Lecturas:
Is 49, 3. 5-6
Sal 39, 2-4. 7-10
1Cor 1, 1-3
Jn 1, 29-34
PRIMERAS REFLEXIONES
De nuevo en tiempo “ordinario”, esa designación tan poco atractiva. Más fácil, fijarnos en lo extraordinario. En el desarrollo litúrgico, la atención y el esmero de las comunidades se centra también en lo extraordinario: pascua, navidad y sus preparaciones. Lo ordinario solemos reducirlo a la continuidad imprescindible para llegar de un extraordinario a otro. No apreciamos hoy lo ordinario y el deseo mayor suele ser convertirlo en extraordinario. Pero sólo lo ordinario puede resultar una realidad sin mediaciones. Lo extraordinario incluye el peligro de menospreciar lo básico y consistente, lo que es el fondo mismo de lo real, su consistencia profunda. Hablamos mucho, y seguramente debiéramos hacerlo más, de experiencia. La nuestra, y sus casos particulares, han de anclarse en lo real y universal, sin otra adherencia que el intento de prescindir de todas ellas. En lo “ordinario” surgen las experiencias de nuestros sentidos. La atención a cuanto vemos, oímos, tocamos, gustamos y olfateamos brota en lo habitual, aun cuando nunca viniera mal una mayor reflexión sobre ello. También la conciencia de lo que somos nace de la continuidad, no de la excepcionalidad. La costumbre de vivir nos acomoda a lo que somos y lo extraordinario más bien nos desacomoda, descompone el gesto. Por eso resolvemos la vida, sin mucha conciencia de su resolución, más sobre la marcha que sobre los altos del camino. De su sencillo transcurrir y sus mil facetas, brota la sabiduría y, más tarde, sobre ello, montamos lo excepcional. Me hubiera gustado presentar unas pinceladas para recobrar la importancia de todo aquello que parece carecer de ella, siendo en verdad lo decisivo. ¿Cómo hacer de la liturgia de los domingos ordinarios el fuste de la fe? En ella se ha de levantar y sustentar la afirmación de Rom y de Habacuc de que el justo vive de la fe. De la fe que es memoria de la resurrección y aplicación de la misma a lo “ordinario”. Conseguir una celebraciones vivas, aunque reposadas, de esas ordinarias sería, muy probablemente, más necesario que alcanzar grandes celebraciones extraordinarias.