SAGRADA FAMILIA
Lecturas
1S 1, 20-22. 24-28
Sal 83, 2-3. 5-6. 9-10.
1Jn 3, 1-2.21-24
Lc 2, 41-52
REFLEXIONES INICIALES
Celebrar en medio de la celebración suele resultar el reto de las nuestras en Navidad-Epifanía. Todo el ambiente social es festivo, y acumular fiesta sobre fiesta no conduce a mejorarla. Es posible, sin intentarlo, entrar en una especie de competición sobre cuál es más fiesta, y en estas se mezclan elementos sociales, familiares y religiosos más difíciles de unir de lo que parece. La alegría y la fiesta no creo puedan medirse por la cantidad, sino por su calidad. Llama la atención que hoy se valore la alegría según la cantidad de griterío y de los signos externos de ese pasarlo bien sin límite. A más algarabía y más ruido, más fiesta. En esa competencia es difícil que entre a juego, y más que salga bien parada, la celebración litúrgica. En ella se debe buscar más la intensidad y calidad de la alegría, unidas a su interiorización y a su expresión pública. Pero el conjunto ha de lograr adecuación y proporción con la comunidad misma que celebra, y conseguir un cierto acuerdo implícito en su expresión simbólica Así, nuestra celebraciones tenderán más al gozo y la paz interior, a la satisfacción profunda de sentirse bien con los hermanos y estar contentos de la vida que se vive, y que se vive en esos momentos. Todas nuestras celebraciones, y más en navidad, han de expresar y hacer vivir la alegría, aun si sus modelos actuales no resulten los más adecuados. Nada de esto ha de entorpecer nuestra profunda y sincera alegría del Dios-con-nosotros. ¿Es posible alguna mayor y más duradera?
La celebración de hoy se fija en la familia. La institución mejor valorada hoy en nuestra sociedad, sobre todo por los más jóvenes, que ven en ella el ámbito donde se producen y transmiten mejor los valores importantes. Con todo, será muy difícil saber cuál es el contenido real de “familia” para los encuestados, cuando la movilidad del cuadro estructural de familia es tan grande y frecuente entre nosotros, que hasta requiere prudencia el uso de los términos más habituales de la vida familiar. Pude que lo sustancial de todo ello sea designar un ámbito último de referencia y acogida, cuando los demás han fallado. Puede también que sean ideales y sueños lo que quiere expresarse con “familia”, pues de no ser en ella sería muy difícil buscar otro recinto diferente y seguro para cosas muy importantes.
Para los bautizados, la familia de primera referencia debe ser la comunidad cristiana. En ella, un Padre y todos hijos iguales ante él, un criterio común y diferenciador: la propia conciencia que se conoce como perdonada. Alguien a quien dirigirse para pedirle cosas y una norma general de convivencia familiar consistente en creer en Jesús Hijo, y en la hermandad de todos los hijos en él, y en consecuencia el amor sincero de todos, unos por otros.
LAS LECTURAS EN SUS CONTEXTOS
La 1ª lec, del comienzo de los libros de Samuel. El nacimiento del mismo. Sería más bonito, y más divertido, leer todo el relato del cap 1. Al no hacerlo se pierden muchos datos interesantes. En una peregrinación al santuario de Silo, los celos de las dos mujeres por el padre, la esterilidad de Ana como castigo y desprecio, los votos de Ana ante el sumo sacerdote y, a la vuelta, la concepción y nacimiento de Samuel. En la siguiente peregrinación, Ana recela de subir con el marido al templo y prefiere hacerlo sola, ofrecer ella el sacrificio y consagrar a su hijo a Dios. El cap 2 recoge un hermoso himno puesto en labios de Ana como acción de gracias, antecedente claro de lo que conocemos como Magnificat, el himno de María.
La 2ª lec es de la 1ª carta de Juan. Habla de nuestra familia y familiaridad con Dios. Lo somos ya ahora, pero lo descubriremos más tarde en su plenitud en la intimidad de visión con Dios. Mientras, la sinceridad de conciencia, el amor mutuo y el acompañamiento del Espíritu nos certifican de esta familia con Dios
. El Ev de Lc nos cuenta la escena conocida como “Jesús, perdido y hallado en el templo”. Recordar la importancia que para la obra de Lucas tiene Jerusalén y su templo. La escena sucede en una peregrinación, que se pretendía anual, a Jerusalén. En el templo, Jesús se muestra como es: superior a toda la sabiduría de los sabios, causando admiración y respeto. Sucede la escena entre dos “familias”: una le busca y ha de retornar a Jerusalén para encontrarlo, la otra, la que le retiene de verdad, está en el templo y junto a su Padre. Esta segunda es superior, y la otra ha de subordinarse a ella. No es fácil de entender, rozamos ya el misterio mismo de la persona de Cristo, su madre -la comunidad de sus seguidores- ha de recordar en su corazón para entender. Y Jesús, en ese misterio, crece con toda naturalidad, como uno de tantos.
PARA UNA HOMILÍA POSIBLE
Lo que nos cuenta el evangelio de hoy puede resultar a muchos conocido. Y lo conocido se presta a repetir sin cesar unas mismas imágenes, unas mismas interpretaciones. Todo el relato que hemos escuchado en el evangelio sucede en el marco de una peregrinación, de un ir y venir entre Nazaret y Jerusalén. Seguramente, aun por socorrida, nos vendrá la imagen tan acostumbrada de la vida como itinerario o camino. Camino que, visto desde la fe, transcurre siempre entre nuestro sitio y Jerusalén, la ciudad de Dios, con su templo. Todas las experiencias vitales, las vicisitudes del vivir quedan recogidas en ese camino total de nuestra marcha hacia Dios. Y en ese camino, el personal y singularísimo de Jesús y de María y de José, les sucede algo tan importante para los tres como lo que reseña hoy el evangelio.
La primera evidencia, la de la primacía absoluta, inapelable de Dios. A él se ha de ordenar todo: el camino, la familia, las opciones personales, las preferencias afectivas. Requiere a Jesús en el templo y nada importan los padres, las costumbres, la propia seguridad. Allí nos hemos de quedar, donde Dios llama. “Ellos, (los padres) no comprendieron lo que quería decir” Jesús. Según costumbre, y con una naturalidad y confianza que hoy ningún padre o madre aceptaría, vuelven a casa en la confianza de que Jesús volvería con otros parientes. Jesús, con sus doce años, se estrenaba en una cierta mayoría de edad religiosa. No vale la costumbre, Dios se sigue imponiendo, y han de volver a Jerusalén. Lo encuentran al cabo de tres días tres, un tiempo largo y completo. Está donde debe estar. En la casa de su Padre, en su casa. Tan es su casa que los inquilinos temporales le escuchan con atención y se admiran de su saber. Si es que está en casa y habla de lo único que vive, ¡cómo no suscitar asombro de su saber y sus respuestas!
Sus padres se saben sus padres, le llaman con toda propiedad “hijo” y se atreven a cuestionarle lo sucedido. Incluso le hablan de sus propios afectos, de su sentirse maltratados por el propio hijo. ¿Podría el hijo pedirles algo más? Si llevan tres días, mucho e intenso tiempo, buscándole, ¿qué espera el hijo? “No comprendieron”, pues el hijo les descoloca: les habla de un deber al margen de ellos y su voluntad, les descubre que tiene otra y propia casa, y finalmente que tiene otro Padre, al que nombra con mayúscula. No comprendieron. Que por qué le buscaban, cuando era él, el de doce años, el que les buscaba y esperaba a ellos. No comprendieron.
María le daba vueltas en el corazón. Como la comunidad cristiana remuga en estos días navideños el misterio de Dios a nuestro lado, en nuestra carne y nuestros huesos, desbaratando viejos esquemas. No es cómodo ni tener a Dios de hijo, ni tenerlo cerquita de salvador y amigo: suele estar donde no debe. Suele estar en sus cosas, que ni son las nuestras ni lo van a ser, aunque lo meditemos mucho y le demos vueltas en nuestro corazón. Nos tomamos confianzas desmesuradas, al pensar y creer en estas fiestas del Dios-con-nosotros. Pensamos que bendice nuestras familias, nuestras buenas costumbres caritativas de temporada, que se alegra de nuestras juergas y se aclimata fácil a nuestro esquema navideño de gente risueña y cómoda. Y quizá no tanto. Que todo es peregrinación, que Dios por encima de todo, que todo alterado por su presencia inesperada. Que nuestra familia es otra, otra nuestra casa, y otro nuestro Padre, a recordar precisamente en Navidad, y por serlo.
“No comprendieron nada”, pues tras semejante susto, tras esta que ya sospechaban revelación, pero no veían cómo encajarla en sus esquemas, baja con ellos a Nazaret y se les somete con toda naturalidad. Seguramente, María y José, bien aleccionados, esperan algún otro prodigio de revelación. Y Jesús, como si nada, “crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres”, como todos, “como uno de tantos”. Es difícil y hay que darle muchas vueltas, quizá más que a lo de Jerusalén, para comprender que en esa normalidad, en esa naturalidad del que crece, Dios sí se nos revela como lo que es incondicionalmente: Dios-con-nosotros. Dios como creciendo siempre, en Navidad y fuera de ella.
J. Javier Lizaur