TODOS LOS SANTOS. 1 de noviembre de 2009

Lecturas
Ap 7, 2-4. 9-14  
Sal 23, 1-6  
1Jn 3, 1-3  
Mt 5, 1-12ª
 

APROXIMACIONES A DÍA Y TEMA

                La santidad es la característica más exclusiva y más identitaria de Dios. “Yo el Señor vuestro Dios soy santo” (Lv 19, 2) “No hay santo como el Señor” (1S 2, 2). “porque sólo tú eres santo”, del himno litúrgico Gloria a Dios en el cielo. “Santo, santo, santo es el Señor” (Is 6, 3 y Ap 4, 8).

                Participando de ella, el primero e idéntico también, Jesús, el Ungido, el Señor. “El santo de Dios” (Lc 4, 34), reconocido -“sé quién eres”- hasta por los demonios (Mc 1, 24).

                Y nosotros, el pueblo de los santos. En los saludos o despedidas de las cartas de Pablo y su círculo, “los santos” corresponde a todos los bautizados. “Santos y fieles” en el saludo de Ef. En Ro, a los que forman parte de los santos” (1, 7) “a todos los santos que están con ellos” (16, 15). Sin multiplicar los textos, parece que para Pablo y sus primeros grupos, todos llevamos el título de santos por nuestra consagración bautismal.

                Si todos los fieles llevan el título de santos, los hombres buenos, limpios de corazón, generosos, profundamente unidos a Dios, ¿no serán también santos? Muchos discuten la expresión “cristianos anónimos” por inadecuada o excesivamente inclusiva. Y ¿santos anónimos, pues la santidad viene de Dios solo? Respecto a alguna religión hablamos con respeto de sus “santones”, ¿serán ajenos a la unión íntima con Dios, serán santos?

                Más tarde, en la tradición cristiana, los santos son personas clara y especialmente portadoras de la santidad de Dios en Cristo. Dejan transparentar esa santidad de forma que todos los fieles, también santos, los reconocen como singularmente santos. Tras un proceso, diverso según los tiempos, la Iglesia entera, por sus obispos, los reconoce como tales.

                 En la gloria no hay escalafones (Mc, 10, 40), pero se nos cuela con facilidad la aserción de grados de importancia entre los santos, algo que con certeza sí nos preocuparía a nosotros. Una miseria transferida con plena tranquilidad al misterioso mundo de Dios, a la santidad verdadera.

                 Otros problemas afectan también a la santidad proclamada oficialmente, limitaciones nuestras trasladadas a Dios mismo. Algo tendrá que decirnos que un papa no quiera ni plantearse un tipo de santidad y el siguiente acelere los procesos de esos mismos que el primero rechazaba. Los santos marcan modelos para una época, subrayando cualidades suyas que más interesan al modelo de cristiano que se quiere proponer y fomentar en ese momento y no tanto en otros. ¿Por qué S. Juan Mª Vianney es más modelo de sacerdote que S. Juan de Ávila u otro diferente? Sólo por unas virtudes que se quieren hacer valer hoy más que otras y que quizá brillan más en el primero. ¿Y aquel divertido tandem forzado de Pío IX-Juan XXIII?

                Todo está pendiente de la idea de santidad que transmitimos siempre, y que tiende a identificarse con santidad moral, y una moral determinada e histórica. Quizá los humanos no tengamos a nuestra disposición otros varemos, pero la santidad sí que goza de otros. Sólo con criterios de moral, la santidad es fácilmente manipulable y se torna previsible y hasta aburrida. Una santidad, coincidente con la moral del momento sublimada y ensalzada, no tiene mucho gancho.

                Para terminar, copio de un libro reciente de teología, una anécdota divertida (*). “Felipe Neri, el vagabundo santo, cuando empezó a circular el rumor de que era santo, se emborrachó a conciencia y se pasó toda la noche dando tumbos por Roma, al tiempo que maldecía, regoldaba y alborotaba. Pero con ello no fue capaz de evitar que Roma lo canonizara más tarde.”

                Para mí que la santidad es esa capacidad de transparentar a Dios en la vida. Quienes nos hacen sentir su aroma delicioso, su caricia tierna, su armonía inalcanzable, su relámpago multicolor, su sabor intenso de vida, su vacío lacerante, su “brisa tenue” (Gen 3, 8. 1Re 19, 12). Nos regalan tales delicias y ellos desaparecen. Los santos nos dejan más contentos de haber tenido tan cercano y amigo por su medio a Dios. Fiel y misericordioso. Salvador.

                 1ª lec del libro del Ap. ¿Ayudan la liturgia, real o soñada, y los himnos a mantener la esperanza en lo más duro de la persecución? Algo así intenta este libro con el que concluye la Escritura. El texto de hoy forma parte de la visión de los sellos; esos sellos ocultan el sentido de la historia y, al abrirlos, queda desvelado. Un ángel salvador detiene la destrucción de la tierra para marcar con un sello a los elegidos. Su número multiplica el de las tribus de Israel, y convoca una muchedumbre inmensa, que entona himnos de una liturgia de alabanza en el cielo.

                2ª lec de la 1ª carta de Juan. Las cartas de Juan no se corresponden al estilo y estructura de las de Pablo y su entorno. Son más reiterativas, dan muchas vueltas a dos o tres ideas, decisivas, profundas. El conocer a Dios, la luz de ese conocimiento, el amor auténtico, la comunión con Dios. El texto de hoy breve y muy denso: ¿qué somos los humanos? ¿Estos seres tan miserables que solemos descubrir o una  realidad interna de pura gloria y luminosidad que sólo descubriremos más tarde?

                3ª lec. Las conocidas como bienaventuranzas. Pronunció muchas más Jesús en sus años de predicación (vg Mt, 24, 46). Estas ha recogido aquí Mateo, como código programático del Reino. Probablemente ni estas fueron dichas así, su formulación estaría más cerca de la recogida en Lc 6, 20-26. ¿Cuál será la mejor traducción para estas palabras? Son palabras de bendición. ¿Bendición a Dios por todo esto o bendición sobre todo esto por Dios? ¿Dichosos o felices o alegres o bien-aventurados? Estas siete, ¿son un desarrollo de las cuatro de Lc? ¿Pueden incluso resumirse en la de los pobres?  

PARA UNA HOMILÍA POSIBLE

Hoy, al menos, que no sean las bienaventuranzas para una revisión crítica. Que no sean una reprimenda por lo mal que las   Que sean bendición sobre nosotros, caricia amorosa del solo santo a nuestra pobreza. Felicitación, impulso a la felicidad, certeza común por parte de quien nos preside, Jesús, que hoy las vuelve a proclamar fijándose precisamente en nosotros.

                Dichosos vosotros, cuando os insulten y os persigan. ¿A quién? ¿A nosotros? No olvidemos que sí hay cristianos real y literalmente perseguidos, que se agolpan en campos de refugiados y que han de huir de sus tierras por serlo. A nosotros nos toman el pelo o nos miran como especímenes de una antigua superstición. ¿Todavía estáis ahí? ¿Andáis creyendo todo eso? Más, no. Pero hemos perdido prestigio y brillo, y con ello poder, y cualquiera se mete a gusto con nosotros. ¿Cómo no, si decimos convencidos que benditos los pobres y los que reciben las tortas y los ingenuos y los que no buscan venganza y los que se ponen en medio y les dan de las dos partes? ¿Se puede tomar a unos así en serio? Es inevitable que se rían de nosotros y nos tengan, al menos, por un tanto ‘descentrados’. Es que centrarse en este tinglado también tiene su aquél. Como para que si estamos entre los situados y centrados en esto, de los que todos dicen maravillas y apadrinamos ONGs varias, mejor que vayamos repasando nuestro seguimiento de Jesús.

                Dichosos vosotros. ¡Eh! Amigos y amigas, enhorabuena que estáis aquí. Que sois pobres, con hipotecas y sin grandes inversiones dinerarias, pero os ha atrapado la crisis como si fuerais banqueros. Que lloráis mucho, mirando al mundo y escuchando las noticias, que lloráis en ocasiones de desesperación y rabia, mientras vuestro Dios guarda silencio. Dichosos vosotros, dispuestos siempre a animar a cualquiera, a hacer creer a todos que hay salidas y esperanza, aun cuando ni vosotros las veáis claras. Poneos contentos vosotros, insaciables de justicia nueva para los perdedores, hambrientos de democracia real, participada y maleable. Vosotros, de corazón suave y tierno, que lo pasáis tan mal ante el sufrimiento de cualquiera y os amargáis al no saber cómo ayudarles. Vosotros, que buscáis más paz que la de las armas y deseáis plantarla ya desde los contratos de trabajo, desde las relaciones familiares, desde la inmigración o emigración, desde las diferencias aceptadas de pueblos y lenguas, vosotros tan cansados ya y aburridos de tanto buscar otra paz más paz, mejor, más pacificadora para todos; en ello habéis gastado la vida, con más o menos acierto -eso es lo de menos-, dichosos vosotros.

                Dichosos vosotros, lo de corazón limpio, terso, transparente, fontana incesante de agua viva para todos. Vosotros, cristalinos y limpios, vosotros cuya profundidad no oscurece, sino que aún presta más luz y alegría. Vosotros, rebosantes de generosidad tan sincera, que hasta sois mirados con suspicacia por quienes ni sospechan sea posible darse tanto sin ni siquiera ser notados. Dichosos esos corazones dulces y nítidos, en los que al mirarnos no descubrimos el rostro de su dueño, sino el nuestro, que el corazón limpio es sólo para acogernos a todos sin descubrir quién parece su dueño. Dichosos esos corazones y sus dueños y su único dueño, el Señor, que a todos bendice con sus bienaventuranzas.

                Felices, felicidades, hermanos y hermanas. El reino es nuestro. Está en nuestras manos. Y en nuestros corazones. El reino es nuestro. Dios es nuestro. El cielo, el futuro de Dios, es nuestro. Y soñamos con los ojos abiertos una multitud incontable, gozosa, la entera humanidad, diciendo ‘sí, salió bien la alianza de Dios con los hombres, la unión íntima, hasta la identidad, de Cristo con los humanos. Ahora está claro lo que somos y la categoría enorme que llevamos dentro’. Mientras, vivimos en la gran tribulación y no tenemos certeza absoluta de que los sueños se cumplirán y la bienaventuranza dicha será real. Pero hoy confesamos, en el contento de que ahora nos han nombrado bienaventurados y felices, que todo el saber, y la música, y la fuerza, son y brotan de nuestro Dios. A través de su cordero entregado. A través de sus santos. 

                Si estás con nosotros, si nos dices estas cosas, no nos abandones, Señor Dios nuestro. 

              J. Javier Lizaur   

(*) Dios. Manfred Lütz. Santander, 2009. pg 217