Domingo 15 de marzo – III de cuaresma

Lecturas
Ex 20, 1-17  
Sal 18, 8-11  
1Cor 1, 22-25  
Jn 2, 13-25
                

REFLEXIONES PRIMERAS

                En las lecturas, el templo y la ley. ¿Qué actitud adoptó Jesús ante ellos? Muy probablemente ni el desprecio ni la corrección continua de la ley que solían explicarnos como típica de Jesús. Sabemos que era asiduo a la sinagoga y participaba en ella. Respecto a la ley, dejó claro que había de someterse al plan original de Dios y que su carácter es instrumental al servicio de las personas. En el templo estuvo presente y enseñaba en él.

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Domingo 8 de marzo – II de cuaresma

Lecturas
Gen 22, 1-2. 9-13. 15-18  
Sal 115, 10 y 15-19  
Rom 8, 31-34  
Mc 9, 2-10 

REFLEXIONES

                Seguir en cuaresma nos empuja a continuar pensando el tema de la conversión. Eso que dicen de vuelta atrás, de giro en el camino. Pero, ¿quién ha de volverse? Nosotros ni dudamos de que somos nosotros. Quizá sí la Escritura que formula peticiones del tipo “vuélvete, Señor, y nos convertiremos” que aparecen en Jer (31, 18) y las Lam (5, 21). Dios se gira a nosotros y hace posible la conversión. Parece un caso más de la continua tensión entre el protagonismo de Dios y el nuestro, su libertad y la nuestra. Si Dios “se vuelve” -por expresarnos de alguna manera- es posible que le reconozcamos y nos volvamos a él. Si “no se vuelve”, es inútil cualquier movimiento nuestro. Tampoco se trata de un concurso a ver quién se vuelve primero. Se trata de algo mucho más inclusivo y simultaneo. Si él se vuelve, yo me vuelvo en él, si yo me vuelvo, él lo está haciendo conmigo. Así, la oración se hace conversión, al solicitar de Dios su “conversión” para que la nuestra sea posible una vez más, y remonte y tome vuelo.

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Domingo 1 de marzo – I de Cuaresma

Lecturas
Gen 9, 8-15  
Sal 24, 4-9  
1Pe 3, 18-22  
Mc 1, 12-15
 

EN TORNO A LA CUARESMA

                Nuevamente en cuaresma. Quizá en algún momento, en la lentitud de la vida rural y la ausencia de novedades, cupiera la sensación de lejanía de una cuaresma a la siguiente. Hoy, parece que no, y el sentimiento general es el de salir de una y encontrarnos con la siguiente.

                La cuaresma es tiempo bautismal y queda claro en las lecturas de los tres últimos domingos del ciclo A. Es tiempo penitencial, y así, los tres últimos del ciclo C. Es, en general, tiempo de renovación y revitalización de la vida cristiana, demasiadas veces adormecida. Es un tiempo en función de otro, por tanto, relativo y menos importante que él: el tiempo pascual. En nuestra cultura ha tenido más relieve tradicionalmente la penitencia y el rigor de este tiempo que la alegría del pascual. Sería bueno -no creo que fácil- invertir esta valoración y cargar el esfuerzo por mejorar la vida cristiana en el tiempo pascual, resaltar como más importantes sus connotaciones de gozo, paz y alegría.

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Domingo 22 de febrero – VII del ordinario

Lecturas
Is 43, 18-19. 21-22. 24-25  
Sal 40, 2-5. 13-14  
2Cor 1, 18-22  
Mc 2, 1-12
 

IDEAS SUELTAS

                El domingo próximo es ya cuaresma. Prepararla, con toda la importancia que tiene en el año litúrgico. Preparar propuestas concretas y realizables de reunión, formación, lectura, oración. Preparar su ambientación general, esa que debería partir para todos de la pregunta en el evangelio de Juan: “¿Puede uno nacer siendo viejo?”. De nuevo en cuaresma, ¿para qué? Preparar siempre la cuaresma en la perspectiva de la Pascua, que es el tiempo verdaderamente a celebrar.

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Domingo 15 de febrero – VI del ordinario

Lecturas
Lev 13, 1-2. 44-46  
Sal 31, 1-2. 5. 11  
1Cor 10, 31-11, 1  
Mc 1, 40-45
                

IDEAS SUELTAS EN TORNO A LAS LECTURAS

                “¡Impuro, impuro! Vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento” (1ªlec). Todavía quedan reductos de lepra como demostración de que nuestros bienes no están al servicio de la salud de todos. Hoy, que la enfermedad es fácilmente curable y a un costo muy bajo. Pero el mundo antiguo recogía como ‘lepra’ cualquier erupción en la piel. ¿Era una forma de evitar todo posible contagio a la comunidad o, más sencillo, legitimar la pura repugnancia física? ¡Impuro! Las enfermedades de piel, las malformaciones, la simple fealdad no facilitan la relación, retraen a unos y apartan a otros. Comencemos por admitir que todos preferimos mantener la distancia y que no se nos acerquen: ¿con cuántos ciegos, tullidos, sordos, inválidos, paralíticos cerebrales tenemos relación? Nuestro mundo tiende a encerrar a todos en sus pequeños guetos. Construimos un mundo de guetos. Los adolescentes forman y necesitan sus guetos, los ancianos quedan aparcados en guetos, los enfermos, ocultos al ‘mundo normal’ en los guetos hospitalarios. Y ¿los enfermos mentales? A quien le toca de cerca se las ha de apañar como buenamente pueda. Mientras, el mundo de la marginalidad (¡Impuro, impuro!) se alimenta sobre todo de esquizofrénicos. También alcohólicos, de los que afirmamos, en otros casos, que se trata de una enfermedad como otra cualquiera. Los presos y ex-presos, ¿pueden ser integrados en el trabajo y la vida social o de nuevo a los guetos?

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Domingo 8 de febrero – V del ordinario

Lecturas
Jb 7, 1-4. 6-7  
Sal 146, 1-6  
1Cor 9, 16-19. 22-23  
Mc 1, 29-39
                

IDEAS SUELTAS               

“Más paciencia que el santo Job”, se decía siempre. Luego ya pasamos a hablar de la ‘impaciencia’ de Job. Hoy sabemos que en un pequeño relato popular anterior se han introducido desarrollos y discursos con pensamiento mucho más complejo, innovador y polémico. El libro de Job nos ayuda a reflexionar sobre la condición humana. Sobre esta nuestra humanidad habla también el libro del Génesis, el Siracida o el Apocalipsis. Todos, todo lo escrito quizá, afronta de diversas maneras esta nuestra vida. Podemos hablar de una mirada más pesimista o crítica en este libro o en Qohelet o en Rom 7. Cada uno de nosotros, a golpe de experiencia y reflexión va construyendo su propia manera de afrontar y comprenderse a sí mismo y a los demás. ¿Y lo nuevo de Job? Nuevo entonces y ahora. Rompe la relación entre ser justo y tener éxito, entre la bendición de Dios y el bienestar humano. Si la vida nos va rematadamente mal, ¿hay algún indicio de que Dios me bendice y no me abandona? Esta ruptura, esta falta de correspondencia entre nuestras visiones más evidentes y las de Dios es la herida más profunda de toda experiencia o reflexión creyente. Ha durado mucho y tiene todavía un peso enorme: si las cosas “me van mal”, algo he hecho yo mal y Dios me castiga así o me abandona. Demasiado duro aceptar incondicionalmente que ni me bendice Dios porque las cosas me resultan prósperas, ni me abandona en absoluto porque me hundo en una vorágine de desgracias. No hay señales irrefutables de que Dios me bendice o maldice: lo que nos sucede no guarda relación con la postura de Dios respecto a nosotros. No hay premios por ser buenos ni castigos por malos. Por eso Job “del que Dios ha sido un íntimo en su tienda” (29, 4), quiere saber la explicación de cuanto le sucede. Interpela a Dios, le describe minuciosamente sus dolores y sufrimientos, le protesta por vivir en esas condiciones, se siente un indefenso perseguido con saña por Dios mismo, y quiere, como todo humano, saber el porqué. En su ayuda acude toda la mejor teología del momento en boca de los que se dicen sus amigos. Se quedan a su lado en puro silencio durante tres días y después, ceden a la tentación y hablan vanamente con discursos explicativos insuficientes, que se ganan la reprimenda de Dios.

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Domingo 1 de febrero – IV del ordinario

Lecturas
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Dt 18, 15-20  
Sal 94, 1-2; 6-9  
1Cor 7, 32-35  
Mc 1, 21-28
 

EN TORNO A LAS LECTURAS

                Me gustaría, en estos comentarios de principio, como desbrozar el terreno y abrir campo a muchos otros temas que no tienen sitio claro en las homilías. Lo digo sobre todo por los que se me ocurre comentar hoy.

                El libro del Deuteronomio (segunda ley) es para mí un precioso ejemplo de lo que llamaríamos hoy “personalización” de la fe. Un paso imprescindible en toda maduración religiosa: todo lo que me han dicho lo hago mío y lo sé expresar con mis palabras y experiencias. El texto del libro se construye desde dos experiencias tan personales y elementales como el recuerdo y el cariño. Todo lo que me ha dicho el libro del Éxodo lo sé decir y vivir en primera persona como algo mío: “Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud. No tendrás otros dioses fuera de mí” (Ex 20, 2-3) “Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón…” (Dt 6, 4 ss)  Soy interlocutor directo del Señor. Los mandatos del Señor no me llegan desde fuera, sino que brotan de mi propio corazón. No necesito ya que me los enseñen, los reconozco dentro de mí. Jeremías, cercano a esta corriente, lo expresaba así en 31, 34. Tengo impresión de que muchos no han llegado al Deuteronomio.

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Domingo 25 de enero – III del ordinario. Conversión de S. Pablo

Lecturas
Jon 3, 1-5. 10  
Sal 24, 4-9  
1Cor 7, 29-31  
Mc 1, 14-20
 

CUESTIONES SUELTAS 

               Hoy, por celebrarse este año como “paulino”, puede hacerse una de las celebraciones del domingo con todos los elementos correspondientes a esta fiesta. ¿Hasta qué punto y cómo vale para el caso de Pablo la expresión de “convertirse”? Era un fariseo rigurosamente monoteísta, fiel en extremo a la Ley y la alianza Flp 3, 5-6. De su monoteísmo no se convirtió. De su fidelidad a la ley y la alianza, quizá leyendo textos de Rom (7, 12-14) hubiera que matizar la respuesta. Del conjunto de su vida llegó a la conclusión de que todo era basura (Flp 3, 8) frente al descubrimiento de Cristo Jesús como única salvación. Ni nosotros ni nuestras obras según la ley nos salvan. Sólo Cristo que nos alcanza y al que seguimos luego incorporados ya a él (Flp 3, 12-14). ¿Cómo sucedería eso que llamamos conversión? ¿Una “caída” del caballo (?), presente en las 3 narraciones de los Hch  (9, 1-18; 22, 5-16; 26, 10-18) o algún tipo de proceso de iniciación bautismal con ‘iluminación’, ayunos, instrucciones, ‘padrinos’ Ananías, misiones, de todo lo cual quedan vestigios claros en los textos?  ¿Algo más personal e individual, como cuenta en sus cartas, de tipo teofanía o revelación-manifestación-iluminación (Gal 1, 12-17; 1Cor 9, 1 y 15, 9; Flp 3, 6-8)? Tampoco Pablo se convirtió y terminado. También sucede en él un proceso interno de maduración y avance espiritual que percibimos en sus cartas. Nunca, nadie, estamos convertidos del todo y aguardamos la identificación plena con Cristo, en su manifestación y la nuestra.

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Domingo 18 de enero – II del ordinario

Lecturas
1Sam 3-10. 19  
Sal 39, 2-4. 7-9  
1Cor 6, 13-15. 17-20  
Jn 1, 35-42
 

A PROPÓSITO DEL TIEMPO Y LAS LECTURAS

Comenzamos el tiempo “ordinario”. Bien difícil de sacar adelante. Tanto que buscamos siempre alguna forma de transformarlo en extraordinario. Lo ordinario de la vida suele aburrir y desgastar, son pocos los que saben encontrar su encanto a lo ordinario. La repetición de lo acostumbrado apaga el color y el calor de la vida diaria. Lo ordinario sin alteraciones y sobresaltos viene muy bien, nos ayuda a vivir sin necesidad de inventarlo todo al momento. Podemos como descansar y relajarnos en las cosas acostumbradas, tener hábitos tan hechos que confiemos la mente a otras preocupaciones. Por algo bueno habrán llegado a serlo, y cedemos a las cosas pequeñas, nos confiamos a su bondad natural. Hoy, preferimos las cosas sobredimensionadas, lo sencillo y sin grandes adjetivos termina por resultar inexpresivo. Celebrar la resurrección del Señor domingo tras domingo, ¿no es acaso una garantía de poder gozar de un encuentro periódico con el Señor? Tiene un peligro evidente de rutina, pero necesitamos este recordatorio semanal de que la batalla está ganada y de que Dios nos ha sacado adelante en su Cristo. La rutina con sus peligros también amenaza el amor y sus ritos; de ahí la necesidad de encontrar el encanto de la normalidad sin ceder al aburrimiento. Igual en la experiencia religiosa de cada domingo.

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El bautismo del Señor. Domingo 11 de enero de 2009

Is 55, 1-11  
Sal: Is 12, 2-3. 4b-6  
1Jn 5, 1-9  
Mc 1, 7-11
  

COSAS SUELTAS EN TORNO AL BAUTISMO

El bautismo cristiano no es el bautismo de Juan en el desierto. En el libro de los Hch aparecen en Éfeso unos bautizados que no saben nada del Espíritu Santo ni lo han recibido. Son seguidores del Bautista (Hch 19, 2-4). Nuestros bautismos durante siglos han insistido mucho en la limpieza del pecado y poquísimo en el hecho de recibir el Espíritu Santo. Siguen muy de cerca el bautismo de Juan y no se atreven a acercarse al misterio cristiano. La ausencia de este Espíritu creador ha sido escandalosa en la teología occidental y, sin él, los sacramentos se convierten en milagrería inexplicable. Primero que nada, volvamos al Espíritu.

Parece que desde muy pronto se admitió a infantes al bautismo. Se partía de otra visión de la familia y de los derechos de sus miembros, que incluían de la manera más natural el derecho de los padres a incorporarlos a una determinada religión. Así era, en ocasiones, por familias. La práctica habitual exigía una larga preparación para los adultos. Los tiempos más boyantes de la catequesis de adultos (catecúmenos, mejor) fueron los siglos IV y V, como se descubre por textos numerosos de los santos padres. Se ha exigido mucho más a los cristianos de países de misión que a los de países oficialmente cristianizados. Uno de los libros mejor construidos de la reforma litúrgica conciliar es el llamado “Ritual de la iniciación cristiana de adultos” (RICA). Está lleno de ritos litúrgicos y de catequesis y oraciones muy aprovechables hoy para cualquier preparación bautismal.

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