CARMEN ILABACA H.,
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CHILE.
ECLESALIA ECLESALIA, 29/07/10.- “No tengas miedo de mirarlo a Él”, me dijeron una vez... y hasta hoy... lo sigo mirando y encantando. ¡Y, aquí estoy firme en mi fe! No hay lugar a dudas, sigo a Jesús en mi corazón y en mi actuar... ¡y soy mujer!
Al igual que yo, muchas mujeres seguimos a Jesús solo con la estola de nuestro bautismo. “Fuiste bautizada en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo... ¿y qué más quieres?”, me dijo una vez un sacerdote vestido de plomo con cuello romano. ¿Qué más quiero?, pero si yo quiero hacer lo que Jesús dijo: “Hagan esto en memoria mía”, pero cánones y decretos no me dejan porque soy mujer, como si fuera una impura de hoy, incapaz de tomar el cáliz.
Y así he ido diciendo lo que mi corazón y mi fe siente... y mientras más lo hago... más me empujan hacia fuera. Ya no me llaman a dar encuentros sobre Jesús en parroquias del sector... ya no participo en talleres o cursos parroquiales... y eso no me tiene triste. ¡Sí!, igual sigo su camino con las preferidas del Reino... la mujer pobre.
En los comentarios, que hacen los visitantes de este blog, con frecuencia se recurre a la “ley natural”. Como es un asunto al que algunos le conceden notable importancia, me ha parecido que puede ayudar a los lectores aclarar algunas cuestiones relativas a esa ley.
Lo más elemental: en todos los manuales de filosofía y de ética (los que hablan de este tema), lo primero que se explica es que no es lo mismo la ley “natural” que la ley “positiva”. La ley “natural” (si es que existe) es la que está inscrita en la naturaleza del ser humano, de forma que todo ser humano, por el solo hecho de serlo, por eso lleva en sí la ley “natural”, como lleva en sí todo lo que es “natural” al ser humano, por ejemplo, respirar, tener hambre, sufrir, morir…
La ley “positiva” es la que brota, no de la “naturaleza” humana, sino de una “autoridad” (religiosa, civil, militar…). Si la autoridad es religiosa, en ese caso, la ley ya no se percibe por la “naturaleza”, sino por la “fe” (por la “creencia”). El acto religioso no es nunca (ni puede serlo) una “necesidad natural”, sino que es siempre una “creencia libre”. Si deja de ser libre, deja de ser meritorio y, por tanto, deja de ser religioso.
La crisis de la pedofilia en la Iglesia romano-católica no es nada en comparación con la verdadera crisis, esta sí, estructural, crisis que concierne a su institucionalidad histórico-social. No me refiero a la Iglesia como comunidad de fieles. Ésta sigue viva a pesar de la crisis, organizándose de forma comunitaria, y no piramidal como la Iglesia de la Tradición.
La cuestión es: ¿que tipo de institución representa a esta comunidad de fe? ¿Cómo se organiza? Actualmente, ella aparece como desfasada de la cultura contemporánea y en fuerte contradicción con el sueño de Jesús, percibido por las comunidades que se acostumbraron a leer los evangelios en grupos y hacer así sus análisis.
Dicho de forma breve pero sin caricatura: la institución-Iglesia se sustenta sobre dos formas de poder: uno secular, organizativo, jurídico y jerárquico, heredado del Imperio Romano y otro espiritual, asentado sobre la teología política de San Agustín acerca de la Ciudad de Dios que él identifica con la institución-Iglesia.
La Iglesia debería ser el ámbito de la palabra. En ella se funda, se consolida y se abre a la epifanía lúcida del mensaje de Jesús. Es palabra el vértigo de la fe, entrega amorosa la palabra, esperanza la palabra creadora. Todo se compendia en la palabra hecha humanidad, compañera y prójima, amor y preocupación, gozo y dolor al lado de cada ser en el tiempo, del hombre empujado y angustiado, libre y sorprendido, eternamente sorprendido, ante la grandeza del propio misterio y la ontológica pobreza de sí mismo.
Durante gran parte del siglo XX, la Iglesia se sintió perseguida, prohibida la voz, la presencia y la gestualidad en los llamados países situados tras el telón de acero, la antigua URSS. Entonces se sentía víctima de una ordenación injusta, aplastada por un régimen totalitario, por un comunismo opresor erigido como baluarte del ateísmo activo. Era la llamada Iglesia del silencio.
La historia siguió su camino, cayó el muro de Berlín, se desmoronó el bloque de los pases soviéticos y cada cual retomó su quehacer. La Iglesia católica volvió a tener sus nuncios-embajadores. Polonia aportó un Papa genéticamente parido en la prohibición y la ortodoxia más exigente y la Iglesia sufrió un retroceso histórico cegando la apertura aportada por el Concilio Vaticano II.
Confío en que disfruteis del verano, con esta lectura del Centro Ellacuría, de julio de 2005:
El verano es tiempo de descanso, ocasión para cobrar distancia sobre lo vivido a lo largo del año y disfrutar de las personas, de la naturaleza, de Dios. Os proponemos en este breve artículo algunos ejes que puedan estructurar el sentido de nuestro descanso:
– Tiempo para dejar a las cosas que sean y gozar con ellas, para permitir también que lo humano nuestro se desvele y resplandezca. Un espacio para cultivar activamente la pasividad.
– Tiempo para los demás, para disfrutar de las relaciones humanas, para celebrar y acrecentar la unión fraterna, para saborear alegrías y tristezas ajenas.
– Tiempo para Dios, para asomarnos al misterio que late en lo profundo de la vida y rendirnos ante él, para descalzarnos ante lo sagrado y contemplar.