Lecturas
Jr 33, 14-16
Sal 24, 4-5. 8-9. 10. 14
1Tes 3, 12- 4, 2
Lc 21, 25-28. 34-36
PRIMERAS REFLEXIONES
Muy difícil ya lo de sorprender. En cualquier aspecto. No digamos en la celebración litúrgica. Ya sé que sorprender no es ningún fin en ella. Pero conviene encontrar algo que llame la atención, y que señale un horizonte, una propuesta para todo este tiempo. Es adviento de nuevo. Que todo el espacio celebrativo, que las músicas y canciones, que las actitudes y posturas, la ornamentación y las flores (o su ausencia) lo señalen. ¿No es ya una dificultad la rapidez con que vivimos el tiempo? De nuevo en adviento, “obligados” a novedades y sorpresas. ¿O quienes participan en las celebraciones no tienen la misma sensación, no guardan mayores recuerdos ni ensartan las cosas en el hilo de la continuidad, y no tienen estas dificultades? Puede que todo sea sólo de quienes han de preparar la liturgia.
Si queremos vivir y ayudar a vivir el adviento, resultará prácticamente imposible eludir temas como la vuelta del Señor, el “día del Señor”, la esperanza, la salvación. Temas claves, evidentemente. El reto se encuentra en actualizarlos, sumergirlos de lleno en nuestro hoy, cargarlos de peso y urgencia para los creyentes. Lo viejo ha de resultar nuevo, porque la historia es siempre nueva y reciente (con perdón de Qohelet).
Para los primeros cristianos fue crucial el tema de la vuelta del Señor. Probablemente para el mismo Cristo Jesús que no supo hasta dónde habría de llegar su misión (Mt 10, 5) y cuándo por fin sucedería el “día del Señor”. Supondría un avance enorme en su fe llegar a identificar el “día del Señor” con el misterio, oscuro también para él, de su muerte y su reivindicación por Dios. Han pasado dos mil años y los cristianos nos hemos cansado de esperar -muy pronto se cansaron- esa vuelta. Ya lo dice la 2Pe (3, 9). Y su gran hallazgo, por decisivo que sea, no ha calado hondo en el “imaginario” cristiano: que la salvación de Dios y su paciencia son la misma realidad. La vuelta del Señor queda recogida en los dos credos. También en la actual aclamación eucarística que concluye ¡Ven, Señor Jesús! o “…hasta que vuelvas”. (Curiosamente, en la plegaria eucarística I, no hay referencia expresa a la vuelta del Señor y es de los siglos V-VI). ¿Qué cree, qué dice un cristiano del S. XXI, cuando expresa “ven, Señor Jesús”? ¿Se desea la muerte o apela al fin del mundo? ¿O es un buen deseo de comulgar? ¿Comienza a sospechar del dicho de Jesús “yo estoy con vosotros hasta el final” (Mt 28, 20b), puesto que el final dicen que lo marcará su vuelta? Todas estas preguntas deben tener lugar en el estudio de la escatología. Mientras, ante la dificultad de abordar estas y otras cuestiones prácticas, parece que optamos porque se debilite y se vacíe el punto de nuestra fe respecto a la vuelta del Señor. No trabajamos, ni explicamos mucho lo de la vuelta del Señor. ¿Será porque nos resulta superfluo en el conjunto de la fe? ¿Basta con la resurrección que lo incluye todo? ¿O bastaría con la vuelta del Señor, que también incluye todo, y que además será, por fin, la comprobación de nuestra fe? Si vuelve el Señor, así, real, vivo, todo ha sido cierto. Si no, falso.
LAS LECTURAS DE HOY Y SU CONTEXTO
1ª lec. Jr 33, 14-16. Sin desperdicio; demasiado breve para la proclamación. (Hoy, muchos proponen una revisión del leccionario, con lecturas más extensas y, en casos, diferentes) Del contenido del libro, construido con historias biográficas del profeta y con dichos suyos, el texto pertenece al bloque que forman los capítulos 30-33 con sus palabras y promesas de alianza y salvación.
2ª lec de la carta primera a los Tesalonicenses, el escrito más antiguo del Testamento nuevo. Esta carta tiene dos partes bien diferenciadas: 1-3 y 4-5, más doctrinal la primera y más pragmática la segunda. Si atendemos a la numeración del texto, veremos que pertenece al final de la 1ª parte y comienzo de la 2ª. Pero el conjunto es perfectamente coherente como bendición y ánimo respecto al futuro.
3ª lec del evangelio de Lc. Recordar que este evangelio nos acompañará en todo el ciclo C que hoy comenzamos, que la obra de Lc es Evangelio y Hechos, y que incluye una parte propia, característica, que abarca de 9, 51 al 19, 28. El texto de hoy forma parte del discurso puesto en boca de Jesús sobre el final. Lc subraya más el tiempo de espera con persecuciones en la comunidad. Desde ella, une la destrucción de Jerusalén y las calamidades que conllevó, a los signos estereotipados de la intervención de Dios y los apuros presentes del grupo. Concluye el texto con la llamada a la vigilancia, contando que la espera será larga.
POSIBLE HOMILÍA
“Mirad, que llegan días” Siempre, uno tras otro, nos llegan días. Nos llegan y nos abruman. Nos cansan. Otra vez adviento. ¿Habrá otros días? ¿Días más serenos y luminosos, más esperanzados y más justos para todos? Si nos los anuncian y nos piden mirar, será que son especiales, que merecerán la pena. Unos días diferentes, por fin. Ya llegan “otros” días. Tras días de promesas incumplidas y siempre aplazadas, por fin, días que cumplen promesas y para todos. Esos son otros días.
“Mirad, que llegan días”. Miraremos con ojos nublados, irritados de contaminación, asustados de los gritos del entorno. Se extiende la confusión, las dudas sobre medidas adecuadas para arreglar nuestro mundo. Crece el desconcierto, al descubrir que lo habitual es arreglar una cosa y desarreglar varias. Aumenta la confusión, constatando que nada depende de una sola causa, sino todo de varias y no separables. Ya no se distingue con facilidad lo auténtico de lo espurio, lo irremediable de lo inevitable, el amor del interés, la solidaridad de la publicidad, lo notable de lo vulgar. Hombres y mujeres muy des-alentados, paralizados del miedo y la ansiedad. Sabedores de su implicación en la injusticia y conscientes de la imposibilidad de salir de ella. Porque la experiencia les descubre los más luminosos horizontes, ennegrecidos de nuestras torpezas y miserias, descubre gestos heroicos vacíos de realidad. Nuestras grandes construcciones políticas y económicas derruidas en su desmesura, nuestros sueños socavados por el analista de turno. Paralizados del miedo y la angustia. Paralizados, inmóviles del miedo a moverse y cambiar. Han cambiado muchas cosas, y han de admitir que terminan siendo exactamente lo que querían cambiar.
Mirar es señal de que esperamos encontrar algo interesante. Y colocarnos en pie expresa que lo que se espera es inminente. E interesante, atractivo. Nos ponemos en pie, porque se nota movimiento, algo sucede, alguien viene. Tanto movimiento suena a confusión. Pero no. Es claro, es por fin la liberación. Tantas veces anunciada, ya llega. Quizá es total y para siempre. En medio de tanta confusión, de gritos desgarradores de otros que ya no esperan, entre escepticismos y dudas, que tanto ofenden al oficialismo general, nosotros, aquí, en pie. La liberación plena. Y entrevemos a un como hijo del hombre, el hombre pleno, el tan hombre que viene de las nubes, de Dios. Ya llega la liberación concreta y concretada por fin en un humano, el más bello, el más ungido, el más alegre, el que esperamos, el de la navidad de siempre. Es Cristo Jesús, el Dios con nosotros, el Señor de nuestras vidas. El que va a llegar y nos encontrará en pie, con los ojos enrojecidos de mirar y soportar. Por eso, este adviento hacia la Navidad.
J. Javier Lizaur