Domingo 28 de febrero – II de cuaresma

Lecturas
Gn 15, 5-12. 17-18  
Sal 26, 1. 7-9. 13-14  
Flp 3, 17-4, 1   Lc  9, 28b-36
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                En las lecturas de hoy, hombres con experiencia de Dios y alguien, diferente de ellos, que ha tratado de recogerla. Hoy insistimos mucho -quizá nunca suficiente- sobre la experiencia de Dios por parte del creyente. Como algo que, en algún momento y de alguna manera, debe suceder en su vida real.En nuestra iniciación cristiana, que en muchos casos ha sido simultanea y confundida con todas las iniciaciones y enseñanzas necesarias, no se hace fuerza en el intento de acceder personalmente al misterio de Dios. Las normas y obligaciones, hasta los rezos en su materialidad, son más fáciles de transmitir. Pero, ¿Dios, algo de Dios, algo de ese misterio de fondo que no puede ser alcanzado por los sentidos? Para muchos no es otra cosa que la expresión máxima de la soberbia humana: pretender llegar a Dios y saber de él. Para otros, una enorme mentira que disfraza miedos e ineptitudes de nuestra limitadísima condición. Para otros un nombre para el puro deseo, para el afán tenaz, por más y mejor y más largo. Puede que experiencia de Dios sea ya descubrir con gusto que lo de Dios no se reduce a todo eso. Que es cierto que todo lo sospechado, y más, le acecha y amenaza de continuo. Pero una deliciosa certeza nos lleva a seguir confiando que Dios es Dios, más allá de nosotros y de todos. Que es, que está, que llama, que responde, que se enreda en la vida real, que nada nos arregla y que todo lo modifica para bien. Que más susurra que grita, que mejor anima que reprende, que más acaricia que golpea, que casi siempre deja un sitio vacío con aromas de eso que tradicional y confusamente llamamos Dios. Es más fácil y claro hablar de obligaciones y mandatos, viejos o actuales, que pretender señalar a su misterio. Sin ese misterio, ni los mandatos ni las libertades tienen tampoco referencia clara. “Con mi apelación -todos los tanteos y dificultades enumerados y muchísimos más- vengo a tu presencia. Y, al despertar, me saciaré de tu semblante” (Sal 16). Albergo y cuido con mimo esta esperanza en mi corazón.

                Y ¿de la experiencia de Dios? Irrebatible y obligatorio recordar el principio de “a Dios nadie lo ha visto jamás” (Jn1, 18). Con él, todo serán mediaciones. Es duro aceptarlo, y se presta a excusa para negarlo y prescindir de él.  Pero en muchos corazones se escucha como un grito, como un tumulto de aguas inmensas (Ignacio de Antioquia), o un simple deseo terco y luminoso de descubrir la belleza absoluta en su rostro. Y la paz que los acompaña comienza a merecer el título de experiencia de Dios. Otros llegan a muchísimo más y se descubren viviendo, nadando, respirando en él. O mejor, descubren que no han llegado a nada, sino que han sido alcanzados. (Como Pablo, el de la 2ª lectura de hoy, en unos versos anteriores 3, 9-10) Y, claro, quedan extasiados. Este hablar por no callar que siempre hacemos con Dios, cualquiera lo puede hacer mejor. Pero todos, absolutamente todos, y más en nuestro tiempo y cultura, tenemos obligación de intentarlo. Es el único tema importante. En este forzar y combinar palabras y experiencias nos vamos encontrando salvados. Con palabras de S. Agustín: “Tal es nuestra vida: ejercitarnos en el deseo. (…) Un recipiente para ser llenado, tiene que estar vacío. (…) Imagínate que Dios quiere llenarte de miel; si estás lleno de vinagre, ¿dónde pondrás la miel? (…) Y como decimos miel, podríamos decir oro o vino; lo que pretendemos es significar algo inefable: Dios. (…) Esta sola sílaba es todo lo que esperamos. (…) Ensanchemos, pues, nuestro corazón para que, cuando venga, nos llene, ya que seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.” 

LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS

                La 1ª lec pertenece al libro del Génesis, a las leyendas y tradiciones de Abrahán. Relata la alianza de Dios con el patriarca, tomando ritos de las costumbres nómadas para pactos y alianzas: sacrificar y partir animales por la mitad, y pasar por medio, expresando así que romper el pacto equivaldrá a ser descuartizado como los animales del rito. La puesta del sol, la oscuridad, el sueño profundo, el terror, son los signos de la llegada del Altísimo sobre Abrahán. La iniciativa y el pacto son de Dios: sólo la hornilla y la antorcha pasan entre los animales descuartizados. Abrahán -todavía Abrán- ve, y acoge la promesa.

                La 2ª lec es del capítulo 3, el más importante para saber de Pablo y de su experiencia del resucitado. La lectura es final de ese capítulo e inicio del siguiente. Ha contado sus encuentros con él. Tras el corre. Sabe que todo lo que él ha descubierto es patrimonio de todos, y todos pasamos con Pablo en Cristo a una nueva ciudadanía. Es preciso mantenernos firmes en ese núcleo de la fe.

                La 3ª, del evangelio de Lc, el correspondiente el ciclo C. La llamada “transfiguración” (metamorfosis) de Jesús, es una escena apocalíptica, de revelación del futuro en plena gloria, que recogen los tres sinópticos. En los tres, el monte, la “metamorfosis” de Jesús, la aparición de Moisés y Elías, las palabras de Pedro, la manifestación de Dios, el silencio, la vuelta de Jesús solo. Lucas agrega cosas como que sucede en la oración de Jesús, habla de cambio de aspecto, no de metamorfosis, y de gloria (recordar a Moisés y su cambio de rostro y su gloria), y, sobre todo, relata el contenido de la conversación de Jesús, Moisés y Elías. Tratan nada menos que de un “éxodo” de Jesús a Jerusalén (pasión, muerte y resurrección). Los discípulos duermen, Pedro le llama a Jesús “Maestro”, aunque ni sabe lo que dice, pues sueña sólo con hacer eterna la situación. Y llega la voz de Dios y su nube: hay que escuchar al “elegido”. Jesús, como Moisés, nos guía hasta la salvación y la gloria. La tiene Jesús, pero sólo se dejará vislumbrar tras la muerte, en la resurrección. Los tres no comprenden, les queda mucho camino hasta Jerusalén para descubrirlo. 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                Jesús cambia de aspecto en la oración. Todos, si rezamos intensamente, cambiamos de aspecto. No está muy claro eso de la eficacia de la oración. Es claro que, al menos, nosotros cambiamos. Se nos queda pinta humilde, se nos disuelven los rasgos duros, se nos concentra y reblandece el corazón,  se nos aparece como imprescindible el perdón, nos hacemos más buenos y se nos llena de chiribitas de luz brillante el cuerpo entero. A Jesús, tras la oración o en ella, sus tres más íntimos lo descubrieron cambiado. Rezando más en el desierto de la cuaresma iremos cambiando. O soñaremos con estrellas innumerables, como Abrahán, y con él descubriremos a Dios buscando hacer alianza con nosotros (1ªlec).

                Moisés y Elías, viejos conocidos de las Escrituras, la ley y los profetas, hablan con Jesús. De su futuro, un futuro que, por lo que anuncian las Escrituras, se presenta negro y duro como el éxodo de Egipto y las persecuciones del rey Ajab. Jesús, con el rostro y las ropas -su forma de presentarse- cambiados en la oración, vería con más serenidad poder afrontar ese futuro en Jerusalén. Los discípulos, y eran los preferidos, dormidos como casi siempre, sin enterarse, y soñando en prolongar lo más posible esa situación de ensueño. Pero el sueño es imposible, la realidad es siempre la llamada más cierta de Dios, y hay que reconocer que Pedro no sabe el alcance de lo que expresa como deseo.

                La nube, el terror, la voz, los elementos de que suele servirse la divinidad para hace notar su presencia lo llenan todo. Esa imponente presencia se concreta en la certeza de que Jesús de Nazaret, el que ha cambiado en la oración, es el Hijo, el elegido de Dios, y merece la pena escucharle. Lo importante, lo único importante, Dios, su presencia, dando legitimidad, realidad, base, a todo cuanto ha relatado el evangelio. Es el elegido y está camino a Jerusalén, es el hijo y prevé, con ayuda de la ley y los profetas, su muerte en la ciudad santa. Es con certeza hijo y elegido y, acogidos todos en la nube, sentimos la apabullante certeza de que nos queda un difícil camino hasta Jerusalén, hasta la meta misma de Dios.

                En el desierto, en la soledad de un monte alto, Dios nos hace señas inconfundibles de que junto a Jesús, siguiendo con él el camino, le encontraremos. Su atrayente belleza, en el rostro y el cuerpo transfigurado de su Elegido. Pero es preciso no alejarse mucho. Toda la belleza del rostro de Dios se concentrará en un hombre de dolores, desfigurado y masacrado, ante quien sólo apetece retirar la mirada (Is 53, 3). Y podemos confundirnos pensando que no es el rostro de Dios, sino del horror y el pecado. Para que ésto no suceda, para que encontremos a Dios en toda su gloria, hemos visto a Jesús cambiado enteramente, hoy, en un monte, entre sueños, y la voz terrible de Dios nos lo ha señalado de forma expresa. Porque vamos con él a Jerusalén y le esperan malos ratos, malos como la muerte. Y será fácil confundirse y creer que todo ha sido un sueño, cuando sobre un ajusticiado, deshecho y roto, resuene de nuevo la voz poderosa: “Es mi hijo, mi elegido (vd. Lc 23, 35), seguidle escuchando”.

                Es imprescindible para nuestra fe la escena del evangelio de hoy. Jesús, descubierto en su gloria, avanza a Jerusalén, donde sucumbirá lleno de ignominia. En el tormento, en la cruz, en la sepultura, necesitaremos recordar que Jesús lleva sobre sí la gloria de Dios. Y, aguardando un poquito le encontraremos resucitado, rebosante de Dios, de su vida y de su gloria. Hay que seguir con él. Merece la pena. Recordar siempre esta escena que llamamos de  transfiguración será como encontrar “una luz que brilla en medio de la oscuridad, hasta que la luz y la dicha y la vida de Dios sean de todos” (2Pe 1, 19).

                Jesús solo, los discípulos silenciosos, todo concluye en el punto de partida. Nuestra realidad de gente sola, con poca capacidad de comunicar las cosas más importantes, llenos de sueño y de misterio. Sin saber bien los límites de uno y otro. A caminar hacia Jerusalén, sin perder el asombro por todo lo visto y oído hoy en el monte santo. En esta sencilla celebración.

                 J. Javier Lizaur

                Nota: dicen de sabios rectificar. Más de necios. La cita del domingo pasado de Is 7, 12, era cierta, pero no el personaje al que se hacía alusión en el texto: Quien no pensaba tentar a Dios, como sabéis, era Acaz. Ezequías, el que nacería de la doncella. Era confundir el “bueno” y el “malo”. Bastante importante. Pido disculpas.