Domingo 11 de octubre – XVIII del ordinario

Lecturas
Sb 7, 7-11  
Sal 89, 12-17  
Hb 4, 12-13  
Mc 10, 17-30
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                En las lecturas, el tema de la riqueza. Un bocado fácil de tratar o predicar y endiablado a la hora de digerir. En el evangelio, el tema no son las riquezas, sino el seguimiento de Jesús. De esto último se trata y, en él, de las exigencias respecto a los bienes. Con un desarrollo posterior sobre la vida en las comunidades.

                Comentar cualquier cosa respecto a las riquezas, creo que nos exige hoy huir de todo simplismo. No valen las pelis en blanco y negro, ni las éticas de buenos y malos (aquí, pobres y ricos). Lo sabemos todos bien, pero en asuntos de riqueza y pobreza nos manejamos con facilidad en esquemas simples y casi siempre anticuados. Pasaron los soñados 60 y 70 y nuestro discurso sigue impertérrito, cargado de voluntarismo y comprobada ineficacia. Los pobres y empobrecidos siguen en aumento, los hambrientos pasan de los mil millones, las ayudas internacionales –siempre fáciles a la crítica- son  primeras en apuntarse a la crisis y dejan de fluir, vuelven los tiempos de paro descomunal y, con su miedo, el recorte general de derechos en el trabajo y la precariedad en el mismo. Y no parece que nadie se levante en armas o en bocas y quienes lo hacen, cubiertos de símbolos religiosos. ¿Dónde estamos?


                Lo sibilino del dinero consiste en la imposibilidad de prescindir de él. Tal como hoy vivimos aquí, quien pretenda vivir sin dinero cargará su peso sobre los demás, sea en el entorno familiar o en el social. Por eso defenderé siempre que para tratar estos temas se obligue a los contertulios a colocarse en el cartelito del nombre sus ingresos mensuales reales. Y luego hablamos. Todos lo manejamos, contamos con él para todo y sólo le hacemos ascos y objetamos, si se trata de prédicas o de genéricas teorías y cosmovisiones. A estas alturas, o bajuras, hasta del consumo hablamos con excesiva simpleza, nada analítica. Ya que manejamos dinero, algunos bastante, ¿cuándo sabremos hablar de dinero evangélico? ¿O son contradictorios? Cómo apañarnos con nuestros dineros y cuentas, sin dejarlos, -que ni lo vamos a hacer, ni podemos-, y someterlos a criterios evangélicos, que por duros o costosos que resulten, sean realmente posibles y claros. Y ¿si los que viven oficialmente en pobreza nos aportaran criterios que ellos y ellas ya han probado y les sirven? Claro que vivir comprometidos en pobreza, y con una seguridad superior a la del común de mortales, tiene también su aquel.
 
                La pregunta puede que sea si estamos dispuestos a vivir peor, sí, peor, –en salud, educación, seguridad, posibilidades de futuro, viajes, vinos etc-. No vale lo de esperar a que sean otros los que comiencen. Tampoco detenernos en nuestro nivel y esperar y ayudar a otros a que lleguen a él: no es viable. Y ahora que reivindicamos con razón el derecho a la vida buena, ¿se compagina fácilmente con la austeridad, la renuncia y el empeoramiento general de las condiciones de nuestra vida? Tendremos que plantear de raíz qué es hoy la “vida buena” y, para que lo sea, que llegue a todos los humanos. En este embrollo entran temas de ecología y uso de los bienes de la tierra, modelos de vida y desarrollo, demografía -que no solemos citar como problema-, sistemas de explotación del dinero mismo, las religiones en todo esto. En el fondo, remover todas las pretendidas evidencias de antropología y sociología, porque tocar el dinero afecta a los que lo tienen y a los que no y lo precisan.
 
                 1ª lec. Del libro de la Sabiduría. Libro tardío -no muchos años antes de Cristo- que busca unir las tradiciones judías y el pensamiento griego. Su título actual nos habla de encontrar los secretos que hacen posible y mejor la vida de los humanos, el “vivir bien”. El texto pertenece a la 2ª parte del libro, más filosófica que la 1ª. La cuestión válida hoy y siempre: qué es lo fundamental para la vida. ¿Salud, dinero, belleza, sabiduría, justicia, amor?
 
                2ª lec. Continúa la carta a los Hb. Un texto muy breve, quizá demasiado, sobre la palabra de Dios, su alcance y sus consecuencias.
 
                3ª lec. Todavía del capítulo 10 de Mc, tras el 2º anuncio de la pasión, muerte y resurrección. Como la última de sus catequesis o de sus consecuencias. Se centra en el seguimiento de Jesús que requiere (lo vemos desde el principio en Mc 1, 18 y 20) radicalidad. El joven es bueno, cumple la ley y es alabado por ello. Además él reconoce a Jesús y lo ensalza. Pero hay que dejarlo todo y a éso no llega. Los discípulos perciben con claridad la dificultad enorme de prescindir de la riqueza y, de alguna forma, sospechan su necesidad, por eso llegan a cuestionarse desde ella la salvación misma. Como en otras ocasiones, Pedro habla en nombre de todos y trata de expresar cómo se sienten los discípulos. La oferta de Jesús incluye las comunidades de cristianos de Mc, en las que todos, ahora mismo, se sienten cobijados y acogidos por los demás, pero con persecuciones. En esa oferta de la comunidad, curiosamente, falta el padre. Padre sólo lo es Dios. Como bueno. El famoso dicho del camello y el ojo de la aguja, tiene mucho de hipérbole oriental y bastante de humor e ironía de Jesús de Nazaret.
 
PARA UNA POSIBLE HOMILÍA
 
                En este evangelio de Mc se cruzan sentimientos. Con el peso enorme y la dificultad de las riquezas, puede que no sean muy esperados. Jesús mira al joven “con cariño” y éste, ante la respuesta de Jesús, “frunce el ceño”. Al joven rico le falta una cosa. Jesús no le pide sino lo que ha pedido a todos, que le sigan; pero lo aplica a su vida y se lo concreta en dejar todas las riquezas para poder hacerlo. Los discípulos, que por cierto, ya lo han dejado todo, se extrañan de oír semejante respuesta y creen que afecta a la salvación total misma, esa en la que ellos están y buscan.
 
                Con todo esto ya hay cosas claras. No salva la ley, incluso cumplida con fidelidad y desde pequeño. Salvación es eso que no es imposible para Dios, aunque quizá lo sea para los humanos. Dios abre, ofrece, es su realidad, salvación plena. Él sólo sabe y puede hacerlo. Nuestras ofertas de salvación son más bien falacias. Y ¿si el joven rico abandona todo?  ¿Sería suficiente para luego seguir a Jesús? Y el bueno de Pablo –“¿por qué me llamas bueno? Nadie lo es mas que Dios”- nos recuerda: “podría repartir en limosnas todo lo que tengo, si no tengo amor, de nada me sirve” (1Cor 13, 3) Va a ser cuestión del ceño fruncido. Al cariño con que Jesús le mira no ha de responder con ceño fruncido, sino con el rostro atravesado por la sonrisa, con algo que exprese y recoja el amor. No hay salvación, de nada me sirve, aunque me maten. Se precisa, joven cumplidor, abrirse esperanzado, sonreír y amar. Te ha mirado con cariño, le miras con ternura, ¿qué importan tus muchas riquezas? Las dejas, te olvidas de ellas por completo, porque el cariño con que te ha mirado te arrastra y le sigues contento y con afecto amoroso.
 
                Ahí tienes, joven rico quizá algo pijo, el grupo despistado de discípulos. Se extrañan de vuestro encuentro y conversación. Ellos que, sin enterarse mucho, resulta que lo han dejado todo. Pedro cae en la cuenta y se lo plantea a Jesús. Y Jesús le recuerda que en la comunidad, en el grupito de los que le siguen de verdad, van a encontrar todo lo que han dejado y más. Con persecuciones e incomprensión, claro; pero encontrarán todo lo que necesitan para vivir y seguir a Jesús. ¿Te animas, jovencito? Recuerda que “en el grupo de los creyentes […] lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía” (Hch 4, 32). Recuerda, sobre todo, lo del principio, que sólo Dios es bueno, que sólo él salva, que sólo él es padre (Mt 23, 9). Deja las riquezas, te sentirás libre y ricamente desnudo. Has llegado corriendo: ahora correrás sin los estorbos de los cheques y las cuentas corrientes. Correrás urgido del cariño con que Jesús te mira. Pero, desfrunce el ceño. A ver si va a resultar más difícil lo del ceño que lo de las riquezas. Desfrunce el ceño, sonríe libre, sin ceño y sin riquezas, y con el corazón esponjado desbloquea todo tu amor. Te encontrarás anegado en las corrientes de la salvación de Dios.
 
                ¡Ay, jovencito riquillo! Se me ocurre que quizá no encuentres esa comunidad de que nos hablaba Jesús. Al menos, sabe que no va a ser fácil dar con ella. No te escandalices, si los encuentras cargados de riquezas y de disculpas para tenerlas. No te asustes de los ceños fruncidos que casi están de moda, como en las pasarelas. Entra, joven, que te necesitamos para recrear la comunidad de que hablaba Jesús. Con tus riquezas y las nuestras y alguna ONGD seguiremos ayudando a los pobres.
 
                J. Javier Lizaur