Lecturas
Pr 9, 1-6
Sal 33, 2-3. 10-15
Ef 5, 15-20
Jn 6, 51-58
REFLEXIONES PRIMERAS
Hablemos del vino que aparece hoy en todas las lecturas. Se nos dice desde la 2ª lec que no nos emborrachemos, que eso lleva al libertinaje y que nos dejemos llevar del Espíritu. Se suele hablar de vinos ‘espiritosos’, que exhalan mucho espíritu. El día de Pentecostés, la gente dudaba si era el mucho vino o el Espíritu lo que les hacía hablar así.
En la Escritura, el vino, como sería de esperar, encierra cosas buenas y malas. De las dos encontraríamos textos que aducir. En ella, las primeras historias del vino y su elaboración son antiquísimas y muy poco edificantes (Gen 9, 20ss). Y el vino recoge, en su abundancia o su escasez, la presencia o ausencia de la bendición y la benevolencia de Dios. No olvidemos la imagen de Israel como viña del Señor, y su desarrollo en ejemplos y parábolas hasta llegar al Testamento segundo y las afirmaciones de Jesús sobre él mismo como cepa (Jn 15, 1ss). El vino tenía uso profano, pero también religioso. La figura del “nazir” de Dios se había de abstener de toda clase de vinos y bebidas alcohólicas. También los sacerdotes en el desempeño de algunas de sus funciones. En el Cantar de cantares, el vino expresa los gozos del amor (5, 1) y el amor se compara a un vino perfumado (8, 2). Por el contrario, en Jer (25, 15ss) y el Ap expresa la ira de Dios.
Dos datos fundamentales. El vino, y de calidad, forma parte del banquete escatológico, del del final de los tiempos y de la historia, en el texto de Is 25, 6-9. El vino es objeto de primera atención en el evangelio de Juan. Es el primero de sus signos (7) y adelanta su “hora” en las bodas de Caná. Un vino, según consta, extraordinario y sobreabundante, dado el tamaño de las tinajas de piedra. Así el banquete de bodas del final del Ap (19, 9) será también con vino, como Caná que es su anuncio. Y el vino sirve de cita para el final de los tiempos, pues Jesús, tras la cena, ya no lo beberá más hasta que llegue el Reino (Mc 14, 25). Habrá pues vino en el Reino. Antes, como hoy también escucharemos (1ªlec), un sabio quiere concentrar las habilidades para moverse en la vida y lo hace en la sabiduría hecha persona y ésta las vuelve a resumir en un banquete, gratuito y abundante, abierto a todos, y con vino preparado a la mesa.
Pocas cosas hay que arrastren como el vino una historia inmemorial de cultura (cultivo). Tanta selección, elaboración, experimentación, mimo constante, para llegar a los excelentes caldos actuales. El vino encierra él mismo la historia de nuestra cultura y sus avatares. El vino, muy atentamente escogido, acompaña todas las comidas -más si son solemnes-, las fiestas y las alegrías. Entre nosotros sería imposible encontrar alguna fiesta sin vino. En otros momentos, acompaña también la soledad y las dificultades de esta vida. Bendito seas (…) Señor (…) por este vino fruto de la tierra y de la cultura de los hombres…
En la celebración de la Eucaristía hay vino. Parece una redundancia, pero quiere ser queja de la muy escasa importancia que se le da como signo. La queja la he repetido aquí más de una vez: ni el pan es percibido por cualquiera como pan, ni el vino como vino. En los dos casos, está ausente el signo escatológico de la abundancia. O más grave, los dos han desaparecido como signos para pasar a ser cosas sagradas. En la Eucaristía y los sacramentos, todo son “poquitos”: de pan, de vino, de agua, de aceite. Nunca queda anunciado un Dios supergeneroso, casi diríamos “manirroto” (¿crucificado?). ¿Carece de importancia que no presentemos ni el más leve signo de la abundancia sin medida? Si el pan, en cuanto pan, queda insignificante, mucho más el vino. Nadie lo ve o lo huele. Casi nadie lo bebe. En el mejor de los casos (y ojalá fueran muchísimos más), algunos lo untan. A nadie he oído valorar la calidad de ese vino (¿plantearlo será otro detalle de secularización?). Si la copa fuera de cristal -las habría hermosísimas-, no dirían los presidentes con la misma tranquilidad las palabras de varias plegarias eucarísticas (IV, V –a, b, c, d-, Reconciliación I, Niños -I, II, III-) “lleno del fruto de la vid”, con una cantidad a penas visible, en el fondo de una copa metálica. Ya, y me parece mucho más lamentable, ni en las concelebraciones se bebe de la copa. Deseo una presencia más clara, más directa a los sentidos, del vino, de la bebida de salvación, aun sabiendo y reconociendo que las dificultades prácticas en lo del vino son aún mayores, son casi insalvables. Siempre liturgia y sentido práctico estarán reñidos. Los signos, su valor, su fuerza, su misterio necesitan más interés por ellos, más cuidado porque mejoren siempre en lo que son, más temor de irlos despojando de lo más imprescindible hasta reducirlos a cosas. (No entiendo concelebraciones sin beber de la copa, por ejemplo. Otro día, de las concelebraciones y su estética.)
1ª lec: del libro de los Proverbios. Libro que reúne textos, provenientes de autores y tiempos diversos. El texto breve de hoy pertenece al final de los 9 primeros capítulos del libro. Son los más recientes (S. IV a C), y forman una especie de prólogo de la obra. Todos habremos leído alguna vez la belleza poética del cap 8, sobre la Sabiduría, convertida en persona y mediadora de toda la creación. En el texto de hoy, la Sabiduría en persona prepara e invita a un banquete, el de la vida, y llama a todos, sobre todo a “los inexpertos”, a los que no han acertado en el abrirse camino por la vida. Recordemos, como siempre, que esta 1ª lec ha de servir de fondo y de interpretación al Evangelio del día.
2ª lec, de la carta a los efesios, como todos estos domingos. Continuamos con consejos prácticos para la vida nueva. Hoy coincide que habla del vino. Los últimos versículos, de salmos y cánticos y de “dar gracias” pueden referirse muy bien a las celebraciones eucarísticas.
3ª lec, final del discurso del “pan de la vida”, capítulo 6 de este evangelio. Hasta ahora ha hablado Jesús, de él mismo, entero, como “pan de vida”. Ahora aparece por primera vez en el discurso la sangre. Es ya un texto directamente eucarístico, recreado contando con la cena de despedida de Jesús y con las primeras comidas en honor y recuerdo del muerto resucitado en las comunidades de Juan. Probablemente ha sido agregado a lo escrito hasta aquí en el cap 6 por una segunda mano. Carne y sangre separadas, en alusión sacrificial. Permanecer, tener vida eterna y vivir para siempre son expresiones equivalentes para expresar qué encuentra quien come del que viene de Dios. La extrañeza de los judíos en la sinagoga sobre comer la carne de Jesús da pie a éste para proponer una aclaración expresa sobre la eucaristía.
PARA UNA POSIBLE HOMILÍA
Una vez más nos vemos como comunidad, pueblo, reunido para “recitar salmos alternando (ejemplo, entre las lecturas), cantar himnos y cánticos inspirados (más o menos), y tocar para el Señor”. Que siempre cuidemos y perfeccionemos todo lo anterior no es accesorio. Es la forma más cabal de dar su verdadera importancia a la Eucaristía. Eucaristía es esto que estamos haciendo juntos. Eucaristía viene de dar gracias, término antiquísmo (de la tradición de Antioquia), para designar la cena del Señor, despedida de los discípulos y profecía de su propia muerte.
Dar siempre gracias a Dios Padre por todo (dice por todo) en nombre de nuestro Señor Jesucristo. Esto es eucaristía, dar gracias a Dios. Por todo. Lo primero que viene a la mente del cristiano es Jesús de Nazaret. Por él, por lo que él supone para nosotros, le damos gracias a Dios. Por medio de él, que es la única mediación posible ante Dios y la única puerta abierta de par en par a él. Con él, porque descubrimos lo que da de verdad categoría a la vida humana, si la descubrimos viviéndola con él y en él. El que come de este pan y bebe de esta copa descubre la vida más auténtica. Descubre también para la vida una especie de tendencia a la desequilibrio, al aceptar por separado la carne y la sangre, que de por sí están unidos para la vida. Da gracias a Dios por empezar a familiarizarse en un misterio que se sospecha presente en todo y se descubre evidente en las grietas de muerte y vida, de carne y sangre, en uno mismo y en todo humano. Descubre en el pan y el vino, llenos de Espíritu, que con ellos se vincula a la vida de aquí, de tierra y estrellas, y se siente viviendo de la única vida quemante, insoportable de intensidad, que es vida permanente de Dios. Da gracias a Dios, en el que vive, y que sabe única posibilidad del vivir. La lluvia baja del cielo y el pan baja del cielo y la uva baja del cielo y de arriba viene todo lo que vive. Creer que la lluvia y el pan y el vino no son más que eso que parece no da ni gracia ni continuidad a la vida, que desgajada de su origen se agota. Aceptar que viene de arriba nos abre a la vida eterna o vida para siempre o vida excelente e inimaginable.
También nosotros nos extrañamos con aquellos judíos en la sinagoga: ¿Cómo puede este Jesús darnos a comer su carne, a beber su sangre, regalarnos una vida imperecedera, una unión con Dios y una permanencia en él para siempre? La respuesta la recibimos de Jesús. Puede hacerlo Jesús, porque ya notamos que lo está haciendo ahora mismo en nosotros. Es así, la encontramos real, hecha carne propia, intimidad propia, en nuestra pobre concreta vida. No es respuesta recibida, es respuesta descubierta en nuestro interior, tan nuestra como el color de los ojos.
Que no tenemos vida en nosotros, que la enfermedad, la soledad, la decadencia, el fracaso, nos la hacen descubrir como muy precaria, nos empuja a echar en falta y necesitar otra energía e intensidad de vida más sólida, menos enclenque. Comemos a Jesús de Nazaret, sus benditas palabras, sus gestos de continua bendición y benevolencia desde Dios. Bebemos de las aguas de su Espíritu y de su costado. Y nos encontramos, admirados, en plena fiesta de bodas, de unión para siempre, bebiendo a placer el exquisito vino que la sella. Sabemos y afirmamos que la vida es de Dios, y de nosotros desposados con él. Sería blasfemia, si no fuera firme promesa. Y esa vida, ya ahora, nos llega humilde en el cuerpo y la sangre de Jesús de Nazaret, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, y prolongados en el pan y el vino de su entrega para que tengamos vida y vida abundante de vino y plenitud y locura.
Esto es dar gracias a Dios Padre por todo, en nombre (y recuerdo y añoranza) de nuestro Señor Jesucristo.
J. Javier Lizaur