Domingo 27 de septiembre – XXVI del ordinario

Lecturas
Nm 11, 25-29  
Sal 18, 8. 10. 12-14  
St 5, 1-6  
Mc 9, 38-43. 45. 47-48
 

IDEAS  SUELTAS

                Concluye la 1ª lec: “¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!” Pocas cosas más bonitas y más creativas e imaginativas. Todos afirmamos ser un pueblo de profetas, preparado para anunciar por todas partes las alabanzas del Señor (1Pe 2, 9). La comunidad cristiana, sus comunidades particulares, debieran ser como laboratorios de experimentación de la vida humana. Pruebas y experimentos de cómo pergeñar otra vida mejor en todos los órdenes para los humanos. Se ha dicho esto también con razón de la vida consagrada, pero se la suele sentir tan lejana que nadie descubre esa faceta, aun estando muy cerca de ella. Sería profecía de la profecía de todo el pueblo. Anticipo, experimento pionero y arriesgado de todo el vivir creyente. Y el entero pueblo de Dios, profeta de otra cosa (el reino) por sus intentos y logros de vivir y convivir a gusto gentes diferentes por sus maneras de afrontar las relaciones personales y afectivas, por su manera de vivir lejos del consumo, con sentido ecológico de austeridad y de un reparto de los bienes y una justicia nueva, donde lo que es de todos es fundamentalmente para todos y sólo en excepciones para algunos. Profeta de esperanzas y alegrías, de futuros más apetecibles. Profetas de la búsqueda constante de mejores maneras de convivir. Si todo el pueblo creyente fuera así profeta. En todo laboratorio se dan experimentos fallidos. Aquí también, y muchos. Pero se reconocen como tales, se destruyen si resultan peligrosos, y a seguir la experimentación. Un pueblo así es vivo y soñador, persevera en búsquedas, sin detenerse nunca a gozar de lo que parece seguro y en absoluto lo es para el momento siguiente. Decía Joel “profetizarán vuestros hijos, vuestros ancianos soñarán y vuestros jóvenes tendrán visiones” (3, 1). Qué hermosura un pueblo de profetas. Seguro que no nos habríamos de preocupar por el descrédito de la Iglesia. Un pueblo de profetas, no sólo de título y canción, sino reales, anunciadores y experimentadores de toda clase de cosas buenas y bellas para la vida de todos. ¡Ojalá todo el pueblo fuera profeta!

                La escena de la 1ª lec deja claro que en la comunidad de Moisés funcionaban celos y envidias. El evangelio descubre lo mismo entre los discípulos. Para mí hay algo muy sencillo y comprobado: nos resulta, en general, más fácil dolernos con los que sufren que alegrarnos con los que triunfan. ¿Que hay otros que hacen las cosas mejor que nosotros? No suele surgir como primera reacción la alegría porque les va todo bien. Más bien la envidia, o en el mejor de los casos, la emulación a ver si lo conseguimos nosotros. Alegrarnos con quien triunfa en cualquier terreno es profundamente evangélico y, por desgracia, no surge con espontaneidad. Entre grupos cristianos o confesiones cristianas tiene resabios de competencia por ver quién se lleva más y mejores clientes.

                Y, ¿el escándalo (=tropiezo)? Insiste en ello el evangelio. Podemos recordarle a Jesús sus comidas con pecadores (Lc 15, 2), su no lavarse las manos antes de las comidas (Lc 11, 38), su afirmación ante el sanedrín de su futura venida entre las nubes del cielo, que provocó el desgarro de sus vestiduras (Mc 14, 62-63). Y varias cosillas más. En otro momento afirma que es irremediable el escándalo (Mt 18, 7). Pues eso. No escandalizar nunca, trae consigo inmovilismo, porque al mínimo movimiento alguien está dispuesto a mostrarse escandalizado. Esperemos de Jesús y su Espíritu mayor claridad y precisión sobre cómo aplicar todo lo del escándalo. Y nos atreveremos con el escándalo, sin dejar de atender a “los pequeños”. (Algo de todo esto plantea S. Pablo en la 1Cor, sobre comer carne sacrificada a los ídolos: muy interesante seguir los vericuetos de su argumentación -8, 1-13 y 10, 14-33-) ¿Cuántos se escandalizaron con las propuestas del último concilio y cuántos nos escandalizamos con las marchas atrás del posconcilio? Y no creo que sea cosa de resolverlo por números o estadísticas. Muy peligroso el juego que suele dar el asunto del escándalo, visto con el simplismo que le suele acompañar. El Espíritu, como en casi todos los casos, nos enseñe lo que falta a las propuestas de Jesús (Jn 14, 26).

                 1ª lec. Una pequeña historia del libro de los Números. Este escrito recoge historias que continúan o complementan las del Éxodo e intercala censos, oráculos y leyes. El tema de los profetas y su autenticidad suscita varios textos, en Ex (18, 13-24) en Nm  y Dt (18, 13-22). Y no olvidemos los profetas todos, los escritos de Re y Cro.

                2ª lec. Último domingo en que leemos la carta de Santiago. Una imprecación, casi maldición sobre los ricos. Con sencillez y claridad muy duras, explica por qué hay ricos y por qué pobres. Un análisis que muchos tildarían de marxista si no viniera concluido por el “Palabra de Dios” que prescribe la liturgia.

                3ª lec. Continúan las explicaciones o desarrollos de Mc tras el segundo anuncio de Jesús sobre su pasión, muerte y resurrección. Pasamos de hablar de “niños” en el domingo anterior (Mc 9, 36) a hacerlo hoy de los “pequeños”. Se trata aquí de los débiles, los marginales de la comunidad. Los que 1Cor 8 llama “inseguros”.  También llama la atención en el texto de hoy –reunión de textos de procedencia diversa- la frase “quien no está con nosotros está a favor nuestro”. Parece contradecir la de Mt 12, 30 “el que no está conmigo está contra mí”. La de Mc habla del grupo, de la comunidad y la de Mt habla de Jesús mismo. La adhesión a Jesús por la fe es incondicional; ante él no cabe neutralidad. El grupo, y Jesús en él, trabaja por el reino y ahí sí caben las coincidencias con otros muchos. Un fondo de confianza plena en la acción de Dios y de su Espíritu (Jn 3, 8) que no conoce límites ni sectarismos de nadie.                

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                ¿Quién de nosotros no merece ahora mismo un vaso de agua fresca? Algo que le vitalice, que le renueve y le ponga en forma ante las dificultades del evangelio. Todos, sorbito de agua fresca para el de al lado. Que el peso del barro en el camino, las oscuridades del tiempo otoñal, el cansancio de oír y ver siempre lo mismo, merecen el detalle de que alguien se fije, y nos regale con un vaso de agua fresca. Y ni eso, ni el agua fresca, quedará sin recompensa, esa recompensa que no es otra que el mismo y único que puede darla. Para todos los pequeños e inseguros de la comunidad, también para los cansados de continuar en ella, para los que dudan de todo y en nada hacen pie firme, para los que desesperan de aguardar otro estilo y otras personas, para todos todos, cualquiera de la comunidad ha de tener disponible un vaso de agua, que proporcione respiro y aliento para continuar. Y Dios, que ve en lo escondido, será la recompensa.

                Nos engañamos pensando que nadie puede ganarnos en los valores del reino. ¿Que algún grupo es más generoso, sabe perdonar mejor? Nos hacen sombra y sería bueno no perderlos de vista. Son utópicos y anuncian propuestas mejores para el futuro, son dialogantes hasta con nosotros, valoran hasta un vasito de agua para quien pasa sed. ¿Será posible? Si ésto era lo nuestro. Que vengan a nuestro grupo y entonces reconoceremos lo que valen y les imitaremos. ¡No son de los nuestros! Expulsan miedos y esclavitudes, liberan gente, pero sin ser de los nuestros. En nombre de la palabra de Jesús estamos obligados a reconocer todo lo que otros hacen igual y mejor que nosotros. Debemos felicitarlos, alegrarnos con ellos, abrir nuestro corazón, pues el Espíritu actúa por todo sin dejar firma, y madura el universo hacia unos cielos nuevos y una tierra nueva, mansión de toda justicia. De ver enemigos y competidores desleales por todas partes a ver hermanos que sienten y profetizan y preparan una nueva humanidad. De ver trampas y astucias por todo a descubrir colaboradores inesperados en la búsqueda de la paz y del encuentro intercultural. De ver a Dios con nosotros a verlo “él, todo entero en todo” no sólo al final (1Cor 15, 28), sino ya ahora mismo. Ojalá todos los habitantes de esta tierra fueran profetas de ese mundo nuevo, y los creyentes, unos más, especialmente conscientes de colaborar con todos.

                Si tus caminos (el pie) no conducen al reino, si tus actuaciones (la mano) estorban la llegada del reino, si tu forma de ver las cosas (el ojo) no es la del reino, sería preferible prescindir de todo eso, tan entrañable e inseparable de ti, para recomenzar de una manera nueva. Siempre es momento de no perdernos de vista a nosotros mismos. No engañarnos con el tiempo y el esfuerzo que hemos dedicado a ser creyentes atentos al hoy, y con pretender seguir como hasta ahora. Hace bien poco nos recordaba el evangelio que “piensas como los hombres, no como Dios” (Mc 8, 33) “mis pensamientos y mis caminos no son los vuestros”, dice el Señor (vd. Is 55, 8). Estamos requeridos a seguir muy al tanto de nosotros mismos, pues la costumbre -buena, incluso- y el paso del tiempo nos derivan a flojear en nuestro propio análisis, y es bueno escuchar cosas tan radicales, tan duras, como esas de hoy respecto a pies, manos y ojos. El reino merece mucha mayor atención y esfuerzo. Tanto que ni el vaso de agua pase desapercibido. Que en el vaso de agua regalado puede esconderse mucho mejor el reino que en nuestros pies, manos y ojos. Que nos alcance pronto ese reino.

                 J. Javier Lizaur