Lecturas
Hch 14, 21b-27
Sal 144, 8-13
Ap 21, 1-5ª
Jn 13, 31-35
PRIMERAS IDEAS
Tres ideas, a propósito de cada una de las lecturas, que se prestan a reflexiones importantes.Dice la 1ª que “hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios”. ¿Mucho? ¿Cuánto? Jesús, en uno de sus dichos, nos advertía que el reino sufre fuerza o violencia y que sólo los esforzados lo alcanzan (Mt 11, 12). En otro, dice que “su yugo es llevadero y su carga ligera” (Mt 11,30). La búsqueda del reino, la apertura a él si se prefiere, ¿necesita el violentarse uno a sí mismo o va surgiendo de nosotros, de nuestro interior? Muchas veces hemos insistido en la ruptura, en la necesidad de negación y sacrificio. Ahora, podemos insistir en la continuidad entre lo mejor de nosotros y el reino. Quizá, aunque no sea ese el sentido en Lc 17,20, el reino está ya dentro de nosotros. Bajo la escucha atenta de la palabra y de su espíritu, fijos los ojos en el iniciador y consumador de nuestra fe (Hb 12, 2), ¿sacaremos de nuestra propia fuente las aguas del reino? (Dice Jn que del seno del creyente surgirán ríos de agua viva Jn 7, 38-39) ¿O para seguir a Jesús habremos de negarnos a nosotros? ¿Hay un “nosotros” bueno y otro malo, uno que exige renuncia y otro que pide continuidad? La felicidad, la bienaventuranza, la bendición, el gozo y la paz, en nosotros es el reino, y parece necesario exigir esa continuidad para que tengan sentido real todas esas verdades. ¿Hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios? ¿Hay que pasar mucho para alcanzarnos a nosotros mismos, hasta esa altura de nuestra dimensión en Cristo Jesús (Ef 4, 13)? ¿Incluso para lograr ser eso que somos y soñamos y no terminamos de alcanzar? Hay que pasar mucho. “Esos son los que vienen de la gran tribulación” decía la 2ª lec del domingo anterior (Ap 7, 14b). Quizá todos hablan tan sólo de la dureza de la vida humana. ¿O ni eso esta claro?
La 2ª lec concluye con el grito de Dios: “Todo lo hago nuevo”. Mientras, el viejo Qohelet refunfuña en un rincón que nada hay (ni habrá) nuevo bajo el sol (Qo 1, 9). De la contraposición nace una definición o nombre de Dios, el Innovador. Porque él y sólo él, por serlo, es capaz de novedad. El ser es novedad absoluta, desde la iniciativa nada lógica de la decisión de Dios. Luego, hasta lo más sorprendente e innovador del universo brota de elementos anteriores y azares de leyes desconocidas. Sólo Dios, la novedad. Y con ella la sorpresa y la admiración. El futuro le pertenece y es otro nombre de Dios. Nosotros, llamamos vida nueva a la surgida del bautismo, a la de la resurrección de Jesús, ambas obra del Espíritu único y creador de Dios. Para describirla echamos mano de todo lo que nos desagrada de esta vida, lo negamos y nos conformamos como si fuera eso la novedad. Pero la novedad será otra cosa, y, por ser tan nueva, ni tenemos datos de los que partir como no sean la bondad y el amor de nuestro Dios para con todo. ¿Cómo no decir “cielos nuevos y tierra nueva”? Pero ni eso es suficiente. Es decir nuevo y confiar su contenido al Dios amor.
Y no es posible hoy sustraernos al tema del amor. “Amaos unos a otros”. Como distintivo del grupo cristiano. ¿En qué se concreta ese amor al predicarlo de más de dos mil millones de personas? Decirlo a veinte o cien alcanza una posible realidad. A tan abundante número de personas no puede alcanzar una única intelección. Pasa por lenguas, costumbres, culturas, deseos, climas, caracteres y ¿qué queda común al hablar de amor? Sin mayores pretensiones, hablamos del grupo de cristianos que conocemos, que abarcamos, de los nuestros. Con plena conciencia de que hay, y nada lejos, muchos más, y más diversos. Pensando sólo en los cercanos y conocidos, el mandato nuevo, tan viejo, de que nos amemos unos a otros. Y ¿si poniéndonos muy rastreros pensamos primero en respetarnos de verdad en nuestras diferencias? O, en vez de amarnos tanto, nos tenemos un poco de simpatía y afecto ya que los mismos nos encontrarnos de vez en cuando. O cariño benevolente, toda afección que no humille, que iguale, que valore a los demás. Porque estos de mi lado que no coinciden conmigo ni en la cuenta corriente, ni en la hipoteca, ni en el voto político, ni en las diversiones y la tele, resulta que ni son tontos ni son malos. Ni carecen tanto de inteligencia que sólo aportan tonterías, ni disfrutan en fastidiar a otros: ni tontos, ni malos. Habrá que tomarlos en serio, tenerlos en cuenta, sopesar sus aportaciones. ¿Si comenzásemos de ahí, con seriedad, y luego ya nos amaremos unos a otros?
LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS
1ª lec de Hch. Los viajes de Pablo y sus compañeros y, lo principal a resaltar de esas primeras campañas, que la fe es también para los gentiles. No nos imaginamos bien todo lo que costó en el primer grupo cristiano la aceptación de no judíos. Vueltas continuas a lo mismo, diversidad de opiniones, indecisiones, reuniones importantísimas, decisiones claras, inconsecuencias con las mismas. Ni la detención última de Pablo es del todo ajena al problema de aceptar a los gentiles.
La 2ª lec se coloca en los capítulos últimos del último escrito de la Biblia. El viejo sueño del desposorio de Dios con la humanidad, la alianza nueva (Jer 31, 33; Ex 19, 5) por fin alcanzada, se expresa en este texto, centrado en Jerusalén, la morada de Dios entre los hombres, y lleno de sus mejores sueños para la más añorada de las situaciones.
El Ev, de Jn, bastante breve, y comienzo de los discursos que se ponen en labios de Jesús como despedida. Un primer párrafo de la gloria de Dios en Jesús, su acción en él glorificándolo, y un segundo, para el mandato nuevo ahora, viejo de siempre, de amarnos y tenerlo por nuestra seña de identidad.
UNA POSIBLE HOMILÍA
“Ahora es glorificado el Hijo del hombre”. Ahora mismo, con nosotros que le alabamos y le damos gracias este quinto domingo del tiempo de Pascua. Y Dios es glorificado simultáneamente. El pueblo de Israel enmudecía, se postraba, temblaba ante la gloria del Señor. La nube, la luz, los truenos, el temblor de la tierra, eran la expresión del choque entre la presencia de Dios y todo el resto de la creación. Tan imponente el contraste y la diferencia entre las dos realidades. ¿Se habrán domesticado los contrastes, habrá envejecido el Dios de Israel? Porque ahora que es glorificado Dios, sólo se ve un hombre colgado en la cruz y una posible acogida de su Dios. Ahí se concentra la explosiva y expansiva gloria de Dios. Dios ha asumido al crucificado y lo ha llenado de toda su espléndida gloria. Jesús lo sabe y lo anticipa en la fe y la esperanza de sus últimos días entre nosotros. Así nos aclara dónde está y estará siempre la famosa gloria de Dios. Con las conocidas palabras de S. Ireneo, la gloria de Dios es el hombre vivo. El hombre vivo y siempre es la gloria permanente de Dios. Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y todos los hijos de hombre glorificados en él. Es la pura gloria del Dios santo.
En ese ambiente cargado de muerte y gloria, aun con la certeza del triunfo de la gloria -que es el de Dios-, nos llega de boca de Jesús un mandato nuevo, el amor mutuo. Mandato bien antiguo, ya formulado en los textos del primer testamento (Lv 19, 18), pero al que se carga con la novedad de constituir la fuente única de toda vida nueva, de pasar a ser la explicación de toda una nueva manera de vivir. Lo nuevo consistirá en sacar de ese amor todas las posibilidades que encierra. Lo nuevo será que contenga toda la gloria de Dios, su esencia misma de Dios amor, en el despliegue de amor de todos los creyentes en Jesús y en su gloria pasada por la muerte. Lo nuevo será convertir en orden o mandato lo más auténtica y genuinamente personal de los humanos, el amor. Ordenar toda la realidad, configurarla, comenzando por la de los creyentes, en torno al amor. Nuevo, tan nuevo, que probablemente siempre está por estrenar.
Tan numerosos los creyentes, los cristianos, debiéramos destacar por ese intento de primacía del amor. Nuestras leyes y ordenaciones canónicas, nuestras costumbres, nuestros modos administrativos, nuestro trato habitual, todo presidido, cuestionado y orientado en ese inalcanzable siempre amor mutuo. Esto os mando, que os améis. Ni la primera comunidad supo hacerlo. Basta con leer los Hch, las cartas y hasta los evangelios: por todas partes, las dificultades, las búsquedas, los buenos propósitos, los fracasos. El horizonte es amplísimo y la propuesta inagotable. ¿Hoy, entre nosotros, en la Iglesia santa y católica (universal)? Con frecuencia ni aceptamos, ni guardamos mínimo afecto a los diferentes. Valorarnos en ese sincero intento de todos de seguir a Jesús. Mirarnos todos, todos, con un mínimo de complicidad, de afecto (estamos todos en la “cosa” esta de Jesús). Sentirnos iguales en la búsqueda y la torpeza, en las esperanzas y las desilusiones. Todos, a la misma red del mundo, mientras nos grita Jesús de lejos, si le amamos. Queda muy manido, pero habremos de comenzar todos a trabajar nuestra relación de amor, por los detalles más pequeños e insignificantes. El vaso de agua, de que nos habla Jesús. Y de fondo, aquello tan lapidario del mismo Jesús: si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Se trata de amar a quien no nos ama, a quien nos cuesta amar. Pero, cuando ya le “quedaba poco de estar con nosotros”, no tuvo mejor cosa que decirnos que esta de que nos amemos unos a otros. Esa será siempre nuestra verdad.
J. Javier Lizaur