DOMINGO 23 (A) – Fray Marcos

(Mt 18,15-20)

Sin comunidad no hay evangelio

Del capítulo 16 hemos pasado al 18. Mateo comienza una serie de discursos sobre la comunidad. Es la primera vez que se emplea el término “hermano” para designar a los miembros del grupo. El texto está a continuación de la parábola de la oveja perdida que dice: “Así vuestro Padre no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños”.

El evangelio nos advierte que no partimos de una comunidad de perfectos, sino de una comunidad de hermanos, que reconocen sus limitaciones y necesitan el apoyo de los demás para superar sus fallos. Los conflictos pueden surgir en cualquier momento, pero lo importante es estar preparados para superarlos sin traumas.

Tenemos un problema en el mismo texto, porque han llegado tres versiones: ‘si tu hermano peca’, ‘si tu hermano peca contra ti’, ‘si tu hermano te ofende’. Ninguna se puede remontar a Jesús. Los evangelios ponen en boca de Jesús lo que era práctica de la comunidad para darle valor definitivo. Al fallo debía responder perdón y corrección.

Si tu hermano peca”, no debemos entenderlo con el concepto que tenemos hoy de pecado. Durante los primeros siglos solo se apreciaron los fallos contra la comunidad. La comunidad no juzgaría la situación personal del que ha fallado sino el daño que había hecho a la comunidad, que tiene que velar por el bien de sus miembros.

La corrección fraterna no es fácil. El que corrige puede humillar al corregido al hacer ver su superioridad. El corregido puede rechazar la corrección por falta de humildad. Por ambas partes se necesita un grado de madurez no fácil de alcanzar. Hoy tenemos la dificultad añadida de que no existe ni comunidad ni compromiso con los demás.

Queremos a los demás perfectos y en cuanto fallan ponemos el grito en el cielo. La verdad es que ninguna comunidad es posible sin aceptar y comprender que todos somos imperfectos y que antes o después fallaremos. Es muy difícil advertir al otro de sus fallos sin humillarle, más difícil aceptar que me corrija otro que falla como yo.

Partiendo de que todo pecado es un error, lo que falla es la capacidad de convencer al otro de su equivocación. Una buena corrección tiene que dejar claro que buscamos el bien del otro no nuestra vanagloria. Debemos demostrarle que no solo se aleja él de la plenitud humana, sino que impide o dificulta a los demás caminar hacia esa meta.

Todo lo que atéis en la tierra…” Hace dos domingos, el mismo Mateo ponía en boca de Jesús las mismas palabras referidas a Pedro. El poder de decidir ¿lo tiene Pedro o lo tiene la comunidad? Solo hay una solución: Pedro actúa como cabeza de la comunidad. En el evangelio de Mt no se encuentra una autoridad que toma decisiones.

“Donde dos estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Dios está identificado con cada una de sus criaturas, pero solo se manifiesta cuando hay comunidad. La relación de amor es el único marco idóneo para que Dios se haga presente. Se trata de estar buscando únicamente el bien del hombre.

La comunidad es la última instancia de nuestras relaciones con Dios. Es absurdo pretender una directa relación con Dios para solucionar mis fallos. La solución final que nos da el evangelio manifiesta la incapacidad de la comunidad para convencer al otro de su error. Si tiene que apartarlo es que no tiene la capacidad de integrarlo.

Sin verdadera comunidad, las propuestas evangélicas carecen de sentido. Debemos reconocer que hoy no existe comunidad. Tenemos una iglesia jerárquica que destroza las bases de una comunidad. La corrección fraterna solo se puede dar entre iguales. Si la hace el superior, será imposición. Si la hace el inferior, será rebeldía.

23 DOMINGO T.O. -A- Koinonía

Ezequiel 33,7-9

Si no hablas al malvado, te pediré cuenta de su sangre

Así dice el Señor: «A ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel; cuando escuches palabra de mi boca, les darás la alarma de mi parte. Si yo digo al malvado: «¡Malvado, eres reo de muerte!», y tú no hablas, poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre; pero si tú pones en guardia al malvado para que cambie de conducta, si no cambia de conducta, él morirá por su culpa, pero tú has salvado la vida.»

Salmo responsorial: 94

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón.»

Venid, aclamemos al Señor, / demos vítores a la Roca que nos salva; / entremos a su presencia dándole gracias, / aclamándolo con cantos. R.

Entrad, postrémonos por tierra, / bendiciendo al Señor, creador nuestro. / Porque él es nuestro Dios, / y nosotros su pueblo, / el rebaño que él guía. R.

Ojalá escuchéis hoy su voz: / «No endurezcáis el corazón como en Meribá, / como el día de Masá en el desierto; / cuando vuestros padres me pusieron a prueba / y me tentaron, aunque habían visto mis obras.» R.

Romanos 13,8-10

Amar es cumplir la ley entera

Hermanos: A nadie le debáis nada, más que amor; porque el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley. De hecho, el «no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no envidiarás» y los demás mandamientos que haya, se resumen es esta frase: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera.

Mateo 18,15-20

Si te hace caso, has salvado a tu hermano

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.

Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

 COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

La liturgia de este domingo nos invita a reflexionar sobre nuestra corresponsabilidad comunitaria. La fe, o más ampliamente dicho, nuestra vida espiritual, es un asunto personal, una responsabilidad absolutamente intransferible, pero, como humanos que somos –seres simbióticos al fin y al cabo– la vivimos en el seno de una comunidad, bien o mal, pero en una comunidad inevitablemente. Por eso, también, todos somos de alguna manera responsables de la vida de cada hermano.

Ezequiel es profeta del tiempo del exilio. Se presenta como el vigilante de su pueblo. Otros profetas han utilizado también esta imagen para caracterizar su misión. La actitud vigilante es un rasgo de los profetas. Estar atento a lo que pasa, para alertar y prevenir al pueblo. Y estar siempre atento también a escuchar la Palabra de Dios. Leer los acontecimientos de la historia y interpretarlos a la luz de la Palabra de Dios. El vigilante, celador, velador, centinela o como se le llame en nuestro medio, está pendiente de los peligros que acechan al pueblo. Por eso, el profeta es responsable directo de lo que le pueda pasar. El profeta tiene la misión de abrir los ojos del pueblo. Pero también el pueblo puede aceptar o rechazar esa interpelación profética. Lo que no está bien es pasar por alto y no darse cuenta del peligro.

Pablo en la carta a los romanos invita a los creyentes que edifiquen su vida sobre la base del amor para que puedan responder a los desafíos del momento histórico que a cada creyente y a cada comunidad le toca vivir. El amor es resumen, síntesis vital, compendio de todo tipo de precepto de orden religioso. Así, Pablo entra en perfecta sintonía con la propuesta evangélica. Ciertamente, no es un rechazo rotundo de la ley. Pero el amor supera la fuerza de la ley. Quien ama auténticamente no quiere hacer daño a nadie; por el contrario, siempre buscará la forma de ayudarle a crecer como persona y como creyente. La conversión, la metanoia, es cambio rotundo de mente y corazón. Quién se convierte asume el amor como única “norma” de vida. El amor se traduce en actitudes y compromisos muy concretos: servicio, respeto, perdón, reconciliación, tolerancia, comprensión, verdad, paz, justicia y solidaridad fraterna.

El evangelio de Mateo nos presenta el pasaje que se ha denominado comúnmente de la corrección fraterna. A través de él se puede percibir los conflictos internos que vivía la comunidad mateana. Nos encontramos, entonces, ante una página de carácter catequético que pretende enfrentar y resolver el problema de los conflictos comunitarios. El pecado no es solamente de orden individual o moral. Aquí se trata de faltas graves en contra de la comunidad.

El evangelista pretende señalar dos cosas importantes: no se trata de caer en un laxismo total que conduzca al caos comunitario. Pero tampoco se trata de un rigorismo tal que nadie pueda fallar o equivocarse. El evangelista coloca el término medio. Se trata de resolver los asuntos complicados en las relaciones interpersonales siguiendo la pedagogía de Jesús. No es un proceso jurídico lo que aquí se señala. El evangelista quiere dejar en claro que se trata ante todo de salvar al trasgresor, de no condenarlo ni expulsarlo de entrada. Es un proceso pedagógico que intenta por todos medios salvar a la persona. Ahora bien, si la persona se resiste, no acepta la invitación, no da signos de arrepentimiento… entonces sí la comunidad se ve obligada a expulsarse de su seno. Al no aceptar la oferta de perdón la persona misma se excluye de la comunión.

Nuestro compromiso como creyentes es luchar por la verdad. Nuestras familias y comunidades cristianas deben ser, ante todo, lugares de reconciliación y de verdad. Exigir respeto por las personas que se equivocan pero que quieren rectificar su error es imperativo evangélico. Tampoco se trata de caer en actitudes laxistas o que respalden la impunidad. Pero, ante todo, el compromiso con la justicia, la verdad y la reconciliación es una actitud profética.

¿Cómo vivimos los valores de la verdad, la justicia, la reparación y la reconciliación al interior de nuestras comunidades? ¿Qué actitud asumimos frente a los medios de comunicación que manipulan y tergiversan la verdad? ¿Nos sentimos corresponsables de la suerte de nuestros hermanos?

El texto habla también de la comunidad como sujeto de perdón: «Todo lo que aten ustedes en la tierra será atado en el cielo…». Puede ser una oportunidad interesante para hablar tanto de la grave crisis que atraviesa este sacramento en la práctica más extendida en la Iglesia, como de la posibilidad y legitimidad de la reconciliación comunitaria. Véase al respecto el libro de Domiciano Fernández que comentamos más abajo.

El evangelio de hoy no está dramatizado en la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL. Puede irse a la página de la serie (https://radialistas.net/serie-un-tal-jesus/) y escoger algún capítulo oportuno.

La serie «Otro Dios es posible», de los mismos autores, tiene un capítulo (cinco minutos de «entrevista a Jesús en su segunda venida a la Tierra») sobre «¿Sacramento de la confesión?» [https://radialistas.net/40-sacramento-de-la-confesion/], sobre uno de cuyos fundamentos habla el evangelio de hoy. También: [https://radialistas.net/41-con-quien-confesarse/].

Urteko 23. igandea – A – José A. Pagola

Grupos de Jesús

(Mateo 18,15-20)

ZER EGITEN DUT NIK ELIZA JESUSI LEIALAGO IZATEKO?- ¿QUÉ HAGO YO POR UNA IGLESIA MÁS FIEL A JESÚS?

Bi edo hiru lagun nire izenean elkartuko direnean, han egongo naiz ni beraien artean. Kristo Elizan presente egiteko erarik egokiena gu geu elkarturik bizitzea da, beraren Espirituak eraginik «beraren izenean» jardunez. Elizak gure maitasun-aitorpenen eta kritiken beharra baino gehiago, gure benetako konpromiso-beharra du. Ez dira gutxi geure buruari egiten ahal genizkiokeen galderak.

Zer egiten dut nik Elizaren baitan konbertsio kolektibo baten ingurumena sortzeko?, beti baitu eraberritu eta eraldatu beharra. Nolakoa izango litzateke Eliza baldin eta Kristorekiko atxikimendua guztiek nik bizi dudan bezala, gutxi gorabehera, biziko balute? Jesusekiko leialago ala gutxiago izango litzateke?

Zer ekarpen egiten diot nik Elizari espirituari, egiari eta benetakotasunari dagokionez?, ebanjelio errotikoaren premia hartarainokoa baitu, gure gizarte axolagabe eta fedegabe honetan Jesusen testigantza sinesgarria egin nahi baitu.

Zer ekarpen egiten dut nik, neure bizitzarekin, Eliza gaur egungo gizon-emakumeen hurbilagoko izan dadin; jakin dezan, irakasten, predikatzen eta erregutzen bakarrik ez, baita, batez ere, onartzen, entzuten eta lagun egiten galdurik bizi direnei, maitasuna eta adiskidetasuna zer diren jakin gabe bizi direnei?

Zer ekarpen egiten dut nik Eliza samariar bat eraikitzeko: bihotz handiko eta errukitsu bat, bere probetxu propioaz ahazteko gai den bat eraikitzeko, gizadiaren problema handietan murgildurik biziz?

Zer egiten dut nik Eliza libera dadin estu hartua duten beldurretik eta mendetasunetik, zurrundurik eta iraganari itsatsirik daukaten horietatik?, eta bidea libre utz dezan Jesusen ebanjelioari darizkion freskotasunak eta kreamenak edo sormenak estu hartu eta biziberritu dezaten.

Zer ekarpen egiten dut nik une hauetan, Elizak ikas dezan «gutxiengoan bizitzen», gizarte-handinahirik gabe, era apalean, «ezkutuko legamia» bezala, «gatz» eraldatzailea bezala, bizia eman ahal izateko hiltzeko prest den «hazi» txikia bezala?

Zer egiten dut nik Eliza alaiagoa eta esperantzatsuagoa izan dadin, libreago eta ulerkorrago, gardenago eta senidetsuago, sinestedunago eta sinesgarriago, Jainkoari emanago eta munduari gutxiago, Jesusi emanago eta geure probetxuari eta handinahiari gutxiago? Eliza aldatu egiten da gu geu aldatzen garenean, bihotz-berritu egiten da gu geu bihotz-berritzen garenean.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

¿QUÉ HAGO YO POR UNA IGLESIA MÁS FIEL A JESÚS?

«Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». La mejor manera de hacer presente a Cristo en su Iglesia es mantenernos unidos actuando «en su nombre», movidos por su Espíritu. La Iglesia no necesita tanto de nuestras confesiones de amor o nuestras críticas cuanto de nuestro compromiso real. No son pocas las preguntas que nos podemos hacer.

¿Qué hago yo por crear un clima de conversión colectiva en el seno de esta Iglesia, siempre necesitada de renovación y transformación? ¿Cómo sería la Iglesia si todos vivieran la adhesión a Cristo más o menos como la vivo yo? ¿Sería más o menos fiel a Jesús?

¿Qué aporto yo de espíritu, verdad y autenticidad a esta Iglesia tan necesitada de radicalidad evangélica para ofrecer un testimonio creíble de Jesús en medio de una sociedad indiferente y descreída?

¿Cómo contribuyo con mi vida a edificar una Iglesia más cercana a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, que sepa no solo enseñar, predicar y exhortar, sino, sobre todo, acoger, escuchar y acompañar a quienes viven perdidos, sin conocer el amor ni la amistad?

¿Qué aporto yo para construir una Iglesia samaritana, de corazón grande y compasivo, capaz de olvidarse de sus propios intereses, para vivir volcada sobre los grandes problemas de la humanidad?

¿Qué hago yo para que la Iglesia se libere de miedos y servidumbres que la paralizan y atan al pasado, y se deje penetrar y vivificar por la frescura y la creatividad que nace del evangelio de Jesús?

¿Qué aporto yo en estos momentos para que la Iglesia aprenda a «vivir en minoría», sin grandes pretensiones sociales, sino de manera humilde, como «levadura» oculta, «sal» transformadora, pequeña «semilla» dispuesta a morir para dar vida?

¿Qué hago yo por una Iglesia más alegre y esperanzada, más libre y comprensiva, más transparente y fraterna, más creyente y creíble, más de Dios y menos del mundo, más de Jesús y menos de nuestros intereses y ambiciones? La Iglesia cambia cuando cambiamos nosotros, se convierte cuando nosotros nos convertimos.

José Antonio Pagola

Domingo 22. Ciclo A – José Luis Sicre

Fe adulta

En el evangelio del domingo anterior, Pedro, inspirado por Dios, confiesa a Jesús como Mesías. Inmediatamente después, dejándose llevar por su propia inspiración, intenta apartarlo del plan que Dios le ha encomendado. El relato de Mateo 16,21-27 lo podemos dividir en tres escenas.

1ª escena: Jesús y los discípulos (primer anuncio de la pasión y resurrección)

Pedro acaba de confesar a Jesús como Mesías. Él piensa en un Mesías glorioso, triunfante. Por eso, Jesús considera esencial aclarar las ideas a sus discípulos. Se dirigen a Jerusalén, pero él no será bien recibido. Al contrario, todas las personas importantes, los políticos (“ancianos”), el clero alto (“sumos sacerdotes”) y los teólogos (“escribas”) se pondrán en contra suya, le harán sufrir mucho, y lo matarán. Es difícil poner de acuerdo a estos tres grupos sociales. Sin embargo, tratándose de Jesús, coinciden en el deseo de hacerlo sufrir y eliminarlo. Esto que parece una simple conjura humana, Jesús lo interpreta como parte del plan de Dios. Por eso, no dice a los discípulos: «Vamos a Jerusalén, y allí una panda de canallas me va a perseguir y matar», sino «tengo que ir» a Jerusalén a cumplir la misión que Dios me encomienda, que implicará el sufrimiento y la muerte, pero que terminará en la resurrección.

Para la concepción popular del Mesías, como la que podían tener Pedro y los otros, esto resulta inaudito. Sin embargo, la idea de un personaje que salva a su pueblo y triunfa a través del sufrimiento y la muerte no es desconocida al pueblo de Israel. La expresó un profeta anónimo, y su mensaje ha quedado en el c.53 de Isaías sobre el Siervo de Dios.

2ª escena: Pedro, portavoz de Satanás, y Jesús

Jesús termina hablando de resurrección, pero lo que llama la atención a Pedro es el «padecer mucho» y el «ser ejecutado». Según Mc 8,32, Pedro se puso entonces a reprender a Jesús, pero no se recogen las palabras que dijo. Mateo describe su reacción con más crudeza.

Ahora no es Dios quien habla a través de Pedro, es Pedro quien se deja llevar por su propio impulso. Está dispuesto a aceptar a Jesús como Mesías victorioso, no como Siervo de Dios. Y Jesús, que un momento antes lo ha llamado «bienaventurado», le responde con enorme dureza: «¡Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar!»

Estas palabras traen a la memoria el episodio de las tentaciones a las que Satanás sometió a Jesús después del bautismo. El puesto del demonio lo ocupa ahora Pedro, el discípulo que más quiere a Jesús, el que más confía en él, el más entusiasmado con su persona y su mensaje. Y Jesús, que no vio especial peligro en las tentaciones de Satanás, ve aquí un grave peligro para él. Por eso, su reacción no es serena, como ante el demonio; no aduce tranquilamente argumentos de Escritura para rechazar al tentador, sino que está llena de violencia: «Tú piensas como los hombres, no como Dios.» Los hombres tendemos a rechazar el sufrimiento y la muerte, no los vemos espontáneamente como algo de lo que se pueda sacar algún bien. Dios, en cambio, sabe que eso tan negativo puede producir gran fruto.

3ª escena: Jesús y los discípulos (parábola del maletín y el joyero)

No se conocían de nada, sólo les unió compartir dos asientos de primera clase. Ella colocó en el compartimento un elegante estuche con sus joyas. Él, un pesado maletín con su portátil y documentos de sumo interés. El pánico fue común al cabo de unas horas, cuando vieron arder uno de los motores y oyeron el aviso de prepararse para un aterrizaje de emergencia. Tras el terrible impacto contra el suelo, ella renunció a sus joyas y corrió hacia la salida. Él se retrasó intentando salvar sus documentos. El cadáver y el maletín los encontraron al día siguiente, cuando los bomberos consiguieron apagar el incendio. Extrañamente, ella recuperó intacto el estuche de sus joyas.

En tiempos de Jesús no había aviones, y él no pudo contar esta parábola. Pero le habría servido para explicar la enseñanza final de este evangelio. Para entender esta tercera parte conviene comenzar por el final, el momento en el que el Hijo del Hombre vendrá a pagar a cada uno según su conducta. En realidad, sólo hay dos conductas: seguir a Jesús (salvar la vida, renunciando al joyero) o seguirse a uno mismo (salvar el maletín a costa de la vida). Seguir a Jesús supone un gran sacrificio, incluso se puede tener la impresión de que uno pierde lo que más quiere. Seguirse a uno mismo resulta más importante, salvar la vida y el maletín. Pero el avión está ya ardiendo y no caben dilaciones. El que quiera salvar el maletín, perderá la vida. Paradójicamente, el que renuncia al joyero salva la vida y recupera las joyas.

Jeremías y Jesús (Jer 20,7-9)

La vida de Jeremías no fue fácil. Él no quería ser profeta, le objetó a Dios que era demasiado joven y que no sabía hablar. Pero el Señor no aceptó su protesta y lo obligó a transmitir el mensaje más duro en los años más difíciles del reino de Judá: cuando se avecinaba la desaparición de la monarquía, la destrucción de Jerusalén y la deportación a Babilonia.

Al principio, todo fue bien («me sedujiste, Señor, y me dejé seducir»). Pero el tener que anunciar y justificar la desgracia futura se le convierte en una carga insoportable. Personalmente, tiene la sensación de que todo su mensaje se sintetiza en dos palabras horribles: «violencia» y «destrucción». Socialmente, esta predicación le procura críticas, burlas, persecuciones, incluso amenazas de muerte. ¿Solución? Olvidarse de Dios y de su palabra. Pero no puede hacerlo. Esa palabra arde en sus entrañas, es un fuego incontenible.

Jeremías, igual que Jesús, se siente obligado a cumplir la misión que Dios le encomienda. Es cierto que en Jesús no encontramos la misma rebeldía, pero la reacción tan humana del profeta ayuda a comprender que, para el Señor, «tener que ir a Jerusalén» supuso también un gran sacrificio.

DOMINGO 22 (A) – Fray Marcos

(Mt 16,21-27)

Como limitados, debemos estar siempre eligiendo

Lo que Mateo pone hoy en boca de Jesús ni siquiera es aceptable para los seguidores. Jesús acaba de felicitar a Pedro por expresar pensamientos divinos. Ahora le critica muy duramente por pensar como los hombres. ¿A qué judío se le podía ocurrir que el Mesías iba a morir en la cruz? Ni Jesús pudo pensar tal cosa, si pensó que era el Mesías.

A los seguidores les costó Dios y ayuda descubrir quién era Jesús. A pesar del esfuerzo, encontramos en los evangelios infinidad de incoherencias. Como Pedro, los cristianos en todas las épocas, nos hemos escandalizado de la cruz. Nadie hubiera elegido para Jesús ese camino. La imagen de un Mesías victorioso es la única que puede tener sentido.

La muerte de Jesús fue para los primeros cristianos el punto más conflictivo de su vida. Seguramente el primer núcleo de los evangelios lo constituyó un relato de su pasión. No nos debe extrañar que, al redactar el resto de su vida, se haga desde esa perspectiva. Hasta cuatro veces anuncia Jesús su muerte en el evangelio de Mateo. No hacía falta ser profeta para darse cuenta de que la vida de Jesús iba a terminar como terminó.

Pedro responde a Jesús con toda lógica. ¿No podía dejar de pensar como judío? El día que vinieron a prenderle, Pedro sacó la espada y atizó un buen golpe a Malco para evitar que se llevaran a su Maestro. La crítica de Jesús a Pedro tiene como objetivo justificar los juicios contradictorios de los primeros años del cristianismo.

La respuesta de Jesús a Pedro, es la misma que dio al diablo en las tentaciones. La propuesta de Pedro era la gran tentación, también para Jesús. Lo difícil de la tentación no es vencerla, sino desenmascararla. Jesús no rechaza a Pedro, pero quiere que descubra el verdadero mesianismo, que no coincide ni con el oficial.

El seguimiento es muy importante en todos los evangelios. Se trata de abandonar cualquier otra manera de relacionarse con Dios y entrar en la dinámica espiritual que Jesús manifiesta en su vida. La nueva oferta es identificarse con Jesús en su entrega a los demás, sin buscar para sí poder o gloria y ni siquiera recompensa alguna.

Negarse a sí mismo supone renunciar a toda ambición personal. El individualismo y el egoísmo quedan descartados de Jesús y del que quiera seguirlo. Cargar con la cruz es aceptar la oposición del mundo. Se trata de la cruz que nos infligen otras personas, sean amigas o enemigas, por ser fieles al evangelio y no acomodarnos a este mundo.

La cruz era la manera más denigrante de ejecutar a un reo. El condenado era obligado a cargar con la parte trasversal de la cruz (patibulum). El carácter simbólico solo llegó después de comprender la muerte de Jesús. El relato habla de la cruz en sentido simbólico, es improbable que esas palabras las pronunciara Jesús.

Jesús nos muestra el camino que nos puede llevar a una mayor humanidad. Esa propuesta es la única manera de ser humano. Lo que Jesús exige a sus seguidores, es que vayan por el camino del amor. No se trata de renunciar a nada, sino de elegir en cada momento lo mejor. Verlo como renuncia, es no haber entendido ni jota.

Jesús no pretende deshumanizarnos como se ha entendido con frecuencia, sino llevarnos a verdadera plenitud humana. No se trata de sacrificarse, creyendo que eso es lo que quiere Dios. Dios no puede “querer” ninguna clase de sufrimiento, sino lo mejor.

Lo que Jesús nos propone es alcanzar la plenitud despegándonos de todo apego que pretenda potenciar el egoísmo. Si descubrimos lo que nos hace más humanos, será fácil volcarnos hacia esa escala de valores. La vida humana no se nos da para que la guardemos y preservemos, sino para que la consumamos en beneficio de los demás.

 

Urteko 22. igandea – A – José A. Pagola

Grupos de Jesús

IKASI JESUSENGANDIK SUFRIMENDUAREN AURREKO JARRERA – APRENDER DE JESÚS LA ACTITUD ANTE EL SUFRIMIENTO

Ebanjelioaren mezuaren alderdi gutxik jasan izan du «Gurutzea hartu» delako Jesusen mezuak adina desitxuratze. Horra nondik datorren kristau ez gutxik ideia aski nahasiak izatea sufrimenduari buruzko kristau-jarreraz. Gogora ditzagun ezin ahaztuzko datu batzuk, baldin eta Gurutziltzatuari leialtasun handiagoz jarraitu nahi badiogu.

Jesusengan ez dugu ikusten geugan hainbatetan bizi ohi dugun sufrimendu hori, geure bekatuak edota bizitzeko geure era desegokiak eragina. Jesusek ez ditu ezagutu inbidiak, erresuminak, barne hutsuneak edota gauzekiko eta pertsonekiko atxikimenduak eraginak. Bada, beraz, gure bizitzan sufrimendu bat (adituen arabera, pertsona batzuengan sufritzen ari direnaren %90era irits daiteke) ezabatuz joan beharko genukeena, preseski Jesusi jarraituz bizi nahi badugu.

Bestalde, Jesusek ez du sufrimendua maite, ez du apeta hutsez bilatzen, ez beretzat ez beste inorentzat, sufritzeak berekin izango balu bezala Jainkoari bereziki atsegin zaion zerbait. Errore bat da uste izatea ezen hurbilagotik jarraitzen diola Kristori, sufrimendua nahiera hutsez eta inolako premiarik gabe bilatzen duelako. Jainkoari atsegin zaiona ez da sufrimendua, baizik eta pertsona batek duen jarrera Kristori leial jarraitzeko orduan sufrimendua jasan behar duenean.

Jesus, gainera, munduan den sufrimendu guztia bere indar osoz ezkutaraztera konprometitu da. Beraren bizitza guztia izan da eten gabeko borroka, gaixotasunak, goseak, zuzengabekeriak, abusuek, bekatuak edo heriotzak adierazten duten sufrimena gizakiari erauzteko.

Jarraitu nahi dionak ezin egingo die ezikusia sufritzen ari direnei. Aitzitik, bere lehen egitekoa gizakien bizitzatik sufrimendua kentzea izango du. Teologo batek esan duen bezala, «ez dago zoriontsu izateko eskubiderik gainerakoekin batera ez bada, ezta gainerakoen aurka ere» (Ignazio Larrañeta).

Azkenik, Jesusek, beraren misioaren aurka ageri direnek eragiten duten sufrimenduarekin topo egiten duenean, ez dio ezikusia egiten, baizik eta bere-bere egiten du, Aitari dion leialtasun osoaren eta gizakiei eskaini nahi dien baldintzarik gabeko jarreraz.

Beste ezer baino lehenago, «gurutzea hartzea» Jesusi leial jarraitzea da eta jarraitze horren ondorioz, dudarik gabe, sortuko zaizkion egoera mingarriak onartzea. Badira kristauak beti onartu beharko dituen ukapenak, sufrimenak eta minak. Horra gutako bakoitzarentzat, eraman behar dugun gurutzea Kristoren urratsei jarraituz.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

22 Tiempo ordinario – A (Mateo 16,21-27)

APRENDER DE JESÚS LA ACTITUD ANTE EL SUFRIMIENTO

Pocos aspectos del mensaje evangélico han sido tan distorsionados como la llamada de Jesús a «tomar la cruz». De ahí que no pocos cristianos tengan ideas bastante confusas sobre la actitud cristiana ante el sufrimiento. Recordemos algunos datos que no hemos de ignorar, si queremos seguir al Crucificado con mayor fidelidad.

En Jesús no encontramos ese sufrimiento que hay tantas veces en nosotros, generado por nuestro propio pecado o nuestra manera desacertada de vivir. Jesús no ha conocido los sufrimientos que nacen de la envidia, el resentimiento, el vacío interior o el apego egoísta a las cosas y a las personas. Hay, por tanto, en nuestra vida un sufrimiento (según los expertos, puede llegar en algunas personas al 90% de lo que sufren) que hemos de ir eliminando precisamente si queremos seguir a Jesús.

Por otra parte, Jesús no ama ni busca arbitrariamente el sufrimiento ni para él ni para los demás, como si el sufrimiento encerrara algo especialmente grato a Dios. Es un error creer que uno sigue más de cerca a Cristo porque busca sufrir arbitrariamente y sin necesidad alguna. Lo que agrada a Dios no es el sufrimiento, sino la actitud con que una persona asume el sufrimiento en seguimiento fiel a Cristo.

Jesús, además, se compromete con todas sus fuerzas para hacer desaparecer en el mundo el sufrimiento. Toda su vida ha sido una lucha constante por arrancar al ser humano de ese padecimiento que se esconde en la enfermedad, el hambre, la injusticia, los abusos, el pecado o la muerte.

El que quiera seguirle no podrá ignorar a los que sufren. Al contrario, su primera tarea será quitar sufrimiento de la vida de los hombres. Como ha dicho un teólogo, «no hay derecho a ser feliz sin los demás ni contra los demás» (Ignacio Larrañeta).

Por último, cuando Jesús se encuentra con el sufrimiento provocado por quienes se oponen a su misión, no lo rehúye, sino que lo asume en actitud de fidelidad total al Padre y de servicio incondicional a los hombres.

Antes que nada, «tomar la cruz» es seguir fielmente a Jesús y aceptar las consecuencias dolorosas que se seguirán, sin duda, de este seguimiento. Hay rechazos, padecimientos y daños que el cristiano ha de asumir siempre. Es el sufrimiento que solo podríamos hacer desaparecer de nuestra vida, dejando de seguir a Cristo. Ahí está para cada uno de nosotros la cruz que hemos de llevar siguiendo sus pasos.

José Antonio Pagola

22º domingo T.O. – Koinonía

Jeremías 20,7-9

La Palabra del Señor se volvió oprobio para mí

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste. Yo era el hazmerreír todo el día, todos se burlaban de mí. Siempre que hablo tengo que gritar: «Violencia», proclamando: «Destrucción». La palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día. Me dije: «No me acordaré de él, no hablaré más en su nombre»; pero ella era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerlo, y no podía.

Salmo responsorial: 62

Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, / mi alma está sedienta de ti; / mi carne tiene ansia de ti, / como tierra reseca, agostada, sin agua. R.

¡Cómo te contemplaba en el santuario / viendo tu fuerza y tu gloria! / Tu gracia vale más que la vida, / te alabarán mis labios. R.

Toda mi vida te bendeciré / y alzaré las manos invocándote. / Me saciaré como de enjundia y de manteca, / y mis labios te alabarán jubilosos. R.

Porque fuiste mi auxilio, / y a la sombra de tus alas canto con júbilo; / mi alma está unida a ti, / y tu diestra me sostiene. R.

Romanos 12,1-2

Presentad vuestros cuerpos como hostia viva

Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable. Y no os ajustéis a este mundo, sino trasformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

Mateo 16,21-27

El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.» Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.» Entonces dijo a sus discípulos: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»

 COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

La liturgia de hoy centra la atención sobre las consecuencias dolorosas del ministerio profético y del seguimiento de Jesús. Tanto Jeremías como Mateo, llaman la atención sobre el conflicto que tienen que afrontar tanto el profeta como Jesús.

La experiencia del exilio marcó la vida del pueblo de Israel. Fue un momento muy doloroso, que le exigió replantear su fe en el Dios de la Alianza. En este marco histórico se ubica el Profeta Jeremías.

Este pasaje pone de relieve el clamor del profeta Jeremías porque Dios le ha seducido y le ha forzado, ha sido objeto de burla de todos y la palabra ha sido motivo de dolor y desprecio. Por eso el profeta ha querido desentenderse de la misión, pero la Palabra ha sido más fuerte y, prácticamente, lo ha vencido.

La mayoría de los profetas bíblicos han sufrido experiencias similares a las de Jeremías. Son rechazados por sus propios hermanos y por las autoridades correspondientes. Muchos de ellos tuvieron que sufrir la muerte o el destierro. Pero pudo más la fidelidad a Dios y a su Pueblo que su propia seguridad y bienestar. La Palabra de Dios actúa en el profeta como un fuego abrasador que no lo deja tranquilo y lo mantiene siempre alerta en el cumplimiento de su misión.

La segunda lectura de la carta de Pablo a los cristianos de Roma utiliza un lenguaje imperativo. Estos versículos sirven de enlace entre la parte anterior, de orden más indicativo. El lenguaje es exhortativo. Les habla no sólo como hermano en la fe sino con la autoridad del Apóstol. Les invita a hacer de su cuerpo una ofrenda permanente a Dios. El verdadero culto no se reduce a ritos externos sino que procede de una vida recta. El cuerpo, vehículo de la vida interior, debe ser un canto de alabanza y gratitud a Dios. En esto consiste la conversión para Pablo: en una vida totalmente transformada por el Espíritu de Dios, en el cambio de mentalidad, de valores, de horizonte. Sólo así se podrán tener los criterios de discernimiento para buscar, encontrar y realizar la voluntad de Dios.

En el evangelio, de Mateo, nos encontramos con un bello esquema catequético «sobre el discipulado como seguimiento de Jesús hasta la cruz». Jesús pone de manifiesto a sus discípulos que el camino de la resurrección está estrechamente vinculado a la experiencia dolorosa de la cruz. El núcleo principal es el primer anuncio de la pasión. Pero los discípulos, simbolizados en la persona de Pedro, no han comprendido esta realidad. Ellos están convencidos del mesianismo glorioso de Jesús que se enmarca dentro de las expectativas mesiánicas del momento. Jesús rechaza enfáticamente esta propuesta, pues la voluntad del Padre no coincide con la expectativa de Pedro y los discípulos. Por eso Pedro aparece como instrumento de Satanás delante de Jesús para obstaculizar su misión.

El maestro invita al discípulo a continuar su camino detrás de él porque aún no ha alcanzado la madurez del discípulo. Luego Jesús se dirige a todos los discípulos para señalarles que el camino del seguimiento por parte del discípulo también comporta la cruz. No hay verdadero discipulado si no se asume el mismo camino del Maestro. El anuncio del evangelio trae consigo persecución y sufrimiento. Tomar la cruz significa participar en la muerte y resurrección de Jesús. La pérdida de la vida por la Causa de Jesús habilita al discípulo para alcanzarla en plenitud junto a Dios.

En el Bautismo hemos sido consagrados sacerdotes profetas y reyes. Por lo tanto, la dimensión profética de nuestra fe es intrínseca a la consagración bautismal. Hoy no podemos prescindir del profetismo en el seguimiento de Jesús. Y sabemos que las consecuencias del profetismo, vinculado estrechamente a la misión evangelizadora, son la oposición, la persecución, el rechazo y el martirio. Muchos hombres y mujeres en distintas partes del mundo se han jugado la vida por la fe y la defensa de los valores evangélicos. Si se quiere seguir a Jesús en fidelidad tendremos que enfrentar muchas contradicciones, caminar a contravía de lo que propone el orden establecido, la cultura imperante y la globalización del mercado –que no es otra cosa que la globalización de la exclusión–.

Quisiéramos vivir un cristianismo cómodo, sin sobresaltos, sin conflictos. Pero Jesús es claro en su invitación: hay que tomar la cruz, hay que arriesgar la vida, hay que perder los privilegios y seguridades que nos ofrece la sociedad si queremos ser fieles al evangelio. ¿Cómo vivimos en la familia y en la comunidad cristiana la dimensión profética de nuestro bautismo? ¿Estamos dispuestos/as a correr los riesgos que implica el seguimiento de Jesús? ¿Conocemos personas que han vivido la experiencia del martirio por el evangelio? ¿Ya no es tiempo para mártires, o lo es para mártires de otra manera?

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 67 de la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «El bastón del Mesías». El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: https://radialistas.net/67-e1-baston-del-mesias/  Es el mismo episodio que correspondió el domingo pasado, porque la perícopa evangélica coincide parcialmente. Si se utilizó el domingo pasado, se puede cambiar por un episodio semejante (ir a: https://radialistas.net/serie-un-tal-jesus/ )

DOMINGO 21 (A) – Fray Marcos

(Mt 16,13-20)

Solo descubrirás quién es Jesús si vives lo que hay de divino en ti. ¡Inténtalo!

Lo primero que hay que tener en cuenta es que los evangelios están escritos mucho después de la muerte de Jesús. Reflejan, no lo que dijo o hizo, sino lo que las primeras comunidades interpretaron de los que recordaban de él. El texto expresa vivencias pascuales de la primera comunidad. Esto no le quita importancia, sino que se la da.

Se diferencia la opinión de la gente de la de los discípulos para expresar una fórmula de la fe primitiva. La diferencia estaría entre lo que la gente y los discípulos pensaron de Jesús mientras vivía y lo que pensaron de él después de la experiencia pascual.

Mientras vivieron con él le mostraron una gran admiración y estima, pero no se dieron cuenta de toda la novedad que aportaba. A los discípulos les costó Dios y ayuda dar el paso de la visión nacionalista del Mesías, que era general entre judíos, al Mesías que  demostró ser Jesús. Solo después de la experiencia pascual consiguieron dar ese paso.

De Jesús, como ser humano sí podemos hablar. De lo divino que hay en Jesús, nada podemos decir con propiedad, escapa a nuestra capacidad intelectual. Pero lo divino se manifestó en su humanidad y aunque no podemos definirlo, podemos intuirlo.

Si nos empeñamos en pensar lo divino y lo humano como diferentes, imposibilitamos una respuesta coherente. Si Jesús fue Dios es porque es hombre, y si es hombre cabal es porque es divino. No hay incompatibilidad entre ambas realidades. Al contrario, Dios es el fundamento de lo humano y el hombre solo llegará a su plenitud en lo divino.

La respuesta de Pedro no supone ninguna novedad. El objetivo del relato es afianzar una profesión de fe pascual. Si Pedro hubiera dicho esa frase antes de la experiencia pascual, lo hubiera hecho pensando en un “hijo de Dios” en el sentido en que lo entendían los judíos; como persona cercana a Dios que tiene una misión especial.

No podemos definir con dogmas lo que es Jesús, pero tampoco podemos dejar de hacernos la pregunta. Lo que es Jesús, nunca lo descubriremos. Todo intento de responder con fórmulas racionales será inútil. La respuesta no puede ser teórica. Solo tomaré conciencia de los que es Jesús en la medida que viva lo que él vivió.

Dar por completas y definitivas las respuestas de los primeros concilios nos ha llevado a la ruina. Lo que nos debe importar es descubrir la calidad humana de Jesús en la que queda reflejada su divinidad. Nuestra tarea será descubrir la manera de llegar nosotros a esa misma plenitud. Se trata de responder con la propia vida.

Respecto a la segunda cuestión, tenemos que aclarar algunos puntos. Los textos paralelos de Mc y de Lc no dicen nada de la promesa de Jesús a Pedro. Es éste un dato muy interesante, que tiene que hacernos pensar. Mt lo relata con toda intención.

Debemos tener en cuenta que existe otro texto paralelo en Mt, que leeremos dentro de dos domingos, que va dirigido a la comunidad: “Porque lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo; y lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo”.

En dos lugares tan próximos del mismo evangelio dan el poder de atar y desatar a Pedro y a la comunidad. Esto quiere decir que la última palabra la tiene siempre la comunidad. Pedro actúa como cabeza de la comunidad no en nombre propio.

A Jesús nunca le pudo pasar por la cabeza el fundar una Iglesia. Él era judío por los cuatro costados y no podía pensar en una religión distinta. Lo que quiso hacer con su mensaje, fue purificar la religión judía de todas las adheren­cias que la hacían incompatible con el verdadero Dios. Lo mismo intentaron sus inmediatos seguidores.

Urteko 21. igandea – A- José A. Pagola

GALDERA ERABAKIGARRI BAT – UNA PREGUNTA DECISIVA

«Eta zuek, nor naizela diozue?» Jesusen galdera hau ez da izan beraren lehen jarraitzaileentzat bakarrik. Funtsezko galdera da, kristau aitortzen garenok beti erantzun beharko dioguna.

Gure lehen erreakzioa bat-batean doktrina-erantzun bat bilatzea izan liteke, eta ohikeriazko eran aitortzea: «haragi egin den Jainkoaren Semea» da, munduaren «Eroslea», gizadiaren «Salbatzailea». Guztiak titulu handios eta ortodoxoak dira, dudarik gabe, baina inolako bizi-edukirik gabe jaulkiak izan daitezkeenak.

Jesusen galderak ez digu eskatzen soil-soil gure iritzia. Eskatu, interpelatu egiten gaitu, batez ere, berari buruz zein jarrera dugun. Hau, jakina, ez da azaltzen geure hitz hutsez, baizik eta, batez ere, berari egiten diogun jarraipen zehatzaz. Teologo batek esana duen bezala: «Adierazpen labur honek: “Sinesten dut Jesus Jainkoaren Semea dela”, gauza guztiz desberdina esan nahi du kasu bakoitzean: Asisko Frantziskok esanik edota Hego Ameriketako gaur egungo diktadore batek esanik». Azken hauen Jainkoa ez da bere jokabidea gidatzeko dei egiten dion bakoitzaren Jainkoa.

Jesusen hitzak errotiko aukera egitea eskatzen du. Edota Jesus guretzat historian izan diren pertsonaia askoren arteko bat gehiago da, edota Pertsona erabakitzailea da, biziaren azken ulerpena ematen diguna, gure bizitzari norabide erabakitzailea ematen diona eta behin betiko esperantza ematen diguna.

Orduan, «Nor naizela diozue?» delako galderak eduki berri bat hartzen du. Ez da, hartara, Jesusi buruzko arazo bat, baizik geuri buruzkoa. Nor naiz ni? Norengan sinesten dut? Nondik norabidetzen dut neure bizia? Zer da funtsean nire fedea?

Guztiok izan beharko genuke gogoan beti ezen fedea eta jaulkitzen ditugun formulak ez direla gauza bera. «Nik sinesten dut» delakoaren edukia hobeto ulertzeko, beharrezkoa dut nola bizi naizen egiaztatzea, zer antsiatzen dudan, zertara konprometitzen naizen egiaztatzea.

Horregatik, Jesusen galderak, geure ortodoxiaz egindako azterketa baino gehiago, dei bat izan beharko luke geure kristau-bizitzaren estiloaz. Bistan da; arazoa ez da Kristoz edozer gauza esatea edo sinestea. Ezta, ordea, fede ortodoxo baten aitorpen solemneak egitea ere, gero fede-aldarrikapen horrek eskatzen eta bere-berea duen espiritutik oso urrun biziko bagara.

José Antonio Pagola
Itzultzailea: Dionisio Amundarain

21 Tiempo ordinario – A (Mateo 16,13-20)

UNA PREGUNTA DECISIVA

«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Esta pregunta de Jesús no está dirigida solo a sus primeros seguidores. Es la cuestión fundamental a la que hemos de responder siempre los que nos confesamos cristianos.

Nuestra primera reacción puede ser encontrar rápidamente una respuesta doctrinal y confesar de manera rutinaria que Jesús es el «Hijo de Dios encarnado», el «Redentor» del mundo, el «Salvador» de la humanidad. Títulos todos ellos muy solemnes y ortodoxos, sin duda, pero que pueden ser pronunciados sin contenido vital alguno.

La pregunta de Jesús no nos pide simplemente nuestra opinión. Nos interpela, sobre todo, acerca de nuestra actitud ante él. Y esta no se refleja solo en nuestras palabras, sino sobre todo en nuestro seguimiento concreto a él. Como ha escrito algún teólogo: «La breve proposición: “Yo creo que Jesús es el Hijo de Dios”, significa algo completamente distinto si la pronuncia Francisco de Asís o la pronuncia uno de los actuales dictadores sudamericanos. El Dios de estos hombres no es el mismo, o, al menos, el Dios al que cada uno invoca para dirigir su conducta».

Las palabras de Jesús piden una opción radical. O bien Jesús es para nosotros un personaje más, junto a otros muchos de la historia, o bien es la Persona decisiva que nos proporciona la comprensión última de la existencia, da la orientación decisiva a nuestra vida y nos ofrece la esperanza definitiva.

La pregunta «¿quién decís que soy yo?» cobra entonces un contenido nuevo. No es ya una cuestión sobre Jesús, sino sobre nosotros mismos. ¿Quién soy yo? ¿En quién creo? ¿Desde dónde oriento mi existencia? ¿A qué se reduce mi fe?

Todos hemos de recordar una y otra vez que la fe no se identifica con las fórmulas que pronunciamos. Para comprender mejor el alcance de «lo que yo creo» es necesario verificar cómo vivo, a qué aspiro, en qué me comprometo.

Por eso, la pregunta de Jesús, más que un examen sobre nuestra ortodoxia, debería ser la llamada a un estilo de vida cristiano. Evidentemente no se trata de decir o creer cualquier cosa acerca de Cristo. Pero tampoco de hacer solemnes profesiones de fe ortodoxa para vivir luego muy lejos del espíritu que esa misma proclamación de fe exige y lleva consigo.

José Antonio Pagola

 

21 DOMINGO T.O. -A- KOINONÍA

4.2.7

Isaías 22,19-23

Colgaré de su hombro la llave del palacio de David

Así dice el Señor a Sobná, mayordomo de palacio: «Te echaré de tu puesto, te destituiré de tu cargo. Aquel día, llamaré a mi siervo, a Eliacín, hijo de Elcías: le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda, le daré tus poderes; será padre para los habitantes de Jerusalén, para el pueblo de Judá. Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá. Lo hincaré como un clavo en sitio firme, dará un trono glorioso a la casa paterna.»

Salmo responsorial: 137

Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.

Te doy gracias, Señor, de todo corazón; / delante de los ángeles tañeré para ti, / me postraré hacia tu santuario, / daré gracias a tu nombre. R.

Por tu misericordia y tu lealtad, / porque tu promesa supera a tu fama; / cuando te invoqué, me escuchaste, / acreciste el valor en mi alma. R.

El Señor es sublime, se fija en el humilde, / y de lejos conoce al soberbio. / Señor, tu misericordia es eterna, / no abandones la obra de tus manos. R.

Romanos 11,33-36

Él es el origen, guía y meta del universo

¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento, el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le ha dado primero, para que él le devuelva? Él es el origen, guía y meta del universo. A él la gloria por los siglos. Amén.

Mateo 16,13-20

Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.» Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.» Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.» Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

COMENTARIO A LOS TEXTOS BÍBLICOS:

El texto de Isaías se refiere, con mucha probabilidad, a la época inmediatamente anterior a la primera deportación. Recordemos que como represalia a un intento de rebelión, el imperio babilónico exilió, en el año 597 a.e.c, a los miembros más prestantes de la sociedad y los trasladó a varias ciudades y campos de Mesopotamia. Esto significó un duro golpe para la fe de Israel, quizá como ningún otro en su historia: Dios falló, fue derrotado, no pudo cumplir su promesa solemne de mantener la Casa de David eternamente, por los siglos… Todo el edificio de su fe en el Dios de las promesas, el Dios del privilegiado rey David, se vino abajo.

La profecía de Natán que, en realidad, era una exhortación para que el rey se mantuviera fiel a la voluntad del Señor, se había convertido ya en la época salomónica en un recurso ideológico para legitimar el monopolio del poder. Al inicio del siglo VI la situación de Judá cambió completamente, con la entrada en escena del imperio babilónico, que pretendió crear un imperio mediante el sometimiento de todos los pequeños reinos y el control de las tribus dispersas por toda la llamada «Media Luna Fértil». Jerusalén, pera él era sólo una fortaleza más a conquistar.

La profecía de David se dirige contra las pretensiones de la clase dirigente que se consideraba la propietaria perpetua del trono. El caso más patético era el de los primeros ministros, que remplazaban al rey en su ausencia. Estos personajes, casi siempre provenientes de la alta aristocracia, cobraban singular importancia cuando podían gobernar el país y darse todos los honores regularmente reservados al rey.

Parece que el mayordomo del palacio real de Jerusalén, llamado Sobna, se excedió en sus pretensiones y no se contentó con ostentar la ‘banda’ del rey sino que convirtió las llaves del palacio en símbolo de su creciente poder. Todas estas manifestaciones de arrogancia ponían en evidencia cuán arruinadas estaban las instituciones monárquicas y el grado extremo de decadencia en el que había caído la corte.

Isaías pronuncia un oráculo de condenación contra este ministro presuntuoso, denunciando todas las arbitrariedades que había cometido y anunciándole cuál sería el final de todas sus hazañas. El que se había construido una tumba elegante moriría en un campo desolado en tierras extranjeras. La llave que el primer ministro ostentaba, terminaría en manos de otra persona más capaz. Los caminos del Señor no son los del individuo engreído y alienado. Todo lo que un sistema social construye sobre la explotación, el abuso del derecho y la falsedad, termina irremediablemente condenado a la insignificancia.

Pablo, haciendo eco de los himnos a la sabiduría, recuerda la distancia enorme que hay entre las absurdas pretensiones individualistas y megalómanas, y el sabio designio de Dios que dispone únicamente lo que es provechoso para el ser humano.

Esa contraposición entre las desmedidas pretensiones de ciertos individuos y grupos sedientos de poder y los insondables caminos del Señor, se hace patente en el episodio del evangelio. A la mitad del camino de Jerusalén, o sea, en la exacta mitad del proceso de formación de los discípulos, Jesús los interroga sobre aquello que han podido captar en el tiempo en que los ha acompañado y orientado.

Las respuestas nos sorprenden. De una parte el gentío que sigue a Jesús lo identifica correctamente como uno de los profetas. De otra, el grupo en la voz de Pedro lo reconoce correctamente como Mesías e Hijo de Dios. Pero, subsiste un problema de fondo: tanto la multitud como los discípulos quieren imponerle a Jesús un estilo de ser profeta y una manera de ser Mesías. Discípulos y muchedumbre piden lo que es contrario a la voluntad de Dios e inconsecuente con la enseñanza de Jesús. Parecería que el enorme esfuerzo de Jesús no hubiese surtido el efecto esperado, y que los discípulos, en lugar de cambiar de mentalidad, hubieran afianzado sus antiguas y erráticas ideas. Sin embargo, el evangelio nos quiere mostrar que los discípulos aún deben pasar por la experiencia de la cruz para comprender el verdadero alcance de las palabras y obras de Jesús.

Jesús es Mesías, pero no un Mesías triunfalista y prepotente del nacionalismo exacerbado, sino una persona al servicio de las más hondas y profundas Causas humanas. Jesús es profeta; pero no un profeta que anuncia la supremacía de la propia religión o de la ideología de su grupo, sino el profeta del amor, la justicia y la paz.

Las tres lecturas nos muestran cuán impredecibles y certeras son las sendas de Dios y cuán caducos y esquemáticos son nuestros trillados caminos. El evangelio nos invita a aprender de Jesús cuál es el camino auténtico que nos conduce al Padre, porque «no todo el que dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos».

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 67 de la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «El bastón del Mesías». El audio, su guión y el comentario bíblico-teológico pueden ser tomados de aquí: https://radialistas.net/67-e1-baston-del-mesias/.

La entrevista nº 35, titulada «¿Su Santidad? ¿Su Reverencia?» [https://radialistas.net/35-su-santidad-su-reverencia/], de la serie «Otro Dios es posible», pude dar pie a un debate interesante e iluminador relacionado con el tema.