Tercer domingo de pascua de 2010. Ciclo C. 18 de abril de 2010

TERCER DOMINGO DE PASCUA.
Lecturas:
Hch 5, 27a-32. 40b-41  
Sal 29, 2-6. 11-13  
Ap 5, 11-14  
Jn 21, 1-19
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                Es una afirmación muy importante la que recoge la 1ª lectura de hoy: “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.” Importante y de uso continuo precisamente en los asuntos más complicados o decisivos. En muchos casos la hemos aplicado y en otros tenemos intención de hacerlo. Dios, antes que los hombres. Que cualquier clase de hombres, incluidos aquellos que piensan gozar de una privilegiada unión con Dios. Una bocanada de libertad completa, que deja las cosas a criterio de la propia conciencia, como apelación última, decisiva, de comportamiento. Nada ni nadie puede ir más allá de la conciencia, y todos pensamos que en ella, con la pertinente maduración y reflexión, se manifiesta para cada uno la propuesta de Dios. Este reducto resulta imprescindible en el mundo actual, cuando los valores de la persona son una valiosa conquista para todos. Pero siempre ha sido así, y todos, al menos en teoría, aceptamos la última palabra de la conciencia. La frase tanto puede servir al más puro fanatismo, cuanto al espíritu más libre y creador. Cada uno en su ámbito de opción se considera a salvo de todo cuestionamiento. Quizá el matiz que diferenciaría posturas diferentes, pero coincidentes en apelar a esa máxima, fuera si se reconoce, con todas sus consecuencias, esa misma afirmación en quien encuentra en su conciencia propuestas diferentes de las propias. Con la primera comunidad, seguimos afirmando que Dios es antes que los hombres. Se trata de sacar de ella toda la fuerza de la libertad en el Espíritu.

                ¿No nos resultan algo excesivas las referencias a la sangre que corre fresca, en multitud de nuestras escrituras? Prestan al conjunto un tono entre cruel y tremendista. Hoy topamos con un cordero degollado y en pie, y alguien colgado de un madero. Hay sensibilidades -no trato de establecer un juicio- a las que repele tanta sangre salpicando a todos. Son imágenes realistas y tradicionales en el mundo antiguo y en las escrituras. Sin ellas no se ha podido o sabido recoger en términos bíblicos la salvación y el reino, alcanzando a todos. Cada época ha debido recurrir a las imágenes más comunes, inteligibles y expresivas de su momento. ¿Es la hora de cambiar algo? ¿Es posible hacerlo sin perder aspectos fundamentales de la fe? La pregunta última, que creo algunos han respondido afirmativamente, es si todo este bloque de imágenes no genera una familiaridad excesiva y peligrosa con la violencia. Una especie de naturalidad con ella. Nada más ajeno y contrario al Cordero en pie y como degollado. La sangre para el mundo antiguo es la vida. Pudiéramos sustituir sangre por vida. ¿Mantiene el color y la fuerza, la expresividad del conjunto?  Escultura y pintura, miniaturas, pueden resultar una delicia. Pero si les prestamos imaginación realista y detallada, no tanto.

                Con el evangelio de hoy, deriva nuestra atención a la institución, el amor y sus implicaciones mutuas. Cosas tan frágiles y tan sólidas como que sólo el amor descubre la verdad de las personas, o preguntas tan sencillas como si la distancia o la cercanía prestan objetividad y de qué clase, o sospechas tan fundadas como si el poder y sus grupos suscitan inevitablemente celos y recelos. ¿Es posible poder y amor? Y el control del conjunto, ¿a quién se lo prestamos, al poder o al amor? ¿Qué fue de Francisco de Asís, del Abbé Pierre, y otros tantos que terminan al margen de su propia institución, en el esfuerzo imposible de salvar la primera y luminosa intuición? ¿Puede afirmarse algo parecido de Jesús de Nazaret? No está muy acreditado el amor puesto a dirigir grupos mayores de dos o así. Algo de todo esto subyace al evangelio de hoy. Dentro de lo cristiano, la última cuestión: martirio o seguimiento. Y el evangelio señala el seguimiento, restando importancia a las demás cuestiones. 

LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS

                Todas las lecturas de los domingos de Pascua van a mantener una misma identidad: la 1ª de Hch, la 2ª del Ap y la 3ª del evangelio de Jn.

                La 1ª lec del libro de los Hechos. Controversias entre el grupo dirigente judío y los primeros seguidores de Jesús. Por parte de los primeros, también castigos. Pedro (volveremos a encontrarlo en el Ev), en nombre del grupo, resume la fe primera (kerigma) y todos se sienten reconfortados en la persecución, ya anunciada por el Señor, y dando testimonio de él.

                La 2ª, del libro del Ap, llena de imágenes y alusiones. De nuevo se trata de una visión del autor. (Éxtasis, decía el domingo pasado.) El cordero, el señalado por Juan Bautista (Jn 1, 29) y previsto en Jr (11, 19) y el Siervo de Yhwh (Is 53), muerto y resucitado, entronizado. Rodeado del universo entero que le aclama. De los vivientes –cuatro fundamentos del universo, descritos por Ez 1, 5 ss- y de los ancianos (de Israel), rendidos ante la perfección de su obra de salvación para el universo.

                El Ev recoge el capítulo último del evangelio de Juan. Pocos dudan que se trata de un añadido último (y necesario) a una redacción anterior. Recordemos que el capítulo 20 concluía con una fórmula solemne, leída el domingo pasado. El 21 incluye una nueva conclusión, que no leeremos en el evangelio, famosa por su hipérbole de los libros sobre Jesús. Podemos leer esta pesca prodigiosa en relación a otras relatadas en los evangelios, Lc 5, 1-11. Asombro y admiración, revelación-descubrimiento de Jesús, llamamiento y seguimiento. Sólo que ahora todo nuevo: el resucitado, una nueva creación (153 peces?), y la comida con él. El diálogo posterior entre Jesús y Pedro, tiene reminiscencias, en su repetición, de sus  negaciones, y mantiene la primacía del amor tanto para conocer a Jesús (el discípulo a quien Jesús quería y que aquí es modelo de referencia) como para dirigir la comunidad y confortarla (Lc  22, 32b). La última parte responde a cuestiones sobre los discípulos que van desapareciendo, unos de muerte natural y otros violenta, y el criterio para el buen discípulo que siempre será el seguimiento.

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                Entre unos y otros, son siete los discípulos de esta experiencia con el resucitado, que nos narra el evangelio, casi como quien pretende levantar un acta: “fue de esta manera”. El acta de una experiencia, no nueva, sino bien antigua, de su primera relación con Jesús de Nazaret. De ella sacaron en claro que cambiaban sus vidas y le seguían. De esta nueva, también. Todo sucede en Galilea, en el lago de Tiberíades, tras una noche de esfuerzos inútiles. Y es al amanecer (los amaneceres, a los cristianos, desde siempre, nos suenan a resurrección de nuestro Señor), cuando alguien desde la orilla nos pregunta por el pescado -ese que no hemos cogido- y nos anima a repetir el intento. Pesca inesperada y abundantísima. Prodigio tan desproporcionado que nos obliga a constatar nuestra falta de fuerzas. Entre los siete (¿siete será que somos todos?), uno a quien Jesús quería muy especialmente, le descubre como el Señor. Las cosas del cariño. Uno, tan querido de Jesús que lo descubre sin dudar, y lo indica a los demás. Somos tú y yo los queridos de Jesús: dice el Apocalipsis, “nos ha amado” (Ap 1, 5b). Debiéramos, por tanto, tener esa facultad que presta el amor profundo de descubrir la verdad de quien nos llama, del resucitado, que nos interpela en el amanecer de todas las pascuas. Reconocer sencillamente que es el Señor. Eso es todo. Luego comemos y bebemos con él la eucaristía, nos llenamos de alegría al verle de nuevo cerca, y en esa mezcla de respeto y emoción, ni nos atrevemos a preguntarle, sabiendo bien que es el Señor. Luego, asistimos atónitos, no se sabe bien si a una especie de traspaso de poderes o a unos diálogos de amor. Como es una amanecer de resurrección y sabemos que el resucitado “nos ha amado” y perdonado, y que nos quiere con él, nos dejamos caer, sin preguntar mucho, en la conversación esa tan curiosa de poderes y amores. A nosotros, personalmente, nos pregunta si le amamos. Que sí, que ya sabes que sí. Pero, insiste tanto…Pedro se entristece, y tú y yo, más fácil. No insistas, Señor. Sabes que eres mucho para mí. Que sí te prometo y no cumplo, que sí te necesito y me lo callo, que sí te encuentro pobre, desnudo, enfermo y encarcelado, y procuro olvidarte. Pero, tú, por favor, no te rindas, Señor victorioso y resucitado, no te canses de señalar dónde pescar, no te aburras de mi cortedad en decirte y demostrarte lo mucho y bien que te quiero. Que, creo, ya que he hablado, Señor, que te quiero hondo y desgarrado sólo a ti y en ti a todo.

                Rehecho con el almuerzo, contento después de poder decirte mi amor, pienso en seguirte. Otros lo harán mucho mejor que yo. Más consecuentes, que decíamos antes. Algunos morirán y los matarán en el intento. Por mi parte, me quedará siempre seguirte y seguirte, como si lo hiciera bien, tan consciente como soy de que lo hago torpemente.

                Al evangelista le llama la atención una cosa: con tantos peces y tan grandes, una sola red. Y no se rompe. Pero, ¿puede romperse una red que es de amor? La red es la unidad de la Iglesia para este evangelista. (Como la túnica sin costura que apartaron los soldados de la ropa de Jesús Jn 19, 23b.) Esa  unidad es irrompible, cuando la red es de amor, cariño, atención y cuidado mutuos.  A quienes forman la red se les ha ordenado sólo que vivan en el amor mutuo, que se quieran (Jn 34-35). A quienes vayan a estar al frente de la pesca y de la red se les cuestiona sobre su amor al Maestro y Señor. Es una red de amor. Una red que salva gente, quizá a toda la gente. Que la lleva a la orilla donde se puede cimentar la dignidad y altura de las personas erguidas. Una red irrompible que salva a todos. Una red tejida de solo amor. Cuando en la red (o en la túnica) se tejen otros tejidos, se rompe y desmembra: ya tenemos abundantes experiencias. Las grandes, certificadas en la historia, y las menudas, innegables en el trabajo diario de la pesca.

                Es la tercera vez que te encontramos, Señor Jesús. El tercer domingo de esta Pascua. Saldremos entre ilusionados y temblorosos frente a tus preguntas. Tú lo sabes todo, y eres el único en saber que te queremos y cómo. Por eso estamos contentos y a la vez algo apurados. Vivimos en esta red de amor y afecto que debiera ser tu Iglesia. Tú nos repartes el almuerzo y nos mandas a dignificar a la gente en la red. Y sólo queda claro hasta el aburrimiento que hay que seguirte. Hoy y siempre, Señor resucitado, seguirte.

                 J. Javier Lizaur