Domingo 6 de diciembre – II de adviento.

Lecturas
Ba 5, 1-9  
Sal 125 1-6  
Flp 1, 4-6. 8-11  
Lc 3, 1-6
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                En cualquier tema que presentemos resulta decisivo ser capaces de concretar lo más posible. Ocurre también, o especialmente, en el terreno de las esperanzas. Concretarlas. Sucede, sin embargo, que cuanto más concretas más fácilmente se disuelven en el mar confuso de la ambigüedad. A más precisas y claras, más discutibles. Tanto que pueden terminar impresentables. Nuestras esperanzas de un mundo justo, mejor repartido son comunes a todos. Sus concreciones sobre impuestos –el IVA-, el 0’7, las medidas sobre migraciones, voluntariado o puestos de trabajo, consumismo o recesión económica son bastante más discutibles y no resultan válidas como afirmaciones aceptables para todos. Parecido ocurre con la ecología y las suyas: con transgénicos, hoy mismo podemos terminar con el hambre; pero ¿carecen de peligros a corto y medio plazo? ¿Qué es prioritario? Y los ejemplos se multiplicarían en todos los ámbitos. Es fácil objetar que concretamos poco en el anuncio del evangelio. Es difícil hacerlo sin que todas nuestras afirmaciones de salvación se tornen completamente discutibles. Como que Dios nos bendice y nos ampara. Cierto, pero eso no se traduce en que nos libra del cáncer, del paro o de la esquizofrenia. Así, necesario y peligroso a la vez el concretar. El esfuerzo por lograrlo es imprescindible, pero siendo conscientes de dónde entramos. Y se trata nada menos que de dar cuerpo a la esperanza.

                La historia. Con qué precisión pretende Lucas presentarnos el momento histórico de la aparición en el desierto del Bautista. (En toda su obra gusta de esas precisiones históricas y parte de un esquema histórico claro del antes, el momento, y el después de la acción de Dios.) El anuncio del evangelio es imposible sin la historia. Anunciamos el evangelio hoy, no ayer ni mañana. En la revelación de Dios es determinante la historia en que acontece, es un factor de esa misma revelación. Y si Dios hoy se nos revela, es en este tiempo, en esta historia. Por eso resulta imprescindible empaparnos del tiempo en que vivimos, de su cultura, sus problemas, sus expectativas; de cómo son y viven los hombres y mujeres de hoy, de las amenazas y promesas que encierra este 2009 que termina. El cine, la literatura, el arte recogen el momento concreto de esta humanidad con mayor profundidad, menos prisa y más pluralidad que los medios de comunicación o las redes. Tampoco podemos aspirar a dominar el conocimiento del mundo entero y sus avatares. Sí, lo más posible este tiempo y lugar nuestros en que  nos movemos y en el que actualizamos y señalamos a todos la salvación. ¿Serían los Nobel, por concretar algo, parte de la revelación del misterio de salvación hoy? Por discutibles que sean (y qué no lo será), ¿no proporcionan pistas cualificadas, nada desdeñables, de por dónde y cómo anda la humanidad y por tanto dónde y cómo ha de incidir la salvación que ofrecemos desde Jesús de Nazaret? En el “vigilad” y “estad despiertos” de los evangelios creo que se incluye este saber de nuestro tiempo y nuestras cosas, sin idealismos, y con la percepción que asume el común de la gente. Ese saber forma parte del anuncio evangélico hoy, ese saber actual es “la arada, el campo de Dios”. Sin tenerlo en cuenta despojamos de verdad a la salvación anunciada, o sencillamente no anunciamos nada verdadero.

                Nuestras terribles máquinas de desmontar y allanar para abrir autovías y pasos en sitios inverosímiles son imágenes vivas y expresivas para las lecturas de hoy (1ª y Ev). Es impresionante contemplarlas demoliendo a bocados un monte entero, allanando y llenando valles profundísimos. Nuestras máquinas, ¿podrán más que el Espiritu? Diríamos que sí. Nuestros montes altos de tantos años y nuestros valles y ausencias de tantos advientos ahí siguen tan lindos. Claro que los del paisaje no se mueven y los nuestros se apartan y desplazan con mucha sutileza. Lo tiene más difícil el Espíritu. 

LA ESCRITURA DE HOY Y SUS CONTEXTOS

                1ª lec de Baruc. Probable secretario y amigo de Jeremías a quien se atribuyen estos escritos, sin duda posteriores a él, pues parecen proceder de los siglos III y II a d C. En general, tratan de fomentar y salvar la esperanza ante la realidad de su momento mucho menos brillante que la esperada. El texto de hoy forma parte de unos poemas de consuelo, que recogen imágenes y dichos de profetas anteriores, y sueñan, pues no es la real, con una capital bellísima, sede de paz y justicia. Su relación con el evangelio de hoy pasa por el texto de Isaías, citado en el evangelio y en Baruc de fondo.

                2ª lec de Flp. Del inicio de la carta a la comunidad más querida y cercana a Pablo. Expresa con naturalidad sus cariños hacia esa comunidad y, con ello, su certeza de que Dios la hará crecer como su mayor alabanza y gloria.

                3ª lec, del segundo comienzo del evangelio de Lc. Tras los dos primeros capítulos de la infancia de Jesús, el autor sigue de cerca el esquema sinóptico y nos presenta a Juan el Bautista en el desierto. Todos los profetas del Testamento primero precisan detalladamente el momento y lugar en que reciben la profecía (Is, Jr, Ez, Os, Am…). Lo mismo quiere hacer aquí Lc presentando a Juan como a otro profeta. (Los datos de historia que presenta son difíciles de conciliar entre sí para precisar una fecha exacta en nuestra cronología.) Juan bautiza y retoma anuncios de profetas anteriores (Is). 

PARA UNA HOMILÍA POSIBLE

                Con una lectura tan hermosa como la 1ª de hoy, de Baruc, ¿cómo no soñar? Una ciudad muy bella, morada de justicia y de paz, recuperada de sustos anteriores, expectante de los hijos que vuelven “en carroza real”, y los obstáculos que quedan definitivamente abatidos. Sombra y aromas deliciosos, y el Señor Dios al frente de todo, lleno de misericordia.

                ¿Qué fue de nuestros sueños? ¿Hemos sido torpes y malos para no sacarlos adelante, eran sueños imposibles, estábamos tan profundamente dormidos? ¿Qué ha sido de la Iglesia soñada al calor del Vaticano II, qué de la unión de los cristianos, qué de la sociedad justa e igualitaria soñada en el comunismo, qué del tiempo tras la dictadura en democracia real y participada, qué de África, qué de la formación sexual y la educación por fin universal, qué del fin del peligro nuclear, qué de las buenas relaciones entre pueblos vecinos, qué de la tierra sin guerra, sin hambre, sin contaminación? Y nada de todo eso eran utopías sin tierra, lejanísimas y etéreas. Todas, una a una, parecían al alcance de la mano y del corazón. Tuvimos medios a nuestro alcance que las aproximaban. Accesibles y alcanzables. ¿No hemos podido, no hemos querido? ¿O yo sí, pero otros no, o todos no? ¿Son los otros los culpables, los malos o los ciegos? Había otro sueño: no lo olvidamos, y nos deja más perplejos todavía. Nosotros, yo, íbamos a cambiar. Ahí no entraba nadie más. Nosotros dispuestos a rebajar nuestros humos, sueños y orgullos, y preparados para rellenar todo hueco o valle o abismo. Muchas, muchas veces, marchamos dispuestos de verdad a preparar los caminos del Señor y del cambio y de la revolución. Y creímos y arriesgamos.

                Pasa el tiempo y ha crecido el desasosiego, la interrogación hondísima, la extrañeza de todo, casi como si no se tratara ahora de los mismos, de nosotros precisamente, que todo lo vivimos tan cercano. Posiblemente somos uno más de los citados en ese texto antiquísmo de 2Pe (3, 4): los que piensan que la tardanza del Señor es excesiva e invalida la promesa, que todo sigue como antes. O casi.

                  “Todos verán la salvación de Dios”, concluía el evangelio. Es de la mano de Lucas que lo ha agregado al texto de Isaías. Debía ser una convicción muy firme e importante para él. Y para todo creyente. Para ti y para mí. Ni sabemos dónde y por qué hemos perdido la pista de tantas cosas hermosas; quizá ni existía la pista. Sabemos que las hemos perdido, al menos en la inmediatez y facilidad con que aparecían. Pero hemos de mantener, y mantenemos, que todos, absolutamente todos descubrirán en su momento la salvación de Dios. Descubrirán, porque ya estaba y está y estará siempre ahí, actuando y a nuestra disposición. No sabemos cómo, ni cuándo ni de qué forma: llegará, llegará la salvación de Dios. Brota y mana esa esperanza en mi interior, en mi seno. 

               Viene en la 2ª lectura. Una afirmación y convicción más. “El que ha inaugurado entre vosotros una empresa buena la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús” Cierto que sí, seguro. En todos, en todos vosotros, por mucho que os renieguen y os digan lo contrario. Por mucho que repitan que ha sido culpa y responsabilidad vuestra, la maravillosa empresa de Dios en vosotros saldrá adelante y os llenará de dicha y satisfacción. Mira al oriente, quítate el luto y la tristeza, móntate en la carroza real que te espera (1ªlec). Dios sacará esa empresa que ha comenzado entre vosotros y que parece que tanto tarda y la llevará a tope, a la plenitud de Cristo que viene a vosotros. Y vosotros, seguro, conseguís la meta. Y  todos, cierto, “verán la salvación de Dios”.

                 J. Javier Lizaur