los sacramentos, todo son “poquitos”: de pan, de vino, de agua, de aceite. Nunca queda anunciado un Dios supergeneroso, casi diríamos “manirroto” (¿crucificado?). ¿Carece de importancia que no presentemos ni el más leve signo de la abundancia sin medida? Si el pan, en cuanto pan, queda insignificante, mucho más el vino. Nadie lo ve o lo huele. Casi nadie lo bebe. En el mejor de los casos (y ojalá fueran muchísimos más), algunos lo untan. A nadie he oído valorar la calidad de ese vino (¿plantearlo será otro detalle de secularización?). Si la copa fuera de cristal -las habría hermosísimas-, no dirían los presidentes con la misma tranquilidad las palabras de varias plegarias eucarísticas (IV, V –a, b, c, d-, Reconciliación I, Niños -I, II, III-) “lleno del fruto de la vid”, con una cantidad a penas visible, en el fondo de una copa metálica. Ya, y me parece mucho más lamentable, ni en las concelebraciones se bebe de la copa. Deseo una presencia más clara, más directa a los sentidos, del vino, de la bebida de salvación, aun sabiendo y reconociendo que las dificultades prácticas en lo del vino son aún mayores, son casi insalvables. Siempre liturgia y sentido práctico estarán reñidos. Los signos, su valor, su fuerza, su misterio necesitan más interés por ellos, más cuidado porque mejoren siempre en lo que son, más temor de irlos despojando de lo más imprescindible hasta reducirlos a cosas. (No entiendo concelebraciones sin beber de la copa, por ejemplo. Otro día, de las concelebraciones y su estética.)

                 1ª lec: del libro de los Proverbios. Libro que reúne textos, provenientes de autores y tiempos diversos. El texto breve de hoy pertenece al final de los 9 primeros capítulos del libro. Son los más recientes (S. IV a C), y forman una especie de prólogo de la obra. Todos habremos leído alguna vez la belleza poética del cap 8, sobre la Sabiduría, convertida en persona y mediadora de toda la creación. En el texto de hoy, la Sabiduría en persona prepara e invita a un banquete, el de la vida, y llama a todos, sobre todo a “los inexpertos”, a los que no han acertado en el abrirse camino por la vida. Recordemos, como siempre, que esta 1ª lec ha de servir de fondo y de interpretación al Evangelio del día.

                2ª lec, de la carta a los efesios, como todos estos domingos. Continuamos con consejos prácticos para la vida nueva. Hoy coincide que habla del vino. Los últimos versículos, de salmos y cánticos y de “dar gracias” pueden referirse muy bien a las celebraciones eucarísticas.

                3ª lec, final del discurso del “pan de la vida”, capítulo 6 de este evangelio. Hasta ahora ha hablado Jesús, de él mismo, entero, como “pan de vida”. Ahora aparece por primera vez en el discurso la sangre. Es ya un texto directamente eucarístico, recreado contando con la cena de despedida de Jesús y con las primeras comidas en honor y recuerdo del muerto resucitado en las comunidades de Juan. Probablemente ha sido agregado a lo escrito hasta aquí en el cap 6 por una segunda mano. Carne y sangre separadas, en alusión sacrificial. Permanecer, tener vida eterna y vivir para siempre son expresiones equivalentes para expresar qué encuentra quien come del que viene de Dios. La extrañeza de los judíos en la sinagoga sobre comer la carne de Jesús da pie a éste para proponer una aclaración expresa sobre la  eucaristía. 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                Una vez más nos vemos como comunidad, pueblo, reunido para “recitar salmos alternando (ejemplo, entre las lecturas), cantar himnos y cánticos inspirados (más o menos), y tocar para el Señor”. Que siempre cuidemos y perfeccionemos todo lo anterior no es accesorio. Es la forma más cabal de dar su verdadera importancia a la Eucaristía. Eucaristía es esto que estamos haciendo juntos. Eucaristía viene de dar gracias, término antiquísmo (de la tradición de Antioquia), para designar la cena del Señor, despedida de los discípulos y profecía de su propia muerte.

                Dar siempre gracias a Dios Padre por todo (dice por todo) en nombre de nuestro Señor Jesucristo. Esto es eucaristía, dar gracias a Dios. Por todo. Lo primero que viene a la mente del cristiano es Jesús de Nazaret. Por él, por lo que él supone para nosotros, le damos gracias a Dios. Por medio de él, que es la única mediación posible ante Dios y la única puerta abierta de par en par a él. Con él, porque descubrimos lo que da de verdad categoría a la vida humana, si la descubrimos viviéndola con él y en él. El que come de este pan y bebe de esta copa descubre la vida más auténtica. Descubre también para la vida una especie de tendencia a la desequilibrio, al aceptar por separado la carne y la sangre, que de por sí están unidos para la vida. Da gracias a Dios por empezar a familiarizarse en un misterio que se sospecha presente en todo y se descubre evidente en las grietas de muerte y vida, de carne y sangre, en uno mismo y en todo humano.  Descubre en el pan y el vino, llenos de Espíritu, que con ellos se vincula a la vida de aquí, de tierra y estrellas, y se siente viviendo de la única vida quemante, insoportable de intensidad, que es vida permanente de Dios. Da gracias a Dios, en el que vive, y que sabe única posibilidad del vivir. La lluvia baja del cielo y el pan baja del cielo y la uva baja del cielo y de arriba viene todo lo que vive. Creer que la lluvia y el pan y el vino no son más que eso que parece no da ni gracia ni continuidad a la vida, que desgajada de su origen se agota. Aceptar que viene de arriba nos abre a la vida eterna o vida para siempre o vida excelente e inimaginable.

                También nosotros nos extrañamos con aquellos judíos en la sinagoga: ¿Cómo puede este Jesús darnos a comer su carne, a beber su sangre, regalarnos una vida imperecedera, una unión con Dios y una permanencia en él para siempre? La respuesta la recibimos de Jesús. Puede hacerlo Jesús, porque ya notamos que lo está haciendo ahora mismo en nosotros. Es así, la encontramos real, hecha carne propia, intimidad propia, en nuestra pobre concreta vida. No es respuesta recibida, es respuesta descubierta en nuestro interior, tan nuestra como el color de los ojos.

                 Que no tenemos vida en nosotros, que la enfermedad, la soledad, la decadencia, el fracaso, nos la hacen descubrir como muy precaria, nos empuja a echar en falta y necesitar otra energía e intensidad de vida más sólida, menos enclenque. Comemos a Jesús de Nazaret, sus benditas palabras, sus gestos de continua bendición y benevolencia desde Dios. Bebemos de las aguas de su Espíritu y de su costado. Y nos encontramos, admirados, en plena fiesta de bodas, de unión para siempre, bebiendo a placer el exquisito vino que la sella. Sabemos y afirmamos que la vida es de Dios, y de nosotros desposados con él. Sería blasfemia, si no fuera firme promesa. Y esa vida, ya ahora, nos llega humilde en el cuerpo y la sangre de Jesús de Nazaret, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, y prolongados en el pan y el vino de su entrega para que tengamos vida y vida abundante de vino y plenitud y locura.

                Esto es dar gracias a Dios Padre por todo, en nombre (y recuerdo y añoranza) de nuestro Señor Jesucristo.

                 J. Javier Lizaur

Domingo 9 de agosto – XIX del Tiempo Ordinario


Lecturas
1Re 19, 4-8
Sal 33, 2-9
Ef 4, 30- 5, 2
Jn 6, 41-51
 

 REFLEXIONES PRIMERAS

En un pasaje muy bello del ciclo de Elías, escuchamos hoy que comió un pan cocido, que le era imprescindible para llegar a la meta del camino, Dios. El profeta huye de Jezabel que le busca para matarlo. Está cansado de huir en un intento que ahora le parece inútil o excesivo. Descubre algo bien sencillo y que descubrimos todos con la madurez: yo, el profeta de vida y hechos tan extraordinarios, no soy mejor que nadie. No merecen la pena estos esfuerzos, soy como todos y no me voy a singularizar. Cansancio, renuncia al protagonismo, humillación de quien sólo puede huir, sensación de la muerte próxima. Elías duerme y espera la muerte. Por medio de un ángel, se siente llamado a proseguir hasta la meta, el monte de Dios. Le ofrece pan cocido y agua. Come y bebe y, sin ánimo suficiente, vuelve a dormir. De nuevo el ángel, y una afirmación: el camino es superior a tus fuerzas. También han de confluir experiencias y tiempo para la constatación de que el camino, cualquier camino, es superior a nuestras fuerzas. De nuevo una llamada superior y un alimento extraordinario y, al fin, ya tiene fuerzas el profeta para avanzar hasta el Dios insondable de final del camino. Ese camino dura lo que ha de durar, los célebres 40 años. No perderse el final de este texto precioso: 19, 9-14.

Alimento para el camino, eucaristía, viático. Viático, de ‘via’, camino. La Eucaristía, en el cansancio final, en el barrunto de la muerte cercana, en el temor de pasar una puerta que se abre hacia delante y nunca hacia atrás. ¿Qué querría Vd. para esos días u horas últimas? Ternura, paz, no mucho dolor, gente que me quiera bien…y un trozo de pan y un poco de vino que me presten las fuerzas últimas necesarias. Se ha llamado siempre “viático”. El “ritual de la sagrada comunión (…) fuera de la Misa” nos recuerda que el fin primero y primordial de la reserva eucarística es la administración del viático. (No el culto estático de la misma, añadiría yo.) El viático, eucaristía final, implica que el creyente asume sin mentiras su precaria situación, acepta la proximidad y compañía de la muerte, es consciente de que este trozo final del camino suele ser especialmente costoso, y echa en falta un signo de la bendición y las fuerzas que llegan del Señor. El signo del pan y el vino de la Eucaristía. Ya ha dicho Juan que la multiplicación de panes fue en la proximidad de la Pascua (Jn 6, 4) y añade luego que “llegada la hora de pasar de este mundo al Padre” (Jn 13, 1) Ahí mismo, en ese momento, se encuentra el creyente cristiano. Es crucial para él, sabe que le dará fuerzas, que no es mejor que los demás humanos, y pide con humildad un alimento sobresustancial. Un regalo final inmerecido, la bendición y el sí absoluto de Dios a él y su vida y su muerte, que es para todos Cristo Jesús. La Eucaristía, en ese momento, es viático para el último tramo del camino. Es también “puerta sagrada” para el paso-pascua definitivo. “Yo soy la puerta de las ovejas”, dice el Señor (Jn 10, 7). Por esa puerta entramos en la Pascua definitiva. Por ese alimento nos unimos e incorporamos a Cristo Jesús y con él y como él afrontamos los últimos momentos.

La 1ª lec., del primer libro de los Reyes, narra las aventuras finales del tiempo de profecía de Elías en el reino del Norte. Va a tomar el relevo (y el manto) Eliseo, antes de que Elías sea arrebatado al cielo. Encuadramos el texto en el reino del Norte y su prosperidad del momento, en el enfrentamiento y la muerte de los falsos profetas por parte de Elías, en su persecución y en su experiencia de Dios en el monte Horeb (Sinaí?). Figura como 1ª lectura, en razón de ser un signo, explicación y anuncio de la Eucaristía como pan de camino por la vida. Sucede lo mismo con todas las 1ªs lecturas de estos domingos, cuyo evangelio es el capítulo 6 de Juan.

La 2ª lec continúa con el texto de la carta a los Efesios en su última parte. Sigue con las consecuencias concretas del vivir la vida nueva en Cristo. Aparece el término “imitar” a Jesús, como equiparable a “seguir” o a “vivir con” o “ser en”, de más antigua raigambre. La complicación mayor del texto estaría en los términos que hacen referencia al sacrificio y al propiciatorio, “oblación y víctima de suave olor” (resonancias de Rom 3, 25). Habría que descubrir palabras y expresiones nuevas, sin perder la unión entre la muerte de Jesús y el perdón total de los pecados. No se trata sólo de las palabras, sino de las realidades y experiencias de las que parten esas palabras.

El Ev pertenece al capítulo 6 de Jn. Recoge algo de la controversia en la sinagoga entre Jesús y sus oyentes sobre origen y autoridad de Jesús. (Otros evangelios también la recuerdan y en parecidos términos. Tampoco podrá separarse con facilidad de la controversia primera entre cristianos y sinagoga.) ¿Cómo puede Jesús presentarse como “pan bajado del cielo”, si conocemos a sus parientes, y de dónde viene? Es el único texto del evangelio en que aparece expresamente Jesús como hijo de José. Recordar hoy también que los discursos colocados en el cuarto evangelio no son de desarrollo lineal, sino circulares, envueltos sobre sí mismos, con una idea fundamental a la que se vuelve de continuo, y pequeños desarrollos, también repetidos, que centran  armónicamente esa idea principal. Son ideas que acompañan en este texto a la propuesta principal del “pan de la vida”, la iniciativa del Padre -no de humanos-, la excepcional relación del Padre con el Hijo, y la equivalencia del creer y el comer: los dos reportan vida eterna y los dos se implican en un comer-tragar como venido del cielo, Dios, a una carne y sangre histórica, fruto de una familia y unos padres.

 

PROPUESTAS DE HOMILÍA

La pretensión de Jesús es muy alta. Él es el pan bajado del cielo. Él viene de Dios mismo. La realidad que conocen y pueden demostrar sus contemporáneos es más pedestre: es el hijo de José y conocen al resto de su familia. Es algo diferente en su hablar y en su obrar, pues cura y sana y multiplica el pan en la necesidad, como sucedió al pueblo en el desierto. Pero de ahí a que sea “pan bajado del cielo” hay demasiada distancia, una distancia astronómica, y una radical diferencia, la de Dios a hombre. Veamos nosotros y nuestras experiencias: ¿hemos comprobado que es un pan divino, imprescindible para mantenernos vivos? Es pan todo él, su estilo, sus palabras, sus costumbres, sus acciones y omisiones, su vida y su valoración de ella, su muerte y su entrega. Todo en él es pan de la vida y sólo puede provenir del cielo. ¿Lo hemos comprobado?

Sus contemporáneos, que le conocen tan bien, han de aceptar que acercarse al misterio de Dios es la mejor y la única manera de entenderle. Se lo dice Jesús con palabras que parecen estropear las iniciativas humanas, pero que vienen a decir lo mismo: es el Padre Dios quien se encarga de atraer, acercar, a Jesús a quienes le van a descubrir cercano a Dios y no meramente hijo de José y su familia. Es que de Dios nadie puede atreverse a hacer afirmaciones, salvo Jesús, el hijo, que lo conoce íntimamente y de siempre. Del misterio de Dios sólo Jesús sabe bien. Escuchando al Padre, se entiende a Jesús, el pan para la vida.

Los humanos nos vamos quedando sin vida. Va a menos con el tiempo. Tememos la muerte y siempre, siempre, buscamos más vida para mantenerla, mejorarla, disfrutarla. ¿Quién puede hablar sin miedo de esa vida que es esta vida nuestra? Jesús, que afirma que él nos la garantiza. El que cree en Jesús tiene vida para siempre. Un poquito más adelante, Jesús lo cambia: quien come a Jesús tiene esa vida eterna. Comer a Jesús lo hemos reducido demasiado al pan de la Eucaristía. Por su origen, en la inminencia de su muerte; por decisión de Jesús, “repetidlo en mi recuerdo”; por acuerdo de la comunidad, “cada vez que comemos este pan (…) anunciamos la muerte del Señor”; por todo esto, no comemos a un Jesús sin historia. Comemos una carne concreta, nacida de mujer, nacida bajo la ley, y una sangre derramada y entregada en alianza nueva. Una manera de entender la vida que llevó a Jesús a una muerte inexorable. Comulgamos con todo eso a la vez, sin dejar aparte o desperdiciar nada. “¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber?” Comulgar con Jesús en su cena de despedida era comulgar con su mismo destino, con una realidad muerta por la muerte y llena de la esperanza de la vida de Dios. No cosificar la Eucaristía es imprescindible para entender estos discursos del evangelio de Juan. Es Jesús entero y verdadero el que es pan de la vida. A él hay que aceptarlo como es y experimentar que así cobra fuerza y dicha nuestra vida. El pan que da Jesús, que solemos llamar eucaristía, es su carne, su vida limitada y carnal, el escándalo de tener que aceptar que esa carne, como la nuestra, encierra y vive del misterio de Dios. Comulgar con el Jesús de Nazaret concreto y real, el que viene de Dios, es comulgar con Dios, aliarse con él en su misteriosa dinámica de salvación universal que brota en Jesús.

Pan rico y tierno para todos, la entrañable manera de vivir de Jesús. Asimilando esa vida, como el más nutritivo de los alimentos, nos vamos haciendo hijos de Dios en el Hijo único, el Cristo de Dios, bendito siempre y por siempre.

               

 J. Javier Lizaur

domiungo XVIII del ordinario. 2 de agosto de 2009

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

Domingo 2 de agosto de 2009
Ex 16, 2-4. 12-15   Sal 77, 3-4. 23-25. 54   Ef 4, 17. 20-24   Jn 6, 24-35  
REFLEXIONES PRIMERAS 

               Es muy frecuente en los discursos del evangelio de Juan los “malentendidos”. También nosotros, en nuestras lenguas, nos encontramos con ellos frecuentemente. Entender mal, entender al revés, no entender, hemos de contar con todo eso, aunque nos desagrade. Forma parte de nuestras limitaciones y de las del lenguaje. Demasiadas veces o no prestamos atención, o estamos tan encerrados en nosotros y nuestros asuntos que no somos capaces de asumir lo que alguien quiere transmitirnos. Tenemos que contar con las limitaciones propias en nuestro comprender y entender. Puede que quien quiere hacerse entender tenga todo tan claro o sea tan inteligente que nos supera sin remedio y nosotros no nos atrevemos a pedir que nos lo aclare. Nos rendimos o nos resignamos a los malentendidos. Si asumimos un malentendido como tal y nos atrevemos a la aventura de solventarlo, es muy posible que en la conversación, en la búsqueda de lo no alcanzado, abramos caminos nuevos, rastros insospechados, hacia otra cosa, hacia otra verdad más allá de lo que se dice y de lo que se comprende. Los malentendidos, si no se orillan o ignoran, si se toman en lo que son, abren posibilidades a los interlocutores. Nos pueden enseñar nuestras limitaciones, el valor del diálogo, las posibilidades en la intercomunicación sincera, la igualdad de todos ante la lengua, y, sobre todo, nos posibilitan aspectos nuevos y verdades desconocidas, nos abren horizontes por recorrer. Los malentendidos regalan humildad y paciencia, y ofertan un plus en el común entendernos y comunicarnos. Surgen como obstáculo y pueden terminar como palanca. Así sucede en el evangelio de Juan y en sus discursos.

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Domingo 2 de agosto – XVIII del ordinario

Lecturas
Ex 16, 2-4. 12-15
Sal 77, 3-4. 23-25. 54  
Ef 4, 17. 20-24  
Jn 6, 24-35
  

REFLEXIONES PRIMERAS               

            Es muy frecuente en los discursos del evangelio de Juan los “malentendidos”. También nosotros, en nuestras lenguas, nos encontramos con ellos frecuentemente. Entender mal, entender al revés, no entender, hemos de contar con todo eso, aunque nos desagrade. Forma parte de nuestras limitaciones y de las del lenguaje. Demasiadas veces o no prestamos atención, o estamos tan encerrados en nosotros y nuestros asuntos que no somos capaces de asumir lo que alguien quiere transmitirnos. Tenemos que contar con las limitaciones propias en nuestro comprender y entender. Puede que quien quiere hacerse entender tenga todo tan claro o sea tan inteligente que nos supera sin remedio y nosotros no nos atrevemos a pedir que nos lo aclare. Nos rendimos o nos resignamos a los malentendidos. Si asumimos un malentendido como tal y nos atrevemos a la aventura de solventarlo, es muy posible que en la conversación, en la búsqueda de lo no alcanzado, abramos caminos nuevos, rastros insospechados, hacia otra cosa, hacia otra verdad más allá de lo que se dice y de lo que se comprende. Los malentendidos, si no se orillan o ignoran, si se toman en lo que son, abren posibilidades a los interlocutores. Nos pueden enseñar nuestras limitaciones, el valor del diálogo, las posibilidades en la intercomunicación sincera, la igualdad de todos ante la lengua, y, sobre todo, nos posibilitan aspectos nuevos y verdades desconocidas, nos abren horizontes por recorrer. Los malentendidos regalan humildad y paciencia, y ofertan un plus en el común entendernos y comunicarnos. Surgen como obstáculo y pueden terminar como palanca. Así sucede en el evangelio de Juan y en sus discursos.

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Domingo 26 de julio – XVII del ordinario

Lecturas
Re 4, 42-44  
Sal 144, 10-11. 15-18  
Ef 4, 1-6  
Jn 6, 1-15
 

APROXIMACIÓN A LOS TEXTOS DE LA ESCRITURA

                Dejaremos hoy en el evangelio la continuidad de Mc para saltar al evangelio de Juan durante 5 domingos. En ellos escucharemos la multiplicación de panes y el discurso del pan de vida del cuarto  evangelio. Vamos a dedicar la atención de hoy a las cuestiones en torno a este signo del pan multiplicado y a su correspondiente discurso, que abarcan todo el cap 6 del evangelio de Juan.

                Podemos comenzar recordando que la multiplicación de los panes, en diversas versiones, viene relatada en los evangelios 6 veces: 2 en Mc, 2 en Mt, 1 en Lc y 1 en Jn. La relación de Mc, en su primera versión (6), y Jn (6) es mayor de la esperada, viendo el conjunto de sus escritos. Parece que todos los relatos nacen de una única ocasión real, transmitida de maneras y tradiciones diferentes. Una secuencia clara en Mc y Jn, también subyacente en los otros dos, incluye el signo de los panes y los peces, la “prueba” que supone para los discípulos, el caminar de Jesús sobre el mar, y algún tipo de discurso sobre el sentido de ese signo (Mc 8, 14-21; Jn 6, 22-71).

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Domingo 19 de julio – XVI del ordinario

Lecturas
Jer 23, 1-6  
Sal 22 1-6  
Ef 2, 13-18   Mc 6, 30-34
 

REFLEXIONES PRIMERAS

                Lo más importante de las lecturas de hoy se estructura en torno a la figura del pastor y a su tarea de reunir lo disperso. Antes, Jesús busca descanso y tranquilidad para sus apóstoles (enviados), pero una forma peculiar de mirar a la gente por parte de Jesús hace que todo quede aplazado. ¿A cuando el pueblo esté reunido?  ¿A cuando goce ya de palabras suficientes que le alimenten? ¿Al final de todo, a la llamada escatología, al descanso eterno?

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Domingo 12 de julio – XV del ordinario

Lecturas
Am 7, 12-15  
Sal 84, 9-14  
Ef 1, 3-14  
Mc 6, 7-13
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                En torno a los profetas de los que hoy nos hablan o quedan alusiones en la 1ª lec y el Ev.Profeta tiene que ver con alguien que habla “en nombre de Dios”. En acepción más popular, indica una persona que prevé el futuro. Según el punto de mira, coinciden las dos cosas en unas personas con carisma a través de las cuales el creyente descubre la voluntad de Dios. En la Escritura misma reciben nombres diversos: “vidente”, “hombre de Dios” “profeta”. Los había profesionales o profesionalizados, vinculados a un lugar sagrado o a una persona importante en el ámbito político o religioso. Un cambio importante sucede en torno al profeta Amós. Figura como el primer profeta “escritor” de Israel y no porque escribiera o no, sino porque han quedado por escrito sus oráculos o profecías. Quedan sus palabras sin narración que las encuadre. Tras él, todos los grandes profetas del yavismo, los nombre luego la tradición como menores o mayores. La referencia principal del profeta siempre será la alianza entre Dios y su pueblo. Él señalará las infidelidades, o los peligros de infidelidad, que descubre en el presente.

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EZ GUTXIETSI PROFETA

José Antonio Pagola. Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Kontakizun honek ez du harritzeko indar-faltarik. Jesus preseski bere herrian gutxietsi zuten, beste inork ez bezala ezagutzen zutela uste zutenen artean. Nazaretera iritsi da Jesus, ikasleak lagun dituela, eta inor ez zaio bidera atera; beste toki batzuetan gertatzen den ez bezala da han. Herriko gaixorik ere ez diote aurkeztu senda ditzan. 

Hara joan denean, harridura baizik ez du sortu. Ez dakite norengandik duen hain jakintsuki agertzen ari den mezu hura. Ez diote antzeman nondik duen bere eskuak duten sendatzeko indar hura ere. Dakiten gauza bakarra, Jesus herriko familia baten jaioa den langile bat dela. Gainerako guztia «eskandalagarri gertatu zaie».

«Gutxietsia» ikusi du Jesusek bere burua: bereek ez dute aitortu Jainkoaren mezuaren eta salbazioaren emailetzat. Beren ideia egina dute bere auzoko Jesusez eta gogor egin diote Jesusek bere baitan duen misterioari irekitzeari. Hargatik, segur aski guztiek ezagutzen duten esaera hau gogorarazi die Jesusek: «Profeta bat ez dute gutxiesten bere herrian baizik, bere ahaideen eta bere etxean baizik».

Aldi berean, Jesus «harritu egin da haien fede-faltaz». Lehenengo aldiz bizi izan du talde oso baten ukoa, ez buruzagi erlijiosoena, baizik bere jaioterri osoarena. Ez zuen espero horrelakorik bereengandik. Gainera, haien sinesgabetasunak blokeatu egin du Jesusek duen sendatzeko ahalbidea bera ere: «ezin egin ahal izan zuen han miraririk, gaixo bakan batzuk bakarrik sendatu zituen».

Markosek ez dakar pasadizo hau bere irakurleen jakin-mina asetzeko. Aitzitik, honetaz jarri nahi izan ditu kristau-elkarteak jakinaren gainean: Jesusi uko egin, hobekien ezagutzen dutela uste dutenek egin diezaioketela uko: aldez aurretiko beren ideietan itxituratzen direnek, Jesusen mezuaren berritasunari eta Jesus beraren misterioari irekitzeko gai ez direlarik.

Nolako harrera ari gara egiten Jesusi «harenak» garela uste dugunok? Adindun egina den mundu honetan, ez ote da gure fedea haur-mailan gelditu, ez ote da axalekoa? Ez ote gara bizi axolagabeegi Jesusen mezuaren berritasun iraultzailearen aurrean? Ez ote da arraroa haren indar eraldatzaileaz dugun fede-falta? Ez ote gara bizi haren Espiritu itzaltzeko eta haren Profezia gutxiesteko arriskuan?

Horixe da Tartsoko Pauloren kezka: «Ez ezazue itzali Espiritua, ez gutxietsi Profezi dohaina. Aztertu guztia eta gorde on dena bakarrik» (1 Tesalonikarrei 5,19-21). Ez ote dugu horrelako zerbaiten beharra geure egunotako kristauok?