Domingo 7 de marzo – III de cuaresma

Lecturas:
Ex 3, 1-8a. 13-15  
Sal 102, 1-4. 6-8. 11  
1Cor 10, 1-6. 10-12  
Lc 13, 1-9
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                Una soberbia primera lectura bien conocida de todos: La manifestación de Dios a Moisés. La presentación, el hacerse evidente de Dios a su siervo Moisés, ese que hablará con él cara a cara (Dt 34, 10). Unos signos inexplicables que provocan curiosidad y atención, una llamada y una misión. Ésta tan peligrosa y difícil que el llamado busca alguna prueba de que no sueña. Pide, nada menos, que saber “el nombre” del Dios que le envía. Quien sabe su nombre sabe todo lo posible sobre él. La respuesta de Dios es evasiva, o no tan precisa como a Moisés -y a cualquiera- le hubiera gustado. Yhwh, nombre santo e impronunciable en diversas tradiciones religiosas. Sobre este nombre, infinidad de estudios, comentarios, plegarias y, sobre todo, vidas colgadas de él, empezando por la de Moisés. El nombre (Él-es) tiene un claro matiz de futuro, señalando que se descubre la verdad de ese nombre identitario, precisamente viéndole actuar como lo hará en adelante.

                Y un problema, o un misterio mejor, el del mal y sus consecuencias. Unos ajusticiados por Pilato -personaje siniestro, aun cuando los evangelios, por otras razones, pretendan aligerar su figura- con la crueldad añadida de unirlos al sacrificio ritual, y una torre que se viene abajo, aplastando a 18 personas. El primer caso se lo presentan a Jesús y el segundo lo aduce él mismo. De ninguno de ellos dice Jesús que se lo merecieran. Eran como otros, todos, cualesquiera de su tiempo o del nuestro. Ni terremotos, ni accidentes, ni enfermedades, ni ejecuciones caen sólo sobre culpables. Nos alcanzan a todos y todos vivimos como incubados en las alas de la muerte. Es inútil, y un tanto blasfemo, pretender distinguir a inocentes y culpables. Morir, y sus diferentes formas de hacerlo, es inseparable de la condición humana. Es demasiado fácil la lectura de Pablo en la segunda de hoy, afirmando que quienes murieron en el desierto murieron por desagradar a Dios. Murieron, porque es lo más probable en el desierto, o en una torre que cae, o en ejecuciones sumarísimas. Debemos -creo que puede formularse como deber de todos- separar desgracias y castigos de Dios. Es una solución muy elemental y poco reflexionada poner en relación de causa y efecto malicias de dentro de las personas y males de fuera. Queremos resolver preguntas y cuestiones de imposible solución, basados en lógicas simplistas de buenos y malos y en imágenes falsas y perniciosas de Dios. Dios, a nuestra libre disposición, para resolver lo que nosotros no alcanzamos. Dice Jesús que si no nos convertimos, todos pereceremos de la misma manera. Le faltó añadir que si nos convertimos también. Porque morir moriremos todos, y muchísimos de maneras inesperadas, que podemos llamar injustas. Las desgracias no tienen preferencias por unos u otros. Los juicios sobre inocentes y culpables ni aciertan siempre, aun emitidos en nombre de Dios, ni están en nuestra mano, dada la complejidad del corazón de los humanos. No vale unir desgracias nuestras de cualquier clase y juicios y castigos de Dios. Ya lo hemos hecho demasiadas veces en la historia, y hasta sin creérselo quienes lo pronunciaban. No nos agobiemos al descubrir tantísimas cosas sin respuestas claras, y menos las esperadas, o sin ningún tipo de respuesta. Para llamar a la conversión y al cambio no es suficiente con señalar que todos vamos a morir. También recordar el gozo y el placer debiera de llamarnos a la conversión. En el “imaginario” cristiano todos estos temas los llevamos sin reflexionar despacio, partiendo de los saberes actuales. Nos da mucho miedo asumir el riesgo de desmontarlos completamente y para siempre. Como si prefiriésemos tenerlos a mano, por si acaso. Y lo que sí creo es que, si no cambiamos estos simplismos, pereceremos, ya lo estamos haciendo, de la misma manera.  

TEXTOS Y CONTEXTOS

                La 1ª lec pertenece al comienzo del libro del Exodo: la llamada a Moisés para su tarea de liberación. Moisés será pastor, profeta, legislador, líder guerrero, de la familia de Leví, y experimentado en el trato íntimo con Dios. Pertenece a dos culturas, egipcia y hebrea. Con las dos tiene problemas, y ha de huir a Madián.  Es pastor para su suegro Jetró y, en las cercanías del Horeb, le sorprende la llamada de Dios, en la llamarada que arde sin consumirse. El Dios de los padres, con nombre nuevo Yhwh, ha visto, ha oído, y piensa bajar a librar, al pueblo. Dios, entrando de lleno en la historia, implicado en la mejora, en la libertad, de la humanidad. Esta entrada concreta en la historia, se hace historia en Jesús de Nazaret, en el recorrido real de su vida. La legitimidad de Moisés para una tarea que le enfrenta a sus propias culturas y al poder más fuerte del momento se basará en que lleva y sabe el nombre del Dios que le envía. El que le ha llamado en la tierra sagrada del Horeb.

                La 2ª lec nos mantiene en conexión con las viejas historias de Israel. En la 1ª carta a los de Corinto y en una digresión de su respuesta a la cuestión de si comer carne sacrificada a los ídolos. En  este texto Pablo nos recuerda las tradiciones sobre la infidelidad del pueblo a su Dios en el desierto, y une este hecho al de la muerte de la mayoría en esa huida. Lo propone como ejemplo para nosotros, no sea que, acogidos a Dios, bajo su protección (la nube), nos creamos seguros y vayamos a caer como ellos.

                El Ev de hoy es un texto singular de Lc y forma parte de un conjunto -cap 13 y 14- que busca nuestra decisión respecto a Jesús de Nazaret. Lo hace con la imagen de la higuera, de la mesa del convite y del constructor que calcula. La higuera de hoy es, en el evangelio de Mt, figura del pueblo de Israel que no da los frutos esperados (Mt 21, 18-22). Aquí se toma de manera más universal, como referencia a todo el mundo para que se convierta y de fruto. 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                Otra cuaresma, y el Señor dándose una vuelta por aquí, buscando mis frutos de conversión. Las noticias que nos llegan de todas partes son especialmente duras, casi amenazantes. Como las que hemos escuchado le llegaban a Jesús desde su entorno. No hacen otra cosa que recordarnos, dejarnos bien patente, la fragilidad, la vulnerabilidad, de nuestro vivir. No es preciso entenderlas, como en tiempo de Jesús, en términos de amenazas y castigos por los pecados. Ya es bastante vivir la vida que vivimos siempre amenazada. Se mantiene, con todo y siempre, la llamada al cambio y la conversión. Igual para tiempos de angustia que para los de bienestar, igual para personas que para grupos, la llamada es permanente, y lo es al cambio, a la conversión. Conversión tiene un matiz de vuelta atrás, un vistazo a cuando éramos mejores para volver. Conversión hoy debe mirar adelante, al futuro mejor que queremos construir, al orden justo que ha de surgir del desorden, aun sabiendo nuestra inconsistencia y debilidad. O mejor, partiendo de ella. ¿Daremos mejores frutos en condiciones de vida tan adversas? Cavan las desgracias nuestra tierra, y queda abonada de lágrimas y sudor. Pero ¿y los frutos?

                Nuestra mentalidad, nuestros puntos de mira, han de cambiar si queremos convertirnos. La conversión arranca de lo más hondo y lo remueve, y no queda reducida a simulaciones breves y externas. ¿No necesitaremos convertirnos simplemente a otro Dios, más de Jesús y menos de cosmología barata y trasnochada? Un Dios ajeno a premios y castigos, incómodo a sufrimientos y penas -más incluso si son voluntarios y buscados-, que no quiere la muerte de nadie, que es un insobornable amigo de la vida. Un Dios ni previsible ni manejable, ajeno a torpezas humanas de grandezas, envidias, venganzas, justicias equitativas. Un Dios padre del crucificado, protector de todo desamparado, urdidor de paces y encuentros, que, a su imagen y semejanza, “hombre y mujer los creó”. El que borrará las lágrimas, terminará con la muerte y el llanto y el dolor, y gritará con voz tan potente, y sucederá: Todo lo hago nuevo (Ap 21, 5). No será convertirse a este Dios volver atrás y repasar cosas viejas, buscarle donde siempre, pues ahí nunca está, rastrear entre cosas muertas por si quedó ahí algo vivo. Un Dios siempre nuevo y por estrenar, pues es el único capaz de crear lo diferente y futuro en el discurrir de lo permanentemente igual.

                Con ese Dios, unas personas que intentan vivir lejos del miedo y el terror. Personas que buscan construir su libertad, que siguen creyendo, a pesar de los años, que podemos convertirnos, cambiar y dar frutos nuevos y buenos. ¿Quién sino Dios puede esperar algo nuevo de nosotros, quién que vamos a nacer de nuevo (Jn 3, 4-7)? El viñador de hoy, que cree en la viña y pide otra oportunidad para ella (pudiera el viñador ser la Iglesia, pero no parece seaeste su estilo último). Y el Señor, que bien nos conoce, siempre accede a esa nueva oportunidad. Convertirnos a unos hombres y mujeres que piensan cambiar, que lo ven posible y creen en ellos, cuando cuentan con razones suficientes para perder la ilusión y la esperanza.

                 Conversión exige cambios por dentro y por fuera, pide mentalidad y obras o frutos nuevos. Es inútil buscar cuáles son primero. Cambiamos a la vez mentes, palabras y obras. Ante el reclamo del Señor de frutos en esta cuaresma, no podemos permanecer inmóviles, sin intento alguno de conversión. Él cree en nosotros y espera. Su paciencia, como tiene tan claro el escrito de 2Pe (3, 15), nos salva a todos. Es el nombre de su salvación, el nombre del tiempo de nuestra conversión. Los frutos serán diversos, variados. Igual frutos de alegría y buen humor que de seriedad e introspección. Pero frutos. De holgar o de trabajar, pero frutos que muestren nuestros cambios en la paciencia del Señor, que de tan optimista, aún espera de nosotros frutos mejores.

                Moisés pensó cambiar, y de raíz, la situación de su pueblo. No se dejó tentar por la nostalgia de los ajos y las cebollas. Creyó posible, y así fue, caminar por el desierto, con todo el pueblo, hasta el monte de Dios para una alianza irrevocable con él. Dios sigue de cerca la historia y piensa estar siempre al lado de su pueblo. Él, el único Él-es, estuvo con él hasta el final, y estará con la higuera, pacientemente, hasta que cambie. La higuera, tú y yo, y la comunidad, que cree profundamente en Él-es, está convencida de que brotarán en ella los frutos más deliciosos, más sabrosos y olorosos, más coloridos y consistentes, porque viene el Señor Yhwh: es la Pascua, el paso del Señor.

                 J. Javier Lizaur