DOMINGO 13 (A) – Fray Marcos

(Mt 10,37-42)

Si amar a Dios se opone a otro amor, uno de los dos es falso. Tenlo presente.

La manera de hablar semita, por contrastes excluyentes, nos puede jugar una mala pasada. El evangelio propone, en fórmulas concisas, varios temas esenciales para el seguimiento de Jesús. Todos tienen más alcance del que se puede sospechar.

El que quiere a sus padres más que a mí, no es digno de mí. El amor a la madre y a Dios son realidades de distinta naturaleza no se pueden comparar. Jesús no pudo decir eso con el significado que tiene para nosotros hoy. El amor a Dios no puede entrar en conflicto con el amor a nadie, y menos con el amor a la madre.

Hay que tener mucho cuidado al hablar del amor a Dios o a Jesús. Creer que puedo amar directamente a Dios es una quimera. Solo puedo amar a Dios, amando a los demás. Jesús no pudo decir: tienes que amarme a mí más que al Hijo. Recordemos: “Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve ser y me disteis de beber”.

No existe más amor que el que llega a concretarse en obras. Ahora bien, lo más próximo a cada ser humano son los miembros de su propia familia. La advertencia del evangelio está encaminada a hacernos ver que desplegar a tope esos impulsos instintivos, no garantiza el más mínimo grado de calidad humana. Pero sería un error aún mayor el creer que pueden estar en contra de mi humanidad.

El evangelio no quiere decir, que el amor a los hijos o a los padres sea malo y que debemos olvidarlo para amar a Jesús o a Dios. Pero nos advierte de que ese amor puede ser un egoísmo camuflado que busca una seguridad mayor para el ego, sin tener en cuenta a Dios y a los demás. Ese “amor” es egoísmo amplificado.

El hombre puede poner como objetivo el despliegue exclusivo de su animalidad, cercenando así sus posibilidades humanas. Esto es degradarse en su verdadera ser, al poner su mente al servicio del instinto. S estamos en esa dinámica y metemos a los demás en ella, estamos “amando” mal, y ese amor se convierte en veneno.

Un verdadero amor nunca puede oponerse a otro amor auténtico. Cuando un marido se encuentra atrapado entre el amor a su madre y el amor a su esposa, algo no está funcionando bien. Uno de esos amores (o los dos) está viciado. Si el amor a Dios está en contradicción con el amor al padre o a la madre, los dos pueden ser falsos.

El que quiera salvar su vida la perderá, pero el que la pierda, la encontrará. En griego hay tres palabras para decir vida: “Zoe”, “bios” y “psiques”. El texto no dice zoe ni bios, sino psiques. No se trata de la vida biológica, ni de la vida sicológica. No se trataría de dejarse matar, sino de poner tu humanidad al servicio de los demás.

Esto no sería perder nada, sino ganarlo todo. Quien pretenda defender a toda costa su individualidad egoísta malogrará todos los aspectos de su existencia, porque pasará por ella sin desplegar su verdadera esencia. Mi humanidad no responde a una visión egoísta de mi ser, está inextricablemente unida a la de los demás.

La evolución ha permitido al ser humano ir más allá de los instintos y alcanzar conscientemente una meta más alta que no está en contradicción con la biología. Todo lo que le acerca a ese objetivo último le puede causar más felicidad que satisfacer sus instintos. Nada más falso que la lucha entro lo biológico y lo espiritual.

La trampa es quedarnos en el placer inmediato que nos proporciona nuestra biología y perder de vista el bien total del ser humano. Ahí está la causa de tanto desajuste en la conducta humana. Debemos tomar conciencia de que lo que es malo para nuestro verdadero ser, no puede ser bueno bajo ningún aspecto del ser humano.

Urteko 13. igandea – A – José A. Pagola

(Mateo 10,37-42)

EMATEN IKASI – APRENDER A DAR

Batzuetan ez da izaten gauza erraza galderarik soilenei erantzutea. Sarritan entzun izan dugu maitatzea ematea dela. Baina, zer da ematea? Askok uste du ematea norbera zerbait gabe gelditzea dela, zerbaiti uko egitea, «sakrifizio bat egitea» zerbait gabe geldituz. Hain baldintzaturik gauzka ongizatearen gure gizarteak, hain emanik gauzka edukitzeari, metatzeari eta irabazteari, non «ematea» ez-emankor, ez-ekoizle dela iruditzen baitzaigu. Ezin onartu dugun pobretzea dela iruditzen zaigu. Gure gizartean, ordainik hartu gabe ematen duena ez da pertsona praktikoa, ez da pertsona errealista, adimen eskasekoa da.

Alabaina, ematea beste gauza bat da. Oso desberdina. Ematearen keinua bizitasunaren, aberastasunaren eta ahalmen kreatzailearen adierazpenik aberatsena da. Zerbait benetan ematen dugunean, geure burua biziaz betea sentitzen dugu, gainez egin duena, beste batzuk aberasteko modukoa, nahiz eta maila apalenean izan. «Maitasunak bakarrik egiten du biziak bizitzea merezi izatea. Soilik, gainerakoei eskainitako laguntzak sortzen du bizitzearen poz handia» (Karl Tillmann).

Emateak bizi zarela eta aberats zarela esan nahi du. Eskura gauza asko ukan eta emateko gai ez dena, ez da aberatsa. Gizaki txikia da, ahal gabea, pobretua, asko eta askoren jabe bada ere. Benetan, besteei bere buruaren zerbait ematen diona bakarrik da aberatsa.

Denok dugu arreta eta sakontasun handiagoaz entzun beharra Jesusen hitzak. Ez da geldituko saririk gabe, ezta egarri den behartsu bati baso bat ur fresko soilik ematen diona ere. Gugan bizirik dena ematen ikasi behar dugu, gainerakoei on egiten ahal diena: eman geure alaitasuna, ulermena, arnasa, esperantza, harrera edo hurbiltasuna.

Askotan, kontua ez da gauza handiak edo miresgarriak ematea. Soil-soilik, «baso bat ur fresko»: irribarre onargarri bat, presarik gabeko entzutea, bihotz eroria goratzen laguntzea, solidaritate-keinu bat, bisita bat, sostengu eta adiskidetasun-seinale bat. Ez dezagun ahaztu. Bizitzaren hondoan bada norbait, bedeinkatzen duena, edozein maitasun-keinu, txikiena izanik ere, onartzen eta saritzen duena. Jainkoa du izena, gure Aita.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

3 Tiempo ordinario – A (Mateo 10,37-42)

por Coordinador – Mario González Jurado

APRENDER A DAR

A veces no es tan fácil responder a las preguntas más sencillas. Hemos oído decir con frecuencia que amar es dar. Pero ¿qué es dar? Muchos suponen que dar es solo privarse de algo, renunciar a algo, «sacrificarse» desprendiéndose de algo. Estamos tan condicionados por nuestra sociedad del bienestar y tan inclinados a poseer, acumular y ganar, que «dar» nos parece algo improductivo. Un empobrecimiento que no estamos dispuestos a aceptar. En nuestra sociedad, quien da sin recibir es una persona poco práctica, sin sentido realista, poco inteligente.

Sin embargo, dar es algo totalmente distinto. El gesto de dar es la expresión más rica de vitalidad, riqueza y poder creador. Cuando damos algo de verdad, nos experimentamos a nosotros mismos llenos de vida, desbordantes, con capacidad de enriquecer a otros, aunque sea en grado muy modesto. «Solo el amor hace que la vida merezca ser vivida. Solo la ayuda a los demás procura la gran alegría de vivir» (Karl Tillmann).

Dar significa estar vivo y ser rico. El que tiene mucho y no sabe dar, no es rico. Es un hombre pequeño, impotente, empobrecido, por mucho que posea. En realidad, solo es rico quien es capaz de regalar algo de sí mismo a los demás.

Necesitamos todos escuchar con más atención y hondura las palabras de Jesús. No quedará sin recompensa ni siquiera el vaso de agua fresca que sepamos dar a un pobre sediento. Hemos de aprender a regalar lo que está vivo en nosotros y puede hacer bien a los demás; dar nuestra alegría, comprensión, aliento, esperanza, acogida o cercanía.

Muchas veces no se trata de cosas grandes ni espectaculares. Sencillamente, «un vaso de agua fresca»: una sonrisa acogedora, una escucha sin prisas, una ayuda a levantar el ánimo decaído, un gesto de solidaridad, una visita, un signo de apoyo y amistad. No lo olvidemos. En el fondo de la vida hay alguien que bendice, acoge y recompensa todo gesto de amor, por pequeño que nos pueda parecer. Se llama Dios, nuestro Padre.

José Antonio Pagola

13º domingo del T.O. – Koinonía

2Reyes 4, 8-11. 14-16a

Ese hombre de Dios es un santo, se quedará aquí

Un día pasaba Eliseo por Sunam y una mujer rica lo invitó con insistencia a comer. Y, siempre que pasaba por allí, iba a comer a su casa. Ella dijo a su marido: «Me consta que ese hombre de Dios es un santo; con frecuencia pasa por nuestra casa. Vamos a prepararle una habitación pequeña, cerrada, en el piso superior; le ponemos allí una cama, una mesa, una silla y un candil, y así, cuando venga a visitarnos, se quedará aquí.»

Un día llegó allí, entró en la habitación y se acostó. Dijo a su criado Guejazi: «¿Qué podríamos hacer por ella?» Guejazi comentó: «Qué sé yo. No tiene hijos, y su marido es viejo.» Eliseo dijo: «Llámala.» La llamó. Ella se quedó junto a la puerta, y Eliseo le dijo: «El año que viene, por estas fechas, abrazarás a un hijo.»

Salmo responsorial: 88

Cantaré eternamente las misericordias del Señor.

Cantaré eternamente las misericordias del Señor, / anunciaré tu fidelidad por todas las edades. / Porque dije: «Tu misericordia es un edificio eterno, / más que el cielo has afianzado tu fidelidad.» R.

Dichoso el pueblo que sabe aclamarte: / camina, oh Señor, a la luz de tu rostro; / tu nombre es su gozo cada día, / tu justicia es su orgullo. R.

Porque tú eres su honor y su fuerza, / y con tu favor realzas nuestro poder. / Porque el Señor es nuestro escudo, / y el Santo de Israel nuestro rey. R.

Romanos 6,3-4.8-11

Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que andemos en una vida nueva

Hermanos: Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios. Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

Mateo 10,37-42

El que no coge su cruz no es digno de mí. El que os recibe a vosotros me recibe a mí

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

 Comentario a los textos Bíblicos:

Las exigencias de la cruz cambian para cada generación de creyentes. En la época de Jesús existía la amenaza inminente de la muerte ignominiosa, bien fuera por la cruz, la espada o la lapidación. Los cristianos eran vistos como una amenaza para el imperio y, con frecuencia, se les acusaba falsamente de sedición. Con el tiempo, la pena capital fue cambiando de modalidad y sus cuerpos fueron quemados en locales públicos, o arrojados a leones, osos, tigres, toros y toda clase de fieras. Todos estos intentos de bloquear, anular o eliminar la novedad del evangelio fueron vanos porque la fuerza del cristianismo radica en la cruz de Cristo.

Los cristianos de los primeros siglos no anunciaban religiones de salvación, ni sanaciones individuales ni ritos de purificación. Aunque ellos anunciaran la universalización de la obra salvadora, curaran enfermos y tuvieran el símbolo del bautismo como rito de iniciación, lo que los hacía diferentes era su radical denuncia de la injusticia. Anunciar a un Mesías crucificado era, y es, ir en contra de todos los parámetros sociales, de las buenas costumbres e, incluso, de los preceptos de la religión. Ellos anunciaban como redentor a uno que el sistema lo había proscrito, condenado y sentenciado al escarnio público. El anuncio de un Mesías Crucificado era, en realidad, una denuncia vehemente de un sistema de creencias, valores e instituciones que habían hecho de la violencia, la mentira y la opresión los valores indiscutibles de la organización social. ¿Cómo iban a ver con buenos ojos las autoridades de Jerusalén, los gendarmes del imperio y el pueblo alienado que un individuo apoyado por un pequeño grupo de hombres y mujeres cuestionara directamente sus valores y anunciara que otra sociedad era posible? Imposible para la gente, pero no para Dios.

Las comunidades cristianas desde el inicio tuvieron conciencia de la magnitud de la tarea a la que se enfrentaban. La experiencia del resucitado les llevó rápidamente a descubrir que debían superar los límites de las comunidades palestinas y lanzarse a la misión universal; debían dar prioridad a la construcción de las comunidades y dejar a un lado la tentación de construirse edificios; debían enfocarse sobre los grupos excluidos y marginados y dejar de lado los centros de poder; debían asimismo retomar las opciones fundamentales de Jesús y hacerlas vida en todos los rincones del imperio. Por eso, las exigencias para seguir a Jesús se fueron formulando con una claridad y precisión asombrosas en cada comunidad. Los contenidos fundamentales se fueron adecuando a cada contexto histórico y cultural pero sin atenuar las características esenciales del mensaje.

Por tanto, no debe sorprendernos que Mateo nos diga con tanta ‘dureza’ las exigencias del seguimiento de Jesús. El evangelista retoma las tradiciones del evangelio y las actualiza de acuerdo con el lenguaje y necesidades de su comunidad. Sus palabras hieren, como el antiséptico sobre la eterna llaga, pero tienen una virtud medicinal: nos liberan de nuestros propios prejuicios y apegos.

Cuando Mateo nos dice que quien ama más a sus parientes que a Jesús no es digno de él, nos revela un problema de su comunidad. El pueblo judeocristiano, tiene una estima desmesurada por los de su propia sangre. Un afecto que fácilmente se convierte en apego paralizante. El texto usa en griego la palabra filia para denominar este afecto. Pero el proyecto de Jesús pide más: pide un amor enfocado hacia el prójimo, un amor que supere los lazos de sangre, el parentesco y la raza. Un amor como el que Dios nos tiene y que en griego se llama ágape. El cristiano que no sea capaz de trascender los estrechos limites de la familia, de la raza o de la nación, no está habilitado para experimentar y dar el amor solidario que propone el evangelio. Y por esa misma razón, el amor a Jesús no se reduce a la pura dimensión íntima, individual y privada. Amar a Jesús es amar lo que él amó, su proyecto, su ideal, su Utopía, el «Reinado de Dios», como él acostumbró a llamarla, con las palabras tradicionales de los profetas. Amar a Jesús es amar a las personas que él amó: pobres, marginados, excluidos, enfermos, abatidos, endemoniados, extranjeros. El amor de Jesús era tan grande que llegó a amar incluso a aquellos que se declararon sus enemigos. Un amor que hoy nos puede parecer desorbitado, desnaturalizado, extremo, pero que para nuestra dicha y quebranto es el amor con el que Dios nos ama. Un amor sin el cual no podemos llamarnos discípulos de Jesús.

Pablo simboliza muy bien la radicalidad del amor cristiano mediante la comparación entre la muerte y la inmersión bautismal. Ser cristiano es morir a todos los apegos irracionales hacia la propia familia, raza o nación, incluso es morir hacia un apego desordenado hacia sí mismo. La novedad cristiana se manifiesta en esa transformación sustancial de las relaciones humanas, en la resurrección a una vida nueva llena de afectos, proyectos y estilos de vida completamente volcados hacia la humanidad sufriente y marginada. Con Cristo morimos a una humanidad caduca y sin esperanza para resucitar en una nueva humanidad libre y generosa en la que el límite es el cielo, donde no hay límite.

Como cristianos debemos someter los férreos lazos de nuestros afectos al crisol del evangelio para liberarnos de aquellos que nos atan al viejo mundo y fortalecer aquellos que nos llevan hacia el Reino.

Domingo 12 T.O. «NO LES TENGÁIS MIEDO». Rosario Ramos

Fe Adulta
COMENTARIO AL EVANGELIO Mt 10, 26-33

El Evangelio de este domingo es un pequeño fragmento que forma parte del gran discurso que Jesús realiza, en intimidad, a sus amigos con los que va a compartir su proyecto de “nueva humanidad”. Mateo va aumentando la profundidad y densidad de las instrucciones que les va ofreciendo para que vean con claridad, no solo cómo vivir sino las consecuencias de esa forma de vivir; de alguna manera se trata de hacerles conscientes de los riesgos implícitos y explícitos que corren por ser coherentes y vivir con autenticidad su adhesión al movimiento de Jesús. No les ofrece una vida fácil, popular, sino que resultarán incómodos para aquellos que buscan una vida diferente, más superficial, materialista, ideologizada o deshumanizada. Por todo ello serán rechazados e incomprendidos.

Comienza el texto con una expresión muy potente: “no les tengáis miedo” y, que, posteriormente, repite con la misma fuerza. Parece que este texto pone de manifiesto una realidad humana que todos vivimos en muchos momentos de nuestra vida: el miedo. El miedo aparece en este texto en dos direcciones; por un lado, el miedo a lo exterior, a cómo van a reaccionar los demás por las palabras, opciones de vida, espiritualidad, denuncias y anuncios de lo que realmente da sentido a la vida y, por otro, el miedo interior a no hacer pie y a experimentar un vacío insoportable, zozobra, duda, desconfianza.

El miedo exterior es una consecuencia del miedo interior. Ese miedo interior nace de situarse ante la vida dejando que los pensamientos, creencias, heridas, vacíos existenciales, dirijan nuestras opciones y decisiones. Se buscan certezas tangibles, que nos calmen inmediatamente la ansiedad de no sentirnos ante la vida con seguridad y con control. Cuando se conecta con el espacio interior donde todo es movimiento, luz, bondad, libertad, fuerza, se descubre la potencia de Dios que no es “un otro” sino el origen de la existencia cuya presencia sostiene la vida y la impulsa a desplegarse en toda su riqueza. Por eso, “no hay nada encubierto que no se descubra, ni nada reservado que no llegue a saberse”.

Es esencial apoyarnos CON CONFIANZA en lo profundo de lo que somos, ser más conscientes de que es nuestra verdadera vida, nuestro polo positivo y que no puede ser aniquilado por nada ni por nadie; nuestro verdadero ser no está hecho de mano humana sino del soplo divino que nos crea a cada instante: “no temáis a los que matan el cuerpo, pero al alma no pueden matarla”.

La pregunta de fondo que nos plantean estos versículos nos invita a pararnos con toda honestidad: ¿Qué dirige mi vida el miedo o la confianza? A veces nos condiciona el miedo a los juicios externos, al fracaso, a la pérdida de estatus, a no encajar, a la soledad no elegida. El Evangelio no desprecia estos temores, sino que ofrece una salida más honda: ser conscientes de que nuestra vida está hecha de una esencia amorosa que hasta nuestros cabellos tiene contados. No tengamos miedo porque nuestra dignidad es renovada a cada instante. Vivamos desde la confianza que nos da sabernos conectados a ese Dios que nos invita a ser creíbles y coherentes ante el mundo.

FELIZ DOMINGO

Urteko 12. igandea – A – José A. Pagola

Grupos de Jesús
(Mateo 10,26-33)

ASKATU BELDURRETIK GEURE ELKARTEAK- LIBERAR DEL MIEDO A NUESTRAS COMUNIDADES

Kristau-iturriek jendea beldurretik askatzen aurkeztu digute Jesus. Atsekabetu egiten zuen jendea Erromaren boterepean izuturik ikusteak, legearen maisuen mehatxuez beldurturik, Jainkoagandik urrundurik beronen haserrearen beldurrez, legearekiko leialtasun eskasa leporatzen ziotelarik. Jainkoaz betea zuen bihotzetik desio bat bakarrik irten zekiokeen: «Ez beldur izan». Jesusen hitzak dira, behin eta berriz errepikatuak ebanjelioetan. Gehiago errepikatu beharko liratekeenak gaur egun ere beraren Elizan.

Beldurra nagusitzen da gutaz, gure bihotzean mesfidantza, segurtasun-eza eta barneko askatasun-falta hazten direnean. Beldur hau da gizakiaren problema nagusia. Beronetatik liberatzeko, geure bizitza Jainkoagan sustraitu besterik ez daukagu, gure ona bakarrik nahi baitu.

Horrela ikusten zuen Jesusek. Horregatik eman zion, beste ezer baino lehen, jendearen bihotzean konfiantza esnatzeari. Jesusen fede sakon eta xume hura kutsagarria zen: Jainkoak landako txolarreak, Galileako txori txikienak, horretarainoko txeraz zaintzen baditu, nolatan ez zaituzte zainduko zuek? Jainkoarentzat zeruko txori guztiak baino garrantzizkoago eta maiteago zarete. Lehen belaunaldiko kristau batek ondo jaso zuen mezua: «Ipini Jainkoagan zeuen itobehar guztia, berari zuen ona baitzaio axola».

Hona zein indartsu hitz egiten zion Jesusek gaixo bakoitzari: «Izan ezazu fedea. Jainkoa ez da ahaztu zutaz». Hona nolako pozez agur egiten zien sendaturik ikusten zituenean: «Zoaz bakean. Bizi zaitez ondo». Horixe zuen bere desio handia. Jendea bakean bizi zedila, beldurrik gabe, larritasunik gabe: «Ez ezazue elkar juzkatu, ez ezazua elkar gaitzetsi, ez iezaiozue elkarri kalterik egin. Bizi zaitezte adiskidetsu».

Asko dira jendeari sufriarazten dioten beldurrak, ezkutuan. Kalte egiten du beldurrak, kalte handia. Beldurra handitzen den lekuan, Jainkoa galdu egiten da begi-bistatik eta ito egiten da pertsonaren bihotzean berez egon ohi den onberatasuna. Itzali egiten da bizia, galdu egiten da poza.

Jesusen jarraitzaileen elkarte batek, beste gauza asko baino lehen, jendeak bere beldurra galduko duen leku izan behar du, Jainkoagan konfiantza jarriz biziko den leku. Elkarte bat, bake kutsagarria biziko duena, adiskidetasun min-mina biziko duena, gaur Jesusen deia entzuteko aukera emango duen leku: «Ez beldur izan».

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

LIBERAR DEL MIEDO A NUESTRAS COMUNIDADES – (Mateo 10,26-33)

Las fuentes cristianas presentan a Jesús dedicado a liberar a la gente del miedo. Le apenaba ver a las personas aterrorizadas por el poder de Roma, intimidadas por las amenazas de los maestros de la ley, distanciadas de Dios por el miedo a su ira, culpabilizadas por su poca fidelidad a la ley. De su corazón, lleno de Dios, solo podía brotar un deseo: «No tengáis miedo». Son palabras de Jesús que se repiten una y otra vez en los evangelios. Las que más se deberían repetir también hoy en su Iglesia.

El miedo se apodera de nosotros cuando en nuestro corazón crece la desconfianza, la inseguridad o la falta de libertad interior. Este miedo es el problema central del ser humano, y solo nos podemos liberar de él arraigando nuestra vida en un Dios que solo busca nuestro bien.

Así lo veía Jesús. Por eso se dedicó, antes que nada, a despertar la confianza en el corazón de las personas. Su fe profunda y sencilla era contagiosa: si Dios cuida con tanta ternura de los gorriones del campo, los pájaros más pequeños de Galilea, ¿cómo no va a cuidar de vosotros? Para Dios sois más importantes y queridos que todos los pájaros del cielo. Un cristiano de la primera generación recogió bien su mensaje: «Descargad en Dios todo agobio, que a él le interesa vuestro bien».

Con qué fuerza hablaba Jesús a cada enfermo: «Ten fe. Dios no se ha olvidado de ti». Con qué alegría los despedía cuando los podía ver curados: «Vete en paz. Vive bien». Era su gran deseo. Que la gente viviera con paz, sin miedos ni angustias: «No os juzguéis, no os condenéis mutuamente, no os hagáis daño. Vivid de manera amistosa».

Son muchos los miedos que hacen sufrir en secreto a las personas. El miedo hace daño, mucho daño. Donde crece el miedo se pierde de vista a Dios y se ahoga la bondad que hay en el corazón de las personas. La vida se apaga, la alegría desaparece.

Una comunidad de seguidores de Jesús ha de ser, antes que muchas otras cosas, un lugar donde la gente se libera de sus miedos y aprende a vivir confiando en Dios. Una comunidad donde se respira una paz contagiosa y se vive una amistad entrañable que hacen posible escuchar hoy la llamada de Jesús: «No tengáis miedo».

José Antonio Pagola

DOMINGO 12 T.O. – (A) – Fray Marcos

(Mt 10,26-33)

Tu verdadero ser es inviolable. De todo lo demás debes librarte.

El “no tengáis miedo” está encuadrado en el contexto de misión. Jesús acaba de decir a sus seguidores que les perseguirán, incluso los matarán. La advertencia de superar el miedo es aplicable a todas las situaciones que podemos encontrar en nuestra vida.

Hay un miedo instintivo que es producto de la evolución, imprescindible para mantener la vida biológica, ya sea huyendo, sea liberando energía para enfrentarse a la amenaza real. El hombre puede ser presa de un miedo aprendido racionalmente, que nos traiciona y nos lleva a desatinos constantes porque nos paraliza y atenaza.

Anhelamos lo que no tenemos y surge el miedo de no alcanzarlo. No estamos seguros de poder conservar lo que tenemos y surge el temor de perderlo. El miedo racional es la consecuencia de nuestros apegos. No hemos descubierto lo que somos y buscamos seguridades en otra parte. Conocido nuestro verdadero ser no hay lugar para el miedo.

Jesús no nos invita a no tener miedo, porque nos promete un camino de rosas. No se trata de confiar en que no me pasará nada desagradable, o que, si algo malo sucede, alguien me sacará las castañas del fuego. Se trata de una seguridad que permanece intacta en medio de las dificultades, porque no puede anular lo que de verdad somos.

Aceptar nuestras limitaciones y descubrir nuestra verdadera riqueza, es el único camino para llegar a la total confianza. La confianza es la primera consecuencia de salir de uno mismo y descubrir que mi fundamento no está de mí, sino en Él. Mi pasado es Dios, mi futuro es el mismo Dios; mi presente es Dios, no tengo nada que temer.

La confianza en Dios, nos obliga a salir de las falsas imágenes de Dios. Confiar en Dios es confiar en nuestro propio ser, en la vida, en lo que somos de verdad. Se trata de descubrir que Dios es el fundamento de mi ser y que puedo estar tan seguro de mí mismo como Dios está seguro de sí. La creación es como tiene que ser, si sé percibirla.

El miedo es el mejor medio de someter a otro. Todas las autoridades lo han utilizado siempre para conseguir el sometimiento de sus súbditos. Incluso las religiones han intentado manipular la divinidad para ponerla al servicio de intereses egoístas.

En nuestra religión, el miedo ha tenido y sigue teniendo una influencia nefasta. La jerarquía ha caído en la trampa de potenciar ese miedo. Han atribuido a Dios la misma estrategia que utilizamos para domesticar los animales: zanahoria o palo.

La causa de Dios es la causa del hombre. No nos engañemos, ponerse de parte de Jesús es ponerse de parte del hombre. Dios no está desde fuera manejando a capricho la creación. Está implicado en ella inextricablemente. Su voluntad es inmutable. No es algo añadido a la creación, sino la misma creación que se fundamenta en Él.

Esta seguridad no tiene nada que ver con lo que yo individualmente sea. La confianza no es un regalo para los buenos, sino una necesidad de los que no lo somos. Cuando confiamos porque nos creemos buenos, entramos en una dinámica peligrosísima, porque no confiamos en Dios, sino en nosotros mismos y en nuestras obras.

Todos los miedos se resumen en el miedo a la muerte. Si fuésemos capaces de perder el miedo a morir, seríamos capaces de vivir en plenitud. Todo lo que tememos perder con la muerte, es lo que teníamos que aprender a abandonar durante la vida.

La muerte solo nos arrebata lo que hay en nosotros de contingente, de individual, de terreno, de caduco, de egoísmo. El evangelio está hoy muy claro. Todo lo que te pueden arrebatar, aunque sea la vida, no debía importarte porque no es esencial.

12º domingo del T. O. –  Koinonía

Jeremías 20,10-13

Libró la vida del pobre de manos de los impíos

Dijo Jeremías: «Oía el cuchicheo de la gente: «Pavor en torno; delatadlo, vamos a delatarlo.» Mis amigos acechaban mi traspié: «a ver si se deja seducir, y lo abatiremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él.» Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Se avergonzarán de su fracaso con sonrojo eterno que no se olvidará.

Señor de los ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo del corazón, que yo vea la venganza que tomas de ellos, porque a ti encomendé mi causa. Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos.»

Salmo responsorial: 68

Que me escuche tu gran bondad, Señor.

Por ti he aguantado afrentas, / la vergüenza cubrió mi rostro. / Soy un extraño para mis hermanos, / un extranjero para los hijos de mi madre; / porque me devora el celo de tu templo, / y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí. R.

Pero mi oración se dirige a ti, / Dios mío, el día de tu favor; / que me escuche tu gran bondad, / que tu fidelidad me ayude. / Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia; / por tu gran compasión, vuélvete hacia mí. R.

Miradlo, los humildes, y alegraos, / buscad al Señor, y vivirá vuestro corazón. / Que el Señor escucha a sus pobres, / no desprecia a sus cautivos. / Alábenlo el cielo y la tierra, / las aguas y cuanto bulle en ellas. R.

Romanos 5,12-15

No hay proporción entre el delito y el don

Hermanos: Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron. Pero, aunque antes de la Ley había pecado en el mundo, el pecado no se imputaba porque no había Ley. A pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que había de venir. Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por la transgresión de uno murieron todos, mucho más, la gracia otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, sobró para la multitud.

Mateo 10,26-33

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído pregonadlo desde la azotea. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; no hay comparación entre vosotros y los gorriones.

Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo.»

 COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

No hay mentira que no encuentre su verdad tarde o temprano. En julio de 2014, luego de 38 años de impunidad, en un juicio sin precedentes, fueron condenados a cadena perpetua los autores del homicidio de Mons. Enrique Angelelli, obispo mártir de La Rioja, Argentina. Días antes el prelado había confesado a sus allegados que querían alejarlo del país: “Tengo miedo… pero no se puede esconder el evangelio debajo de la cama”. Su muerte fue presentada por la prensa local como un accidente y como tal fue tratada durante mucho tiempo, incluso por sus hermanos en el episcopado. Como tantos otros testigos de Jesús, Angelelli prefirió la verdad desnuda del evangelio a la incómoda seguridad de los cobardes.

El evangelio nos ha conservado algunos dichos o refranes con los que Jesús exhortaba a la comunidad de discípulos a no dejarse intimidar por las adversidades. Los discípulos, con frecuencia, veían la amenaza evidente que representaban los grupos armados, pero eran incapaces de descubrir el peligro encubierto en muchas personas e instituciones que alienaban y sometían ideológicamente a las personas.

Las comunidades cristianas primitivas tuvieron que afrontar la misma amenaza, que provenía de los ‘actores armados’ en conflicto. De una parte, las autoridades romanas con un despliegue enorme de fuerza militar y policial. De la otra parte, los fanáticos rebeldes dispuestos a eliminar al que no estuviera de acuerdo con ellos. En medio del ‘fuego cruzado’ estaba la comunidad cristiana con una propuesta alternativa de paz y justicia que no coincidía con ninguno de los dos bandos. Para los romanos, la justicia era, en gran medida, la aplicación universal de los principios que sostenían la legislación romana. El sometimiento a las duras condiciones de la ‘paz romana’ obligaba a las poblaciones de las colonias a pagar fuertes tributos, a incorporar en la propia religión el culto a los dioses imperiales y a destinar grandes masas de la población a la esclavitud y al servicio militar obligatorio. La comunidad cristiana luchaba por lugar un espacio para su propuesta en la sociedad: ellos querían una comunidad humana en la que fuera posible la solidaridad, el respeto por el otro, la distribución equitativa de los recursos. Sin embargo, en esta lucha estaban prácticamente solos. Los grupos rebeldes que se presentaban como la gran alternativa contra el imperio estaban regidos por la lógica de la violencia incontrolable, el sometimiento de los disidentes y por la imposición de la ideología del grupo. Estos grupos fanáticos veían a los cristianos como una amenaza para la identidad del grupo, por eso, con frecuencia los convertían en blanco de persecuciones y en ‘chivo expiatorio’ sobre el cual descargar toda su frustración, prepotencia e intolerancia.

Pero, Jesús ponía en guardia a toda la comunidad contra la creencia de que la única amenaza estaba representada por las armas de metal, piedra y madera. La amenaza mas grave provenía, con frecuencia, de las ideologías que estos grupos representaban. Tanto la ideología de legitimación del imperio romano como los ideales de venganza de los fanáticos rebeldes escondían todo su veneno. Cada grupo se presentaba como un defensor de la justicia, la paz y la libertad, pero evidentemente los hechos contradecían sus grandilocuentes discursos. Cada grupo perseguía sus intereses particulares ignorando los más mínimos principios éticos. El dilema para los cristianos era el de alinearse en uno u otro bando, creyendo que así se alcanzarían los ideales de justicia, paz y libertad que Jesús de Nazaret había propuesto con su ideal del reinado de Dios.

Este mismo problema lo afronta Pablo desde el punto de vista de la justificación por la ley. Las comunidades cristianas estaban deslumbradas por la creencia de que el cumplimiento estricto de los preceptos religiosos conducía inevitablemente a la salvación del individuo. Pero, Pablo denuncia esta falsa creencia al denunciar que el mero cumplimiento de la letra de la ley no conduce a la justicia. La ejecución de los deberes del culto, como las ofrendas, los baños rituales, los sacrificios, las peregrinaciones… no garantizan una auténtica experiencia de Dios. La reunión de grandes masas en los templos o en las sinagogas no son sin más expresión de un auténtico encuentro con el hermano. Los favores intercambiados entre parientes, colegas, coterráneos o correligionarios no constituyen genuina solidaridad. Pablo denuncia precisamente la incapacidad de los mecanismos habituales de la religión para brindar a la comunidad humana una auténtica experiencia de fraternidad, esperanza y comunión.

Pablo invita a la comunidad a no dejarse engañar por las artimañas de el legalismo, el ritualismo y la religión de masas. La justicia que nos une al Dios de la vida es un don para toda la comunidad. La auténtica religión es aquella que nos conduce del hermano hacia Dios, mediante la compasión, la misericordia y la solidaridad.

El cristiano que se ha comprometido con la causa del reino puede, entonces, hacer suyas las palabras del profeta Jeremías y clamar: «a ti, Señor, he encomendado mi causa». Pero no como expresión superflua de triunfalismo religioso ni como pura exaltación individualista de los bienes recibidos, sino como expresión de la única justicia posible: la vida plena del pobre. Porque, la vida plena es manifestación patente de que la lógica de la muerte no ha prevalecido. Si el pobre vive, vive por gracia de Dios y por la opción radical de las comunidades humanas que no se dejan sumir en la lógica legalizada de la barbarie. Por eso el profeta nos invita a alabar al Señor, porque Él ha salvado la vida del pobre.

Tanto la violencia, el afán de venganza, el imperialismo como el ritualismo, el legalismo y la alienación son armas ideológicas ocultas que conducen imperceptiblemente a la pequeña comunidad hacia la muerte. Estos son los enemigos que pueden matar no solo el cuerpo, sino también el alma y llevar a la gente a las inaplacables llamas del fanatismo. Si una comunidad no va a fondo en su conocimiento de la palabra de Jesús, si no descubre los peligros ocultos al interior de ella misma, si no es radical en su opción por la vida, es muy probable que termine creyendo que la paz es la ausencia de guerra y que la justicia es un asunto individual, negando así la gracia y la justicia como bien mayor.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 93 de la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «Los que matan el cuerpo». El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: https://radialistas.net/93-los-que-matan-el-cuerpo/.

 

NO VAYÁIS A TIERRA DE PAGANOS-Fidel Aizpurúa

Fidel Aizpurúa

Leer el evangelio reflexivamente conlleva el leerlo, así mismo, críticamente, de manera atenta. En los detalles se encierra, muchas veces, una luz.

En las recomendaciones que Jesús da a sus discípulos cuando van a la misión hay una que nos choca: NO VAYÁIS A TIERRA DE PAGANOS. Jesús mismo contravendrá esta orientación: él fue a tierra de paganos (a Fenicia, a la Decápolis). A la primera comunidad cristiana le costará entender algo muy sencillo: que la oferta del reino que hace Jesús es para todos, incluso para esos paganos que creíamos destinados al infierno. También ellos llevan el “soplo incorruptible” de Dios, su espíritu, como diría muchos años antes el libro de la Sabiduría (Sab 12,1).

¿Cómo ir nosotros a tierra de paganos? Muchos dirán que ya estamos en ella. Nos rodea la increencia, la práctica religiosa es baja, el cumplimiento de la moral religiosa mermado. ¿Cómo vivir la fe en un ambiente tal?

  • Con equilibrio: nuestra época no es ni mejor ni peor que otras. Hay cosas cuestionables y otras muy buenas. Hemos de amar el tiempo que nos ha tocado en suerte.
  • Con empatía: sin orgullo innecesario por ser cristianos y sin complejo de inferioridad. Podemos vivir la fe como ciudadanos normales que tienen unos valores que humanizan.
  • Con colaboración:haciendo ver que las situaciones sociales nos interesan y que estamos dispuestos a poner de nuestra parte lo que todo buen ciudadano debería poner.

Se dice que estamos asistiendo a u renacimiento religioso. Si fuere así, nosotros nos alegramos. Pero si no fuera así, los seguidores/as de Jesús sabemos que tenemos un lugar en la sociedad siempre que seamos buenos vecinos, cosa sencilla pero no fácil. Desde ahí podremos hacer la oferta del evangelio en modos asequibles y convincentes.

En una sociedad sumida en la incertidumbre, León XIV ha decidido rescatar la esperanza. Quizá por eso sus palabras encuentran eco mucho más allá de los creyentes. Porque allí donde otros ofrecen miedo, odio o resentimiento, él recuerda una verdad elemental: que ninguna época ni ninguna generación están condenadas para siempre si hay hombres y mujeres bondadosos. Y que el mal, por poderoso que parezca, nunca debe tener la última palabra.

Fidel Aizpurúa Donaza

DOMINGO XI – A – Fray Marcos

Mt 9,36-10,8

Estar más cerca o más lejos de Jesús no lo determina él. Lo elige cada uno.

Las lecturas de hoy tienen una gran variedad de temas. La pregunta que nos debíamos hacer en este domingo es la siguiente: ¿Qué salvación ofrece Jesús en el evangelio? Lo que ha llegado a nosotros es ya una interpretación de lo que dijo.

El relato del Éxodo fue para el pueblo judío la cima de su experiencia religiosa, pero no se trató de ninguna actuación puntual de Dios. La experiencia de salvación de los israelitas no fue más que una interpretación de acontecimientos favorables. Cuando los aconteci­mientos eran adversos, los interpretaban como castigo del mismo Dios.

En tiempo de Jesús se sintieron liberados del demonio, de las enfermeda­des, de sus pecados. ¿De qué nos tienen que salvar hoy? Para la mayoría de los cristianos, salvarse es evitar la condenación. Salvación debe ser alcanzar la plenitud de ser a la que estoy destinado. Esa plenitud tenía que dar sentido a toda mi vida.

Tal como entendemos la salvación, da la impresión de que a Dios le salió mal la creación y ahora solo con remiendos puede llevar a feliz término su obra. La Biblia dice en el relato de la creación que vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno. Dios no tiene que cambiar nada, somos nosotros lo que debemos cambiar.

Dios no tiene que librarnos de nada. Nuestras limitaciones son consecuencia de nuestra condición de criaturas. Dios no puede evitarlas. La salvación hay que buscarla a pesar de las limitaciones. En una ocasión Jesús dijo «Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo.»

Cuando habla de los doce no quiere decir que los apóstoles fueran exactamente doce, con nombres y apellidos, sino el nuevo Israel. También las doce tribus son un mito: El dios sol rodeado de los signos del zodiaco. Tomar hoy los doce como número de personas investidas por Jesús de un poder especia es anacrónico. La necesidad de un nuevo fundamento del nuevo pueblo llegó mucho más tarde.

No podemos seguir manteniendo la idea de que lo importante en nuestra Iglesia, es la jerarquía. La obligación de “proclamar” el evangelio es de todos los que forman la comunidad, no de unas personas separadas y elegidas especialmente para esa tarea. El Vaticano II habló de la misión de los laicos, pero no queremos enterarnos.

La misión no debía ser un ingente esfuerzo por acrecentar el número de los que pertenecen a la Iglesia, sino el aumentar el número de los que son objeto de nuestro cuidado. El verdadero seguidor de Jesús tiene que considerar a todo hombre como perteneciente a la comunidad, porque todos tienen que ser el objetivo de su servicio.

Una comunidad no es cristiana si no está abierta a todos los hombres. A la comunidad cristiana pertenecen todos los seres humanos. Si dejamos fuera a uno solo, se convertirá en un gueto y dejaría de ser la comunidad de Jesús. La Iglesia (pueblo de Dios) debe estar volcada sobre los demás, no replegada sobre sí misma.

Es sorprendente la frase:” no vayáis a tierra de paganos”. Parece que va en contra del espíritu de Jesús. Él mismo salió varias veces de galilea. Una vez más, nos faltan datos para una interpretación adecuada. Tal vez quiera decir que no los veía preparados para una tares universal y prefería afianzar la fe de los ya judíos.

Termina el evangelio con una frase tajante: “Gratis habéis recibido, dad gratis”. Solo cuando doy lo que he recibido, lleno de sentido el don que se me ha regalado. Cuando quiero acaparar lo que soy y lo que tengo, Lo convierto en algo estéril para mí y para los demás. La gratuidad tenía que ser la norma de la comunidad cristiana.

Urteko 11. igandea – A – José A. Pagola

Mateo 9,35–10,8)

por Coordinador – Mario González Jurado

EGITARAU ASKATZAILEA – PROGRAMA LIBERADOR

Kristau askok uste du bere fedea erantzukizunez ari dela bizitzen, praktika erlijioso jakin batzuk betetzen dituelako eta bere portaera lege moral eta arau eliztar batzuen araberakoa delako.

Era berean, kristau-elkarte askok pentsatzen du leial ari dela betetzen bere egitekoa, katekesi-zerbitzua eta fede-heziketa eskaintzen saiatzen delako, eta kristau-kultua duinki ospatzen ahalegintzen delako.

Hau al da Jesusek abian jarri nahi izan zuen gauza bakarra bere ikasleak munduan barna bidali zituenean? Hau al da historiaren bihotzean isuri nahi izan zuen bizia?

Jesusen hitzak berriro entzun beharra dugu, fededunek gizarte honetan dugun benetako misioa berraurkitzeko. Honela jaso du Mateo ebanjelariak Jesusen agindua: «Zoazte eta hots egin hurbil dela zeruetako erreinua. Sendatu gaixoak, berpiztu hildakoak, garbitu lepradunak, bota deabruak. Doan hartu duzu, eman doan».

Gure lehen egitekoa gaur egun ere hots egitea da Jainkoa gugandik hurbil dagoela, gizadiaren zoriontasuna salbatzen tematurik. Baina Jainko salbatzaile baten iragarpen hau ez da gauzatzen diskurtso eta hitz iradokitzailez bakarrik. Ez da segurtatzen, ez katekesiaz, ez erlijio-irakasketaz. Jesusek berak gogorazi digu Jainkoa hots egiteko modua: doan lan egitea gizon-emakumeei bizi berria isurtzeko.

«Sendatu gaixoak, hau da, liberatu bizia lapurtzen eta sufriarazten dien guztitik. Sendatu arima eta gorputza minez deseginik eta eguneroko bizitzaren laztasun gupidagabeak estuturik sentitzen direnei.

«Berpiztu hildakoak», hau da, liberatu jendea bere bizia blokeatzen eta bere esperantza hiltzen dion guztitik. Iratzarri berriro biziaren maitasuna, Jainkoarekiko konfiantza, borrokarako gogoa eta askatasun-nahia bizitza pixkana hiltzen ari zaien hainbat eta hainbat gizon-emakumeri.

«Garbitu lepradunak», hau da, garbitu gizarte hau hainbat eta hainbat gezur, hipokresia eta konbentzionalismotik. Lagundu jendeari egia, xumetasun eta ondradutasun handiagoz bizitzen.

«Bota deabruak», hau da, liberatu jendea hainbat eta hainbat idolotatik, esklabo bihurtzen gaituzten, gutaz jabetzen diren eta geure bizikidetasuna txartzen diguten idoloetatik. Jendea liberatzen ari garen lekuan, han ari gara Jainkoa hots egiten.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

11 Tiempo ordinario – A (Mateo 9,36–10,8)

por Coordinador – Mario González Jurado

PROGRAMA LIBERADOR

Muchos cristianos piensan estar viviendo su fe con responsabilidad porque se preocupan de cumplir determinadas prácticas religiosas y tratan de ajustar su comportamiento a unas leyes morales y unas normas eclesiásticas.

Asimismo, muchas comunidades cristianas piensan estar cumpliendo fielmente su misión porque se afanan en ofrecer servicios de catequesis y educación de la fe, y se esfuerzan por celebrar con dignidad el culto cristiano.

¿Es esto lo único que Jesús quería poner en marcha al enviar a sus discípulos por el mundo? ¿Es esta la vida que quería infundir en el corazón de la historia?

Necesitamos escuchar de nuevo las palabras de Jesús para redescubrir la verdadera misión de los creyentes en medio de esta sociedad. Así recoge el evangelista Mateo su mandato: «Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis lo habéis recibido, dadlo gratis».

Nuestra primera tarea también hoy es proclamar que Dios está cerca de nosotros, empeñado en salvar la felicidad de la humanidad. Pero este anuncio de un Dios salvador no se hace solo a través de discursos y palabras sugestivas. No se asegura solo con catequesis ni clases de religión. Jesús nos recuerda la manera de proclamar a Dios: trabajar gratuitamente por infundir a los hombres nueva vida.

«Curar enfermos», es decir, liberar a las personas de todo lo que les roba vida y hace sufrir. Sanar el alma y el cuerpo de los que se sienten destruidos por el dolor y angustiados por la dureza despiadada de la vida diaria.

«Resucitar muertos», es decir, liberar a las personas de aquello que bloquea sus vidas y mata su esperanza. Despertar de nuevo el amor a la vida, la confianza en Dios, la voluntad de lucha y el deseo de libertad en tantos hombres y mujeres en los que la vida va muriendo poco a poco.

«Limpiar leprosos», es decir, limpiar esta sociedad de tanta mentira, hipocresía y convencionalismo. Ayudar a las gentes a vivir con más verdad, sencillez y honradez.

«Arrojar demonios», es decir, liberar a las personas de tantos ídolos que nos esclavizan, nos poseen y pervierten nuestra convivencia. Allí donde se está liberando a las personas, allí se está anunciando a Dios. José Antonio Pagola