Lecturas:
Hch 8, 5-8. 14-17
Sal 65, 1-7. 16 y 20
1P 3, 15-18
Jn 14, 15-21
PRIMERAS REFLEXIONES
Hoy, un texto muy conocido sobre la esperanza: estamos llamados a dar razón de nuestra esperanza. El texto bien conocido también de Hb (11, 1) vincula fe y esperanza de manera que se explican y necesitan mutuamente. Hoy es más urgente que nunca el tema de la esperanza. Nuestro testimonio más válido y real es esperanza. Bien sencillo, asequible a todo creyente. El talante de quien espera. Un autobús, un amigo, o al Señor. Ese aire de que algo va a llegar, algo viene. Cunden las razones y los motivos para la desesperanza, incluso para la desesperación. Sólo quien no deja espacio alguno a la mínima reflexión y vive la inmediatez imposible del presente escapa a la sensación de apuro y angustia. La gente lúcida conoce los peligros múltiples que nos acechan. Pero todos queremos la esperanza. No que podamos argumentarla mucho, que la podamos hacer acudir al entramado de racionalidades; pero se entrevé posible y se vive como imprescindible y única. Por eso su urgencia. Nuestro servicio al mundo lo es de esperanza. No de optimismo, que pretende bases más lógicas y racionales, y por ello cuestionables. La esperanza hodierna debe incluir un espacio para la razón que invalide la alternativa de la imposición y la fuerza. No le resulta suficiente ni la hegemonía de la razón e intelección abstracta, ni la reducción al puro voluntarismo del que más puede. Todo esperanza, horizontes positivos más allá de lo inmediato. La esperanza no se impone, no apabulla, siempre será la “niña esperanza” de Peguy. Exige en su presentación “mansedumbre, respeto y buena conciencia” (2ª lec). Es chispa de luz que brilla en un lugar tenebroso, 2P 1, 19. Es ancla, sujeta en el otro lado de lo real, Hb 6, 18-19. Es firme y perseverante en los tiempos difíciles y duros hasta crecerse en su misma negación (Rom 4, 18). Merece la pena descubrir teologías de la esperanza, formas de hablar de ella y con ella, que develen a Dios. Mostrar con sencillez que vivimos en esperanza. Y a quien la pide, no a todo el mundo y hasta aburrirlos.
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