La Iglesia católica española pierde creyentes y practicantes: se desploman las bodas, bautizos y comuniones

Jesús Bastante
Religión Digital

Más allá de lo formal –casi dos tercios de los españoles se declaran católicos, y más de tres cuartas partes han sido bautizados–, la práctica religiosa y sacramental en nuestro país ha vivido un brusco descenso en los últimos años

En apenas una generación, los fieles han ido abandonando los templos. Ya no se casan por la Iglesia, y cada vez menos se bautizan o hacen la primera comunión, históricamente los ritos de entrada en la Iglesia católica. Las primeras comuniones han pasado de 245.427 en 2012, a 222.345 en 2018, mientras que en el caso de los bautizos la cifra ha caído en picado: de 268.810 bautizos en 2012, a 1

A finales de junio, diócesis como Plasencia o Valencia serán las primeras en comenzar a celebrar comuniones, bautizos y bodas en los templos católicos, ceremonias que se han visto frenadas por el impacto del coronavirus. Y, salvo algunas colas en lugares ‘de moda’ (Los Jerónimos en Madrid, y muchas de las basílicas en Sevilla, además de las catedrales de Burgos, Ávila o León), lo cierto es que el retorno de los ritos sacramentales no tendrán la afluencia de otros años. ¿La razón? No sólo la COVID–19, sino el hecho de que la sociedad española, en la práctica, ha dejado de ser católica.   Leer más…


 

¿Qué teología y para qué?

José Arregi

Enviado a la página web de Redes Cristianas

A los 24 años, en plena ebullición espiritual e intelectual y en medio de todas mis dudas, en aquel Arantzazu de 1976, tuve una firme certeza interior: quería estudiar y enseñar teología. No sabría distinguir con claridad lo que aquella decisión tenía de verdadera fidelidad a lo más hondo de mí o de huida de mis propios miedos y sombras. Sea como fuere, entonces creía saber mucho más que hoy sobre Dios, Jesús, la Iglesia, el pecado y la salvación, la muerte y el más allá, sobre el Credo entero.

Se me había dado una verdad que enseñar, la respuesta última de todas las preguntas sobre lo divino y lo humano, y eso deseaba ofrecer a la nueva sociedad urbana, moderna, secular de aquel tiempo. Las “dudas de fe” me asaltaban a menudo, pero a mis 18 años alguien me descubrió –¡qué liberación aquella noche en Olite!– que tal era la condición del creyente, inherente a la fragilidad humana, que bastaba decir como el hombre del evangelio, padre sufriente de un niño enfermo: “Creo, pero ayúdame a creer más”. 

 Me liberé de la angustia de la duda, pero no del concepto de fe. Todavía seguí pensando que la fe conllevaba la profesión de unas creencias, por extrañas que pudieran parecer. Eran los años del Postconcilio y se nos planteaba el reto de ser creyentes modernos, de profesar una fe compatible con la razón, aunque a menudo hubiera que hacer encaje de bolillos para hacer “creíbles” dogmas como la concepción virginal de Jesús, su muerte expiatoria, su resurrección física, la inmaculada concepción de María o la infalibilidad del papa. Justamente, la teología se había definido desde antiguo como “intelligentia fide”, inteligencia de la fe. Y esa era la misión del teólogo en la Iglesia y en el mundo: justificar –más que criticar o depurar– los dogmas, entenderlos de manera “razonable”. Esa tarea me apasionaba como vocación personal, más aun, como reto cultural…Leer más…


 

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