Domingo 8 de noviembre – XXXII del ordinario

Lecturas
1Re 17, 10-16  
Sal 145, 7-10  
Hb 9, 24-28  
Mc 12, 38-44
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                Nos acercamos al final del año litúrgico correspondiente al ciclo B. Los textos, el otoño, el ambiente creado por más horas de oscuridad que de luz, acercan instintivamente a reflexiones sobre el final de tantas cosas, el final de todo. Hasta el mes comienza con fechas marcadas para el recuerdo entrañable de nuestros difuntos. Las celebraciones que nos quedan de este año litúrgico, incluida la de Cristo Rey, tienen un ambiente melancólico, un fondo escatológico, que sugieren límites y final.

                          Vanidad de vanidades. Vacío, humo, inconsistencia. Sutilezas de apariencia para el engaño. El barroco la simbolizaba en el espejo. Tan decorativo y brillante, tan vacío de nada propio, tan engañoso y hasta tan temible. La vanidad, tan vana y tan común. Dar buena imagen de nosotros mismos. Apoyar el aprecio que requerimos para seguir vivos en la imagen externa, en la apariencia. Provocar la admiración y hasta el elogio con sólo nuestra presencia, con nuestro porte. Pocas cosas más vanas, más inconsistentes. Surge precisamente al intentar llamar la atención sin nada que la merezca. Al no contener nada, necesita mantenerse como sea: bellas palabras, gestos elegantes, ropas aparentes; fotos, revistas, fama, publicidad de nuestro propio vacío. Vanidad, humo. Puede revestirse en su afán hasta de sus contrarios, y la miseria y desaliño terminan en formas camufladas de vanidad. Sólo que así tampoco hay nada dentro. Saludos, homenajes, premios, cofradías prescindibles, fajines, títulos honoríficos, prelaturas sin personal. Una lista interminable que tienta denominar como simple estulticia. Pero es tan frecuente que no puede ser sólo eso, tiene que encerrar y partir de algo más. Tanto culto a la apariencia. Como hablamos en torno al evangelio de hoy, habrá que aceptar que el mundo de lo religioso, incluso de lo cristiano, no sólo no le es ajeno, sino que puede fomentarla. Una nota o un interrogante final: ¿no es necesaria la atención y el cuidado de la propia persona, de su presentación y sus formas, como signo ineludible de un mínimo aprecio a sí mismo? La vanidad no tiene  que ver con el aprecio a sí mismo, sino con la provocación del aprecio de los demás. Una vez más, la unidad coherente entre lo exterior y lo interior de la persona, sirve de exorcismo para huir de la vanidad y del descuido. Y será higiénico repasar despacio el Qohelet y su escepticismo sobre cosas que verdaderamente valgan la pena.

                Dos lecturas de hoy nos presentan y nos comentan casos de viudas. Sabemos todos que en la Escritura pasan como símbolo perfecto del desvalimiento, de la precariedad de la vida en algunas personas. La ley del levirato, para salvaguardar a las viudas. La figura del monarca, para protegerlas ya que nadie las protegía. Dios finalmente reivindicador de todas esas vidas olvidadas, que entorpecen la vida social. El Dios de las Escrituras es protector de huérfanos y viudas.

                 Pero, sabiendo esto, podemos hoy fijarnos en algo diferente. Lo que nos sobra y lo imprescindible para vivir. ¿Qué previsión de vida resulta necesaria hoy para asegurar la vida diaria? ¿Podemos prescindir de todo tipo de previsión, es posible vivir completamente al día? Temas como la ancianidad, la enfermedad, la familia, los imprevistos, las desgracias, legitiman tomar precauciones y dotarnos de márgenes de seguridad. ¿Cuánto? Porque en su nombre nos rodeamos de excesiva seguridad. Los “padres”, cristianos de los siglos III – V, veían con claridad absoluta que la injusticia proviene de retener más bienes de los necesarios para la vida diaria. Que quien retiene más de lo que necesita roba a los demás y obstruye la distribución justa de los bienes de todos. Sumas ingentes que conocemos no guardan la mínima justificación. Y nosotros, ¿cuánto podemos, debemos, retener de los bienes de todos? ¿Es posible darlo todo? ¿Es legítimo? ¿De cuánto de lo que tenemos podemos –y debemos- prescindir? Y ¿si lo ampliamos a bienes culturales, -libros, arte- o inmateriales, -afectos, relaciones, bondad-? ¿O esos bienes, si se acumulan, no crean estorbo sino riqueza común más que propia? La seguridad es voraz y extiende sin cesar sus límites. Convendrá tenerla a raya y repasar el evangelio para encontrar salidas más audaces y cristianas a nuestra acumulación de bienes.

                 La 1ª lec, del libro 1º de los Reyes y del ciclo dedicado a Elías. Un relato sencillo y emocionado de quien, sin poseer apenas nada, es capaz de dar lo que le queda y confiar su futuro a Dios. Similar la situación de la viuda que aparece en el evangelio. No olvidemos las muchas veces que Jesús, o Juan el Bautista, son referidos por el pueblo a la figura de Elías.

                La 2ª lec continua el texto de Hb. Trata de sacar las últimas consecuencias del paralelismo establecido entre el sacerdocio único de Cristo y el del Sumo Sacerdote en la alianza antigua. La ofrenda que hace Cristo de su vida misma, simbolizada en la sangre, no requiere repetición y vale para todos y para siempre. Su vuelta será novedad absoluta sin relación alguna con el pecado.

                 El evangelio de Mc nos presenta hoy la figura de una viuda que lo da todo. Es un modelo final, propuesto tras el ministerio de Jesús en Jerusalén que este evangelio recoge en los capítulos 11 y 12. Si los anuncios de la pasión concluían en el ciego Bar Timeo (10, 52), que saltaba, tiraba el manto y seguía a Jesús, algo de eso es la viuda ahora tras el endurecimiento de Jerusalén. Dos partes en el texto de  hoy: una contra los escribas, parte por el todo de la Jerusalén cerrada a Jesús, y la anécdota de la viuda. La conexión entre ellas se reduce a la palabra “viuda”, utilizada de apoyo memorístico.    

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                Jesús, sentado, observa. No corre a felicitar a la viuda, ni a pedirle que le siga, ni a hacerle saber que el Reino la ha tomado en posesión. Observa, la deja ir y venir, y luego llama a los discípulos, como siempre que tiene algo muy importante para ellos. Lo que tiene importante, que no lo tiene, es una viuda pobre. Mejor, tiene la anécdota de una viuda pobre.

                Los escribas se aprovechan hasta de las viudas pobres. Con el pretexto de largos rezos que harán por ellas, devoran sus bienes. Las esquilman, y el futuro que les espera de parte de Dios será riguroso. Estos escribas, sabios y letrados, bien preparados en la ley y su lectura e interpretación, gozan de crédito y fama. Se les respeta y se les tiene en cuenta. No son unos cualquiera. Si se les invita, se les guarda puestos de privilegio. Si pasean, se les saluda en pie, y se les inclina la cabeza con respeto. Tienen su carrera y méritos. Se han ido ganando el aprecio de todos, el honor y respeto. Lo que no sabe nadie con certeza, aunque se comente en los corrillos de los atrios, es que roban a las viudas, tomándoles sus bienes como contraprestación de los rezos que harán por ellas. Jesús sí lo sabe y lo dice en público. Descubre su mentira, les predice un negro futuro, y con eso puede venirse abajo todo el cuento vacío en que viven. ¿Tendremos nosotros también nuestra pequeña mentira que derrumba, al descubrirse, nuestras bonitas apariencias? Tras nuestros rezos o tras nuestras donaciones, ¿qué vanidad se oculta, qué interés de prestigio y buen nombre en nuestra comunidad? Tras nuestra educación y buenas maneras, ¿qué corazón duro, encasquillado? Tras nuestras exhortaciones al compromiso, a la solidaridad, ¿qué ganas de fastidiar a alguien o qué exhibición de corrección cristiana? Cuánta vanidad y vacío aun en las apariencias generosas, en las muestras de abnegación, en las prisas por ser más avanzados que nadie, en las altas meditaciones exquisitas. Humo. Tanta y tan demostrada fidelidad a la doctrina oficial, y unos corazones inmisericordes, una dureza despiadada, un vergonzoso empeño de salvar las normas y la ley antes que las personas. No ya sólo vanidad; un futuro negro en nombre de Jesús, de Dios, que permanece tan callado, pero observa. Para observar hace falta mucha paciencia por parte de Jesús. Pero en esa observación y paciencia se encierra nuestra salvación (2Pe 3, 9).

                Los discípulos somos llamados por Jesús a fijarnos bien en la viuda pobre. Profundamente religiosa, judía, pone a disposición de Dios todo lo que tiene. Sin utilizar por excusa a los escribas y sus abusos, entrega su limosna, cuando ya no le queda nada más. Pone a disposición de Dios todo lo que tiene para vivir. Echó dos reales. Echó a la vez el marido perdido, los hijos deseados que nunca tuvo, el abandono de los cercanos en que se encuentra, la enfermedad o la ancianidad que le amenazan inexorables, su condición de mujer, su miedo y hasta su angustia. Echó todo lo que tenía. Nosotros echamos de lo que nos sobra. No nos quedamos al descubierto ni arriesgamos el futuro. No arriesgamos. Es la obsesión por la seguridad. Ni entre cristianos tiene buena fama el riesgo. Todo lo contrario, asegurarlo todo y seguridad para todo. Sin embargo, hoy llama Jesús a los suyos a recordarles la viuda y repetirles que hay que echar de lo necesario, que hay que arriesgar. Que ya nos lo dijo bien claro que no nos preocupemos del mañana (Mt 6, 34), que cada jornada encierra su propio afán. Que qué poco caso le hemos hecho. Que revisemos nuestros sistemas de seguridad. Que nada más eficaz contra el robo que no tener nada, que nada más seguro contra la soledad que no creerse con derecho a compañía, que nada más cierto que nuestra muy débil inteligencia, que nada más hermoso que las ruinas, que la mayor belleza está en la desnudez. La viuda sola y pobre. Seguidores de Jesús solos y pobres. Que cuando venga y llame y nos encuentre así, vendrá corriendo la viuda judía -no cristiana- sola y pobre a nuestro encuentro. Qué besos, qué abrazos. Que gozo y paz en la dadivosa generosidad de Dios que a todos envuelve y nunca se agota.

                 J. Javier Lizaur