Lecturas
Jos 24, 1-2a. 15-17. 18b
Sal 33, 2-3. 16-23
Ef 5, 21-32
Jn 6, 60-69
IDEAS SUELTAS
Parece que ahora no hablamos tanto de libertad. Hace no demasiados años, la libertad era el centro del pensamiento sobre el hombre. Era lo que definía y descibría su singularidad respecto al resto del mundo. Era, sobre todo, libertad de escoger entre diversos varios o entre opuestos. Escoger un lado u otro. Así, podía verse muy bien como una condena: condenados, obligados siempre y en todo a algún tipo de elección. O de cosas sencillísimas y vulgares o de opciones radicales que marcan la vida para siempre. Pero era preciso optar, preciso elegir. Elegir obliga a desechar o dejar de lado cosas importantes y queridas, al optar por otras que lo son más. Era la grandeza y miseria de lo humano. Ya no tenemos tan vivo el tema de la libertad humana. Fue uno de los pilares de la revolución y, unida como entonces a la igualdad, va resultando más bien problemática. Descubrimos también que había una libertad de elección, libertad de, y una de dirección o referencia, libertad para. ¿De que me sirve elegir entre cosas de más o menos monta, si lo que no llego nunca a poder elegir es ser yo mismo, como me gusto y proyecto? A nadie convence ya ese principio como de posibilidades de futuro completamente abiertas a todo el que se lo trabaje. Tampoco aquello de libertad para el bien y no para el mal. Si libertad, ha de abarcar todo, y elegir el mal contra todo lo previsto es lo que obliga a hablar de libertad. Puede que libertad sea en el fondo poder plantarse a Dios y negar su promesa. Unido con todo lo de libertad, ¿creemos que se dan personas realmente malas, o son todo limitaciones, fallos, equívocos, enfermedades y obsesiones, que sirven de parapeto para no llegar a admitir la maldad?
Con esta especie de pos-modernismo, o más bien pos-todo, pocos creen limpiamente en una libertad personal capaz de introducir novedades en la vida propia o ajena. Están más claros y evidentes los condicionamientos continuos. Los hay genéticos y educacionales, familiares o grupales, culturales y lingüísticos, y muchos más que prolongarían una lista interminable. Está tan claro, resulta tan indiscutible, que nadie lo cuestiona y todos partimos de que así es y así nos parece. Tampoco nadie renuncia de primeras a aceptar una cierta libertad en los humanos, pero con menos seguridad y con poca concreción. Resulta difícil precisar con rigor dónde reside esa libertad para defenderla. Incluso, muchos agregarían unas ciertas fuerzas oscuras, sin nombre exacto y sin control, cercanas a lo que siempre se ha dado en llamar “destino” o “demonios”.
No es entretenimiento intelectual reflexionar sobre la libertad. Por el contrario, sigue siendo decisivo para cuanto hacemos, decimos y pensamos. ¿Qué hay de la libertad religiosa, en qué consiste para todas las religiones? ¿Qué de la nuestra como miembros de la Iglesia Católica, en la que es tan patente y presente la autoridad? Temas de delincuencia, desadaptación, enfermedad, malicia, rozan siempre la libertad. Las respuestas que encontremos nos abren camino para reaccionar y resolver socialmente esas cuestiones. Muchos problemas actuales, de los que salen todos los días en los medios, exigen reflexionar mucho más despacio y con mayor rigor temas que damos por resueltos y evidentes. Sobre todo, no resolver o responder con esquemas fijos y falsos que casi nunca se alejan del simple palo y zanahoria.
¿Y el pecado, cómo queda, si afinamos bien en el asunto de qué es y cómo se ejerce la libertad? Incluso el perdón y la venganza, ¿potencian, ejercen o dificultan la libertad de las personas? “La verdad nos hará libres”, más libres. Lo ajustado en la percepción y conocimiento de la realidad, ¿nos ata y condiciona o nos desprende y libera? La libertad quizá se conquista poquito a poco, pero será desde alguna plataforma, desde algún punto de despegue. ¿Desde qué lanzadera propia, nuestra personal, nos abrimos a la libertad?
1ª lec del libro de Josué. Con Jc, S (1 y 2) y Re (1 y 2) forman el conjunto de la “historia” de Israel, vista por autores deuteronómicos. En el conjunto de la Biblia hebrea son llamados “profetas anteriores”. Esta designación se distancia ya de lo que nosotros solemos entender por historia y asigna a esta primera una tarea de orientación, intelección y prospección para el resto de la historia. El libro de Josué presenta la conquista de la tierra prometida como un paseo triunfal del pueblo que avanza y conquista. (Recordemos la de Jericó, Jos 6.) La realidad habría sido bien diferente (Jc 6), y en la misma escritura quedan indicios de pactos y alianzas como forma de apropiación de esa tierra (Rt). El texto de hoy plantea una propuesta de Josué. Una elección libre. Se trata de elegir al Señor, el que nos ha sacado de Egipto y nos ha traído hasta aquí o abandonarle. Es el Dios de la alianza, y elegirlo significa también atenerse a las consecuencias de esa elección. El pueblo elige al Señor. En el evangelio de hoy, los discípulos eligen seguir a Jesús o abandonarle.
2ª lec de Efesios. Prosigue la carta presentando la vida nueva del bautizado, la vida del Reino de Dios que ha de adelantar. Hoy quiere plantear la relación del hombre y la mujer y se sirve para ello de la referencia a la relación de Cristo con su Iglesia. Por mucho que intentemos suavizar estas palabras hoy para que no chirríen tanto con nuestra cultura, creo imposible suprimir la superioridad de Cristo sobre la Iglesia, aunque muy correctamente veamos a esta como cuerpo y prolongación real del mismo Cristo. Cristo lo abarca y abraza todo y no veo posible ninguna igualdad. Y para la vida de hoy, ese puede ser uno de los principios fundamentales. Nos queda la verdad de que de Pablo a hoy hemos ido descubriendo muchas verdades de la relación hombre-mujer que él no podía ni sospechar.
3ª lec, final del cap 6 de Jn. Terminado el discurso del “pan de vida” y sus consecuencias eucarísticas, viene el escándalo y el abandono de los discípulos. Escándalo de que Jesús sea “verdadero pan de vida” y escándalo de que esa vida llegue a la comunidad en forma de pan y vino y no se noten sus efectos. Jesús no coacciona, más bien facilita la salida, al recordar expresamente a los doce que pueden dejarle. Hay alusiones al que le va a entregar, porque no era de los que creen en él, y una confesión de fe de Pedro en nombre de los doce, diferente y similar a las que los sinópticos ponen en su boca. En estos, como en Juan, esta confesión sigue al relato de la multiplicación de los panes (Lc 9, 20)
UNA POSIBLE HOMILÍA
Hemos de intentar recordar todo lo que Jesús nos ha ido diciendo estos domingos sobre el verdadero pan de vida que es él, y no el maná del desierto. Que quien come su carne y bebe su sangre se une a él y tiene (en presente) la vida eterna y la unión con el Padre. Tras escuchar todo eso, muchos discípulos dicen: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?” Y ¿nosotros? ¿Hay algo de lo que dice o hace Jesús que nos resulte duro? Sería grave que nada. Es muy posible que la costumbre de oír evangelios y cosas de Jesús haya ido suavizando todas sus aristas y nos haya convertido el anuncio del reino en un discurso morigerado, lleno de pensamientos y propuestas convencionales que a nadie estorban. Duro es este discurso. ¿Qué es lo que más nos incomoda o escandaliza de Jesús? Esperamos muchas cosas de él, para nosotros o para el mundo, que nunca llegan. ¿O ya no nos escandaliza que pidamos cosas en la oración y nunca llegue otra cosa que el Espíritu Santo? ¿Ya no nos escandaliza el dolor y el grito de los inocentes, el hambre de casi tres cuartas partes de la humanidad, mientras el pan y los peces se desperdician o sirven a lo más de abono? ¿No esperábamos más de Jesús y su Espíritu en la Iglesia tras el concilio? ¿Más de nosotros mismos en la reforma eclesial y parroquial?
Nos hemos acostumbrado demasiado fácilmente a que Jesús, carne y hueso nuestros, sea la puerta a Dios, su ungido, “el auténtico pan para sacar adelante la vida”, caído de Dios mismo. Y, por lo visto, nos hemos acostumbrado a que poseemos, ya en presente, ahora, la unión con Cristo -a través del pan y el vino- y la vida de Dios que es vida eterna. ¿No es duro y escandaloso que apenas se note? ¿Dónde está la imparable fuerza de su resurrección, su Espíritu que grita constantemente ‘Padre’, su entrega incondicional y sin medida, en estas nuestras tristes, pecantes vidas que se reúnen con otras similares en comunidad? Para tanto vino nuevo y exquisito, Espíritu y vida, ¿qué es de nuestros cuerpos, nuestra carne, tan esperados odres nuevos, rostros resplandecientes de la belleza de Dios (2Cor 3, 18)? Es duro adaptarnos a tanta contradicción, sin llegar a descubrir que la verdad está de parte de Jesús y sus promesas y no de nuestra parte y nuestro realismo. ¿Para qué tanta Eucaristía, si seguimos así desde siglos? ¿Para qué el esfuerzo, si es el Padre quien nos dirige a Jesús? ¿“Quién puede hacerle caso” a todo ésto?
Casi parece destilar algo de escepticismo la primera parte de la respuesta de Pedro en nuestro nombre: “Señor, ¿a quién vamos a acudir?”. Hemos hecho muchas pruebas. Que si la revolución, que si el orientalismo, que si la sexualidad, que si la realización personal, que si los grupos, que si la democracia, que el testimonio. ¿Qué queda? ¿Qué nos salva? Déjame que hoy te diga, Señor, que llevo mucho contigo, y que me da un poco de pena no haber llegado tan lejos, donde tu voz me sonaba. Deja que me acoja a las palabras de este Pedro que siempre se nos adelanta, y que te diga que tus palabras me han dado vida, mucha vida, me han alegrado el corazón cuando las tinieblas impenetrables. Me han dado tanta vida que no logro agotarla ni queriendo, y que me durará tanto que me salvará siempre. Tanta vida, tanta esperanza de vida, tanto gusto de notarte cerca, no puede ser sino que tú eres -y lo digo así- el Santo de Dios, el que lleva entre nosotros su marca y consagración, el Dios con nosotros del Testamento anterior. Sé que eres Jesús, entrañable y querido, a quien jamás quisiera abandonar y que sé que nunca me abandonarás. Que “el pensar si te irás, me causa un terrible miedo, de si yo sin ti me quedo, de si tú sin mí te vas”.
J. Javier Lizaur