Lecturas
Ex 24, 3-8
Sal 115, 12-13. 15-18
Hb 9. 11-15
Mc 14, 12-16. 22-26
PRIMERAS IDEAS
Otro domingo con fiesta especial, la del cuerpo y la sangre de Cristo. De origen medieval marca el inicio de la transformación de la eucaristía en objeto sagrado más que en “acción litúrgica”. Recordar también como algo más que una curiosidad otro cambio muy anterior: de llamar “cuerpo místico de Cristo” a la Eucaristía se denomina así a la congregación de la Iglesia, y de “cuerpo de Cristo” a la comunidad se desplaza a la eucaristía.
Fiesta de signos y símbolos. Signos del pan y del vino, tan naturalmente mediterráneos, y símbolos de una acción de entrega y de alianza. Una vez más, y siempre que haya ocasión, repetiré que volver al puro pan y vino, reales y accesibles a los sentidos corporales, al sentido normal de esas palabras, y conseguir que sea una comida que todo el mundo vea como tal, es la más imprescindible renovación de la acción litúrgica. Pan y vino que realmente se mastican y se beben en una comida de hermanos.
Nuestra tendencia tan occidental a concretar las cosas y a precisar los momentos al máximo han dañado mucho el misterio eucarístico. Lo que es acción, dinámica, huella profunda de una postura, de una manera de vivir lo reducimos al objeto que recuerda y promueve esa dinámica (que aquí no es otra que la entrega). Ocurre con las denominadas “palabras de la consagración”, que convertimos en magia puntual. Es inútil la insistencia en que toda la plegaria eucarística presta coherencia y sentido a una consagración, una invasión de lo sagrado sobre materias reales. Es mucho más simple y fácil enseñar que ‘en este preciso momento’ se da un cambio milagroso de la sustancia, no de los accidentes, de las cosas. El dichoso lenguaje. Hemos realizado un cambio decisivo en la acción litúrgica, pero empleamos las mismas palabras y explicaciones que brotan de una teología anticuada de objetos sagrados en sí mismos. El resultado, el actual: la fuerza insospechada de las palabras antiguas arrastra la liturgia nueva a las viejas y desechadas prácticas, de exposiciones perpetuas, comuniones sin eucaristía, eucaristía sin comuniones, confesiones multiplicadas, campanillas que subrayan lo que no se ha de subrayar, obsesión de las partículas, grandes y prolongadas elevaciones, velas de acompañamiento, prolongación del rato tras la comunión, de rodillas en lo importante etc. Las mejores glorias del pasado, los odres viejos. Y ¿el Espíritu Santo creador? Ya tiene su fiesta en Pentecostés, no revolvamos las cosas.
Comer el pan sigue vinculado a alimentar un rebaño que aparece sin pastor (Mc 6, 34) y beber el cáliz, a un gesto de unión en la muerte violenta no deseada (Mc 10, 38). Nos quedamos en los objetos, sagrados o santos por su vinculación a esa dinámica de Jesús, y prescindimos del proceso, del estilo en que vienen inmersos. Son gestos del profeta de Nazaret, que, en el estilo de los antiguos profetas, explica con signos el futuro de su vida entre nosotros y el futuro de todos en el banquete del reino (Is 25). La primera alianza se selló con sangre (1ª lec). La segunda y definitiva también con sangre, pero para invalidar toda sangre posterior (2ª lec). Esta alianza nueva se selló en una cena de despedida de quien, con tristeza, veía que su vida, y lo más precioso de ella, desaparecía para él, aceptando una muerte sangrienta, consecuencia de su forma de vivir. Ofrecía a la vez a todos un salto sobre la muerte, al citarnos a beber con él en el banquete del reino (Ev). ¿Qué solemnizamos, qué enseñamos y lucimos de todo esto? ¿Qué publicamos, y “publicitamos”, como señal identitaria de la comunidad de Jesús? El relato de Emaús finaliza con la expresión “y cómo lo reconocieron al partir el pan”, es decir cómo lo reconocieron, lo identificaron, al recordarlo hecho migas para todos.
Me enseñaban de pequeñito a recogerme tras la comunión y pedir y pedir cosas más o menos importantes. Creo ahora que nada más equivocado. La comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo no es recogerse y cerrarse. Es abrirse sin medida al cuerpo total de Cristo. Comulgar debiera ser abrazarse a los demás y prescindir, al menos un rato, de uno mismo. Y, de nuevo volvemos sin el mínimo reparo, a la comunión recogimiento (términos contrarios) y abandonamos la comunión apertura absoluta.
La 1ª lec, del libro del Éxodo narra la primera alianza: sobre el texto de la ley y la promesa del pueblo de cumplirla, la sangre de los sacrificios y, el resultado, la alianza de Dios con su pueblo. (vd. Hb 9, 19-23).
La 2ª lec, del sermón o la carta a los Hebreos, o a los cristianos de origen hebreo, sobre el sacerdocio nuevo e irrepetible de Cristo, el ungido. El templo, su cuerpo; la sangre, la suya; el fuego, el Espíritu; el sacrificio, su vida entera (Hb 10, 5-9); el resultado, una alianza nueva (Hb 9, 15).
El Ev, la narración de Mc sobre la cena de despedida, que queda aquí descrita como pascual. Jesús mismo pone en marcha todo lo necesario para la Pascua: un hombre, no una mujer que hubiera sido lo normal, con un cántaro de agua, señala dónde está situada la casa y en ella, “mi” sala, la de Jesús. Una sala grande, espaciosa, que han de arreglar con divanes para, recostados, celebrar la fiesta. Las palabras y tradiciones de la cena que narra Marcos se relacionan con la práctica eucarística de la comunidad de Jerusalén. Tienen de fondo el banquete de comunión con que debiera concluir la 1ª lec de hoy (Ex 24, 11): tras el sacrificio en perdón de los pecados, queda constituido para ‘muchos’ (todos) el pueblo de la nueva alianza.
UNA POSIBLE HOMILÍA EN TORNO A LA ALIANZA
Celebramos hoy la fiesta en honor y recuerdo del cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo. Veamos un momento cómo transcurre esta y todas nuestras celebraciones de la Eucaristía: nos reunimos en torno a la mesa del Señor, se proclaman las Escrituras santas, respondemos ‘te alabamos, Señor’ que equivale al ‘haremos todo lo que dice el Señor’ de la 1ª lectura, y comemos un banquete de comunión con él, el Señor, y con todos los hermanos.
‘Haremos todo lo que dice el Señor’, las bienaventuranzas, el perdón, el colocarse el último, el liberar “endemoniados”, el curar, el servir y entregarse, el no mimarse a sí mismo, desvivirse, el aceptar la persecución hasta de amigos y familiares, el amar siempre y mucho y como él a los demás. Si hacemos todo eso, que es también lo que hizo él, cenaremos con él y uniremos su destino y el nuestro para siempre. Su destino, y el nuestro, nos lo recuerda y anticipa Jesús en su cena de despedida con los suyos. Su destino, y nuestro, es el del pan, que se parte para que todos puedan comer, y por ello vivir. Desaparece como pan para convertirse en vida del organismo que lo come. Jesús ha venido, como el pan, para que cobremos vida y vida bien abundante. Su destino, y el nuestro, es beber esa copa de sangre hasta agotarla, como la copa de la vida, hasta el final. Pero hay otro destino mayor, quizá no más lejano: beber esa copa llena de vino nuevo, proveniente de odres nuevos, en el banquete final de todos los pueblos, con Jesús, en el reino de Dios que él nos abrió.
Un pacto, un perdón, una alianza, unas bodas con el Dios vivo y verdadero. Él será nuestro Dios y nosotros seremos su pueblo (Jer 31). Él nuestro amado y nuestro amante. Él nuestra identidad definitiva y nosotros mismos en él. Para no perder nunca este sueño que parece locura, nos reunimos los que así lo creemos, en un banquete que todo lo anticipa. Dios, en Jesucristo, es nuestro pan y nuestra vida. Lo comemos y lo asimilamos. O mejor, él nos asimila. Bebemos de la copa que nos salva del todo y de todo, y nos encontramos con la sangre, lo más inseparable de la vida corporal, del mismo Jesús, el Señor, que vivió mientras la tuvo y que murió al perderla por todos. Una alianza nueva, más identificación que alianza. Un destino inseparable del Señor, Jesús, hasta que vuelva, patente y evidente a todos, para incorporarnos a su reino.
Somos el cuerpo de Cristo, porque de él comemos y con él nos alimentamos. El Espíritu que vino a traer a la tierra nos abrasa en ofrenda permanente. Bebemos una copa de alegría y plenitud, invocando el nombre y las palabras de Jesús. Y en comunión entre nosotros, los hermanos, en comunión con todo lo creado, pan, vino y agua, extendemos por todos los rincones de miseria y tristeza, el amor y la solicitud y la misericordia de nuestro Dios. Si lo hacemos así, tal cual, ¿cómo no creer que Jesús, el ungido, volverá a consolidar tanta bondad y belleza, y a felicitarnos a todos?
J. Javier Lizaur