Lecturas
Ez 2, 2-5
Sal 122, 1-4
2Cor 12, 7b-10
Mc 6, 1-6
REFLEXIONES PRIMERAS
El texto del evangelio de hoy recoge al completo la “familia” de Jesús. Recordemos, de entrada, que familia hoy y entonces a penas coinciden en su extensión, sus componentes y la forma de relación entre ellos. Contando con eso, los famosos “hermanos” de Jesús. La mayoría de exegetas coinciden en afirmar que estos son los nombres de quienes entonces, y ahora, han de ser considerados hermanos auténticos de Jesús. Pero otros, también hoy, mantienen la diferencia entre “la madre de Jesús” y “los hermanos de Jesús”. Señalan que este texto mismo busca con sutil precisión marcar esa diferencia entre madre de Jesús y madre de los otros hermanos. Un tema de estudiosos que quizá nunca se acabe de precisar o aclarar para todos. Habrá que huir, en primer lugar, de aplicar a estas afirmaciones los esquemas de progresistas y conservadores. A estas alturas, nadie olvida la afirmación plenamente científica de que la mente del investigador y la meta que él mismo sospecha encontrará condicionan la investigación y los resultados, investiguen partículas subatómicas o cómo entender “hermanos” de Jesús. En segundo lugar, prestar mayor atención, no minusvalorar, los problemas que genera una forma de proponer la fe, unida a detalles mínimos de las narraciones. Hoy llamaríamos a ese conjunto el “imaginario” cristiano. Cuando Juan Pablo II afirmó lo de que el infierno no es ningún lugar, la reacción de muchos fue la de “si esto no era así, ¿por qué no han de ser falsas también otras cosas que nos enseñan?” El problema principal y enorme es cómo transmitir un núcleo cristiano de suficiente solidez, que no dependa de aspectos concretos que se han ido enseñando como de la fe sin ser de ella. La investigación, su progreso, llevan a descubrir como falsos detalles o partes de los relatos evangélicos. Es importantísimo que, cuando esto suceda, no se venga abajo lo fundamental de esa misma fe. (Y asoma las orejas por aquí el tema difícil de verdad y error en el asentimiento humano) ¿Cómo hacer saber que Jesús no nació en Belén, que no hubo magos o inocentes, que no “dijo” los largos discursos del evangelio de Juan, que las palabras en la cruz ni son textuales, ni quizá palabras, sin que todo eso arrastre la fe misma? ¿Es posible desmontar con cuidado un ensamblaje, en el que todo se ha transmitido como de la misma categoría, retirando piezas falsas, sin que pierda sentido y coherencia el conjunto, aún más, lo aumente y consolide? Era mucho más fácil de la otra manera, pero pagamos ahora las consecuencias. Es muy difícil transmitir sin detalles coloristas que le prestan realismo. Todo esto, a propósito de si tenía Jesús hermanos y eran los nombrados hoy por el evangelio.
De milagros y prodigios. También en el evangelio de hoy se hacen unas precisiones que parecen interesantes para detenernos y pensar en el asunto de los milagros. “No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos (…) y se extrañó de su falta de fe.” Muchos de nosotros a ese curar enfermos lo llamaríamos tranquilamente milagros, y deduciríamos que sí pudo hacerlos en su tierra. El evangelio no utiliza así las palabras. Por lo escrito, parece que solamente sean milagros los eventos y prodigios que conduzcan o tengan que ver con la fe. Muchas cosas pueden llamar nuestra atención, resultar raras o extrañas, alimentar nuestras preguntas por el universo y sus leyes: si no nos mueven a la fe, no son milagros. Por el contrario, cualquier suceso, cualquier forma de ver las cosas, que nos remita a Dios, eso sí sería milagro. Nos movemos entre signos y símbolos. Si nos quedamos en su materialidad y nos les encontramos las referencias a otros mundos, son simples objetos colocados ahí, a nuestra disposición, en el mejor de los casos. Si desplazan nuestra atención, nuestra mirada, nuestro cuerpo, hacia algo diferente, son signos, mensajes de otras realidades lejanas o ausentes que nos llaman. Los milagros, para serlo, han de llevarnos o dirigirnos a Dios. La más prodigiosa curación que desata nuestra alegría y entusiasmo no es milagro, si no señala hacia el misterio de Dios. Los leprosos aquellos sanados por Jesús, menos uno, no miraron a Jesús y se fueron sanos, pero sin milagro.
1ª lec, de las profecías de Ez. Ezequiel, en el exilio y tras él, se sabe enviado por Dios a un pueblo testarudo. Prevé que quizá no encuentre respuesta. Pero su envío no depende de ella. Su envío y su presencia ya son fuegos de Dios. Ezequiel, en otro momento, se sentirá como “atalaya de Israel”, puesto en medio, como presencia del “esto dice el Señor”. Esta lectura está vinculada con el evangelio, en que Jesús, profeta y enviado, no se ve acogido ni entendido por los suyos y sus paisanos.
2ª lec, que continúa con la 2ª carta a los de Corinto. Como en la mayoría de ocasiones, no tiene que ver con el tema que entrelazan 1ª lec y Ev. Habla Pablo de forma muy personal. Es difícil concretar eso que él llama “espina en la carne” y “ángel de Satanás”. Nada bueno, desde luego. ¿Enfermedad, depresión, tentación, inquinas personales, desesperanza? Ha sacado una lección fundamental: “cuando soy débil, entonces soy fuerte”. Otra paradoja de un evangelio que lo es. Antes, ha narrado como ha podido y sabido las sublimes revelaciones de Dios en él. La experiencia y doctrina de Pablo es que también en la frustración o el fracaso hay epifanías de Dios.
Ev, siguiendo el texto del de Marcos. En el cap 3, 20 ss hemos visto a su familia que va a buscarle. Ahora es Jesús, quien va donde su familia, a su pueblo. Sus paisanos ven en su familia un motivo de escándalo, de esa extrañeza puritana, que formulamos como “de semejante familia y pretende este…”. El texto paralelo de Mt señala una cierta admiración (Mt 13, 54) Pero en ambos casos todo concluye en incredulidad. Tanta cercanía y familiaridad no se llevan bien con el misterio. Los discípulos, y con los milagros del cap 5, van avanzando en la fe. Los parientes, que salieron a llevárselo a casa por loco, siguen sin creer. Así los discípulos son ahora ya “mi madre y mis hermanos” (Mc 3, 34)
PARA UNA HOMILÍA POSIBLE
Entre familia de Jesús y discípulos de Jesús. Si somos buenos discípulos, abiertos siempre a su palabra, nos convertimos en hermanos y madre de Jesús, su familia más auténtica. Si ya somos su familia, tenemos conciencia de serlo y nos gozamos con él, nos acecha el peligro de volvernos parientes suyos, de los que le buscan para forzarlo a volver a casa.
Podemos acostumbrarnos a Jesús y sus genialidades. De hecho nos hemos acostumbrado. Nosotros sabemos bien e interpretamos con corrección a Jesús, sus propuestas, sus intenciones. ¿Quiénes son otros para enseñarnos cosas de Jesús? Y vienen los orientales, con sus culturas, y nos interpretan a Dios, a Jesús, a su vivir entre nosotros, de otras maneras. El budismo, el zen, Confucio, ¿pueden, tienen derecho, a mostrarnos nuevos rostros de Jesús? Son inquietantes siempre, incómodos. Nosotros, que lo conocemos bien, y sabemos de su familia -sus obispos, papas, curas, monjas, laicos titulados- defendemos los puntos de vista de siempre. ¡Si sabremos nosotros, siglos con él! África y sus costumbres, su cosmovisión más cercana a seres llenos de divinidades, su lectura de la familia y los parientes. No importa. Nosotros somos su familia verdadera y no tienen por qué incomodarnos con novedades, sabemos perfectamente qué quiso decir hablando de familia y parientes. La teología de la liberación, la de los pobres y desechados, nos va a explicar a nosotros, tras siglos de votos de pobreza, qué quiso decir Jesús con lo de dichosos los pobres. Nos hemos adueñado de Jesús, como sus parientes del evangelio. Comenzamos con el entusiasmo y la buena fe de quienes son bendecidos por Jesús mismo como su nueva familia, su nueva madre y nuevos hermanos. Pero ya lo hemos domesticado bien, y lo hemos convertido en el más modoso y ejemplar de los bienpensantes de este occidente cristiano. Y nosotros sus guardianes. Como aquellos antiguos amanuenses que, escandalizados por el “no pudo” del evangelio de hoy (v 5), preferían escribir no quiso. Era el comienzo de la sensatez y de la vulgaridad de que hemos adornado la figura de Jesús, el nuestro.
Recuperar a Jesús, sorpresivo e incómodo. Vivo e irónico. Malhumorado a veces. Extrañado siempre de la poca fe (salto en el vacío, frente a pies firmes en el suelo). Recuperarlo, fuera de los tupidos intereses tejidos en el tiempo de la tradición familiar, recuperarlo fresco, nuevo y libre, que algo de eso quiere decir resucitado. Su familia y las mujeres lo buscaban entre los muertos. Los discípulos recuerdan “dejad que los muertos entierren a sus muertos”. Las mujeres, “no está aquí. Ha resucitado”. Recibiendo estas palabras en el corazón, descubrimos a la vez que Jesús se nos ha escapado, no es nuestro, y nos ha convertido en su verdadera madre y sus verdaderos hermanos, esos que reciben ya ahora cien veces más en casas y hermanos y hermanas, madre o padre, hijos y tierras, con persecuciones (Mc 10, 30)
Somos la familia nueva, íntima y querida de Jesús. Dejémosle respirar vivo y desconcertante siempre. De lo contrario, seremos su familia de siempre, la que le tenía por loco y quería encerrarlo en casa.
J. Javier Lizaur