DOMINGO DUODÉCIMO DEL ORDINARIO. Ciclo C. 20 de junio de 2010

Lecturas
Za 12, 10-11; 13, 1  
Sal 62, 2-6; 8-9  
Ga 3, 26-29  
Lc 9, 18-24
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                “Aquel día” repite la 1ª lec para señalar un día que resultará inolvidable, un día para la posteridad, un día que marca la llegada de algo que todos esperábamos, el día, por fin, del Señor. “Aquel día”, tantas veces en los profetas y en toda la escritura. No será el último, el fin de los días. Será un día del final, de los que ya se cuenten como finalización, porque la novedad esperada ya ha llegado, y no hacemos otra cosa que vivir de ella, sin soñar novedades ya cumplidas. Aquel día será un día de los del final, de lo que viene tras alcanzar lo que importa, un día de los últimos, pero no el último día.

                Hay que tomar la cruz “de cada día”, agrega en exclusiva el texto de Lc. (Sus paralelos en Mc y Mt no tienen esa expresión.) No se trata de una cruz ocasional y durísima, sino de la cruz de cada día, de la habitual de los días. La expresión ¿radicaliza o aligera la famosa cruz que todos hemos de cargar? Si “de cada día”, quiere decir que no van a quedar días libres de cruz, que todos y cada uno llevarán la suya, quizá la precisión agrega radicalidad al mero llevar la cruz. “De cada día”, puede también señalar su carácter de costumbre, de algo nunca inesperado. Más, insinuar que es inseparable del vivir, que cada día del vivir es una cruz. Se aparta de lo extraordinario y se domestica la expresión hasta constatar simplemente la dureza de la vida. Podemos pensar que son sólo matices irrelevantes, pero puede que encierren un saber -sabiduría- de la vida, y del dolor o el sufrimiento en la misma. Recordar las penas como inseparables de la vida o como inherentes al seguir a Jesús o como momentos aislados –quizá ni infrecuentes- pero que jamás cuestionan la afirmación del vivir como bendición. Son cosas bastante diversas, sobre todo atendiendo a su fondo último sobre la vida humana. Hablemos de historia. Fue larga la discusión sobre la santidad cristiana en los siglos primeros. El mártir la tenía de forma indiscutible, incluso si moría sin bautizar. Costó mucho admitir la santidad en el llamado “confesor” (Las dos palabras, del griego o del latín,  tienen de fondo “testimonio”). Alguien que, en el seguimiento de Jesús, no tropieza con el martirio, sino que asume el “martirio” mantenido de la cruz de cada día. Parece que fue a S. Martín de Tours (S IV), a quien se dio por vez primera título de santo sin haber llegado al martirio.

                Las lecturas de hoy continúan con el texto de la carta a los de Galacia, y aún lo haremos varios domingos más. Merece la pena, como siempre, dedicar atención y estudio a este escrito importantísimo de Pablo. Desde su geografía a su teología (manera de expresar y hablar de Dios), de sus anécdotas personales a los problemas de las comunidades nuevas. Y hoy, el texto tan famoso de las no divisiones en Cristo, ni de sexo ni de cultura ni de religión. En un mundo cultural tan cambiante como el nuestro, creo que vale la pena preguntarnos sobre las tendencias principales en él. Para muchos, toda cultura se desplaza en simple movimiento pendular, de un extremo a otro, sin alcanzar jamás el pretendido -y falso-punto medio. En concreto, ¿estamos en un mundo de unidad o de diversidad? Qué atrae nuestra atención y preferencia, qué reivindicaciones o denigraciones. La unidad o la diversidad. Ni son antitéticos, ni se anulan; quizá se solicitan uno al otro, pero dan lugar a preferencias. Y, si no me equivoco, hoy las tendencias son de disgregación y separación, más que de unidad y fusión. Desde la Iglesia y con el texto de hoy, ¿qué debemos favorecer, hacia dónde inclinar, qué horizontes marcar? Creo que las de unidad y casi identidad de los diversos y aun opuestos. Otros, o la tendencia general, ya se encargarán de mostrar lo contrario. Desde las Escrituras, y aun recordando bien la riqueza de Pentecostés, el impulso será siempre hacia la unidad y la coincidencia. No sé si incluso a la identidad: en la fe, en el cuerpo del Señor. 

LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS

                La 1ª lec pertenece a la profecía de Zacarías. Bajo ese nombre dos textos bien diferenciados: 1-8 y 9-14. El que hoy proclamamos pertenece al 2º bloque. Todos estos textos son de difícil y discutible interpretación. El de hoy hace referencia a un pastor, de dos, uno bueno y otro malo, de que habla el texto. Promete transformar el luto en gozo, vida nueva y perdonada en Jerusalén, con la dinastía de David, tras la muerte del pastor. El v 11 es conocido de todos al quedar incluido en la muerte de Jesús y en el comienzo del Ap por Juan.

                La 2ª lec continúa con la carta a los gálatas. La fe, el ser hijos de Dios, el bautismo trae unas consecuencias, siempre a recordar. Antes había hablado de la justificación por la fe y no por la ley (como en el texto del domingo pasado), concediendo a la ley un papel de guía o pedagogo hasta llevarnos a Cristo. El final del texto nos hermana con judíos y musulmanes creyentes, al vincularnos con Abrahán y las promesas que se le hicieron. No lo olvidemos.

                El Ev, de Lc, como en todo este ciclo. Un texto como en dos partes: el reconocimiento de Jesús como “Cristo de Dios” y el futuro de ese mesías y sus seguidores. El triunfo y reconocimiento, el fracaso y desprecio. Sólo Lc coloca al Mesías en oración antes de pedir el reconocimiento y agrega el “de cada día”. En Lc Jesús manda silencio sobre su título y realidad recién descubierta, por la imposibilidad de que los discípulos comprendan los sufrimientos que anuncia. No recoge el título de Cristo de Dios, recién recibido de Pedro, sino el de Hijo del Hombre para hablar de sufrimiento. 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                Como seguidores de Jesús convendría que nos recordásemos siempre, unos a otros, el final del evangelio de hoy: que hemos de negarnos a nosotros mismos, tomar la cruz de cada día, ir con él y repetirnos siempre que quien quiera salvar su vida la perderá y quien la pierda la salvará. Es una de las frases más repetida por las cuatro tradiciones evangélicas. En todas tiene su lugar y hasta se repite. Debe de ser importantísima. Puede que ninguna otra esté tan sostenida.

                En el auge constante de la valoración de la persona y el individuo, algo habrá de preocuparnos como creyentes la frase del evangelio de hoy. Hemos de “realizarnos”, que suele decirse, hemos de conseguir ser nosotros mismos, alcanzar nuestro proyecto, seguro que coincidente con el proyecto mismo de Dios, con eso que solemos llamar “vocación”. Estamos obligados desde todas las instancias a construirnos en libertad, y perfilar nuestra propia y singular imagen de hijos de Dios. ¿No concuerdan en exceso todas estas aspiraciones con el evangélico “salvar la vida”? Salvarse, y salvar así ese camino real y personal que hacemos al vivir y que conduce a lo mejor de nosotros. Pero dice el Señor que así nos perdemos. ¿A qué se referirá? ¿Nos echaremos a perder, si nos obsesionamos con no perdernos, si nunca miramos a los demás, si en nuestra construcción no han entrado las miras de Dios, las palabras de Jesús, los impulsos del Espíritu, si no hemos tropezado con el sufrimiento y la injusticia y los pobres? Correcciones a introducir en nuestro muy loable proyecto de buscarnos en nosotros mismos y dar con nuestras fuentes. Muchos, cada vez más numerosos, nos ven como perdedores, gente que no sabe vivir y gozar. Damos pena con nuestros viejos tics de solidaridad constante, justicia mayor, esperanza abierta, confianza incondicional en el misterio último de la vida que llamamos Dios. Para negarlo, reforzamos nuestra afirmación de la vida y de nosotros mismos. De ninguna de las dos cosas somos ignorantes, en las dos podemos competir -si de ello se trata- con cualquiera. Pero la advertencia de Jesús está ahí, y  es muy posible que no sea ajena a afirmaciones similares provenientes de la experiencia o de la psicología y la sociología. Lo mejor de lo humano y de lo cristiano es muy probable que coincidan. De todos los ámbitos, la llamada de atención, la corrección, para no olvidar que lo mejor de nosotros mismos necesita de lo de fuera; que de tanto amarnos nos perdemos y de tanto buscarnos nos despistamos.

                Jesús prohíbe a los discípulos que comuniquen su hallazgo de fe a otros. Es cierto que es el “Mesías de Dios”, pero no deben publicarlo. Falta algo decisivo: que es además el Hijo del Hombre y le va a tocar sufrir y morir. Y sabe Jesús que ésto es desconcertante. Ni los discípulos lo comprenderán hasta el paso (pascua) por la muerte que desembocará en resurrección. Nadie lo entiende, ni los discípulos, ni Pedro, ni la gente. (¿Jesús? Lo sabe y lo prevé, pero ¿lo entiende?) Y nosotros, afanados en salvar la vida, ¿lo entendemos? Afirmar a Jesús de Nazaret como Mesías de Dios en los buenos tiempos es relativamente fácil. Hacerlo sobre la cruz, ante ella, es dificilísimo, fe pura y muy dura. Por eso los sumos sacerdotes, en la versión de Mt, se lo recuerdan en la cruz: Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz; que te salve Dios si dices que tanto te ama. Y ni lo salva, ni puede Jesús bajar de la cruz. Afirmar a Jesús como Mesías, ungido y protegido de Dios, su amado, cuando cuelga en la cruz, es el centro de nuestra fe. Lo inalcanzable a profundas investigaciones y sudorosas búsquedas está patente ante nosotros en la cruz, y nos queda mantener con Pedro que, ahí, es -sigue siendo- el Mesías de Dios.

                Quienes se atrevan a decirlo, admitiendo el ridículo o el absurdo, están tan hondamente unidos en esa difícil confesión y afirmación, que se sienten todos apegados y solidarios, se saben una sola cosa, mezcla de audacia y tontería, y ni distinguen si se trata de hombre o mujer, esclavo o libre, cristiano o judío o helenista. A todos Cristo Jesús les salva, a todos aproxima hasta el riesgo más grande: el de echarse a perder de tanto querer salvarse solitos, o el de salvarse confiados a algo diferente de ellos.

                 J. Javier Lizaur