Domingo 19 de julio – XVI del ordinario

Lecturas
Jer 23, 1-6  
Sal 22 1-6  
Ef 2, 13-18   Mc 6, 30-34
 

REFLEXIONES PRIMERAS

                Lo más importante de las lecturas de hoy se estructura en torno a la figura del pastor y a su tarea de reunir lo disperso. Antes, Jesús busca descanso y tranquilidad para sus apóstoles (enviados), pero una forma peculiar de mirar a la gente por parte de Jesús hace que todo quede aplazado. ¿A cuando el pueblo esté reunido?  ¿A cuando goce ya de palabras suficientes que le alimenten? ¿Al final de todo, a la llamada escatología, al descanso eterno?

                Es tiempo de verano y, más o menos, en proporciones ajenas a la justicia, muchos pensamos en el descanso. Dice el Gen (2, 2) que Dios “descansó el día séptimo de todo el trabajo que había hecho.” De ahí la ley hará derivar el descanso de los sábados (Ex 20, 8-11). También una promesa, y con ella, una amenaza Sal 94, 11. El tema lo desarrollará la carta a los Hebreos (3, 7- 4, 11). Y una invocación final que se pronunciará en la iglesia  en nuestra despedida será “dale, Señor, el descanso eterno”.Hoy, en el evangelio, Jesús está empeñado en llevar a descansar a los “enviados” por él y acomodarlos en un lugar tranquilo. Por lo contrario a todo lo dicho, es muy importante la afirmación del evangelio de Juan de que el Padre sigue trabajando siempre (Jn 5, 17). O, un poco posterior, la de que la fe supone un trabajo continuo (Jn 6, 29).

                Es preciso descansar. Lo necesita nuestra condición física y mental. Descansar, literalmente, de lo cansado, retirarnos del cansancio. ¿Valoramos debidamente el descanso? Todos los grupos, sociedades y culturas han tomado medidas para descansar, en función de continuar trabajando. Nosotros hablamos de vacaciones. En nuestro entorno cultural resulta ya impensable no hacerlas de alguna manera. ¿Coincide descanso y vacaciones? Descubrimos hace mucho que cambiar de ocupación puede ser una muy buena manera de descanso. ¿Es eso descansar? ¿Será cortar con todo y no hacer nada? Romper la velocidad, las tensiones y ansiedades, las obligaciones, sin cambiarlas por otras nuevas o diferentes. ¿Es lícito descansar, cerrarnos sin atender a nadie, desaprovecharnos sin la menor actividad? ¿Es posible? ¿Posible con familia, hijos y apegados, preparaciones inaplazables del futuro trabajo, atención sincera al bienestar de los demás? ¿Para cuándo un descanso verdadero, total? Quizá sólo para el aplazamiento continuo de esa esperanza hasta el descanso eterno. Nuestro estilo de vida no favorece, ni ve con buenos ojos el no hacer nada. Hay tantas urgencias y tanto que hacer. Nos conviene, al cuerpo, el alma y el espíritu recoger la invitación del evangelio de hoy y descansar de verdad. Si no, el descanso eterno nos pillará muy desentrenados. Un buen programa para este tiempo, sugerido por el evangelio, y, de seguro, no siempre posible. Descansar. De todo y de lo más posible. Que no se tambaleará la tierra de que nosotros cesemos de hacer algo y holguemos. Descansar.

                 1ª lec, de la profecía de Jeremías sobre los pastores de Israel. Tema en el que abundará luego Ezequiel en el destierro (Ez 34). Todos los que tengan cualquier responsabilidad en la marcha de un colectivo son en alguna manera sus pastores. Si dispersan, infunden miedo, miran sus intereses propios (Jn 10, 10-13), no son pastores. Si reúnen y ayudan a vislumbrar un título nuevo para nuestro Dios “el-Señor-nuestra-justicia” son pastores verdaderos del pueblo creyente.

                2ª lec. Continuamos la lectura de la carta a los de Éfeso. Y forma un perfecto conjunto con los pastores de la 1ª lectura. Este sí que es pastor y reúne lo imposible de reunir en apariencia: acerca a los alejados, trae la paz, y unifica en una sola realidad a judíos y no judíos, creyentes y paganos. Y para la reunión completa los reúne a todos con Dios y en Dios. A la vez, y por su cruz, producto del odio, termina con el odio en el hombre nuevo.

                Ev de S. Marcos. Han vuelto los discípulos de la misión. (Este evangelio, les llama ahora apóstoles o enviados) Se reúnen con él -recordamos que los escogió para que permaneciesen con él (3, 14)- y ya no se separarán de él hasta la huída de todos, con la detención y muerte de Jesús. Le cuentan haber hecho lo mismo que él, curar, expulsar demonios y anunciar la conversión. Jesús quiere llevárselos a descansar. No es posible. La gente se les adelanta (contra toda lógica geográfica de navegar y caminar por tierra). Jesús mira a toda aquella gente y siente compasión. Andan como ovejas sin pastor. Hará él de pastor: les enseña -forma de pastoreo más importante que la comida- con toda calma.  Gentes cuidadas y mimadas, un pastor para ellos, un pastor fundamental e imprescindible, y la enseñanza tranquila que las convertirá en conjunto ordenado y las sacará de la individualidad del “sálvese quien pueda”. Aquí construir el rebaño prima sobre el descanso y la tranquilidad. Desvivirse sobre descansar. 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                Ya estamos todos. Jesús y nosotros, sus discípulos, juntos, tras una breve separación. Nos ha servido para comprobar que podemos hacer lo mismo que él, para reafirmar nuestra fe en él y para comenzar a sospechar que, como al Bautista (Mc 6, 14-29), no nos aguardan cosas demasiado halagüeñas. Hemos aprendido mucho con Jesús y nos ha causado sincera admiración. Pero hoy, que está empeñado en que descansemos, descubrimos algo nuevo y singular. Mira. Mira con insistencia y hondura. Mira no a individuos, sino al conjunto del pueblo. Mira y siente compasión (padece lo que ellos y como ellos). Andan como ovejas sin pastor y precisan de enseñanza.

                No es tan sencillo como parece mirar, mirar la realidad, sin tapujos, ni prejuicios, ni interferencias. Mirar y ver. Requiere caer en la cuenta y prestar atención, ojos bien abiertos y despiertos, ojos sin legañas. Jesús descubre así la desorientación general, la falta de objetivos para todos, la ausencia de visiones comunes sobre el vivir que aquejan al conjunto del pueblo. Y se compadece. Quizá hasta se siente parte de ese rebaño sin pastor. Por nuestro estilo general y por la tendencia actual tan fuerte, somos cada vez más individuos autónomos y libres e independientes. Es un logro y un avance (al que en absoluto es ajena la Escritura, ya desde Ezequiel). Irrenunciable, además. Pero no podemos perder la perspectiva de formar parte de un conjunto enorme y de no podernos separar de él, aunque queramos. Algo de esto encierra también la globalización. Y, discípulos del Maestro, miramos en nuestro entorno, como parte del mismo, sin podernos sustraer a la sensación de ovejas sin pastor. Pastores autoritarios y recientes y vivos han esquilmado y esquilman las ovejas. Difícil descubrir pastores desinteresados, atentos a reunir partes dispersas, a proponer metas válidas para todos, todos, -y más para los que no cuentan en el “todos”-. Miramos el mundo, no nos gusta, le encontramos infinidad de fallos, nos apena verlo así teniendo tantas posibilidades. Un pastor, un dirigente válido y santo, para todos, unificador de voluntades. ¿Será el rebaño del Señor o será duro autoritarismo, simple dictadura? Una tentación que no termina de desaparecer, aunque se cargue de explicaciones bíblicas como las que pueden surgir del evangelio de hoy.

                 Un paso atrás: estamos hablando de política. Sí. Sin apartarnos del evangelio, intentando ser fieles a él, mirando despacio y amorosamente a la multitud de hombres y mujeres que nadie puede contar. Tropezamos con política, eso que con frecuencia y facilidad tanto criticamos. Un creyente cristiano no puede ni debe desembarazarse de ella. Surge naturalmente del evangelio, nace de la simple compasión, brota de las entrañas del Dios compasivo y misericordioso. No basta la salvación individual. Miramos con Jesús y descubrimos la necesidad de salvación en la tierra. Si es así, no podemos eludir la política y sus diferentes propuestas. Pensábamos con el evangelio de hoy descansar y gozar de tranquilidad, y tropezamos por él con un asunto tan importante e inquietante. Aunque descansaríamos mejor en nuestro hueco individual, hemos de mirar y mirar, descubrir el desconcierto de tantísimos que yerran sin pastor y, con toda la compasión de Dios a flor de piel, buscar y proponerles sentidos, palabras, organizaciones, comunidades que unifiquen poco a poco, que den gozo y gusto al estar juntos. Y compartir la vida y avanzar todos en la seguridad común de que por fin un pastor se llamará y será “el Señor nuestra justicia”. Hay que enseñarlo con mucha calma, con mucha delicadeza y humildad, hay que ir convenciendo de que hay caminos y salidas dignas para todos, hay que continuar contando unas historias muy bonitas y sabrosas que dejan trazos de que sí: anda por ahí un pastor genial que lleva de nombre uno compuesto de Señor y Justicia.

                                 J. Javier Lizaur