Lecturas:
Ml 3, 19-20
Sal 97, 5-7. 9
2Ts 3, 7-12
Lc 21, 5-19
PRIMERAS REFLEXIONES
Tiempos difíciles. ¿Cuáles no lo han sido? Para todos, a lo largo de la historia, los suyos han sido tiempos difíciles. Quizá como signo de que lo difícil es la vida misma. Los nuestros no son en absoluto sencillos. El cambio cultural es evidente. También las costumbres, los usos, los ritos sociales cambian a una velocidad que resulta alarmante. Es más, puede que el cambio sea en realidad lo que llaman “paradigmático”, es decir, se modifican las referencias fundamentales, esas que damos por tan evidentes que ni las tenemos en cuenta. Hablamos de crisis en nuestra Iglesia y en las religiones, sospechamos una confrontación con este mundo que surge. La crisis es tan profunda que puede que ni dependa de cómo se han llevado las cosas en la Iglesia, sino de unas referencias más estructurales y profundas que se han venido abajo. Es el mismo mundo de los valores fundamentales el que anda en crisis. Y entre ellos los religiosos. Hasta la palabra misma religión la matizamos de continuo, porque no todos ponemos el mismo contenido en las palabras. Dios, incluso: por ahí anda un libro “de qué Dios somos ateos”. ¿De cuál va a ser?, hubiéramos pensado antes. Tiempos difíciles en este campo de las religiones, que, entre nosotros, ya no cuentan ni con la credibilidad básica de algo a considerar como importante. Nada de persecuciones, pero sí menosprecio y descrédito. Va siendo difícil hasta decirse creyente y la fe nos convierte en bichos raros y anticuados. Se impone la sensación de que muchas cosas importantes, las más importantes para nosotros, escapan a nuestro control. Que los problemas ni tienen marcha atrás, ni se perfilan respuestas. La desazón alcanza lo más hondo de muchísimas personas. ¿Se trata de caracteres pesimistas y negativos o son sencillamente tiempos difíciles?