Lecturas
Is 6, 1-8
Sal 137, 1-5. 7-8
1Cor 15, 1-11
Lc 5, 1-11
PRIMERAS REFLEXIONES
Aparece hoy en los textos la célebre presentación de Dios a Isaías en el templo y su título de “santo”. Una especie de cantinela o letanía con la que los serafines nombran y rinden homenaje a Dios. El empleo del término “santo” lleva entre nosotros una fuerte carga moral. Casi parece imposible separar la santidad de los buenos comportamientos. Y esos buenos comportamientos se atienen a valoraciones sociales, sometidas a la relatividad de tiempos y culturas. En las Escrituras, aquí y en su paralelo del Apocalipsis, la santidad es la mejor caracterización de Dios. Del Dios del universo, que lo ha dejado repleto de su misma gloria. La santidad conviene a la identidad de Dios, la precisa, y a su misterio inalcanzable. Sólo Dios es santo, sólo él tiene como propia la santidad, sólo él puede prestarla o regalarla. Algo de la cohesión sin fisuras, de la plenitud total, de la inaccesibilidad, algo de todo eso que sólo Dios puede poseer. Nuestras “santidades” lo son sólo por su regalo, por su invasión de la realidad, nunca por nuestros méritos y obras. Su punto fijo de inserción entre nosotros es Cristo Jesús, el santo de Dios. Su persistencia en la historia que transcurre la administra el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo. Cuando el primer escrito cristiano llama santos todos los de la comunidad (1Tes 3,13), no hace sino reflejar que la santidad única de Dios desemboca en cada cristiano por la muerte y resurrección de Cristo al que cada creyente se vincula por su bautismo. En la liturgia católica la aclamación del tres veces Santo es fija. En la plegaria eucarística II proclamamos. “Santo eres en verdad, Señor, fuente de toda santidad”. Una corrección en este dirección de lo referente a lo santo nos daría una visión más exacta de su realidad y nos libraría de las contradicciones que genera dar título de santos a quienes lo son de una forma tan claramente vinculada a modelos sociales que se quieren proclamar y proponer como paradigmas atemporales. “Que yo soy Dios y no hombre, santo en medio de ti y no enemigo a la puerta” (Os 11, 9)