Domingo 6 de diciembre – II de adviento.

Lecturas
Ba 5, 1-9  
Sal 125 1-6  
Flp 1, 4-6. 8-11  
Lc 3, 1-6
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                En cualquier tema que presentemos resulta decisivo ser capaces de concretar lo más posible. Ocurre también, o especialmente, en el terreno de las esperanzas. Concretarlas. Sucede, sin embargo, que cuanto más concretas más fácilmente se disuelven en el mar confuso de la ambigüedad. A más precisas y claras, más discutibles. Tanto que pueden terminar impresentables. Nuestras esperanzas de un mundo justo, mejor repartido son comunes a todos. Sus concreciones sobre impuestos –el IVA-, el 0’7, las medidas sobre migraciones, voluntariado o puestos de trabajo, consumismo o recesión económica son bastante más discutibles y no resultan válidas como afirmaciones aceptables para todos. Parecido ocurre con la ecología y las suyas: con transgénicos, hoy mismo podemos terminar con el hambre; pero ¿carecen de peligros a corto y medio plazo? ¿Qué es prioritario? Y los ejemplos se multiplicarían en todos los ámbitos. Es fácil objetar que concretamos poco en el anuncio del evangelio. Es difícil hacerlo sin que todas nuestras afirmaciones de salvación se tornen completamente discutibles. Como que Dios nos bendice y nos ampara. Cierto, pero eso no se traduce en que nos libra del cáncer, del paro o de la esquizofrenia. Así, necesario y peligroso a la vez el concretar. El esfuerzo por lograrlo es imprescindible, pero siendo conscientes de dónde entramos. Y se trata nada menos que de dar cuerpo a la esperanza.

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Domingo 29 de noviembre – Iº de Adviento

Lecturas
Jr 33, 14-16  
Sal 24, 4-5. 8-9. 10. 14  
1Tes 3, 12- 4, 2  
Lc 21, 25-28. 34-36
 

PRIMERAS REFLEXIONES

            Muy difícil ya lo de sorprender. En cualquier aspecto. No digamos en la celebración litúrgica. Ya sé que sorprender no es ningún fin en ella. Pero conviene encontrar algo que llame la atención, y que señale un horizonte, una propuesta para todo este tiempo. Es adviento de nuevo. Que todo el espacio celebrativo, que las músicas y canciones, que las actitudes y posturas, la ornamentación y las flores (o su ausencia) lo señalen. ¿No es ya una dificultad la rapidez con que vivimos el tiempo? De nuevo en adviento, “obligados” a novedades y sorpresas. ¿O quienes participan en las celebraciones no tienen la misma sensación, no guardan mayores recuerdos ni ensartan las cosas en el hilo de la continuidad, y no tienen estas dificultades? Puede que todo sea sólo de quienes han de preparar la liturgia.

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Domingo 22 de noviembre – XXXIV del ordinario (Cristo Rey)

Lecturas
Dn 7, 13-14  
Sal 92, 1-2. 5  
Ap 1, 5-8  
Jn 18, 33b-37

 

PRIMERAS IDEAS

                Concluye el ciclo litúrgico B, para dar comienzo al C con el domingo próximo, primero del Adviento. Concluye con la solemnidad de Cristo Rey, como síntesis y meta de todo el recorrido cristiano del año. Antes de la reforma conciliar no era así, y el domingo de Cristo Rey era el último del mes de octubre, pero no el final del año litúrgico. Al colocarlo en el final se ha pretendido centrar o corregir el sentido de esta fiesta. Había sido creada en 1925 por el papa Pío XI, en un contexto y situación política concreta, y con referencias implícitas a la misma.

                El domingo próximo comienza el adviento de este año y sería bueno prever una preparación y celebración lo más cercana posible a nuestra realidad, y, desde ella, creadora de esperanza.

                La fiesta de Cristo Rey no es ajena al ambiente final, escatológico, con el que concluyen los años litúrgicos. La realeza, o mejor el señorío, de Cristo se manifestará al final, será la conclusión gloriosa de todo. Su afirmación es el punto central y culminante de la escatología cristiana. 1Cor 15, 25-28. Cristo “tiene que” reinar. Afirmación de fe, e incuestionable. Contenido final y confesante de toda fe cristiana en ese “tiene que”. La muerte reina sobre todos los humanos. Será la última vencida, y será  arrastrada ante Dios como fruto de la victoria de Cristo. Con la muerte vencida, todos los humanos, sometidos por ella, se ven también colocados ante Dios, el que será plenitud de todo.

                Nos movemos en uno de los principales, si no el principal, punto de controversia de la teología cristiana actual. La dificultad de compaginar el señorío de Cristo sobre toda la creación y la aceptación del poder salvador de otras religiones y aun fuera de ellas. No parece posible hoy prescindir o silenciar la afirmación de fe de “Cristo tiene que reinar” en la humanidad y el universo entero. Si en otras religiones hay caminos de salvación (vd NE y DH), ¿qué relación mantienen con Cristo Jesús? ¿Sigue siendo él y su reinado referencia última e insustituible para todos y cada uno de los salvados? Cambiando señorío o realeza por mediación, ¿es eludible la mediación de Cristo, el Señor? ¿Es posible que otros grandes hombres y mujeres de Dios establezcan mediación directa con él, sin intervención de Cristo Jesús? No parece que los cristianos puedan renunciar a este punto de su fe en la que es quicio. ¿Vale aquí también la diferencia explícito e implícito? ¿Es suficiente proclamación cristiana la realeza y señorío de Cristo sin su afirmación explícita o sin deducir las consecuencias de la misma? Cristo ejercería su señorío real, pero de forma implícita, sobre el resto de religiones; como sin decirlo expresamente (ni rechazarlo), pero siendo real y verdadera su mediación no dicha. ¿No es una solución en falso, pues las demás religiones y opciones quedan siempre por debajo de Cristo, pero lo silenciamos como por delicadeza o por miedo? “Y toda lengua proclame ¡Jesú-Cristo es Señor! para gloria de Dios Padre” (Flp 2, 11).

                Entre Señor y Rey, ¿qué título más adaptado a la cultura, al estilo de hoy? “Señor” fue uno de los títulos primeros y expresos sobre la divinidad de Jesús, frecuente sobre todo en la obra de Lucas. Ya en el S. I, el título Señor (Kyrios) se atribuía al emperador, colocándolo en cercanía con la divinidad. No parece posible separarlo de sus adherencias políticas y sociales. Pudiera pensarse que eran títulos más adecuados los de “Gran Esclavo”, “Universal Servidor”; pero no señalarían la ruptura de la resurrección y entronización en Dios del ajusticiado. Al hacerlo con títulos que así lo señalan, resulta imposible que no contengan adherencias del poder y el dominio.

 

                1ª lec de la profecía de Daniel. De su parte central, entre los capítulos 7-12. Una visión nocturna –nocturna, ¿facilita o entorpece la visión?- nos presenta a la figura central del texto, “un hijo de hombre”, que viene en las nubes y se presenta al anciano. De aceptar Jesús de Nazaret algún título, pudiera haber sido este. Quizá para la Escritura es un título más cercano a Dios que “hijo de Dios”. El “como un hijo de hombre” viene en nubes, sin origen concreto expreso, y se acerca a Dios. Hijo de Dios era título no sólo atribuido al rey de Israel (Sal 2), sino a otros reyes del entorno. Recordemos además la discusión en Jerusalén sobre la filiación divina del Mesías y el ser hijo de Dios (Mc 12, 37)

 

                2ª lec del libro del Apocalipsis, que significa “revelación”. Revelación de Juan para una iglesia que sufre persecución y celebra los misterios santos. Es continuación del saludo primero de Juan a las siete iglesias, deseando gracia y paz de parte del Espíritu y de Jesucristo. El “desarrollo” de ‘Jesucristo’ es la lectura de hoy. El Rey nos ha amado y nos ha hecho reyes y sacerdotes por amor. Todos han de mirar (un mirar que es intimidad en relación): los que lo aman y los que lo temen, porque lo atravesaron. Las palabras finales pertenecen a Dios, que todo lo abarca, y en todo se ha movido y se mueve hacia nosotros.

 

                3ª lec  del evangelio de Juan. Nos situamos en la narración de la pasión de Jesús. Un diálogo propio y característico  de este evangelista. No sucede en el exterior, sino dentro del Pretorio (en el interior, frente al exterior del  mundo. ¿El interior de las comunidades de Juan?). El punto de partida, corroborado por los otros evangelios: el título de rey para Jesús en boca de Pilato, certificado luego en el cartelón de la cruz. Casi un diálogo de lingüistas en torno a los términos, sus matices y su alcance real. Termina el diálogo, Pilato sale fuera y comienzan las burlas en torno a la realeza de Jesús. Y ¿si fuera esta segunda la verdadera?

 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                El Señor es Dios: él nos lumina (Sal 110). No es rey con criterios del mundo. Su reino no es de este mundo. Es rey para la verdad. Es tan la verdad de todo cuanto existe que esa verdad es la que lo constituye como rey de todo. Es rey que es agua, y que es luz y que es pan para vivir y que es pastor y que es esclavo y que es vida rebosante. Por eso es la verdad de las cosas, fluyendo entre nosotros. Sabemos por experiencia de su luz y su agua y su pan y su vida. Al saberlo y descubrirlo tan generoso e inagotable, sabemos que es rey y fuente de luz y de agua y de vida. Sabemos por experiencia de su estar por encima de todo, haciendo fluir, empapándolo todo. Su ser, tan originario, es ser realmente rey de cuanto vive y fluye y se mueve. Es rey del Espíritu. Es el Señor. Y nadie lo reconoce como tal, si no es por ese Espíritu que de él mana y todo lo inunda.

                Su reino no tiene que ver con los de este mundo, por civilizados que se presenten. Ni ejércitos, ni coacciones, ni miedo, ni impuestos, ni reverencias, ni castillos –ni interiores-, ni boato, ni pompa y circunstancia. Libertad, amor, ternura, debilidad por los malos y perdedores, son las claves de ese reino. Organizaciones, derecho, dicasterios, controles no son el reino. El reino es él y sólo él. Su comunidad lo intenta. Prefigura, hace interesante, provoca envidia por el reino, sin serlo. Señala qué y cómo es el reino, pero el horizonte último de cuanto señala es Jesús de Nazaret y sólo él. Su comunidad –y ojalá así fuera- sólo “”un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, un recinto donde seguir esperando” (vd Plegaria Eucarística V b), no en el que estar tranquilo y cómodo, como si se tratara de una situación consolidada.

                El reino está entre nosotros (Lc  17, 21). Hasta fuera de nosotros. Está por todas partes, empujando con fuerza, mientras la creación gime. Creciendo en sitios inesperados, en estercoleros de esta humanidad satisfecha y orgullosa, en rincones oscuros de olvido y soledad, en apartados donde se mantiene la esperanza aun en la misma sumisión. Está donde las razones para seguir esperando sin razones. ¿No lo veis, incluso oís, brotar manso y bello como la hierba? Se desarrolla en tanto amor y ternura silencioso que estremece la creación, en las búsquedas tercas de paz y de concordia, en los que vienen y van lejos, buscando eso, el Reino sin saberlo, y han de esperar en campos de refugiados. Entre nosotros. Come con publicanos y pecadores (Lc 15, 2), sabe de prostitutas que aventajarán a virtuosos  (. Está entre nosotros como semilla que se pudre y fructifica, como  antorcha en la noche, como joya inalcanzable, como levadura de otro pan, como el dinero perdido y necesario, como la pobre viuda generosa, como esterilla a los pies de todos, como paciente espera de quien busca.

                Está en nosotros, madura en nuestro interior, se apoya en el Espíritu. Nos hace dichosos en circunstancias bien adversas, en pobreza y paro y persecución, en mansedumbre y tersura de corazón. Dichosos en procurar la dicha a los demás. Tensos sólo ante la desesperanza. Está en nuestro interior, creciendo por años y días. En nosotros, incluso cuando nos desmoronamos y las fuerzas ceden o la memoria y la inteligencia nos abandonan. En nosotros siempre vigilantes, atentos a cuanto sucede, espabilados ante quien puede que esté llamando a la puerta para entrar y cenar con nosotros. En nosotros, como gozo y paz, consuela a todos y bendice a Dios.

                Venga a nosotros tu reino, Señor y Rey. Que tu reino nos alcance, nos invada, nos asalte y nos sumerja por fin. Que llegue tu reino. ¡Ven, Señor Jesús! Ven, y será tu reino.

Domingo 15 de noviembre – XXXIII del ordinario

Lecturas
5 de noviembre de 2009
Dn 12, 1-3  
Sal 15, 5-11  
Hb 10, 11-14. 18  
Mc 13, 24-32
 

PRIMERAS IDEAS

                El capítulo 13 de Mc nos marca con claridad las primeras reflexiones de este domingo. Serán en torno al final. Antes se conocía el conjunto como “postrimerías” (muerte, juicio, infierno, gloria). Eran títulos y nombres para un final desconocido, pero cierto hasta lo inexorable. Una constante de los humanos, sobre todo con el instrumento de las religiones: tantear, predecir, explorar los límites, el límite, de todas las cosas. De nosotros, de nuestras “construcciones” de todo tipo, del universo que nos rodea. Probablemente los humanos se hicieron y reconocieron como tales, cuando apartaron sus muertos, o algunos muertos, de la simple cadena biotrófica que aprovecha y se mantiene gracias a deshechos anteriores. Somos animales que separan y veneran a sus muertos. Con ese simple gesto, nos “trascendemos” y tratamos de romper la secuencia de vida y muerte.

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Domingo 8 de noviembre – XXXII del ordinario

Lecturas
1Re 17, 10-16  
Sal 145, 7-10  
Hb 9, 24-28  
Mc 12, 38-44
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                Nos acercamos al final del año litúrgico correspondiente al ciclo B. Los textos, el otoño, el ambiente creado por más horas de oscuridad que de luz, acercan instintivamente a reflexiones sobre el final de tantas cosas, el final de todo. Hasta el mes comienza con fechas marcadas para el recuerdo entrañable de nuestros difuntos. Las celebraciones que nos quedan de este año litúrgico, incluida la de Cristo Rey, tienen un ambiente melancólico, un fondo escatológico, que sugieren límites y final.

                          Vanidad de vanidades. Vacío, humo, inconsistencia. Sutilezas de apariencia para el engaño. El barroco la simbolizaba en el espejo. Tan decorativo y brillante, tan vacío de nada propio, tan engañoso y hasta tan temible. La vanidad, tan vana y tan común. Dar buena imagen de nosotros mismos. Apoyar el aprecio que requerimos para seguir vivos en la imagen externa, en la apariencia. Provocar la admiración y hasta el elogio con sólo nuestra presencia, con nuestro porte. Pocas cosas más vanas, más inconsistentes. Surge precisamente al intentar llamar la atención sin nada que la merezca. Al no contener nada, necesita mantenerse como sea: bellas palabras, gestos elegantes, ropas aparentes; fotos, revistas, fama, publicidad de nuestro propio vacío. Vanidad, humo. Puede revestirse en su afán hasta de sus contrarios, y la miseria y desaliño terminan en formas camufladas de vanidad. Sólo que así tampoco hay nada dentro. Saludos, homenajes, premios, cofradías prescindibles, fajines, títulos honoríficos, prelaturas sin personal. Una lista interminable que tienta denominar como simple estulticia. Pero es tan frecuente que no puede ser sólo eso, tiene que encerrar y partir de algo más. Tanto culto a la apariencia. Como hablamos en torno al evangelio de hoy, habrá que aceptar que el mundo de lo religioso, incluso de lo cristiano, no sólo no le es ajeno, sino que puede fomentarla. Una nota o un interrogante final: ¿no es necesaria la atención y el cuidado de la propia persona, de su presentación y sus formas, como signo ineludible de un mínimo aprecio a sí mismo? La vanidad no tiene  que ver con el aprecio a sí mismo, sino con la provocación del aprecio de los demás. Una vez más, la unidad coherente entre lo exterior y lo interior de la persona, sirve de exorcismo para huir de la vanidad y del descuido. Y será higiénico repasar despacio el Qohelet y su escepticismo sobre cosas que verdaderamente valgan la pena.

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TODOS LOS SANTOS. 1 de noviembre de 2009

Lecturas
Ap 7, 2-4. 9-14  
Sal 23, 1-6  
1Jn 3, 1-3  
Mt 5, 1-12ª
 

APROXIMACIONES A DÍA Y TEMA

                La santidad es la característica más exclusiva y más identitaria de Dios. “Yo el Señor vuestro Dios soy santo” (Lv 19, 2) “No hay santo como el Señor” (1S 2, 2). “porque sólo tú eres santo”, del himno litúrgico Gloria a Dios en el cielo. “Santo, santo, santo es el Señor” (Is 6, 3 y Ap 4, 8).

                Participando de ella, el primero e idéntico también, Jesús, el Ungido, el Señor. “El santo de Dios” (Lc 4, 34), reconocido -“sé quién eres”- hasta por los demonios (Mc 1, 24).

                Y nosotros, el pueblo de los santos. En los saludos o despedidas de las cartas de Pablo y su círculo, “los santos” corresponde a todos los bautizados. “Santos y fieles” en el saludo de Ef. En Ro, a los que forman parte de los santos” (1, 7) “a todos los santos que están con ellos” (16, 15). Sin multiplicar los textos, parece que para Pablo y sus primeros grupos, todos llevamos el título de santos por nuestra consagración bautismal.

                Si todos los fieles llevan el título de santos, los hombres buenos, limpios de corazón, generosos, profundamente unidos a Dios, ¿no serán también santos? Muchos discuten la expresión “cristianos anónimos” por inadecuada o excesivamente inclusiva. Y ¿santos anónimos, pues la santidad viene de Dios solo? Respecto a alguna religión hablamos con respeto de sus “santones”, ¿serán ajenos a la unión íntima con Dios, serán santos?

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Domingo 25 de octubre – XXX del ordinario

Lecturas
Jer 31, 7-9  
Sal 125, 1-6  
Hb 5, 1-6  
Mc 10, 46-52
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                Podemos reflexionar sobre el seguimiento de Jesús. Es la tarea y la identidad de todo cristiano, de todo bautizado. Por malos usos en los últimos siglos ha quedado la idea entre el pueblo fiel de que el seguir a Jesús es cosa de los “vocacionados”, monjes, monjas, frailes y consagrados en general. Seguir a Jesús, es de todos, de absolutamente todos, es nuestro compromiso y tarea de bautizados. Es nuestra identidad. Incluso por el título de bautizados -consagrados-, con exigencia de novedad e innovación por ese seguirle incorporados a su resurrección que es vida novedosa y desconocida para todos.

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Domingo 18 de octubre – XXIX del ordinario

Lecturas
Is 53, 10-11  
Sal 32, 4-5. 18-20. 22  
Hb 4, 14-16   Mc 10, 35-45
 

REFLEXIONES INICIALES

                Si el domingo pasado sobresalía el brillo del dinero, éste ocupa el centro de mira el poder. Oscuro, solapado, inexorable. Quizá otro de los nombres posibles para lo que solemos designar como pecado de origen. De nuevo, tras un anuncio de la pasión y resurrección, una catequesis o desarrollo sobre algo que lo contradice de raíz. El poder.

                 Puede que muchos lo dejen todo con tal de alcanzar dinero y bienes económicos. Sobrepasado ese límite de lo que podemos necesitar para vivir y sobre vivir y asegurarnos con holgura nuestra vida y la de los nuestros, ¿para qué querremos o querrán el dinero? Muchos otros, y lo conocemos bien, lo entregan todo por un poco de poder. Un poder real por pequeño que sea atornilla y sujeta las vidas de otros, y así dirige, o cree hacerlo, pequeños trocitos de historia. Un poder que ni siquiera da gloria, sólo poder y control. Tan oscuro en ocasiones que no es fácil descubrir quién lo detenta. Un gusto, un placer de dominio y sometimiento, de notar en la muñeca el temblor de otros. O sencillamente de poder ver cómo baja los ojos. Parece insustituible para la propia valoración, para sentirse algo concreto uno mismo en el conjunto. ¿Qué es antes o qué es más fuerte, el poder o el dinero? Quien tiene dinero percibe que tiene poder o lo puede tener. ¿Le moverá el poder para mantener en posesión tan absurdas cantidades de dinero? ¿Quieren otros el poder simplemente para enriquecerse más?

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Gauza bat dugu falta

José Antonio Pagola. Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Pasadizoari aparteko bizitasuna eman dio kontalariak. Jerusalemerako bidea hartu du Jesusek, baina leku hartatik urrundu baino lehen, ezezagun bat iritsi zaio «korrika» eta «belauniko jarri aurrean», bertan eusteko. Jesusen premia gorria du.    Ez da sendatu beharra duen gaixo bat. Maisuagandik argia lortu nahi du bere bizitza norabidetzeko. «Zer egin behar dut betiko bizia ondare izateko?» Ez da arazo teoriko hutsa, baizik existentziala. Ez da mintzo maila orokorrean; berak zer egin behar duen jakin nahi du.    

Beste ezer baino lehen, Jesusek hau gogorarazi dio: «ez da inor on Jainkoa baizik». Zer «egin» planteatu aurretik, beste inor ez bezalako Jainko ON baten aurrean bizi garela izan behar dugu gogoan: haren ontasun ezin ulertuan estekatu behar dugu geure bizitza. Ondoren, Jainko On horren «aginduak» gogorarazi dizkio Jesusek. Bibli tradizioaren arabera, horixe da betiko bizirako bidea.    

Miresgarria da gizon haren erantzuna. Txikitandik bete du hori guztia, baina amets handiago bat sumatu du bere baitan. Beste zerbaiten bila dabil. «Jesus begira-begira jarri zaio samurkiro». Begiratu horrek, besterik gabe, gizon harekin izan nahi duen harreman pertsonala adierazten du Ondo ulertu du Jesusek haren ezin asea: «gauza bat duzu falta». Betiko bizia «lortzeko» agindua «betetzearen» logika horri jarraituz, bekaturik gabe bizi bada ere, ez da geldituko guztiz asea. Gizakiaren barnean bada irrika sakonago bat.    

 

Horregatik, bere bizitza logika berri baten arabera norabidetzera gonbidatu du Jesusek. Lehenengo gauza, bere ondasunei atxikirik ez bizitzea da («saldu daukazuna»). Bigarrena, pobreei laguntzera gonbidatu du («eman haiei zeure dirua»). Azkenik, «zatoz eta jarraitu niri». Biek elkarrekin egin ahal izango dute bidea Jainkoaren erreinurantz (!).    

 

Gizonak, ordea, altxatu eta alde egin du Jesusengandik. Ahaztu egin du Jesusen begiratuaren xarma, eta triste joan da. Badaki ezin gozatu izango duela inoiz ere Jesusi jarraitzen diotenen poza eta askatasuna. Markosek argitu digu, ezen «oso aberatsa zela».    

 

Ez ote hori bera lurralde aberatsetako kristau aseon esperientzia? Ez ote gara bizi ongizate materialak harrapaturik? Ez ote zaio falta gure erlijioari pobreekiko maitasun bizia? Ez ote zaigu falta Jesusen jarraitzaileen poza eta askatasuna?

Domingo 11 de octubre – XVIII del ordinario

Lecturas
Sb 7, 7-11  
Sal 89, 12-17  
Hb 4, 12-13  
Mc 10, 17-30
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                En las lecturas, el tema de la riqueza. Un bocado fácil de tratar o predicar y endiablado a la hora de digerir. En el evangelio, el tema no son las riquezas, sino el seguimiento de Jesús. De esto último se trata y, en él, de las exigencias respecto a los bienes. Con un desarrollo posterior sobre la vida en las comunidades.

                Comentar cualquier cosa respecto a las riquezas, creo que nos exige hoy huir de todo simplismo. No valen las pelis en blanco y negro, ni las éticas de buenos y malos (aquí, pobres y ricos). Lo sabemos todos bien, pero en asuntos de riqueza y pobreza nos manejamos con facilidad en esquemas simples y casi siempre anticuados. Pasaron los soñados 60 y 70 y nuestro discurso sigue impertérrito, cargado de voluntarismo y comprobada ineficacia. Los pobres y empobrecidos siguen en aumento, los hambrientos pasan de los mil millones, las ayudas internacionales –siempre fáciles a la crítica- son  primeras en apuntarse a la crisis y dejan de fluir, vuelven los tiempos de paro descomunal y, con su miedo, el recorte general de derechos en el trabajo y la precariedad en el mismo. Y no parece que nadie se levante en armas o en bocas y quienes lo hacen, cubiertos de símbolos religiosos. ¿Dónde estamos?

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