Cuarto domingo de pascua. Ciclo C. 25 de abril de 2010

Lecturas:
Hch 13, 14. 43-52  
Sal 99, 2. 3. 5  
Ap 7, 9. 14b-17  
Jn 10, 27-30
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                En tiempo pascual, y en todo tiempo, son importantes las oraciones de la liturgia. Podemos preguntarnos por qué les damos tan poca importancia, por qué no nos detenernos a reflexionar sobre ellas. En general -me atrevo a decir- muy pocos las comentan en homilías o preparaciones litúrgicas.  Pasan casi desapercibidas. La primera, la de reunión (“colecta”), resulta especialmente importante. Los ritos iniciales concluyen con esta oración. Nunca cuidaremos suficientemente esos ritos primeros. Nos jugamos mucho, quizá toda la celebración, en ellos. Pues bien, finalizan en una oración. (Oración, significa “discurso”.) Hemos reformado en la liturgia, tras el concilio, muchos elementos y también hemos tenido que recurrir a traducciones o leves adaptaciones. Las oraciones son puras traducciones del latín, no las hemos tocado, y creo urgente hacerlo. Quizá soy ignorante y hay algún grupo trabajando esa cuestión. Ojalá sea así, y los trabajos aparezcan pronto y sean acertados. Sería una gran contribución a que en la liturgia se valore algo más que la homilía.

                Quería que nos detuviéramos en las oraciones de estos domingos de Pascua. La del 2º, del 3º, hoy, la del 4º, y las que quedan. La del domingo 3º se formulaba en tercera persona: “Que tu pueblo, Señor…”, y el resultado último suena más bien impersonal. La del 2º hablaba de “riqueza inestimable del bautismo que nos ha purificado, del espíritu que nos ha hecho renacer y de la sangre que nos ha redimido”. Imposible mayor precisión y concisión, con su construcción ternaria, sus imágenes y su belleza. Lo mismo puede decirse de la de hoy: “el débil rebaño de tu Hijo tenga parte en la admirable victoria de su Pastor”. Y no es frecuente, en la liturgia dominical, que la oración primera recoja algo que puede resultar, por las lecturas, tema central de toda la celebración. Este domingo 4º, incluso la oración tras la comunión retoma el tema del Pastor, cosa más excepcional todavía. En el 6º, “que lo que recordamos transforme nuestras vidas y se manifieste en nuestras obras”. La sobriedad y concisión del latín no resultan hoy expresivas. Exigen mucha más atención y agilidad mental de las que estamos acostumbrados. Con una simple distracción primera, nos vemos privados de todo su contenido, que transcurre –con ayuda presidencial, en ocasiones- a velocidad vertiginosa. Sin olvidar nunca que se trata de cosas escuchadas una sola vez, sólo oídas, y que necesitan llegar al interior para convertirse en súplica. Es necesario cambiar todo el entramado de construcción de las oraciones. Ni la subordinación y gerundios continuos con puntos muy largos, ni la ausencia de términos que se presten a identificación personal en el yo y el tú, ni la concisión y brevedad, nI las abstracciones generalizadoras, ayudan a rezar a la asamblea recién reunida. Desarrollar las ideas, emplear mayores implicaciones personales, actualizaciones de tiempo y espacio, puntuaciones más cortas sin tanta subordinación y modalización. Oxigenarlas, darles aire y respiro, luminosidad y ritmo. Todo contribuiría a mejorarlas en orden a que toda la comunidad se pudiera sentir orante en ellas. Quizá fueran más largas, pero tampoco sería contrario al sentido primero de “oratio” como discurso. Se necesita tiempo para dar lugar a la intelección y comprensión de lo que alguien  formula en nombre de todos. Cuidemos más las oraciones. Merecen más atención.

                Si hablamos del lenguaje en las oraciones, también debemos recordar al menos las dificultades enormes del paso de las imágenes y la vida rural, agraria y pastoril, a la nuestra de las redes y los blogs y la realidad virtual. Hoy hablaremos de pastores, ovejas, rebaños, rediles (hasta el salmo entre lecturas nos habla así), y no todos los que participan conocen los términos y las experiencias que conllevan. ¿Llegará el momento en que no se pueda hablar, sin explicaciones, de Jesús-Pastor? 

                LOS TEXTOS EN SUS CONTEXTOS

                1ª lec del libro de los Hechos. La llegada de Pablo y Bernabé a Antioquia por Perge. Cumple el esquema que este libro aplica a todo anuncio del evangelio en ciudades del Imperio: llegada a la sinagoga, en sábado, anuncio a todos de la gracia de Dios en Jesús contando con las escrituras, resultado de unos pocos con los que formar grupo aparte, persecución de la mayoría al nuevo grupo, y salida del territorio. Lo mejor y más pascual, “los discípulos llenos de alegría y de Espíritu Santo”. Y que la palabra del Señor se difunde por todo.

                La 2ª lec del libro del Ap. Hay que abrir el libro herméticamente cerrado con siete sellos (Ap 5-6). Sólo el Cordero podrá. Al abrir el sexto sello, se hace patente el juicio de Dios y vemos con claridad los marcados tras la gran tribulación. Su culto vivo y continuo ante el trono de Dios y sus vestiduras nos hacen entrever el mundo nuevo, sin peligros ni lágrimas, en que El del trono anda en medio de todos, y el Cordero es el Pastor que proporciona fuentes vivas.

                El Ev de hoy (como en todos los ciclos) se centra en las imágenes del Pastor. El Mesías esperado por muchos contemporáneos de Jesús podía tomar forma e imagen de Rey, de Pastor, de Siervo para los demás. Aquí se presenta Jesús como pastor. Todo el capítulo 10 se ordena en torno a rebaño, puerta y pastor. Se presenta como controversia con los fariseos, sobre su ceguera. El breve texto de hoy avanza en la controversia, se ubica en el templo, en invierno, en la fiesta de la dedicación. El tema es ya si Jesús es el Mesías. Jesús vuelve sobre la relación del pastor con sus  ovejas. La afirma y profundiza hasta sumergirla en la relación misma del Padre con el Hijo.

                PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                Hablar de rebaños y ovejas a propósito de nosotros no parece lo más adecuado a los valores  hoy vigentes. Despersonaliza, torna gregario y sin iniciativa al conjunto, parece rebajar a las personas. Precisamente de todo ésto es de lo que huye el planteamiento puesto ahora en boca de Jesús. Entre él y cada uno de nosotros hay una relación personal y singularísima. Una relación que nos salva y nos introduce enteros en el misterio más íntimo de Dios.

                  ¿Qué es creer en Jesús? ¿En qué se concreta? Escuchar la voz de Jesús y seguirle. Así se le conoce y así se cree en él. Así se encuentra la vida y se tiene la certeza de que nos protegerá de todo mal, nos esconderá en su propia mano, y nos defenderá de cualquiera que pretenda hacernos daño o simplemente apartarnos de él. El pastor nos toma como cosa suya, interés propio. Al hacerlo así, justifica su vida. Así lo hizo, y murió en el intento. Pero hay alguien mayor incluso que este pastor que nos ama y protege, y ese, el Padre, arrancará al Pastor de la muerte y nos salvará a él y a nosotros con él.

                Escuchar a Jesús y atenernos a lo que escuchamos es creer en Jesús. Frecuentar más y más su palabra. Escucharla siempre con atención, dispuestos a dejarnos sorprender por ella. Lo haría casi siempre, caso de escucharla bien. Leerla personalmente con atención y con frecuencia. Y asimilarla, rumiarla, hacerla propia en mi circunstancia e historia concreta. Escucharla exige acogerla, dejarle hacer eco, que resuene tiempo y tiempo hasta que sea tan nuestra como las propias palabras. Esto es creer en Jesús. Lo ponemos en práctica cada domingo en el encuentro de la eucaristía. Pero creer y reforzar nuestra fe pediría mayor frecuencia y personalización en esa escucha. Si le escuchamos bien, es que creemos en él, es que somos suyos, “ovejas de su rebaño” con palabras antiguas del salmo.

                Donde ya no hacemos pie es al caer en la cuenta de que seguimos a Jesús, nos vamos identificando con él y, abrazados a él, nos hundimos en la luz cegadora del Dios Padre. No es sólo que Jesús nos pone a salvo y nos toma en su mano frente a todo peligro, es que las manos mismas del Padre nos acogen en Jesús. Ahí sí que nadie nos alcanza, ahí sí estamos salvos. Ahí descubrimos que todo lo que nos maravilla y nos arrastra de Jesús es del Padre mismo. Descubrimos que estamos en Dios, ¡bendito sea!, porque Jesús, a quien escuchamos, seguimos y queremos, es una unidad perfecta con el Padre en el Espíritu. Eso es vida.

                Ni hambre, ni sed, ni perjuicio del sol y del bochorno, ni más lágrimas. Mirando tan hondamente que creemos, vemos al Pastor hecho ofrenda (cordero) nuestra y pastor bueno, que nos guía a las más frescas y vitalizadoras aguas. Nos mantendrán vivos por siempre (vid 2ª lec).

                 J. Javier Lizaur