DOMINGO XXI DEL ORDINARIO. Ciclo C. 22 de agosto de 2010

Lecturas
Is 66, 18-21  
Sal 116, 1-2  
Hb 12, 5-7. 11-13  
Lc 13, 22-30
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                Hoy, el esfuerzo. Se trata de un empleo enérgico de las posibilidades físicas o anímicas en orden a algo. Parece que no es actualmente un valor muy en uso. Hasta en el sistema educativo dicen echarse en falta una cierta educación o iniciación en el esfuerzo, un ambiente que lo favorezca. En general, no nos esforzamos y parece imprescindible estar preparados y saber esforzarse en circunstancias determinadas. Ahora bien, ¿tiene mérito el esfuerzo, es bueno el esfuerzo por serlo? Hay personas naturalmente generosas o naturalmente alegres. Personas trabajadoras, creativas, atentas y abiertas a todo. Otros lo consiguen con esfuerzo. ¿Tienen más valor estos segundos, porque se lo han tenido que trabajar? No sólo no está claro, sino que parece claro que es preferible tener las cualidades sin esfuerzo, como algo inseparable de uno mismo y su manera de ser. Empleando un término más de la moral, unos son naturalmente virtuosos y otros han de invertir tiempo y fuerza en conseguirlo. Habrá que favorecer el esfuerzo, pero sin dejar de señalar las virtudes naturales. Dar brillo y lustre a todo lo valioso que surge de nosotros con naturalidad. Es mejor y más valioso lo natural que lo forzado y esforzado.

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DOMINGO XX. LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA. 15 de agosto de 2010

Lecturas:
Ap 11, 19a; 12, 1. 3-6ª  
Sal 44, 10-12. 16  
1Cor 15, 20-27a  
Lc 1, 39-56
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                En esta fiesta, bien pudieran ser en torno al cuerpo. Pesan todavía demasiado entre los cristianos las concepciones platónicas de baratillo sobre la división alma y cuerpo y sobre la primacía absoluta del alma. La concepción de la Escritura sobre el hombre no tiene mucho que ver con esa reducción a dos términos, y más tomados como antitéticos. Unidas al miedo y las suspicacias al placer, el resultado es unilateral y falso. Durante siglos hemos desconfiado del cuerpo y del placer, y hemos preferido siempre el alma y el sufrimiento, como más cercanos y mejores conductores a Dios. Muchas de nuestras afirmaciones en torno a la sexualidad y al simple bien vivir, adolecen de la desconfianza al cuerpo, de mirarlo con prejuicios que se pretendían revelados o casi divinos.

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DOMINGO XIX DEL ORDINARIO

DOMINGO XIX DEL ORDINARIO8 de agosto de 2010Sb 18, 6-9   Sal 32, 1 y 12. 18-20. 22   Hb 11, 1-2. 8-19   Lc 12, 32-48 PRIMERAS REFLEXIONES                Pueden centrarse en la fe. Nada más básico para cuanto hablamos como creyentes. Con la idea tradicional de fe, como creer lo que no vemos, dejamos de lado algunos aspectos que las lecturas de hoy pueden recordar. Vamos a partir de la conocida formulación de fe en la carta a los Hebreos, al comienzo del capítulo 11 (hoy 2ª lec): “seguridad de lo que se espera, prueba de lo que no se ve”. No sólo es que no lo veamos, es que ya lo esperamos. Es importante lo que se agrega en esta formulación. Como si dijéramos que fe es creer lo que se desea. La pista primera de lo que pueda creerse la marca el deseo, la esperanza, de algo conocido o sospechado y posible. Tendemos, como buenos occidentales, a separar nítidamente las nociones, una cosa es la fe y otra la esperanza. La propuesta de Hb es unirlas, aceptar que entre lo que deseo y lo que creo hay una unidad profunda, núcleo de lo que llamamos fe. Lo que no se ve, se sueña, se crea. Partiendo de cosas que sí se ven o conocen, se posean o no, echamos en falta otras que se sospechan, se desean, se sabe que pueden encontrarse, aunque ahora no. La prueba de lo que no se ve consiste tan sólo en ese hondo y constante desearlas.
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DOMINGO XIX DEL ORDINARIO. Ciclo C. 8 de agosto de2010

Lecturas:
Sb 18, 6-9  
Sal 32, 1 y 12. 18-20. 22  
Hb 11, 1-2. 8-19  
Lc 12, 32-48
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                Pueden centrarse en la fe. Nada más básico para cuanto hablamos como creyentes. Con la idea tradicional de fe, como creer lo que no vemos, dejamos de lado algunos aspectos que las lecturas de hoy pueden recordar. Vamos a partir de la conocida formulación de fe en la carta a los Hebreos, al comienzo del capítulo 11 (hoy 2ª lec): “seguridad de lo que se espera, prueba de lo que no se ve”. No sólo es que no lo veamos, es que ya lo esperamos. Es importante lo que se agrega en esta formulación. Como si dijéramos que fe es creer lo que se desea. La pista primera de lo que pueda creerse la marca el deseo, la esperanza, de algo conocido o sospechado y posible. Tendemos, como buenos occidentales, a separar nítidamente las nociones, una cosa es la fe y otra la esperanza. La propuesta de Hb es unirlas, aceptar que entre lo que deseo y lo que creo hay una unidad profunda, núcleo de lo que llamamos fe. Lo que no se ve, se sueña, se crea. Partiendo de cosas que sí se ven o conocen, se posean o no, echamos en falta otras que se sospechan, se desean, se sabe que pueden encontrarse, aunque ahora no. La prueba de lo que no se ve consiste tan sólo en ese hondo y constante desearlas.

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DOMINGO XVIII DEL ORDINARIO. 1 de agosto de 2010

Lecturas:
Qo 1, 2; 2, 2. 21-23  
Sal 89, 3-6. 12-14. 17  
Col 3, 1-5. 9-11   
Lc 12, 13-21
 

PRIMERAS IDEAS

                Pocas veces en la liturgia (en domingo, esta exclusivamente) leemos el librito del Qohelet o Eclesiastés, el hombre de la asamblea, el predicador de oficio. Libro breve, pero incómodo y singular en el conjunto de las Escrituras. A penas habla de Dios, más bien lo cita, y mantiene posturas nada entusiastas sobre la vida y sus valores. Todo, en nombre de su propia experiencia. Literariamente, un libro trabajado y bello. Su tesis fundamental, que todo es “vanidad”. Y dice que lo ha investigado concienzudamente. Ya la misma palabra “vanidad” es inexacta. Sería también vacío, inconsistencia, sinsentido.

                Se atreve a hablar de riqueza, placer, longevidad, sabiduría, de la naturaleza y el mundo, del tiempo y su recurso, de sí mismo. El resumen siempre idéntico: carece de peso, no tiene consistencia, no merece la pena ni el esfuerzo. Terminan de igual forma el humano y el animal. Los sabios de Israel son en general optimistas y contemplan la creación con muy buenos ojos. De esta tradición se apartan Qohelet y el libro de Job.

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DOMINGO XVII, SOLEMNIDAD DE SANTIAGO APÓSTOL. 25 de julio de 2010

Lecturas
Hch 4, 33; 5, 12. 27-33; 12, 2  
Sal 66, 2-3. 5. 7-8  
2Co 4, 7-15  
Mt 20, 20-28
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                La idea de peregrinación o simplemente de camino es una de las más socorridas para aclarar la vida  humana. Recurren a ella religiones y filosofías varias. La novela, el cine, el arte. La vida como camino. Peregrinación, caso de saber con claridad a dónde nos dirigimos o nos quieren llevar. Las peregrinaciones han dado expresión así a un saber popular que cree conocer sitios privilegiados de Dios, a los que es preciso llegar para conseguir su gracia, e incluso repetir la marcha para recibir de nuevo gracias y dones de Dios, ahí tan cercano. Las peregrinaciones a Jerusalén son las que han quedado recogidas en la Biblia, con periodicidad diversa según momentos históricos. Peregrinaciones a La Meca para musulmanes. A enclaves, fuentes, montes en diferentes religiones orientales. Peregrinaciones actuales a tantos sitios, teñidas de turismo, pero con el fondo indudable de búsqueda de algo nuevo y de encuentros singulares.

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DOMINGO XVI DEL ORDINARIO. Ciclo C. 18 de julio de 2010

Lecturas
Gn 18, 1-10  
Sal 14, 2-5  
Col 1, 24-28  
Lc 10, 38-42
 

PRIMERAS IDEAS

                Las lecturas 1 y 3 nos traen resonancias de contemplación. Esa cosa tan alta y tan sencilla, pero que impone a muchos y dejamos a resguardado como para sólo unos privilegiados. Todas la religiones y todos los saberes o filosofías la tienen en alta estima y hasta nacen de ella. Contemplar, admirar y, de ahí, todo lo que venga con ello. Proceso algo distinto del aprender y profundizar para sólo más tarde descubrir si queda algo que contemplar. Acerquemos la contemplación a la vida de fe y a la vida ordinaria de los humanos. Perdiéndole el miedo. Se trata de una sencilla detención en las cosas que conduzca a  descubrir lo descubierto. Ese alto leve, emocionado quizá, en las cosas nos coloca en contemplación.

                 La tradición más oriental de los iconos trata, entre otras cosas, de acercar a la contemplación y aproximarnos al misterio. Hoy, la 1ª lec es el icono de la Trinidad de Rublev, ya tan conocido. (Hay excelentes estudios sobre esta obra.) Digo que la lectura es icono del cuadro, como el cuadro lo es de la lectura, porque las dos obras de arte buscan rastrear el inmenso misterio de Dios con colores y formas o con palabras. Otros lo harán con música. Y, siempre, esa suave emoción, como un domesticado respingo, de que un misterio que nos roza, de algo segundo detrás o en cima de eso primero y evidente, algo más que lo previsto y visto, todo “plus”. El himno del comienzo del Gn conduce al icono de Dios, a la única estatua del enorme templo de la creación, que no es otro que el humano -varón y mujer- allí colocado. Todas las demás imágenes, en bulto o sin él, quedan prohibidas. Ya hay icono, ya hay imagen entronizada, Cristo Jesús, (Col 1, 15) y en él y con él (incluso, sin él expresamente), todos los humanos. El más degradado de ellos nunca deja de ser el icono de Dios. Como esos pintores que nos hacen descubrir belleza en lo feo, en el más deteriorado de los humanos continúa el resplandor del icono de Dios, el único no prohibido.

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DOMINGO XV DEL ORDINARIO. Ciclo C. 11 de julio de 2010

Lecturas:
Dt 30, 10-14  
Sal 18, 8-11  
Col 1, 15-20  
Lc 10, 25-37
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                Hoy, la parábola del “buen samaritano”, conocida por todos. Es importante ese señalamiento de su lugar de origen, por el menosprecio hacia ellos en la cultura judía en que se desenvolvía Jesús. Menosprecio, si no desprecio a secas, por causas antiguas políticas que han terminado en juicios de herejía respecto a la religión de Israel. Su contraposición es mayor, si los otros caminantes representan  lo más auténtico de esa religión: sacerdotes y levitas.

                Pero lo principal puede pasar desapercibido, al darlo todos por evidente: era bueno. Samaritano o sacerdote o levita, si no son buenos, no funciona la parábola. Se necesita alguien bueno. Así de sencillo. Y lo más preocupante, hoy la bondad, necesita aclaraciones. La del poeta “en el buen sentido de la palabra, bueno”. No es sencillo ser bueno sin más. En el poder, la sabiduría, el comercio de influencias no se lleva mucho ser bueno. Ni en las conjuras y grupos eclesiásticos. Entre intelectuales, artistas, dirigentes de grupos varios, famosos, moralizadores, ¿dónde los buenos? Ser bueno, ¿tendrá que ver con los “limpios de corazón” de las bienaventuranzas? ¿O con los sufridos y serenos o los misericordiosos? ¿Sería muy simple reducirlas a dichosos los buenos? Todos los buenos tienen algo de simples, de no retorcidos. También hay simples que no son buenos, como justos, íntegros, astutos, tímidos o adustos que sí lo son. Dónde nace la bondad, cuáles son sus primeros indicios. Porque urge recuperar para todos, y como primera exigencia, la bondad. Con gente buena no sería igual la banca (igual no sería), ni la empresa, ni el sindicato, ni el partido, ni la curia, ni la comunidad. Suena un tanto a ridícula e ingenua la apelación a la bondad. Si agregamos con el evangelio que “hace salir el sol sobre buenos y malos y manda lluvia sobre justos y pecadores” (Mt 5, 45) , entran ya exigencias que resuenan a perdón y generosidad sin medida. Samaritanos de cualquier grupo marginal: habrá que comenzar por ser buenos, algo bastante reñido con el resentimiento y la revancha. ¿Sabríamos hoy predicar el ser buenos? Sin bondad, difícil o hipócrita ser samaritanos de nadie.

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DOMINGO XIV DEL ORDINARIO. Ciclo C. 4 de julio de 2010

Lecturas
Is 66, 10-14  
Sal 66, 1-5. 16 y 20  
Ga 6, 14-18  
Lc 10, 1-12. 17-20
 

IDEAS SUELTAS

                Otra magnífica primera lectura que nos acerca a referencias políticas y profundamente religiosas. “Festejad a Jerusalén y gozad con ella todos los que la amáis”. Tomemos las palabras, y Jerusalén, en su estricta literalidad. ¿Para cuándo la gran fiesta en Jerusalén de todos los que la amamos? ¿Cuándo será posible esa fiesta de judíos diversos, cristianos de todo pelo, musulmanes varios? Será cuando haya llegado como una avalancha un río inmenso de paz a esa ciudad y región. No la festejaron, la destruyeron sucesivamente muchos pueblos antes de Jesús y muchos tras él: romanos, cristianos, musulmanes, franceses e ingleses, judíos y palestinos. La quisieron, con la pretensión de salvarla, para ellos solos. La amaron tanto que apagaron su luz y secaron sus fuentes. Ya no brota de ella la ley debida. No se cumple ninguna de las resoluciones de la UNO para acercar el río de la paz. Nadie renuncia a la ciudad santa como su propia capital. Le nacen barriadas (las “hija de Sión” de Sofonías) para aumentar la propiedad de las tierras para quienes las construyen. Sólo se multiplican los muros divisorios, mientras aumentan los gritos de dolor y se abominan las caricias y los consuelos. La oración de muchos, seguramente de las tres grades religiones y otros muchos creyentes, se eleva hasta el Altísimo y Misericordioso, el Santo, para que todos, abocados a sus ubres abundantes, gocemos de sus delicias. Para que todos los que por ella llevamos triste y pesado luto nos podamos reunir y festejar juntos. Para que todos los huesos y cadáveres esparcidos en su entorno de destrucción florezcan como un prado de vida y alegría. Todos consolados de tanto horror y error besaremos humildes la mano del Dios, padre y madre, que nos ha apoyado hasta lograr que todos, todos sin exclusión los que la amamos, festejemos a Jerusalén, nos convirtamos en su alegría, y arrojemos todos nuestros lutos bien lejos de la Jerusalén de la luz y de la paz. Y no pensamos en otras vidas, sólo en ésta y para ésta de los años 2000, porque lo veremos con nuestros ojos. Nuestros o de nuestros sucesores. Pero lo veremos, oiremos, gustaremos, danzaremos y así festejaremos a Jerusalén, a esta conocida ciudad, siempre en la cumbre de nuestras alegrías.

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Ez txokoari loturik, ez atzera begira

José Antonio Pagola. Itzultzailea: Dionisio Amundarain

Jesusi jarraitzea da kristau-bizitzaren bihotza. Funtsa. Ez da gauza garrantzizkoagorik edo erabakitzaileagorik. Lukasek hiru pasadizo txiki dakartza, beraren ebanjelioa irakurriko dutenak jabetu daitezen ezen, Jesusen ustez, ez dela ezer premiazkoagorik eta atzeraezinekorik.

Irudi gogorrak eta eskandalagarriak darabiltza Jesusek. Bistan da ezen jendearen kontzientzia astindu nahi duela. Ez dabil jarraitzaile gehiagoren bila, baizik jarraitzaile konprometituagoen bila: mugarik gabe jarraituko diotenak, sasi-segurtasunei uko eginez, beharrezko diren hausturak baitaratuz. Haren hitzek azken batean galdera bakar hau harrotzen dute: zein harreman ezarri nahi dugu geure burua haren jarraitzailetzat ematen dugunok?

Lehenengo pasadizoa. Bidelagun dituenetako batek halako erakarmena sentitzen du Jesusekiko, non, Jesusek deitu aurretik, bera aurreratzen baita esatera: «Jarraitu dizut noranahi zoazela». Zer esaten ari den konturatu dadin nahi du Jesusek: «Azeriek badituzte zuloak, eta hegaztiek habiak»; gizonaren semeak, berriz, «ez du burua non ezarri».

Abentura hutsa da Jesusi jarraitzea. Jesusek ez die eskaintzen bereei ez segurtasunik, ez ongizaterik. Ez die laguntzen dirua irabazten edo boterea eskuratzen. Jesusi jarraitzea «bidean bizitzea da», ongizateari lotu gabe eta erlijioan sasi-babesik bilatu gabe. Ez da zoritxarra Eliza hain boteretsua ez izatea eta zaurigarriago gertatzea. Gerta dakigukeen gauzarik hoberena da hori, geure fedea garbi egiteko eta Jesusengan konfiantza handiagoa ezartzeko.

Bigarren pasadizoa. Beste lagun bat prest da Jesusi jarraitzeko, baina lehenik eta behin betebehar erlijiosoetako bat, «bere aitari lur ematea», betetzen uzteko eskatu dio. Hori ezin gerta dakioke arrotz inongo juduri, zeren betebehar erlijioso handienetakoa baitute. Txundigarri da Jesusen erantzuna: «Utzi ezazu hildakoek beren hildakoei lur eman diezaieten: zu, zoaz Jainkoaren erregetza hots egitera».

Jainkoaren erregetzari bidea irekitzea da beti zereginik premiazkoena, bizitza gizatarragoa egite aldera. Ezerk ez dezake atzerarazi gure erabakia. Inork ez digu eutsi behar, ez galgatu. «Hildakoek», biziaren erregetzaren zerbitzura bizi ez diren haiek, jardungo dute Jainkoaren erregetza eta haren zuzentasuna bezain premiatsuak ez diren beste betebehar erlijiosoak betetzen.

Hirugarren pasadizoa. Jesusen ondoren hasi aurretik, bere familiari agur egin nahi dion hirugarren bati, hau diotso Jesusek: «Goldeari heldu eta atzera begira jartzen dena ez da gai Jainkoaren erreinurako». Ezin jarrai dakioke Jesusi atzera begira jarririk. Ezin zaio biderik ireki Jainkoaren erregetzari iraganean geldituz. Aitaren egitasmoaren arabera lan egiteak hari guztiz emanik jardutea eskatzen du, konfiantza Jainkoaren geroan jartzea, Jesusen urratsen ondoren ausardiaz bide egitea.