DOMINGO XXIV DEL ORDINARIO. Ciclo C. 12 de septiembre de 2010

Lecturas:
Ex 32, 7-11. 13-14  
Sal 50, 3-4. 12-13. 17 y 19  
1Tim 1, 12-17   Lc 15, 1-32
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                Las tres lecturas de hoy van de pecadores, en sus múltiples variedades. Mejor, las tres van de Dios en su única variedad, la de las promesas. La primera lectura recurre a la contraposición entre Dios y los ídolos: abandonan a Dios y se construyen un becerro de metal. Sigue siendo válida y gráfica esa imagen para nosotros. Dios y los ídolos, frente a frente. “Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es solamente uno.” (Dt 6, 4) El resto, son ídolos, obra nuestra. Puede que la pregunta última verse sobre la posibilidad o no, entre los humanos, de mantener cualquier forma de Dios sin convertirla en ídolo. Si Dios, pasado por nuestra inteligencia y nuestro deseo, no sale ya siempre convertido en ídolo.

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DOMINGO XXIII DEL ORDINARIO. Ciclo C. 5 de septiembre de 2010

Lecturas:
Sb 9, 13-18  
Sal 89, 3-6. 12-14. 17  
Fil 9-10. 12-17  
Lc 14, 25-33
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                Las lecturas de hoy remueven un par de ideas, que siempre estarán de actualidad. Una se refiere a la reflexión, y por tanto madurez, necesaria para optar por el evangelio, y la otra a la formación precisa para hacerlo. Una cosa es decidir razonablemente, y otra, saber con alguna claridad de qué se trata.

                 Cuando se vuelve al tema de las edades más adecuadas para la iniciación y progreso en los misterios cristianos (léase bautismos, confirmaciones y comuniones), las palabras de hoy en el evangelio quedan fuera de lugar, mejor dicho, ‘dejan’ fuera de lugar esas cuestiones. Posiblemente, muy pronto en el cristianismo se bautizaron niños, al incorporarse a la comunidad todo el grupo familiar. Pero a la largo de la historia de la Iglesia ha sido siempre cuestión debatida. Una línea subrayaría más bien lo sociológico de esa decisión, y otra, lo personal y libre de la misma. Tampoco perdamos de vista que la iniciación en lo cristiano incluía la catequesis y los ahora clasificados como sacramentos independientes, los tres citados, que se dispensaban unidos (como aun ahora en las iglesias orientales a los infantes). ¿Cuánta libertad personal y cuánto apoyo del entorno se precisa para la adhesión a Cristo Jesús? Ese entorno, ¿puede sustituir a la decisión individual? En qué circunstancias, de qué manera, y por cuánto tiempo. Hoy, con una conciencia tan clara y exigente de la libertad personal, del valor del individuo, no puede extrañarnos -creo que lo debemos prever- que se busque un debate más claro, y se cuestione el tema, sobre todo para el bautismo (aunque fuera preferible asumir entero, y como único, todo el bloque de la iniciación). El argumento de la educación y el entorno familiar es en este momento claramente insuficiente. Puede que lo fuera en otras circunstancias, pero hoy está claro que no, y el más patente argumento es la experiencia que nos rodea. Entre peticiones de “apostasía” oficial (con su mínima organización) y apostasías reales, y abandonos fácticos completos, entre nosotros, creo que la cuestión habría de ser retomada, aun sabiendo los riesgos y el miedo legítimo que nos provoca.

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DOMINGO XXII DEL ORDINARIO. Ciclo C. 29 de agosto de 2010

Lecturas
Si 3, 17-18. 20. 28-29  
Sal 67, 4-7. 10-11  
Hb 12, 18-19. 22-24a  
Lc 14, 1. 7-14
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                ¿Y la mediocridad? Confieso que las lecturas primera y tercera de hoy me desazonan. Suenan a cálculos interesados y taimados para que nos aprecien más, nos valoren más y, por tanto, nos lo agradezcan de alguna manera. Todo, prudencia y sensatez, sin riesgos. Más, con riesgos bien calculados para neutralizarlos. Hasta la generosidad queda por detrás de la humildad calculada. Por lo visto, o dicho, es importante quedar bien ante los demás. Hasta el proverbio último, más radical, de “quien se enaltece será humillado y quien se humilla, enaltecido” guarda resabios de cálculo. Todos esos consejos radicales (como latiguillos o modismos frecuentes en el evangelio) mantienen la quintaesencia de la paradoja del mismo. Pero, en el de hoy, el entorno resulta encubridor de esa paradoja. Tras ese consejo, todo cambia y retorna el aroma novedoso y fresco del evangelio.

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DOMINGO XXI DEL ORDINARIO. Ciclo C. 22 de agosto de 2010

Lecturas
Is 66, 18-21  
Sal 116, 1-2  
Hb 12, 5-7. 11-13  
Lc 13, 22-30
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                Hoy, el esfuerzo. Se trata de un empleo enérgico de las posibilidades físicas o anímicas en orden a algo. Parece que no es actualmente un valor muy en uso. Hasta en el sistema educativo dicen echarse en falta una cierta educación o iniciación en el esfuerzo, un ambiente que lo favorezca. En general, no nos esforzamos y parece imprescindible estar preparados y saber esforzarse en circunstancias determinadas. Ahora bien, ¿tiene mérito el esfuerzo, es bueno el esfuerzo por serlo? Hay personas naturalmente generosas o naturalmente alegres. Personas trabajadoras, creativas, atentas y abiertas a todo. Otros lo consiguen con esfuerzo. ¿Tienen más valor estos segundos, porque se lo han tenido que trabajar? No sólo no está claro, sino que parece claro que es preferible tener las cualidades sin esfuerzo, como algo inseparable de uno mismo y su manera de ser. Empleando un término más de la moral, unos son naturalmente virtuosos y otros han de invertir tiempo y fuerza en conseguirlo. Habrá que favorecer el esfuerzo, pero sin dejar de señalar las virtudes naturales. Dar brillo y lustre a todo lo valioso que surge de nosotros con naturalidad. Es mejor y más valioso lo natural que lo forzado y esforzado.

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DOMINGO XX. LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA. 15 de agosto de 2010

Lecturas:
Ap 11, 19a; 12, 1. 3-6ª  
Sal 44, 10-12. 16  
1Cor 15, 20-27a  
Lc 1, 39-56
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                En esta fiesta, bien pudieran ser en torno al cuerpo. Pesan todavía demasiado entre los cristianos las concepciones platónicas de baratillo sobre la división alma y cuerpo y sobre la primacía absoluta del alma. La concepción de la Escritura sobre el hombre no tiene mucho que ver con esa reducción a dos términos, y más tomados como antitéticos. Unidas al miedo y las suspicacias al placer, el resultado es unilateral y falso. Durante siglos hemos desconfiado del cuerpo y del placer, y hemos preferido siempre el alma y el sufrimiento, como más cercanos y mejores conductores a Dios. Muchas de nuestras afirmaciones en torno a la sexualidad y al simple bien vivir, adolecen de la desconfianza al cuerpo, de mirarlo con prejuicios que se pretendían revelados o casi divinos.

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DOMINGO XIX DEL ORDINARIO

DOMINGO XIX DEL ORDINARIO8 de agosto de 2010Sb 18, 6-9   Sal 32, 1 y 12. 18-20. 22   Hb 11, 1-2. 8-19   Lc 12, 32-48 PRIMERAS REFLEXIONES                Pueden centrarse en la fe. Nada más básico para cuanto hablamos como creyentes. Con la idea tradicional de fe, como creer lo que no vemos, dejamos de lado algunos aspectos que las lecturas de hoy pueden recordar. Vamos a partir de la conocida formulación de fe en la carta a los Hebreos, al comienzo del capítulo 11 (hoy 2ª lec): “seguridad de lo que se espera, prueba de lo que no se ve”. No sólo es que no lo veamos, es que ya lo esperamos. Es importante lo que se agrega en esta formulación. Como si dijéramos que fe es creer lo que se desea. La pista primera de lo que pueda creerse la marca el deseo, la esperanza, de algo conocido o sospechado y posible. Tendemos, como buenos occidentales, a separar nítidamente las nociones, una cosa es la fe y otra la esperanza. La propuesta de Hb es unirlas, aceptar que entre lo que deseo y lo que creo hay una unidad profunda, núcleo de lo que llamamos fe. Lo que no se ve, se sueña, se crea. Partiendo de cosas que sí se ven o conocen, se posean o no, echamos en falta otras que se sospechan, se desean, se sabe que pueden encontrarse, aunque ahora no. La prueba de lo que no se ve consiste tan sólo en ese hondo y constante desearlas.
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DOMINGO XIX DEL ORDINARIO. Ciclo C. 8 de agosto de2010

Lecturas:
Sb 18, 6-9  
Sal 32, 1 y 12. 18-20. 22  
Hb 11, 1-2. 8-19  
Lc 12, 32-48
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                Pueden centrarse en la fe. Nada más básico para cuanto hablamos como creyentes. Con la idea tradicional de fe, como creer lo que no vemos, dejamos de lado algunos aspectos que las lecturas de hoy pueden recordar. Vamos a partir de la conocida formulación de fe en la carta a los Hebreos, al comienzo del capítulo 11 (hoy 2ª lec): “seguridad de lo que se espera, prueba de lo que no se ve”. No sólo es que no lo veamos, es que ya lo esperamos. Es importante lo que se agrega en esta formulación. Como si dijéramos que fe es creer lo que se desea. La pista primera de lo que pueda creerse la marca el deseo, la esperanza, de algo conocido o sospechado y posible. Tendemos, como buenos occidentales, a separar nítidamente las nociones, una cosa es la fe y otra la esperanza. La propuesta de Hb es unirlas, aceptar que entre lo que deseo y lo que creo hay una unidad profunda, núcleo de lo que llamamos fe. Lo que no se ve, se sueña, se crea. Partiendo de cosas que sí se ven o conocen, se posean o no, echamos en falta otras que se sospechan, se desean, se sabe que pueden encontrarse, aunque ahora no. La prueba de lo que no se ve consiste tan sólo en ese hondo y constante desearlas.

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DOMINGO XVIII DEL ORDINARIO. 1 de agosto de 2010

Lecturas:
Qo 1, 2; 2, 2. 21-23  
Sal 89, 3-6. 12-14. 17  
Col 3, 1-5. 9-11   
Lc 12, 13-21
 

PRIMERAS IDEAS

                Pocas veces en la liturgia (en domingo, esta exclusivamente) leemos el librito del Qohelet o Eclesiastés, el hombre de la asamblea, el predicador de oficio. Libro breve, pero incómodo y singular en el conjunto de las Escrituras. A penas habla de Dios, más bien lo cita, y mantiene posturas nada entusiastas sobre la vida y sus valores. Todo, en nombre de su propia experiencia. Literariamente, un libro trabajado y bello. Su tesis fundamental, que todo es “vanidad”. Y dice que lo ha investigado concienzudamente. Ya la misma palabra “vanidad” es inexacta. Sería también vacío, inconsistencia, sinsentido.

                Se atreve a hablar de riqueza, placer, longevidad, sabiduría, de la naturaleza y el mundo, del tiempo y su recurso, de sí mismo. El resumen siempre idéntico: carece de peso, no tiene consistencia, no merece la pena ni el esfuerzo. Terminan de igual forma el humano y el animal. Los sabios de Israel son en general optimistas y contemplan la creación con muy buenos ojos. De esta tradición se apartan Qohelet y el libro de Job.

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DOMINGO XVII, SOLEMNIDAD DE SANTIAGO APÓSTOL. 25 de julio de 2010

Lecturas
Hch 4, 33; 5, 12. 27-33; 12, 2  
Sal 66, 2-3. 5. 7-8  
2Co 4, 7-15  
Mt 20, 20-28
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                La idea de peregrinación o simplemente de camino es una de las más socorridas para aclarar la vida  humana. Recurren a ella religiones y filosofías varias. La novela, el cine, el arte. La vida como camino. Peregrinación, caso de saber con claridad a dónde nos dirigimos o nos quieren llevar. Las peregrinaciones han dado expresión así a un saber popular que cree conocer sitios privilegiados de Dios, a los que es preciso llegar para conseguir su gracia, e incluso repetir la marcha para recibir de nuevo gracias y dones de Dios, ahí tan cercano. Las peregrinaciones a Jerusalén son las que han quedado recogidas en la Biblia, con periodicidad diversa según momentos históricos. Peregrinaciones a La Meca para musulmanes. A enclaves, fuentes, montes en diferentes religiones orientales. Peregrinaciones actuales a tantos sitios, teñidas de turismo, pero con el fondo indudable de búsqueda de algo nuevo y de encuentros singulares.

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DOMINGO XVI DEL ORDINARIO. Ciclo C. 18 de julio de 2010

Lecturas
Gn 18, 1-10  
Sal 14, 2-5  
Col 1, 24-28  
Lc 10, 38-42
 

PRIMERAS IDEAS

                Las lecturas 1 y 3 nos traen resonancias de contemplación. Esa cosa tan alta y tan sencilla, pero que impone a muchos y dejamos a resguardado como para sólo unos privilegiados. Todas la religiones y todos los saberes o filosofías la tienen en alta estima y hasta nacen de ella. Contemplar, admirar y, de ahí, todo lo que venga con ello. Proceso algo distinto del aprender y profundizar para sólo más tarde descubrir si queda algo que contemplar. Acerquemos la contemplación a la vida de fe y a la vida ordinaria de los humanos. Perdiéndole el miedo. Se trata de una sencilla detención en las cosas que conduzca a  descubrir lo descubierto. Ese alto leve, emocionado quizá, en las cosas nos coloca en contemplación.

                 La tradición más oriental de los iconos trata, entre otras cosas, de acercar a la contemplación y aproximarnos al misterio. Hoy, la 1ª lec es el icono de la Trinidad de Rublev, ya tan conocido. (Hay excelentes estudios sobre esta obra.) Digo que la lectura es icono del cuadro, como el cuadro lo es de la lectura, porque las dos obras de arte buscan rastrear el inmenso misterio de Dios con colores y formas o con palabras. Otros lo harán con música. Y, siempre, esa suave emoción, como un domesticado respingo, de que un misterio que nos roza, de algo segundo detrás o en cima de eso primero y evidente, algo más que lo previsto y visto, todo “plus”. El himno del comienzo del Gn conduce al icono de Dios, a la única estatua del enorme templo de la creación, que no es otro que el humano -varón y mujer- allí colocado. Todas las demás imágenes, en bulto o sin él, quedan prohibidas. Ya hay icono, ya hay imagen entronizada, Cristo Jesús, (Col 1, 15) y en él y con él (incluso, sin él expresamente), todos los humanos. El más degradado de ellos nunca deja de ser el icono de Dios. Como esos pintores que nos hacen descubrir belleza en lo feo, en el más deteriorado de los humanos continúa el resplandor del icono de Dios, el único no prohibido.

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