Domingo 26 de julio – XVII del ordinario

Lecturas
Re 4, 42-44  
Sal 144, 10-11. 15-18  
Ef 4, 1-6  
Jn 6, 1-15
 

APROXIMACIÓN A LOS TEXTOS DE LA ESCRITURA

                Dejaremos hoy en el evangelio la continuidad de Mc para saltar al evangelio de Juan durante 5 domingos. En ellos escucharemos la multiplicación de panes y el discurso del pan de vida del cuarto  evangelio. Vamos a dedicar la atención de hoy a las cuestiones en torno a este signo del pan multiplicado y a su correspondiente discurso, que abarcan todo el cap 6 del evangelio de Juan.

                Podemos comenzar recordando que la multiplicación de los panes, en diversas versiones, viene relatada en los evangelios 6 veces: 2 en Mc, 2 en Mt, 1 en Lc y 1 en Jn. La relación de Mc, en su primera versión (6), y Jn (6) es mayor de la esperada, viendo el conjunto de sus escritos. Parece que todos los relatos nacen de una única ocasión real, transmitida de maneras y tradiciones diferentes. Una secuencia clara en Mc y Jn, también subyacente en los otros dos, incluye el signo de los panes y los peces, la “prueba” que supone para los discípulos, el caminar de Jesús sobre el mar, y algún tipo de discurso sobre el sentido de ese signo (Mc 8, 14-21; Jn 6, 22-71).

               En las catacumbas, los panes y el pez representan el banquete eucarístico. Bien pronto todos los evangelios descubren una relación clara entre la multiplicación de panes y peces y la cena de despedida de Jesús ante su muerte. Por de pronto, el esquema central que aún se mantiene en nuestras celebraciones: tomó el pan, lo bendijo (o bien, dio gracias), lo partió y lo dio a los discípulos. Mc y Jn también mantienen una estrecha relación entre el alimento de la palabra (Mc 6, 34) y el alimento del pan. Una alusión original de Jn a la Pascua presta al relato una nueva y sugerente ubicación. Así, queda establecida la relación Pascua-Eucaristía. Y como era Pascua y primavera, también había hierba, y aquí vuelven a unirse Mc y Jn dejando huellas suficientes para que recordemos al pastor, necesitado por las gentes (Mc 6, 34), y cantado en el salmo 22 como quien nos proporciona hierba fresca y tierna. Mc organiza y especifica grupos para la comida, no en vano Jesús veía al pueblo desorganizado como ovejas sin pastor. Los sinópticos hablan de esta multiplicación en despoblado, en sitio apartado y tranquilo. Jn lo hace en la montaña, lugar de las manifestaciones de Dios, e insiste en reunir lo disperso, con las doce canastas del alimento sobrante. Jn es el único en especificar que los panes eran de cebada y hoy viene muy bien como 1ª lectura la de Eliseo, pues él multiplica panes de cebada. Tiene así sentido que el final de la narración de Jn sea una aclamación al profeta que había de venir (Elías-Eliseo).

                La prueba y la tentación aparecen expresamente en Jn (6, 6) e implícitamente en los otros evangelios y las conversaciones previas y subsiguientes que recalcan. Es Jesús quien tienta al discípulo y lo coloca en ocasión de tener que decidir. Tras la multiplicación, Mc y Jn hacen separarse a Jesús y sus discípulos. Con prisas y apremio. Que salgan los discípulos, y Jesús afrontará a la gente que le busca o le sigue. En Mc se dice que Jesús se retira al monte, solo, a orar. En Jn se especifica que huye porque le quieren hacer rey. La tentación y la prueba: en la mejor ocasión, con la gente entusiasmada, Jesús rechaza muy expresamente situarse como rey. ¿Los discípulos? Aun confirmados en la fe con el episodio de Jesús sobre el mar, no han comprendido lo de los panes, porque eran torpes de entender (Mc 6, 52. 8, 14-21) y muchos le abandonan (Jn 6, 60 y 66), mientras otros le siguen con alguna prevención (Jn 6, 68 a). La prueba, como siempre, entender y aceptar otro tipo de Mesías y otro tipo de pan sin contaminación.

                Un amigo mío me diría: Pero, ¿crees de verdad que todas esas cosas se le ocurrían al autor del evangelio correspondiente? No. Él, desde su cultura y oración bíblica, los escribe con el alcance que sea. Nosotros, sus lectores creyentes, descubrimos otros detalles y coincidencias en sus escritos. En la complicidad de los dos surge el verdadero sentido de la Escritura. La llamada inspiración abarca al escritor, pero también al lector. Esto último se nos ha olvidado con frecuencia. Me parecía importante esta visión general antes de adentrarnos durante cinco domingos en la proclamación del evangelio de Jn, con sus signos y discursos.

                 1ª lec del libro primero de los Reyes. Forma parte de una especie de ciclo, incluido en los dos libros de los Reyes, con las figuras de Elías y Eliseo: 1Re, 17 – 2Re  5. El Ev de hoy se hará eco de varios detalles de esta lectura, los panes de cebada, la figura del profeta, la sobreabundancia, y evidentemente la multiplicación de los panes. Comieron y sobró. También en el evangelio. No olvidemos esa abundancia hasta hartarse y sobrar como signo de los tiempos mesiánicos.

                2ª lec. Continuamos la lectura de la carta a los de Éfeso. Como en otras ocasiones en Pablo (v.g. Flp 2), recomendaciones sencillas de comportamiento con los hermanos dan lugar a proclamaciones fundamentales de la fe. De sed afables y humildes, a un solo Señor, una fe, un bautismo etc. Quizá recordar también el fondo cósmico, total, de Ef y Col, que rodea cuanto se refiere a la salvación aportada por Jesús en la Iglesia.

                El Ev, ya hemos repetido que pertenece al de Jn. Hoy narra el “signo” de la multiplicación de los panes. Los otros domingos desarrollará el discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún en torno al pan de vida. El cuarto evangelio es muy sobrio a la hora de contar los “signos” de Jesús. Los escoge con precisión y le resultan siete (!). De ellos, el del pan, ocupa el lugar central, el cuarto. Me remito al comentario inicial. El binomio Felipe y Andrés está muy presente como tal en el cuarto evangelio, también en el texto de hoy. Recordar cómo Jesús termina completamente solo en el monte, tras su huída para no ser proclamado rey. 

UNA POSIBLE HOMILÍA

                Nos reunimos cada domingo, día del Señor, para alimentarnos y comer juntos. Al hacerlo, recordaremos a Jesús, palabra y pan, y añoraremos su vuelta. Dejamos a Jesús, en el evangelio del domingo pasado, preocupado al vernos sin pastor, y dispuesto a alimentarnos con sus palabras (Mc 6, 34). Hoy además nos va a alimentar con su pan. Efectivamente, es el pastor y es el profeta.

                Seguía a Jesús mucha gente, interesada en eso de los signos que realiza con los enfermos. Se sienta en la montaña y los discípulos al rededor. Jesús descubre que viene mucha gente y no sabe qué podrán comer. Lo plantea a los discípulos para tentarles. ¿Qué les damos? ¿Pan y que se sacien o signos y palabras y que se  inquieten? Al final de este evangelio, Jesús está completamente solo, sin siquiera los discípulos, y todos decepcionados, planteándose abandonar a Jesús.

                Ha quedado el signo espléndido. Ha habido pan y peces para todos y hasta sobró. Todos sentados, y se han recogido ordenadamente las sobras. Esto ya va pareciendo un pueblo con pastor, un pueblo perfecto y terminado con sobreabundancia de lo necesario. Y la gente lo entiende bien y aclama al nuevo profeta. Pero no les basta de profeta y quieren un rey-pastor, un rey que les garantice alimento gratis, bienestar y buen orden. La tristeza de Jesús sería infinita (pero ¿qué buscan en mí?) y huye solo. Nadie le ha entendido. La decepción de los discípulos también enorme. ¡Qué ocasión perdida! La confusión se mantiene y se mantendrá en todo tiempo. El líder, guía de una humanidad que merezca ese título, ¿será un rey poderoso y triunfador o será un rey con su título en lo alto del trono, investido en sangre, entronizado en un patíbulo? ¿Quién se traga, come, esto último?

                En nuestras reuniones de pueblo que sí tiene Pastor, comenzamos por un banquete de palabras. Palabras queridas, recordadas y reconocidas, palabras de las que hemos aprendido a vivir, palabras que cargan las cosas sencillas -pan de cebada- con un sentido completo, palabras que alimentan, no como la carne, sino que son e insuflan espíritu y vida. Hemos de venir hambrientos, menesterosos, a recibir más palabras, porque ya las hemos gastado a lo largo de la semana. Necesitamos palabras de peso, palabras reales, que nos hunden en la realidad y nunca nos apartan de ella. Palabras humanas, avaladas por Dios hasta hacerlas suyas. Por esas palabras, te alabamos, Señor.

                Y comemos y bebemos pan y vino de la tierra, elaborados de muchos hombres y mujeres, tocados por las palabras anteriores que son espíritu y vida, y transformados en nueva creación, la centrada en el cuerpo del resucitado y que desde él se expande a cuanto existe. A nosotros, ante todo. Pan de vida y bebida de salvación. Hay para todos y para más. Vienen de lejos, de fuera de Israel (Mc 8, 3). Sobra y lo recogemos para quienes no han podido venir. Sobra, siempre sobra, porque la miseria y cicatería, aunque se vistan de pobreza, no tienen lugar en el reino. ¡Ven pronto, Señor Jesús!

                Con palabras de la 2ª lectura, por esta comida, nos sabemos un solo cuerpo, animado de un único Espíritu y afectado de una misma y sola esperanza. Gozamos de un Señor, que es pan de nuestro vivir y nos llena de su vida entregada y consagrada. Creemos en un Dios, auténtico padre de todos, que  invade el universo entero hasta su máxima belleza y perfección. Y todo, porque sabemos comer sentados en la hierba y en grupos.

                 J. Javier Lizaur