DOMINGO 15 (A) (Mt 13,1-23) – FRAY MARCOS

Mt 13,1-23
Creerme tierra buena es el mayor peligro

Las parábolas son muy apropiadas para hablar de la trascendencia. Al partir de conceptos simples, tomados de la vida cotidiana y que todo el mundo conoce, nos proyecta hacia una realidad que va más allá de lo material. La parábola por estar pegada a la vida conserva el frescor de lo genuino y auténtico a través del tiempo.

Es una de las parábolas más comentadas, pero siempre en la dirección que marca el mismo evangelio al alegorizarlas en su comentario. Otras explicaciones son posibles y vamos a intentar mostrar algunas de ellas y veréis que pueden ser interesantes.

El relato en sí no es significativo, poco importa cómo nace y da fruto ese relato, en sí anodino, da que pensar, cuestiona mi manera de ser, me dice que otro mundo es posible y espera de mí una respuesta vital. En toda parábola existe un punto de inflexión que rompe la lógica del relato. Ahí está el verdadero mensaje.

El objetivo de la parábola es sustituir una manera simple de ver el mundo, por otra abierta a una nueva realidad llena de sentido. Obliga a mirar a lo profundo del ser y descubrir posibilidades increíbles. La parábola no dice nada al que no está dispuesto a cambiar. Dice más de lo que se puede decir, al que está dispuesto a escuchar.

La alegorización de esta parábola es fruto de la primera comunidad, que intenta moralizarla. Para descubrir el sentido hay que dejarse empapar por las imágenes. Exige una respuesta personal y vital; obliga a tomar postura ante la alternativa que propone. Si no tomas la decisión de cambiar, ya has definido tu postura.

Los exegetas apuntan a que, en un principio, los protagonistas de la parábola fueron el sembrador y la semilla. El sembrador como ejemplo de generosidad y la semilla como ejemplo de potencial ilimitado. El objetivo habría sido animar a predicar sin calcular la respuesta de antemano. Hay que sembrar a voleo, sin reserva alguna.

No debemos dar importancia al número de los que responden. La intensidad de una sola respuesta da sentido a toda sinuosa y larga trayectoria de la existencia humana queda justificada con la aparición de un solo Francisco de Asís. Por eso Jesús pudo decir: El Reino ya está aquí, yo lo estoy haciendo presente.

Más tarde se dio importancia a las condiciones de la tierra (actitud del oyente). Esta alegorización no sería original de Jesús sino un intento de acomodarla a la nueva situación de los cristianos, cambiando el sentido y haciéndola más moralizante.

Incluso en un sentido alegórico, no debemos pensar en unas personas como tierra buena y otras como tierra mala. Más bien debemos descubrir en cada uno de nosotros la tierra dura, las zarzas, las piedras que impiden a la semilla fructificar.

El fruto no es el éxito externo o las obras, sino el cambio de mentalidad del que escucha. El fruto sería una nueva manera de relacionarse con Dios, consigo, con los demás y con la naturaleza. No se puede crecer en humanidad sin esas relaciones.

Esta relación tiene que ser como persona, porque generalmente nos relacionamos con los demás como cosas, de las que nos podemos aprovechar. Cuando hago esto me deshumanizo. Descubriendo al otro y volcándome en él, despliego mis posibilidades de ser. Solo desde esta actitud podremos desplegar a la esencia de lo humano.

“El que tenga oídos que oiga”. En aquel tiempo, era la doctrina oficial la que impedía aceptar el mensaje. Hoy siguen siendo los prejuicios religiosos los que nos mantienen atados a falsas seguridades que nos impiden una respuesta al mensaje.

Urteko 15. igandea – A (Mateo 13,1-23)

FEDEAZ EREIN

Urte gutxitan ari gara pasatzen sakonki erlijiosoa zen gizarte batetik, zeinetan kristautasunak zeregin erabakigarria burutzen baitzuen pertsonen bizitzan eta bizikidetasun sozialean, biziera laikoago eta fedegabeko batera, zeinetan erlijiotasuna garrantzia galtzen ari baita.

Ohituak ginelarik «kristaudi erlijioso batean bizitzen, zeinetan erlijiotasuna agiri-agirian baitzegoen presente kale, plaza, eskola eta etxeetan, fededun asko dira ondoezik sentitzen direnak eta sufritzen dutenak oraingo egoera berrian.

Are gehiago. Kasik konturatu gabe irits gintezke pentsatzera ezen ebanjelioak berak galdu egin duela lehenago zuen birtualtasuna, eta Jesusen mezuak ez duela jadanik, ez sugarrik, ez indarrik, gizaki modernoa konbentzitzeko.

Horregatik da beharrezkoa Jesusen parabola arretaz entzutea. Itxuraz esan nahirik gabea eta soil-soila izan arren, ebanjelioak bere baitan ahaltasun eta gaitasun indartsu bat duela jarraitzen du gizakia salbatzekoa gizatasuna kentzen dion orotatik. Nekez aurkituko dugu ezer edo norbait gure bizitzari zentzu gizatarragorik eta askatzaileagorik eman diezaiokeenik

Egia da, bere indar askatzailea erabiliko badu, ebanjelio hau leial aurkeztu beharko da, bere egiatasun, bere eskakizun eta bere esperantza guztiez. Desitxuratu eta koldarkeriarik gabe. Borondatezko alderdikeriarik gabe, manipulazio probetxu hutsekorik gabe.

Egia da, bestalde, ebanjelioak harrera egiatia eskatzen duela eta guztizko prestasuna. Eta asko dira Jesusen hitzaren efikazia ito eta baliogabetu dezaketen faktoreak; esaterako, aberastasuna, interes egoistak, koldarkeria.

Alabaina, ebanjelioak gaur egun ere ustekabeko bere energia gizatiartzailea gordez jarraitzen du. Hori ahaztea oker tamalgarria izango litzateke gizarte modernoarentzat. Nola nahi den, fededunok gogoan izan behar dugu ez garela bizi «uzta jasotzeko» aroan, baizik eta, ebanjelioak duen indar berriztagarrian fedea jarriz, ereiteko aroa dugula.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

SEMBRAR CON FE:

En pocos años estamos pasando de una sociedad profundamente religiosa, donde el cristianismo jugaba un papel decisivo en la vida de las personas y en la convivencia social, a otro estilo de vida más laico e increyente, donde lo religioso va perdiendo importancia.

Acostumbrados a una «sociedad de cristiandad» donde lo religioso estaba presente visiblemente en nuestras calles, plazas, escuelas y hogares, son muchos los creyentes que sienten malestar y sufren ante la nueva situación.

Más aún. Casi sin darnos cuenta podemos llegar a pensar que el evangelio ha perdido su anterior virtualidad, y el mensaje de Jesús no tiene ya garra ni fuerza de convicción para el hombre moderno.

Por eso se hace necesario escuchar con atención la parábola de Jesús. Aun en su aparente insignificancia y modestia, el evangelio sigue encerrando una virtualidad poderosa para «salvar» al hombre de lo que le deshumaniza. Difícilmente encontraremos algo o a alguien que pueda dar un sentido más humano y liberador a nuestras vidas.

Es cierto que, para ejercer su fuerza liberadora, este evangelio ha de ser presentado con fidelidad, en toda su verdad, sus exigencias y su esperanza. Sin deformaciones ni cobardías. Sin parcialismos intencionados ni manipulaciones interesadas.

Es cierto también que el evangelio exige una acogida sincera y una disponibilidad total. Y son muchos los factores que, como la riqueza, los intereses egoístas o la cobardía, pueden ahogar y anular la eficacia de la palabra de Jesús.

Pero el evangelio sigue teniendo hoy una energía humanizadora insospechada. Olvidarlo sería un error lamentable para la sociedad moderna. En cualquier caso, los creyentes hemos de recordar que no es momento de «cosechar», sino hora de sembrar con fe en la fuerza renovadora que se encierra en el evangelio.

José Antonio Pagola

15º domingo del T.O. – Koinonía

Isaías 55,10-11

La lluvia hace germinar la tierra

Así dice el Señor: «Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.»

Salmo responsorial: 64

La semilla cayó en tierra buena y dio fruto.

Tú cuidas de la tierra, la riegas / y la enriqueces sin medida; / la acequia de Dios va llena de agua, / preparas los trigales. R.

Riegas los surcos, igualas los terrones, / tu llovizna los deja mullidos, / bendices sus brotes. R.

Coronas el año con tus bienes, / tus carriles rezuman abundancia; / rezuman los pastos del páramo, / y las colinas se orlan de alegría. R.

Las praderas se cubren de rebaños, / y los valles se visten de mieses, / que aclaman y cantan. R.

Romanos 8,18-23

La creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios

Hermanos: Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá. Porque la creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por uno que la sometió; pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto. Y no sólo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo.

Mateo 13,1-23

Salió el sembrador a sembrar

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»

[Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?» Él les contestó: «A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: «Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure.» ¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe. Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno.»]

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

Hoy vamos a ofrecer dos propuestas de homilía. Una, la clásica, que ponermos en segundo lugar; y otra centrada en una perspectica ecológica, de la que tanta necesidad tenemos.

Primera propuesta para una homilía

En las tres lecturas de la liturgia de hoy está presente la naturaleza. En vez de centrarnos, como habitualmente, en el tema de la responsabilidad humana y el rendimiento de nuestro trabajo, por la parábola del sembrador, vamos a centrarnos en esa presencia de la naturaleza en las tres lecturas.

  • En primer lugar –y sería bueno hacerlo notar ya en el ‘acto penitencial’ de la celebración– deberíamos tomar conciencia del alejamiento en que ordinariamente vivimos la religiosidad, respecto de la naturaleza. Como si no viviéramos en la naturaleza: La mayor parte de nosotros –si el ambiente de la celebración lo permitiera, sería bueno mostrarlo, haciendo unas preguntas improvisadas a los participantes– ignoramos los datos más ordinarios de la vida de la naturaleza que nos rodea. ¿Cuántos de nosotros saben, por ejemplo, en qué fase de la Luna estamos? ¿O por dónde está el Norte en esta sala/templo en el que estamos? ¿O por dónde sale el Sol (Este)? ¿O qué coordenadas (longitud/latitud), aproximadamente, estamos, o nuestro barrio, o la ciudad…? ¿O cómo se llaman, de qué especie son, las flores que quizá hay en la sala, o los árboles que hemos visto en la calle al venir? ¿O qué se ve desde nuestra ciudad: la Osa Menor, o la Cruz del Sur? ¿O qué constelación se ve en el cielo en esta época del año cuyo dibujo y nombre lo pusieron los babilonios o los persas y lo venimos repitiendo desde hace tres mil años? ¿O cuál es, dónde se la ve en el cielo, la estrella más cercana a nosotros después del Sol? ¿O cuál de ellas es Sirio, la que pasa por ser la más bella, que habrá sido admirada y contemplada hasta la extenuación en millones de noches por nuestros ancestros, desde el Paleolítico más profundo? ¿O cuál es la constelación de Orión, a la que miraban los egipcios de los varios Imperios –¡cinco mil años!–, viendo en ella, no sólo la morada de Osiris, de Set, de Horus… sino las almas de los egipcios que lograron pasar el tránsito hacia la morada divina en el firmamento (que entonces no era galaxia…)?

Éstas serían preguntas elementales, obvias, para un habitante de la naturaleza y del cosmos, alguien que se sintiera en ellos «en casa», en su «oikos» (home), nada menos que en su propio hogar, donde todo es conocido, familiar, entrañable. Pero no. La mayoría de nosotros no conoce lo más elemental de este «hogar», vive fuera como de él, anda en sus preocupaciones, tiene la cabeza en otras historias, y el corazón en otras compañías.

Ésta es la primera constatación, llamativa, y grave. Si no nos sentimos en nuestro hogar en el cosmos, ¿cuál es nuestro hogar? ¿Dónde está? ¿Si no estamos arraigados en este cosmos, somos humanos? Si no conocemos y amamos este cosmos planetario, ¿estará siendo sana nuestra religiosidad, o completo nuestro cristianismo? Seguro que nos vienen a la mente –y al corazón– más preguntas.

  • Lo que Isaías, Pablo, incluso Jesús y sus contemporáneos, sabían de la naturaleza y del cosmos, es ínfimo, en comparación con lo que hoy sabemos nosotros. Hasta los hagiógrafos –los redactores de los textos que luego se reunieron en la Biblia– cometieron errores sobre la naturaleza; en los estudios de graduación de teología o biblia se citan errores típicos, como la clasificación taxonómica de algunos animales; es bien explicable, pues la primera aproximación científica de la taxonomía surgiría con Lamarc, en el siglo XVIII. La ignorancia científica sobre la naturaleza ha sido inabarcable hasta el desarrollo de la Revolución Científica. Hace 100 años, todavía no sabíamos que el universo se estaba expandiendo. Cuando nacieron nuestros padres no había más que una galaxia… no sabían ni menos imaginaban que pudiera haber otras que la que veían. Hace sólo 30 años, ningún científico conocía ningún «exoplaneta», ni pensaba que lo pudiera haber –ni la palabra existía–; hoy llevamos más de 4000 registrados; y ‘calculamos’ que debe haber trillones de trillones –¿cuántos de ellos habitados?

La ciencia, un conjunto de ellas (astronomía, ciencias de la tierra, astrofísica, astrobiología, espectrografía…), nos presentan hoy otro cuadro, y otra historia (the new cosmological story) del Universo. Y este cuadro tiene hoy otra profundidad, otra perspectiva temporal: 13.730 millones de años (no los 6.000 que narra la Biblia, y que también ¡Newton!, en el siglo XVIII creyó que tenía la tierra). Somos la primera generación que observa el mundo con una base científica. «Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven». Nadie pudo como nosotros extasiarse ante el Misterio de la Realidad, como nosotros. Nadie como nuestra generación puede agradecer el privilegio de asistir a una nueva Revelación, la que nos ha desplegado la verdad del mundo, en estos últimos doscientos años (Thomas Berry). Nadie tiene más motivos que la generación actual, para extasiarse y contemplar esta divina Maravilla cósmica en la que estamos, y adorar su mismidad más profunda.

Leo en un volante de una jornada ecológica: Outdoors is where both Iesus and St. Francis prayed most often… Al aire libre es donde más frecuentemente oraban Jesús y san Francisco. Sí, y muchos otros buscadores históricos del Bien, de la Verdad y de la Belleza, que no necesitaron encerrarlas en imágenes, en conceptos, o imaginárselas trasladadas a un segundo piso «sobre-natural», o a un plano «meta-físico» intocable e invisible… ¿Por qué seguimos pensando el Misterio divino encerrado en la figura, el concepto que los griegos perfilaron como «theós»: un señor, ahí arriba, ahí fuera, con poder para intervenir omnímodamente, un individuo, persona como nosotros, un Tú antropomórfico, a imagen y semejanza del nuestro? ¿Por qué tantos cristianos prefieren nuestros templos, al Templo sagrado de la Naturaleza? (Busca en cualquier buscador «el Dios de Spinoza», y léelo con calma).

  • Hoy podemos tener comprensión respecto a la ausencia de la Naturaleza en la Biblia, en la oración hebrea, en la liturgia cristiana. Pero a la vez, lucidez crítica y propósito de la enmienda respecto de los pecados o las limitaciones ajenas. Podemos comprender que Isaías se sintiera más cómodo imaginando a Dios como Señor, poderoso, todopoderoso, capaz de hundir el mundo, a pesar de su mucho amor.

Hoy sabemos que todo lo que pudo pensar/sentir/escribir Pablo, se quedó lamentablemente corto, y desenfocado, en comparación con las dimensiones y profundidades que hoy conocemos del Cosmos, que probablemente no sea siquiera un Uni-verso, sino un Pluri-verso…

Por ejemplo, ya no podemos pensar que de los 13.730 millones de años de la evolución del cosmos, el Misterio divino sólo pronunció su Palabra hace dos mil años, y sólo en este planeta (en ninguno otro, de los trillones de trillones de planetas que hay en el cosmos, y que sólo visitó éste; y que de los millones y millones de especies que hay en la Tierra, sólo la nuestra la creó aparte, por encima de todas las demás y con derechos absolutos…

Igualmente, con el cambio de epistemología y de teología de las religiones, podemos intuir también que ese futuro escatológico del cosmos, que Pablo describe como centrado en el Cristo de la Fe que él se imaginó (no conoció a Jesús), hoy necesitaría otra formulación menos provinciana y antropocéntrica.

La enormemente ampliada visión del cosmos, que hoy tenemos, no sólo «externa», sino interna (su constitución, su historia, su composición, la astrofísica, la bioastronomía, la física cuántica…) dejan muy chiquitas las imágenes que utiliza Pablo, que hoy ya no diría lo mismo. Pero su intuición es la misma que hoy nos habita, y esta Palabra de Pablo nos sirve de pista, y nos empuja a, también nosotros, hacer nuestros los nuevos capítulos de la Revelación cósmica de que somos privilegiados destinatarios.

Muchas otras cosas más pueden servir para una reflexión homilética en este sentido, pero no se pueden traer a colación en sólo diez minutos. Por eso lo dejamos aquí. Hay mucha bibliografía sobre estos nuevos avances de nuestra espiritualidad, eco-espiritualidad hoy día…

Segunda propuesta de contenido de homilía

El libro del profeta Isaías se divide en tres partes, como si fueran tres libros: la primera la podemos llamar el libro de la denuncia; la segunda el libro del anuncio, y la tercera el libro de la consolación. El texto que hoy leemos pertenece a esta última sección del libro, y esto nos da ya una pista para la interpretación del pasaje. Isaías III nos presenta una comparación que subraya el papel fundamental de la palabra de Dios para que se verifique la eficacia de su obra o acción. La palabra de Dios es entonces la lluvia que hace fecundos incluso los terrenos más áridos y duros. Se describe todo el ciclo completo del agua, desde su precipitación como gotas en las nubes, pasando por su acción benéfica en el terreno cultivado, hasta su retorno al cielo, lista para reemprender de nuevo su ciclo. De igual forma la palabra de Dios, que parte rauda de la boca de Dios, hace fértil el campo cultivado y realiza el cometido para el que fue enviada.

Esta comparación nos ayuda a comprender que la palabra que Dios nos comunica no gira sobre sí misma en el vacío, sino que se dirige a los ‘terrenos cultivados’, o sea , a todas las personas que con devoción y cariño preparan su mente y sus afectos para que sea eficaz la palabra que reciben de Dios por medio de los profetas. De este modo, la comparación hace resaltar dos elementos muy importantes: que la palabra se dirige a los ‘terrenos cultivados’ donde la semilla ya reposa, y que la palabra retorna a su fuente de origen.

El evangelio de Mateo complementa esta imagen tan poderosa y sugestiva con la ‘parábola del sembrador’. En esta parábola los elementos decisivos son la excelente calidad de la semilla y la disposición del terreno. El sembrador lanza una semilla de excelente calidad y lo hace con la generosidad y esperanza de quien ama su campo de cultivo. No ahorra esfuerzo ni semillas; las coloca incluso en lugares en donde no cabría esperar ningún resultado ya que su interés no es conservar sino esperar que esa semilla haga fructificar todos los sectores de su parcela. El otro elemento decisivo, el terreno, responde de diferente manera según la ‘calidad’ de la tierra. La buena disposición de cada pedazo de la parcela constituye el factor decisivo para el éxito de la empresa. La semilla es buena, pero el terreno responde de manera desigual.

La interpretación de la parábola que aparece en la sección siguiente del evangelio, nos da unas claves poderosas de comprensión. La disposición del terreno se refiere a la actitud de las personas. Algunas se dejan cultivar y ofrecen una tierra apta donde la semilla echa raíces profundas. Otras, en cambio, ofrecen terrenos donde la semilla se pierde por exceso de dureza, por descuido, superficialidad o negligencia. Tanto el grupo representado por los buenos terrenos, como el grupo representado por los terrenos no receptivos, forman parte de la misma parcela. Los dos están en la misma geografía, en la misma historia y en el mismo momento. No hay excusa válida para justificar la falta de acogida y de respuesta.

Esta parábola se refiere a una realidad de la comunidad cristiana sobre la que ya se había hecho una profunda recepción. En la comunidad, representada por la parcela, se encuentran terrenos, es decir personas, con diferentes actitudes y proyectos. No se puede saber de antemano qué respuesta va a dar cada quien. Lo único que se sabe es que el sembrador reparte con generosidad su fértil semilla. En el desarrollo del proceso de cultivo se sabe quién es apto y quién no. Pero no basándonos en criterios arbitrarios, sino en el fruto que cada quien muestra. La expresión ‘dar frutos’ tiene un valor muy preciso en la Biblia y se refiere siempre a la respuesta positiva del ser humano al proyecto de Dios. Pero no a cualquier proyecto presentado en nombre de Dios, sino a la propuesta de los profetas que Jesús de Nazaret ha llamado ‘reinado de Dios’. Es decir, una experiencia humana donde sea posible el amor solidario, la libertad para hacer el bien y la justicia responsable.

La parábola del sembrador nos pone en contacto con la profecía consoladora de Isaías. La palabra de Dios actúa en la historia humana en las personas que cultivan el terreno sorprendente del amor solidario, de la escucha atenta del hermano y del servicio generoso y desinteresado a los excluidos. La palabra de Dios se hace fecunda en las comunidades y personas que asumen una actitud responsable ante la historia y no permiten que la ‘buena nueva del Evangelio’ se convierta en consigna barata ni en cliché de espiritualizaciones alienadoras y superfluas, sino que procuran siempre que la palabra del profeta sea eficaz en la historia.

Pablo, en la Carta a los Romanos, nos propone esta misma reflexión: la creación, el terreno fértil que Dios ha dado al ser humano en la historia (Gn 2,4-25), aguarda con impaciencia –según Pablo– la realización de la obra de Cristo en toda la humanidad y hasta en el cosmos…

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 31 de la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «La historia del sembrador». El audio, su guión escrito y un comentario bíblico-litúrgico, pueden ser tomados de aquí: https://radialistas.net/31-la-historia-del-sembrador/.

DOMINGO 14 (A) – FRAY MARCOS

Mt 11, 25-30

Dios ni esconde ni revela nada a nadie

En el evangelio de hoy hay tres párrafos bien definidos. El primero se refiere a Dios. El segundo, a la interdependencia total entre Jesús y Dios. El tercero hace referencia a la relación entre nosotros y Jesús. En la primera comunidad cristiana todos eran personas sencillas. ¿Qué hubiera dicho Jesús después de Constantino?

Te doy gracias, Padre, porque…” Lo importante no es la acción de gracias, sino el motivo. Jesús no puede afirmar que Dios da a algunos lo que niega a otros. Lo que quiere decir es que el verdadero Dios no puede ser aceptado más que por la gente sencilla sin prejuicios. Los sabios son capaces de crearse su propio Dios.

¿Quiénes eran los sencillos? El “nepios” griego tiene muchos significados, pero todos van en la misma dirección: infantil, niño, menor de edad, incapaz de hablar; y también: tonto, infeliz, ingenuo, débil. Para la élite religiosa, los sencillos eran unos malditos, porque no conocían la Ley y, por lo tanto, no podían cumplirla.

Estas cosas no son conocimientos, sino las experiencias de Dios que Jesús vivió y que nos quiere transmitir. No se trata de saber más cosas, sino de una experiencia más profunda. “Todo me lo ha entregado mi Padre…” Ese conocimiento de Dios no es fruto del esfuerzo humano, sino puro don; aunque no se niegue a nadie.

El error de la teología fue creer que conocemos a Jesús porque conocíamos a Dios; si Jesús era Dios, sabíamos lo que era Jesús. El texto dice lo contrario, la manera de conocer a Dios es conocer a Jesús, haciendo nuestra su experiencia de Dios.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados. El yugo era la Ley, que era ciertamente insoportable. El hombre desaparecía bajo el peso de más de 600 preceptos y 5.000 prescripciones. Para los fariseos, la Ley era lo único absoluto. La tarea de Jesús fue liberar al hombre de todas las ataduras religiosas.

Mi yugo es llevadero. Jesús libera del yugo que oprime al hombre. No propone un camino de rosas. Sin esfuerzo no hay verdadera humanidad. No es el trabajo duro lo que malogra una vida, sino los esfuerzos que no llevan a plenitud.

Jesús quiere ayudarnos a desplegar nuestro ser sin opresiones. El yugo y la carga serían, como el peso de las alas para el ave. Las alas tienen su peso, pero si se las quitas, ¿con qué volarán? El motor de un avión es una tremenda carga, pero gracias a ese peso el avión vuela. Nuestras limitaciones nos permiten avanzar.

No hemos hecho caso a este mensaje. En cuanto pasaron los primeros siglos de cristianismo, se olvidó este evangelio, y se recuperó “el sentido común”. Nunca más se ha reconocido que Dios se pueda revelar a la gente sencilla. Es tan sorprendente lo que nos dice Jesús, que nunca nos lo hemos creído.

Hacemos mal cuando nos dejamos guiar por entendidos. A todos los niveles estamos en manos de expertos. En religión la dependencia es absoluta, hasta el punto de impedirnos pensar por nosotros mismos. Doctores tiene la Iglesia…

Pío IX dijo: “solo hay dos clases de cristianos, los que tienen el derecho de mandar y los que tienen la obligación de obedecer”. Ningún jerarca hoy se atrevería a repetir esas palabras, pero en la práctica, todos actúan desde esa perspectiva.

Jesús propone una manera de vivir la cercanía de Dios, tal como él la vivió. Esa Vida profunda es la que da sentido a la existencia, tanto del sabio como del ignorante, tanto del rico como del pobre. Lo que nos lleve a plenitud, será ligero.

Fray Marcos

Urteko 14. igandea – A – José A. Pagola

San Mateo 11, 25-30

JAINKOA JENDE XUMEARENTZAT DA
Duela urte asko izan zen; Jerusalemgo L’École Biblique-n, exegesiko maisu batek sarbidatu gintuen Mateoren ebanjelioari tripak ateratzeko arte zailean. Dena gutxi zela ematen zuen testuaren azken zentzua atzemateko: testu-kritika, analisi literarioa, pasartearen egitura. Behin batean Jesusek aldarrikatu zituen txatal hauetara iritsi ginen: «Eskerrak ematen dizkizut, Aita, zeru-lurren Jauna, gauza hauek jakintsuei eta adituei ezkutatu dizkiezulako, eta jende xumeari agertu». Irakasleak isilune luzea egin zuen. Ondoren oso astiro esan zigun: «Ez itzazue ahaztu hitz hauek sekula. Gainerako guztia ahantzi dezakezue». Segur aski, inoiz jaso izan dudan exegesi-irakaspen hobena izan zen. Gero, urteetan barna, horrela dela egiaztatu ahal izan dut.

Jainkoaren hurbileko pertsona baten ondoan nengoela uste izan dudan guztietan, bihotz xumeko pertsona zela konturatu ohi nintzen. Batzuetan ezagutza handirik gabeko pertsona, beste batzuetan kultura nabarikoa; beti, ordea, bihotz apal eta garbiko gizonezkoa edo emakumea.

Behin baino gehiagotan atera ahal izan dut ez dela aski Jainkoaz hitz egitea fedea esna dadin. Jende askorentzat, zenbait kontzeptu erlijioso higaturik dago, erabiliegia dago, eta, bere jatorrian izan zuen indar eta izerdi guztia ateratzen saiatu arren, «fosildurik» bezala, zaharkiturik, jarraitzen du Jainkoak jende horren bihotzean. Alabaina, topo egin izan dut hainbat jende xumerekin ere: ohartu naiz, ez zuela ideia eta arrazoiketa handien beharrik. Berehala sumatu izan du Jainkoa «ezkutuko Jainkoa» dela, eta berehala eta berez atera zaio deia: «Jauna, erakuts iezaguzu zeure aurpegia».

Topo egin izan dut beste mota bateko jendearekin ere: beti momentuko probetxu bila dabilen jendearekin. Batzuek bertan behera utzi dute Jainkoa, guztiz alferreko gertatu zaielako; beste batzuek Jainkoari atxikirik jarraitzen dute eta kultua eskaintzen diote, balio dielako. Halaz guztiz, ezagutu izan dut jende xumerik ere, Jainkoari eskerrak emanez bizi denik. Biziak duen alde onaz gozatzen du, pazientziaz jasaten du gaitza; badaki bizitzen eta besteri nola bizi erakusten. Ez dakit nola lortzen duen, baina ematen du bihotzetik Kreatzailearekiko gorespena dariola beti.

Askotan hitz egin izan dut gai erlijiosoez eta hitz egin dut Jainkoaz askotariko jenderen aurrean. Inoizka galderak eta galderak egiten zituen jenderekin topo egin dut, mota guztietako arazo teologikoez, Jainkoarekin topo egiteko inolako interesik gabe. Baina aurkitu dut bestelako jende xumerik ere: begiak dir-dir ipintzen zitzaizkionik, bereziki Isaias profetaren hauek bezalako testuak irakurtzen nituenean: «Neu naiz Jauna, zure Jainkoa… Zu estimu handikoa zara nire begien aurrean, balio handikoa eta maite zaitut nik… Ez beldur izan, zeurekin nauzu eta» (Isaias 43,4) edota 103. salmoa jaulkitzen nuenean: «Nola aita seme-alabentzat errukior, hala Jauna begirune diotenentzat errukior. Badaki ongi zerez garen eginak, gogoan du hautsa besterik ez garela (Sal 103,13-14). Bai, Jainkoa jende xumeari agertzen zaio.

José Antonio Pagola.
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

DIOS ES PARA GENTE SENCILLA
Fue hace muchos años, en L’École Biblique de Jerusalén, un maestro de exégesis nos iniciaba en el difícil arte de desentrañar el evangelio de Mateo. Todo parecía poco para captar el sentido último del texto: crítica textual, análisis literario, estructura del pasaje. Un día llegamos a esos versículos en los que Jesús exclama: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla». El profesor hizo un largo silencio. Después nos dijo muy despacio: «No olviden nunca estas palabras. Todo lo demás lo pueden olvidar». Fue probablemente la mejor lección de exégesis que he recibido nunca. Luego, a lo largo de los años, he podido ver que es así.

Siempre que he tenido la impresión de estar junto a una persona cercana a Dios, ha sido alguien de corazón sencillo. A veces una persona sin grandes conocimientos, otras alguien de notable cultura, pero siempre un hombre o mujer de alma humilde y limpia.

En más de una ocasión he podido comprobar que no basta hablar de Dios para que se despierte la fe. Para mucha gente, ciertos conceptos religiosos están muy gastados, y aunque uno trate de sacarles todo el vigor y sabor que tuvieron en su origen, Dios sigue como «fosilizado» en sus conciencias. Sin embargo, me he encontrado con gentes sencillas que no parecen necesitar grandes ideas ni razonamientos. Intuyen enseguida que Dios es «un Dios oculto», y de su corazón nace espontánea una invocación: «Señor, muéstrame tu rostro».

Me he encontrado también con personas que se mueven siempre en el terreno de lo útil. Algunas abandonan a Dios porque les resulta perfectamente inútil; otras le retienen y dan culto porque les sirve. Sin embargo, he podido conocer a gentes sencillas que viven dando gracias a Dios. Disfrutan de lo bueno de la vida, soportan con paciencia los males; saben vivir y hacer vivir. No sé cómo lo logran, pero de su corazón parece estar siempre brotando la alabanza al Creador. Su vida es un acierto.

He expuesto muchas veces temas religiosos y he hablado de Dios ante gentes muy diversas. En ocasiones me he encontrado con personas que planteaban preguntas y más preguntas sobre toda clase de cuestiones teológicas, sin mostrar el menor interés por encontrarse con Dios. Pero he visto también a gente sencilla cuyos ojos brillaban de forma especial cuando yo leía textos como este del profeta Isaías: «Yo soy el Señor, tu Dios… Tú eres de gran precio a mis ojos, eres valioso y yo te quiero… No temas, que estoy contigo» (Isaías 43,4); o cuando pronunciaba el Salmo 103: «Como un padre siente ternura por sus hijos, así siente ternura el Señor por quienes le temen. Pues él sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que somos barro» (Salmo 103,13-14). Sí, Dios se revela a gente sencilla.

José Antonio Pagola.

14º domingo del T. O. – Koinonía

Zacarías 9,9-10

Mira a tu rey que viene a ti modesto

Así dice el Señor: «Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén; mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso; modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica. Destruirá los carros de Efraín, los caballos de Jerusalén, romperá los arcos guerreros, dictará la paz a las naciones; dominará de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra.»

Salmo responsorial: 144

Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey.

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey; / bendeciré tu nombre por siempre jamás. / Día tras día, te bendeciré / y alabaré tu nombre por siempre jamás. R.

El Señor es clemente y misericordioso, / lento a la cólera y rico en piedad; / el Señor es bueno con todos, / es cariñoso con todas sus criaturas. R.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, / que te bendigan tus fieles; / que proclamen la gloria de tu reinado, / que hablen de tus hazañas. R.

El Señor es fiel a sus palabras, / bondadoso en todas sus acciones. / El Señor sostiene a los que van a caer, / endereza a los que ya se doblan. R.

Romanos 8,9.11-13

Si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis

Hermanos: Vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros. Así, pues, hermanos, estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente. Pues si vivís según la carne, vais a la muerte; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis.

Mateo 11,25-30

Soy manso y humilde de corazón

En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

 Comentario a los textos Bíblicos:

La profecía de Zacarías era ‘una piedra en el zapato’ para los fanáticos que en la época de Jesús buscaban un mesías triunfante y nacionalista. Zacarías nos ofrece una reflexión que sintoniza mucho con las grandes aspiraciones de las comunidades que, después del exilio babilónico, intentaron reconstruir la identidad nacional a partir de elementos universales, pluralistas y comunitarios. La esperanza del pueblo de Dios no podía estar en un guerrero triunfador como David ni en un diplomático equilibrista como Salomón. El pueblo quería algo diferente y definitivo. Atrás quedaron los modelos militaristas, administrativos y centralistas de todos los reyes de Israel y Juda. El pueblo quería una persona que fuera capaz de encaminar la nación por los rumbos añorados de la justicia, la paz y la solidaridad. El profeta Zacarías asume esta propuesta y la lanza a todo el pueblo de Dios como una gran utopía.

Para Zacarías, el nuevo gobernante debía distinguirse por la humildad, la justicia y su carácter pacífico. La humildad entendida como la capacidad para andar en la verdad, no como sumisión y conformismo. La justicia como pilar de una organización social en la que se le da a cada persona de acuerdo con sus necesidades y no según sus ambiciones. El pacifismo como la actitud básica para solucionar los inevitables conflictos que se presentan en toda organización humana. Tres cualidades que configuran una nueva forma de ejercer el poder. Sin embargo, Israel se estrelló con la ambición de algunos grupos minoritarios y poderosos que impusieron una teocracia centralista, prepotente y uniformadora. Fueron suprimidas de manera sistemática, todas las disidencias posibles y se le negó así al pueblo de Dios la posibilidad de intentar una utopía universalista, solidaria y transformadora. Se centró todo el poder en unas pocas familias que controlaban el Templo, el gobierno y la tierra. Así, los pobres de Yahvé no tuvieron la posibilidad de dar vida a su proyecto por falta de posibilidades económicas, de apertura política y de libertad religiosa.

El evangelio de Mateo nos presenta a Jesús con las características mesiánicas de la profecía de Zacarías: una persona pacífica y humilde, apasionado por hacer realidad la Utopía de Dios. Por esta razón, Jesús no se identifica con los ideales acerca del Mesías, vigentes en su época. No hay en él el más mínimo asomo del militar aguerrido e irresistible que con un formidable despliegue eliminaría las pretensiones del imperio romano, ni del sacerdote excelso que con sus extraordinarias dotes santificadoras transformaría el Santuario de Jerusalén, ni del gobernante extraordinario que congregaría al pueblo de Israel disperso por el mundo. Jesús no comparte estos proyectos, como tampoco las extravagantes aspiraciones de los nacionalistas furibundos que veían en el imperio romano un peligro que no eran capaces de descubrir al interior de ellos mismos, la violencia incontenible.

Los ideales de Jesús estaban más cerca de las grandes tradiciones proféticas que aspiraban a que el pueblo de Dios fuera capaz de organizarse como modelo alternativo de sociedad. Por esta razón, valores como el pacifismo y la humildad eran urgentes y necesarios. El pacifismo obliga a asumir actitudes dinámicas de transformación social pero, al mismo tiempo, no se rinde a la imparable lógica de la violencia. La humildad, por su parte, exige reconocer en cada momento los propios límites de la existencia y las barreras intrínsecas de la historia. Humildad y pacifismo hacen de un proyecto tan grandioso e imponente como el reino de Dios, algo al alcance de los pobres y excluidos.

Jesús, sin embargo, sabía perfectamente que no bastaba con que el ‘rey’ o líder poseyera atributos excepcionales para que la situación cambiara. Para él, era necesario que una comunidad de hermanos y hermanas se comprometiera a vivir la alternativa, a demostrar al mundo que «otras maneras de organización eran posibles», que la lógica aparentemente inextinguible de la violencia podía ser controlada. Por esto, Jesús insiste en la necesidad de asumir el ‘suave yugo’ de la vida comunitaria y la ‘ligera carga’ de las opciones evangélicas. Pero, atención, esto no es para todo el mundo. Es necesario madurar la fe y crecer como personas antes de meterse en este proyecto. Porque para quien no ha crecido en la dinámica de la comunidad, sino que ve todo desde ‘afuera’, desde los valores sociales vigentes, los ideales de Jesús son una carga abominable y el ideal de la cruz una ideología insufrible. No podemos pedir a cualquiera que asuma la inmensa responsabilidad del pacifismo si toda su vida ha creído que la ‘ley del revólver’ es un destino inexorable. No podemos pedir mansedumbre a una persona a la que siempre le han enseñado que el control de los demás, las ambiciones de ascenso social y el arribismo son las herramientas para ‘progresar’ en la vida.

Jesús quiere una comunidad en la que los lazos de solidaridad, afecto y respeto hagan de un grupo humano una gran familia consagrada a la realización del Reino. Una comunidad en la que los sencillos, los pequeños, hallen un lugar de importancia y sean los gestores de una nueva manera de organizar las relaciones interhumanas. Porque, como dice Pablo, sólo el ser humano espiritual, o sea, el ser humano que se ha abierto a la acción del Espíritu de Dios, es capaz de vivir la vida en plenitud, es decir, en gozosa aceptación y armonía con la humanidad.

[Otro tema, muy de la espiritualidad de la liberación, sobre el que centrar la homilía, puede ser el motivo de la alabanza de Jesús al Padre: por «haberles revelado estas cosas a los pequeños…». Cfr. infra, el apartado «para la reunión de grupo»].

DOMINGO 13 (A) – Fray Marcos

(Mt 10,37-42)

Si amar a Dios se opone a otro amor, uno de los dos es falso. Tenlo presente.

La manera de hablar semita, por contrastes excluyentes, nos puede jugar una mala pasada. El evangelio propone, en fórmulas concisas, varios temas esenciales para el seguimiento de Jesús. Todos tienen más alcance del que se puede sospechar.

El que quiere a sus padres más que a mí, no es digno de mí. El amor a la madre y a Dios son realidades de distinta naturaleza no se pueden comparar. Jesús no pudo decir eso con el significado que tiene para nosotros hoy. El amor a Dios no puede entrar en conflicto con el amor a nadie, y menos con el amor a la madre.

Hay que tener mucho cuidado al hablar del amor a Dios o a Jesús. Creer que puedo amar directamente a Dios es una quimera. Solo puedo amar a Dios, amando a los demás. Jesús no pudo decir: tienes que amarme a mí más que al Hijo. Recordemos: “Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve ser y me disteis de beber”.

No existe más amor que el que llega a concretarse en obras. Ahora bien, lo más próximo a cada ser humano son los miembros de su propia familia. La advertencia del evangelio está encaminada a hacernos ver que desplegar a tope esos impulsos instintivos, no garantiza el más mínimo grado de calidad humana. Pero sería un error aún mayor el creer que pueden estar en contra de mi humanidad.

El evangelio no quiere decir, que el amor a los hijos o a los padres sea malo y que debemos olvidarlo para amar a Jesús o a Dios. Pero nos advierte de que ese amor puede ser un egoísmo camuflado que busca una seguridad mayor para el ego, sin tener en cuenta a Dios y a los demás. Ese “amor” es egoísmo amplificado.

El hombre puede poner como objetivo el despliegue exclusivo de su animalidad, cercenando así sus posibilidades humanas. Esto es degradarse en su verdadera ser, al poner su mente al servicio del instinto. S estamos en esa dinámica y metemos a los demás en ella, estamos “amando” mal, y ese amor se convierte en veneno.

Un verdadero amor nunca puede oponerse a otro amor auténtico. Cuando un marido se encuentra atrapado entre el amor a su madre y el amor a su esposa, algo no está funcionando bien. Uno de esos amores (o los dos) está viciado. Si el amor a Dios está en contradicción con el amor al padre o a la madre, los dos pueden ser falsos.

El que quiera salvar su vida la perderá, pero el que la pierda, la encontrará. En griego hay tres palabras para decir vida: “Zoe”, “bios” y “psiques”. El texto no dice zoe ni bios, sino psiques. No se trata de la vida biológica, ni de la vida sicológica. No se trataría de dejarse matar, sino de poner tu humanidad al servicio de los demás.

Esto no sería perder nada, sino ganarlo todo. Quien pretenda defender a toda costa su individualidad egoísta malogrará todos los aspectos de su existencia, porque pasará por ella sin desplegar su verdadera esencia. Mi humanidad no responde a una visión egoísta de mi ser, está inextricablemente unida a la de los demás.

La evolución ha permitido al ser humano ir más allá de los instintos y alcanzar conscientemente una meta más alta que no está en contradicción con la biología. Todo lo que le acerca a ese objetivo último le puede causar más felicidad que satisfacer sus instintos. Nada más falso que la lucha entro lo biológico y lo espiritual.

La trampa es quedarnos en el placer inmediato que nos proporciona nuestra biología y perder de vista el bien total del ser humano. Ahí está la causa de tanto desajuste en la conducta humana. Debemos tomar conciencia de que lo que es malo para nuestro verdadero ser, no puede ser bueno bajo ningún aspecto del ser humano.

Urteko 13. igandea – A – José A. Pagola

(Mateo 10,37-42)

EMATEN IKASI – APRENDER A DAR

Batzuetan ez da izaten gauza erraza galderarik soilenei erantzutea. Sarritan entzun izan dugu maitatzea ematea dela. Baina, zer da ematea? Askok uste du ematea norbera zerbait gabe gelditzea dela, zerbaiti uko egitea, «sakrifizio bat egitea» zerbait gabe geldituz. Hain baldintzaturik gauzka ongizatearen gure gizarteak, hain emanik gauzka edukitzeari, metatzeari eta irabazteari, non «ematea» ez-emankor, ez-ekoizle dela iruditzen baitzaigu. Ezin onartu dugun pobretzea dela iruditzen zaigu. Gure gizartean, ordainik hartu gabe ematen duena ez da pertsona praktikoa, ez da pertsona errealista, adimen eskasekoa da.

Alabaina, ematea beste gauza bat da. Oso desberdina. Ematearen keinua bizitasunaren, aberastasunaren eta ahalmen kreatzailearen adierazpenik aberatsena da. Zerbait benetan ematen dugunean, geure burua biziaz betea sentitzen dugu, gainez egin duena, beste batzuk aberasteko modukoa, nahiz eta maila apalenean izan. «Maitasunak bakarrik egiten du biziak bizitzea merezi izatea. Soilik, gainerakoei eskainitako laguntzak sortzen du bizitzearen poz handia» (Karl Tillmann).

Emateak bizi zarela eta aberats zarela esan nahi du. Eskura gauza asko ukan eta emateko gai ez dena, ez da aberatsa. Gizaki txikia da, ahal gabea, pobretua, asko eta askoren jabe bada ere. Benetan, besteei bere buruaren zerbait ematen diona bakarrik da aberatsa.

Denok dugu arreta eta sakontasun handiagoaz entzun beharra Jesusen hitzak. Ez da geldituko saririk gabe, ezta egarri den behartsu bati baso bat ur fresko soilik ematen diona ere. Gugan bizirik dena ematen ikasi behar dugu, gainerakoei on egiten ahal diena: eman geure alaitasuna, ulermena, arnasa, esperantza, harrera edo hurbiltasuna.

Askotan, kontua ez da gauza handiak edo miresgarriak ematea. Soil-soilik, «baso bat ur fresko»: irribarre onargarri bat, presarik gabeko entzutea, bihotz eroria goratzen laguntzea, solidaritate-keinu bat, bisita bat, sostengu eta adiskidetasun-seinale bat. Ez dezagun ahaztu. Bizitzaren hondoan bada norbait, bedeinkatzen duena, edozein maitasun-keinu, txikiena izanik ere, onartzen eta saritzen duena. Jainkoa du izena, gure Aita.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

3 Tiempo ordinario – A (Mateo 10,37-42)

por Coordinador – Mario González Jurado

APRENDER A DAR

A veces no es tan fácil responder a las preguntas más sencillas. Hemos oído decir con frecuencia que amar es dar. Pero ¿qué es dar? Muchos suponen que dar es solo privarse de algo, renunciar a algo, «sacrificarse» desprendiéndose de algo. Estamos tan condicionados por nuestra sociedad del bienestar y tan inclinados a poseer, acumular y ganar, que «dar» nos parece algo improductivo. Un empobrecimiento que no estamos dispuestos a aceptar. En nuestra sociedad, quien da sin recibir es una persona poco práctica, sin sentido realista, poco inteligente.

Sin embargo, dar es algo totalmente distinto. El gesto de dar es la expresión más rica de vitalidad, riqueza y poder creador. Cuando damos algo de verdad, nos experimentamos a nosotros mismos llenos de vida, desbordantes, con capacidad de enriquecer a otros, aunque sea en grado muy modesto. «Solo el amor hace que la vida merezca ser vivida. Solo la ayuda a los demás procura la gran alegría de vivir» (Karl Tillmann).

Dar significa estar vivo y ser rico. El que tiene mucho y no sabe dar, no es rico. Es un hombre pequeño, impotente, empobrecido, por mucho que posea. En realidad, solo es rico quien es capaz de regalar algo de sí mismo a los demás.

Necesitamos todos escuchar con más atención y hondura las palabras de Jesús. No quedará sin recompensa ni siquiera el vaso de agua fresca que sepamos dar a un pobre sediento. Hemos de aprender a regalar lo que está vivo en nosotros y puede hacer bien a los demás; dar nuestra alegría, comprensión, aliento, esperanza, acogida o cercanía.

Muchas veces no se trata de cosas grandes ni espectaculares. Sencillamente, «un vaso de agua fresca»: una sonrisa acogedora, una escucha sin prisas, una ayuda a levantar el ánimo decaído, un gesto de solidaridad, una visita, un signo de apoyo y amistad. No lo olvidemos. En el fondo de la vida hay alguien que bendice, acoge y recompensa todo gesto de amor, por pequeño que nos pueda parecer. Se llama Dios, nuestro Padre.

José Antonio Pagola

13º domingo del T.O. – Koinonía

2Reyes 4, 8-11. 14-16a

Ese hombre de Dios es un santo, se quedará aquí

Un día pasaba Eliseo por Sunam y una mujer rica lo invitó con insistencia a comer. Y, siempre que pasaba por allí, iba a comer a su casa. Ella dijo a su marido: «Me consta que ese hombre de Dios es un santo; con frecuencia pasa por nuestra casa. Vamos a prepararle una habitación pequeña, cerrada, en el piso superior; le ponemos allí una cama, una mesa, una silla y un candil, y así, cuando venga a visitarnos, se quedará aquí.»

Un día llegó allí, entró en la habitación y se acostó. Dijo a su criado Guejazi: «¿Qué podríamos hacer por ella?» Guejazi comentó: «Qué sé yo. No tiene hijos, y su marido es viejo.» Eliseo dijo: «Llámala.» La llamó. Ella se quedó junto a la puerta, y Eliseo le dijo: «El año que viene, por estas fechas, abrazarás a un hijo.»

Salmo responsorial: 88

Cantaré eternamente las misericordias del Señor.

Cantaré eternamente las misericordias del Señor, / anunciaré tu fidelidad por todas las edades. / Porque dije: «Tu misericordia es un edificio eterno, / más que el cielo has afianzado tu fidelidad.» R.

Dichoso el pueblo que sabe aclamarte: / camina, oh Señor, a la luz de tu rostro; / tu nombre es su gozo cada día, / tu justicia es su orgullo. R.

Porque tú eres su honor y su fuerza, / y con tu favor realzas nuestro poder. / Porque el Señor es nuestro escudo, / y el Santo de Israel nuestro rey. R.

Romanos 6,3-4.8-11

Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que andemos en una vida nueva

Hermanos: Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios. Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

Mateo 10,37-42

El que no coge su cruz no es digno de mí. El que os recibe a vosotros me recibe a mí

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

 Comentario a los textos Bíblicos:

Las exigencias de la cruz cambian para cada generación de creyentes. En la época de Jesús existía la amenaza inminente de la muerte ignominiosa, bien fuera por la cruz, la espada o la lapidación. Los cristianos eran vistos como una amenaza para el imperio y, con frecuencia, se les acusaba falsamente de sedición. Con el tiempo, la pena capital fue cambiando de modalidad y sus cuerpos fueron quemados en locales públicos, o arrojados a leones, osos, tigres, toros y toda clase de fieras. Todos estos intentos de bloquear, anular o eliminar la novedad del evangelio fueron vanos porque la fuerza del cristianismo radica en la cruz de Cristo.

Los cristianos de los primeros siglos no anunciaban religiones de salvación, ni sanaciones individuales ni ritos de purificación. Aunque ellos anunciaran la universalización de la obra salvadora, curaran enfermos y tuvieran el símbolo del bautismo como rito de iniciación, lo que los hacía diferentes era su radical denuncia de la injusticia. Anunciar a un Mesías crucificado era, y es, ir en contra de todos los parámetros sociales, de las buenas costumbres e, incluso, de los preceptos de la religión. Ellos anunciaban como redentor a uno que el sistema lo había proscrito, condenado y sentenciado al escarnio público. El anuncio de un Mesías Crucificado era, en realidad, una denuncia vehemente de un sistema de creencias, valores e instituciones que habían hecho de la violencia, la mentira y la opresión los valores indiscutibles de la organización social. ¿Cómo iban a ver con buenos ojos las autoridades de Jerusalén, los gendarmes del imperio y el pueblo alienado que un individuo apoyado por un pequeño grupo de hombres y mujeres cuestionara directamente sus valores y anunciara que otra sociedad era posible? Imposible para la gente, pero no para Dios.

Las comunidades cristianas desde el inicio tuvieron conciencia de la magnitud de la tarea a la que se enfrentaban. La experiencia del resucitado les llevó rápidamente a descubrir que debían superar los límites de las comunidades palestinas y lanzarse a la misión universal; debían dar prioridad a la construcción de las comunidades y dejar a un lado la tentación de construirse edificios; debían enfocarse sobre los grupos excluidos y marginados y dejar de lado los centros de poder; debían asimismo retomar las opciones fundamentales de Jesús y hacerlas vida en todos los rincones del imperio. Por eso, las exigencias para seguir a Jesús se fueron formulando con una claridad y precisión asombrosas en cada comunidad. Los contenidos fundamentales se fueron adecuando a cada contexto histórico y cultural pero sin atenuar las características esenciales del mensaje.

Por tanto, no debe sorprendernos que Mateo nos diga con tanta ‘dureza’ las exigencias del seguimiento de Jesús. El evangelista retoma las tradiciones del evangelio y las actualiza de acuerdo con el lenguaje y necesidades de su comunidad. Sus palabras hieren, como el antiséptico sobre la eterna llaga, pero tienen una virtud medicinal: nos liberan de nuestros propios prejuicios y apegos.

Cuando Mateo nos dice que quien ama más a sus parientes que a Jesús no es digno de él, nos revela un problema de su comunidad. El pueblo judeocristiano, tiene una estima desmesurada por los de su propia sangre. Un afecto que fácilmente se convierte en apego paralizante. El texto usa en griego la palabra filia para denominar este afecto. Pero el proyecto de Jesús pide más: pide un amor enfocado hacia el prójimo, un amor que supere los lazos de sangre, el parentesco y la raza. Un amor como el que Dios nos tiene y que en griego se llama ágape. El cristiano que no sea capaz de trascender los estrechos limites de la familia, de la raza o de la nación, no está habilitado para experimentar y dar el amor solidario que propone el evangelio. Y por esa misma razón, el amor a Jesús no se reduce a la pura dimensión íntima, individual y privada. Amar a Jesús es amar lo que él amó, su proyecto, su ideal, su Utopía, el «Reinado de Dios», como él acostumbró a llamarla, con las palabras tradicionales de los profetas. Amar a Jesús es amar a las personas que él amó: pobres, marginados, excluidos, enfermos, abatidos, endemoniados, extranjeros. El amor de Jesús era tan grande que llegó a amar incluso a aquellos que se declararon sus enemigos. Un amor que hoy nos puede parecer desorbitado, desnaturalizado, extremo, pero que para nuestra dicha y quebranto es el amor con el que Dios nos ama. Un amor sin el cual no podemos llamarnos discípulos de Jesús.

Pablo simboliza muy bien la radicalidad del amor cristiano mediante la comparación entre la muerte y la inmersión bautismal. Ser cristiano es morir a todos los apegos irracionales hacia la propia familia, raza o nación, incluso es morir hacia un apego desordenado hacia sí mismo. La novedad cristiana se manifiesta en esa transformación sustancial de las relaciones humanas, en la resurrección a una vida nueva llena de afectos, proyectos y estilos de vida completamente volcados hacia la humanidad sufriente y marginada. Con Cristo morimos a una humanidad caduca y sin esperanza para resucitar en una nueva humanidad libre y generosa en la que el límite es el cielo, donde no hay límite.

Como cristianos debemos someter los férreos lazos de nuestros afectos al crisol del evangelio para liberarnos de aquellos que nos atan al viejo mundo y fortalecer aquellos que nos llevan hacia el Reino.

Domingo 12 T.O. «NO LES TENGÁIS MIEDO». Rosario Ramos

Fe Adulta
COMENTARIO AL EVANGELIO Mt 10, 26-33

El Evangelio de este domingo es un pequeño fragmento que forma parte del gran discurso que Jesús realiza, en intimidad, a sus amigos con los que va a compartir su proyecto de “nueva humanidad”. Mateo va aumentando la profundidad y densidad de las instrucciones que les va ofreciendo para que vean con claridad, no solo cómo vivir sino las consecuencias de esa forma de vivir; de alguna manera se trata de hacerles conscientes de los riesgos implícitos y explícitos que corren por ser coherentes y vivir con autenticidad su adhesión al movimiento de Jesús. No les ofrece una vida fácil, popular, sino que resultarán incómodos para aquellos que buscan una vida diferente, más superficial, materialista, ideologizada o deshumanizada. Por todo ello serán rechazados e incomprendidos.

Comienza el texto con una expresión muy potente: “no les tengáis miedo” y, que, posteriormente, repite con la misma fuerza. Parece que este texto pone de manifiesto una realidad humana que todos vivimos en muchos momentos de nuestra vida: el miedo. El miedo aparece en este texto en dos direcciones; por un lado, el miedo a lo exterior, a cómo van a reaccionar los demás por las palabras, opciones de vida, espiritualidad, denuncias y anuncios de lo que realmente da sentido a la vida y, por otro, el miedo interior a no hacer pie y a experimentar un vacío insoportable, zozobra, duda, desconfianza.

El miedo exterior es una consecuencia del miedo interior. Ese miedo interior nace de situarse ante la vida dejando que los pensamientos, creencias, heridas, vacíos existenciales, dirijan nuestras opciones y decisiones. Se buscan certezas tangibles, que nos calmen inmediatamente la ansiedad de no sentirnos ante la vida con seguridad y con control. Cuando se conecta con el espacio interior donde todo es movimiento, luz, bondad, libertad, fuerza, se descubre la potencia de Dios que no es “un otro” sino el origen de la existencia cuya presencia sostiene la vida y la impulsa a desplegarse en toda su riqueza. Por eso, “no hay nada encubierto que no se descubra, ni nada reservado que no llegue a saberse”.

Es esencial apoyarnos CON CONFIANZA en lo profundo de lo que somos, ser más conscientes de que es nuestra verdadera vida, nuestro polo positivo y que no puede ser aniquilado por nada ni por nadie; nuestro verdadero ser no está hecho de mano humana sino del soplo divino que nos crea a cada instante: “no temáis a los que matan el cuerpo, pero al alma no pueden matarla”.

La pregunta de fondo que nos plantean estos versículos nos invita a pararnos con toda honestidad: ¿Qué dirige mi vida el miedo o la confianza? A veces nos condiciona el miedo a los juicios externos, al fracaso, a la pérdida de estatus, a no encajar, a la soledad no elegida. El Evangelio no desprecia estos temores, sino que ofrece una salida más honda: ser conscientes de que nuestra vida está hecha de una esencia amorosa que hasta nuestros cabellos tiene contados. No tengamos miedo porque nuestra dignidad es renovada a cada instante. Vivamos desde la confianza que nos da sabernos conectados a ese Dios que nos invita a ser creíbles y coherentes ante el mundo.

FELIZ DOMINGO