Domingo 3 de enero de 2010 – Segundo de navidad

Lecturas
Si 24, 1-2. 8-12  
Sal 147, 12-15. 19-20  
Ef 1, 3-6. 15-18  
Jn 1, 1-18
 

IDEAS PRIMERAS

                Según  la precisión  que queramos pedir al  término “himno”, tanto pudiera ser que no correspondiera a ninguna de las tres lecturas como que lo hiciera a las tres. Pertenecen a un estilo peculiar de alabanza y admiración por alguien y por sus obras, para honrarle y celebrar sus éxitos, sin ponderar tanto sus implicaciones individuales o sus consecuencias vitales. Un himno recurre siempre a lenguajes, estructuras y expresiones poéticas, en el intento de que las palabras vayan más lejos que sus significados literales. Incluye por tanto un como acto de fe en las palabras y su riqueza siempre abierta e limitada. Exige salir de sí mismo y sus alrededores inmediatos para fijarse en algo de fuera, que hace olvidar las propias necesidades y centrar la atención y las palabras en otro diferente. En él fija su atención y le dedica, de entrada, su pensamiento y su tiempo. Olvido de sí y atención y tiempo para lo externo, al descubrir su excelencia. En las liturgias de la reforma tienen mucha importancia los himnos, interpretados sólo para cantar las alabanzas de Dios, no para ir ejecutando otras cosas mientras se canta. Afirmación a su vez de la importancia de una cosa en sí misma, la música, sin necesidad de acompañarla o hacer acompañar otras funciones -como no sean las letras-. La música en su real condición artística de superar lo inmediato para acercar a algo mayor y diferente. Pararnos, salir de nosotros, admirar, ponderar y terminar cantando porque no podemos por menos. Tanto en el Testamento primero como en el nuevo encontramos muchos himnos. Parten de la radicalidad creyente de salir de sí y encontrarse feliz en el otro, Dios, al que todo debe y de quien todo procede. Se fija en él, recuerda cosas suyas, se admira, se siente entusiasmado, y le canta. En la liturgia podrían utilizarse muchos más himnos. Oficialmente sólo figura en la misma el “Gloria a Dios en el cielo”. Sería bueno recuperar a todo el pueblo cantando a gusto, sin hacer otra cosa, sin andar, incensar, mucho menos comer, sólo cantar y disfrutar en Dios y en el canto que se le dedica. No será himno, cuando parte de ideas individualistas o deviene en moralejas prácticas. Himnos de alabanza a nuestro Dios. Con todos fuera de sí mismos, literalmente ex-tasiados.

                Suele tener como una cierta “mala prensa” el prólogo del evangelio de Juan. Abstruso, intelectual, casi gnóstico. De difícil lectura y más difícil interpretación (como si todo requiriese interpretaciones claras para tener sentido). Pudiera ser que en un ambiente cultural de aceptación de limitaciones en la precisión de los términos y de cierto sentido holístico para una realidad en movimiento permanente, cobrara este texto un sentido más actual y más vivo; más en consonancia con un universo del que nada escapa, con diseño o sin él, pero con un logos-vida no ajeno, pero verbalizable, diferente, y que le presta el sentido del que carece. Una palabra para el sentido que puede ser aceptada o rechazada, pero de principio inserta en lo real hasta visibilizarse en carne humana. Y quien descubre algo de todo esto inalcanzable, claro que resulta Hijo de Dios para el futuro de ese universo. Tenemos que perder el miedo a textos así, atrevernos con ellos como si de cualquier otro se tratara. De paso, descubrimos la importancia del pensamiento y la reflexión, del conocimiento, como el instrumento humano más característico y necesario  para el acceso a lo real, a lo verdadero. Urge mucho más hacerlo, si vamos disolviendo lo religioso en opción personal, ligada a emociones y sentimientos. 

LOS TEXTOS DE HOY EN SUS CONTEXTOS

                 La 1ª lec pertenece al libro del “Eclesiástico” o “Siracida”. Lo escribió Ben Sira en Jerusalén, a principio del S II a d C. Conocedor de la Ley y de las tradiciones, quiere salvarlas en medio de la afición a todo lo helenístico. El texto de hoy pertenece al centro de máximo interés del libro. Personifica la Sabiduría y habla en su nombre. Faltan en el texto las referencias a la Sabiduría en la creación del mundo, para centrarse en su toma de posesión de Jerusalén y de su templo. El evangelio de hoy pudo tener a este texto como una de sus referencias principales.

                La 2ª lec forma parte de la carta a los Efesios. Dos partes en el texto de hoy. La bendición a Dios por su bendición primera y primigenia en Cristo y la visión de esa bendición y de sus efectos en la comunidad a la que se dirige. También hemos de acogerla en relación al evangelio y su declaración de ser hijos en el Hijo de Dios.

                 La 3ª es el himno que abre el evangelio de Juan. Resumen de todo él y de su presentación de Jesús, el Cristo. Vida, luz, palabra-revelación, acogida y rechazada, nos hace hijos y nos trae plenitud. Podría prescindirse, y le daría mayor coherencia al texto, de los versos que se centran en el Bautista (6-8. 15). Podemos decir que es como otro “evangelio de infancia” (Mt y Lc 1-2) pero en términos de pensamiento y reflexión, no de narraciones y profecías del judaísmo cumplidas. 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                No se trata de un evangelio de la Navidad. Es mucho más. La proclamación de este prólogo del evangelio de Juan es la afirmación rotunda de que todo tiene sentido, de que todo encierra una razón profunda, de que todo está justificado y, aun en su horror, manifiesta un misterio positivo.  No es esta una historia tonta contada por un loco. Desde el principio -y los científicos se encargarán de precisarlo al máximo- alguien ha convertido la creación del universo y su historia en un proceso para dejar claro un inmenso amor, que todo lo salvará. Dice la carta a los Hebreos que “en múltiples ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente”. Todo lo que existe quiere hablar de él. Más aún, quiso ser mucho más claro y se expresó con todo su misterio en Sión, en su templo colocó su mansión, e hizo alianza con un pueblo para ser entendido por muchos otros. Pero desde el principio tenía una palabra definitiva, una palabra de vida y de amor. Una palabra hecha carne real  e histórica. Viviendo vida humana y muriendo muerte humana, dejaba claro -todo lo claro que entienden los humanos- una palabra definitiva y última sobre cuanto existe. Una palabra viva, viviente, una historia clarificadora, clave, del existir cotidiano. Y Dios no tiene ya más ni mejores palabras de sentido y de amor que pronunciar. La palabra hecha carne, con su tienda entre las nuestras, brilla con un resplandor que ciega. Para descubrirlo hay que abrir bien los ojos, hay que abrirse entero, y ver lo más inesperado: que Dios se sumerge y discurre sencillo en cualquier amor, en toda generosidad, y su brillo no lo descubrimos por nuestra ceguera ante lo normal y amoroso, por nuestra tosquedad a toda ternura suave. La palabra, la tocamos con nuestras manos, la vimos con nuestros ojos, (1Jn 1, 1) se llamaba, se llama Jesús de Nazaret.  Quiso ser expresión de entrega y de servicialidad. Y nos pareció poco. Quiso asegurarnos un futuro en Dios. Lo rechazamos y seguimos sin futuro. Si le abrimos las puertas, le hacemos sitio en la posada, nos convertirá también en palabras e hijos. Descubriremos en él, como en la emoción más íntima, nuestra propia realidad y, desarmados, no necesitaremos de la ley, ni de la sabiduría. En la palabra Jesús descubriremos la única ley y la sola sabiduría, ya que a Dios, nadie lo ve directamente jamás. Todo lo que de Dios queramos saber o disfrutar está en Jesús y con sobreabundancia.

                Bendito sea Dios, que nos lo ha dado todo en Cristo Jesús, hasta la claridad necesaria para desenvolvernos y afrontar la vida y sus historias. Bendito sea Dios, que nos ayuda a descubrir esa gloria tan especial que ni se pierde en la humillación y la muerte. Esa gloria que emerge de unos pañales, que se emplaza en una cruz, que surge de nuestros pecados perdonados. Esa gloria digna de Dios, hecha solo de amor, de dulce ternura, de olvido y desvalimiento, no la gloria apabullante que pretendemos nosotros. Esa gloria será finalmente la nuestra, pues somos hijos de Dios, recibimos su gloria, y comprendemos algo de todo esto en la palabra carne que es el nacimiento, la vida y la muerte de Jesús de Nazaret. Algo así es nuestro destino y el destino de cuanto existe. En el principio había ya una palabra y un sentido. Brotaba de Dios, vino a nosotros y a él volverá con todos nosotros. Es la vida. Ilumina y da calor. Sea bendito por todos el Dios amor que nos bendice con el mejor amor regalándonos a Jesús, que ha nacido en nuestra carne.

                 J. Javier Lizaur