Domingo 21 de febrero – I de cuaresma

Lecturas
Dt 26, 4-10  
Sal 90, 1-2. 10-15
  
Rom 10, 8-13
  
Lc 4, 1-13 

PRIMERAS REFLEXIONES

                Comenzamos un tiempo diferente. Tal como se desenvuelve la liturgia romana, es difícil percibir sin mucha atención que se trata de algo distinto. Todo es igual menos los textos oracionales, los prefacios y las lecturas. Todo de atención intelectual. Hacen falta signos, elementos e intervenciones que entren por los sentidos y resalten las diferencias. Hay ausencias: himno de gloria, aleluias, flores, quizá acompañamiento musical. Pero, hasta para eso se requiere cierta especialización. De primeras todo tiene el mismo estilo y tono, pero en morado. Habría que trabajar y cuidar mucho más los signos no verbales, convirtiéndolos en aliados que expresen con claridad que estamos en un tiempo cristiano diferente: la cuaresma. En adviento se ha divulgado la corona y algún rito en torno a ella. Resulta expresiva y es como esperada por el pueblo. En cuaresma carecemos de algo similar y queda a la creatividad de cada comunidad. Y, entre nosotros, en nuestra tipo de religiosidad, queda siempre pendiente el reto, incluso para comunidades cristianas más avezadas en estas cosas, que el tiempo pascual es mucho más importante que el cuaresmal y que es la meta a la que éste tiende y desemboca.

                La tentación. Somos tentados muchas veces. Ir viviendo puede ser una especie de superación de tentaciones. Tomamos decisiones, unas muy trascendentes, otras muy poquito, muchas, con apariencia de pequeñas, resultan finalmente decisivas. Cada una de las opciones que se abren ante nosotros tiene mucho de tentación. Son posibilidades abiertas entre las que nuestra libertad ha de abrirse camino y con las que determina, opta, construye una concreta vida personal. Ocasiones, si miramos en fe, de construcción del reino. No sólo el diablo, ese que al final del evangelio de hoy, no renuncia sino que promete volver con mejor ocasión o suerte. También tienta Jesús a sus discípulos, los pone a prueba (Jn 6, 6). Y a Jesús, los fariseos, los saduceos, los discípulos, los de su pueblo. Y hasta nosotros. No tanto que le pongamos pruebas a vencer, sino que lo ponemos a prueba, a ver qué vale, qué da de sí. A Jesús le tienta no tanto el diablo, sino sus discípulos empeñados en cómo tiene que ser un verdadero mesías, y sus paisanos y familiares que le quieren más famoso, y la multitud que desea signos y milagros. Pero, como promete el final del evangelio de hoy, la verdadera tentación para Jesús reside en sus días finales, en su pasión y muerte. Elegir y construir, con tan rudos y duros materiales, la expresión más total de su amor y entrega es vencer la tentación absoluta: poner a prueba a Dios en momentos de tan extremo desamparo. Por eso Lucas le hace suspirar, como resumen final, su confianza plena: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46) . Mientras, Mateo coloca esa tentación final en boca de escribas y ancianos: “Si tanto lo quiere Dios, que lo libre” (Mt 27, 43). En la tentación, tan deslumbrantemente humana por ambigua, construimos, o dejamos de construir, lo mejor de nosotros mismos, nuestra dimensión en Cristo, en el Cristo Jesús auténticamente humano, y por eso tentado. 

LOS TEXTOS DE HOY Y SUS CONTEXTOS

                La 1ª lec, del libro de Deuteronomio, recoge una lectura fundamental para Israel. Es uno de los textos de tradición oral más antigua: el viejo credo de Israel. Se proclama al entregar las primicias de las cosechas, y comienza por la curiosa afirmación del origen extranjero de sí mismo (Ni endogamias, ni ensimismamiento). Para Israel la pregunta fundamental en ese momento de inicio de posesión de la tierra no es si Dios existe o si es el creador de todo. Es, escuetamente, quién me proporciona, año tras año, estas cosechas para que pueda mantenerme y vivir de ellas. Y es Yhwh, el de Egipto y las alianzas y la creación. La actitud final de adoración y reconocimiento es la que vincula esta lectura con el fondo último del evangelio de hoy.

                La 2ª lec pertenece a la carta a los Romanos. Más en concreto a los capítulos 9-11 que dedica Pablo al intento de aclaración y justificación del pueblo de las promesas nunca derogadas, pues  no ha respondido y se ha alejado de la llamada del evangelio. Algo que afecta y escandaliza de forma radical y personal su propia fe. Este pueblo suyo conoce y entiende la Ley como conoce y entiende a Jesús, pero no obedece la llamada interior a reconocer a Jesús y confiarle su salvación. Que esa llamada se extienda a gente no circuncidada les aparta todavía más del evangelio. Y hasta de sus propios profetas, que ya decían “todo el que invoca el nombre del Señor se salvará” (Y del espíritu del credo de la 1ª lec de hoy). Es fórmula antigua y concisa pero totalizadora la del verso 9, probablemente anterior a Pablo.

                La 3ª lec del evangelio de Lc. Texto sobre las conocidas como tentaciones de Jesús, que han dado lugar a mucha literatura y cine. Las recogen los tres sinópticos y algo insinúa Jn 12, 27. Mc no pormenoriza las tentaciones. Los tres hablan de que es el Espíritu quien guía a Jesús al desierto, de que el ayuno dura “cuarenta días” (equivalente a mucho o a todo) y de que el triunfo corresponde a Jesús. Mt y Lc especifican cuáles fueron las tentaciones, pero en diferente orden. Lc que tanta importancia presta en su obra a Jerusalén y el templo, coloca en último lugar esta tentación y así deja a Jesús situado en un lugar céntrico de salvación. Las tentaciones relatadas por Mt y Lc se sirven de las tentaciones del pueblo de Israel en el desierto que relata el Dt para subrayar que Jesús, origen del nuevo Israel, vence donde el anterior Israel es vencido. Qué sucediera en realidad sería bastante más difícil de precisar, aunque demos por hecho que las tentaciones se extienden a toda su vida y misión, y que son tan exactamente humanas (poder, milagrería, endiosamiento, manipulación de lo real) como para que no haya persona que pueda decirse ajena a ellas. 

UNA POSIBLE HOMILÍA

                Comenzamos la cuaresma, tiempo de conversión, tiempo para mirar hacia la Pascua. Un tiempo para buscar nuestra relación verdadera con las cosas: por un lado, con lo que ha sido y es nuestra vida personal y comunitaria; por otro, con el centro de nuestra fe y nuestra alegría, la Pascua del Señor. De nuestra vida, y para convertirnos, iremos viendo cosas en estos domingos de especial intensidad. Pero la primacía de todo, y siempre, será no perder de vista la importancia decisiva para nuestra fe de la muerte y la resurrección del Señor, nuestra Pascua.

                Y comenzamos la cuaresma de este 2010 bajo el signo de la tentación de Jesús. Jesús es tentado a aprovecharse de su propia situación: es Hijo de Dios. Tiene a mano hacer prodigios beneficiosos a otros, conseguir un poder real que transforme el pueblo, cambiar incluso las actitudes religiosas del mismo, todo porque es verdaderamente el hijo de Dios. ¿Nuestras tentaciones ahora? Somos hijos de Dios, como Jesús y en Jesús. La primera tentación es que no nos lo creemos. No vamos a pretender milagros ni para salvar el mundo. Sabemos nuestro papel, sabemos que fue tentación del mismo Jesús, no vamos a caer en ella. No. No hay el mínimo peligro. En nombre de no pasarnos y no tentar a Dios (sabemos muy bien el texto de Is que cita a Ezequías en su “no querer tentar a Dios” –Is 7, 12-) no arriesgamos ni ponemos en juego nuestra fe. ¿Qué nos atrevemos y qué no nos atrevemos a pedirle a Dios en esta cuaresma? ¿Es fe pura y depurada la nuestra? ¿Es resultado de nuestra muy ponderada reflexión sobre la oración de petición o más sencillamente no contamos para nada con Dios? ¿No tentamos a Dios o pasamos, -respetuosamente, eso sí-, de Dios? Este Dios que no le arregla las cosas ni a Jesús es fácilmente prescindible. ¿Es mi tentación abusar de Dios y exigirle imposibles o prescindir de él poco a poco y relegarlo de mi vida real? Dios no me arregla nada, como los mejores amores y los mejores amigos. Pero me es siempre, constantemente, absolutamente imprescindible, como los mejores amores y los mejores amigos, y mucho más.

                Y tampoco quiero el poder, que ya sugiere Lucas que siempre es diabólico, ni el exhibicionismo religioso. Por no tentar, ni pienso mucho en la muerte y en librarme de ella y retrasarla lo más posible. Esta fue la tentación total de Jesús: si librarse y cómo del sufrimiento y de la muerte, por cierto injustos. El Señor tentado y yo también. A lo largo de la vida y yo también. Ante la muerte, cruel o no -o siempre cruel-, y yo también. Pero entre las de Jesús y las mías casi descubro un fondo contrario. ¿Se aprovechará Jesús de su situación privilegiada de Hijo? La acaba de descubrir en el bautismo grupal con el Bautista. ¿Respetaré yo tanto a Dios que pasaré de largo en mi vida real de que soy su hijo? Sé bien todos los peligros, cuajados con crudeza en la historia, de controlar el poder, el honor, el dinero, el protagonismo, en nombre de Cristo. Yo, para ser bueno y mejorar la Iglesia y no caer en equivocaciones, ni le pido nada, ni le exijo nada, ni en el fondo espero nada de Dios respecto a esta mi vida concreta y en la tierra, rodeado de los demás. Igual luego ya veremos. Rehuyo aceptarme públicamente como hijo de Dios, confiado de verdad en su fuerza y sus promesas, y, si paso desapercibido domo creyente, mejor. Bien lejos de las tentaciones de Jesús.

                Por una vez, porque comenzamos la cuaresma, voy a poner en juego a Dios en mi vida. Puede que sea riesgo, pero quiero enredar a Dios en cuanto sucede y me sucede, aunque tenga el peligro de las tentaciones de hoy. Le haré partícipe de mis más nimias necesidades, le rogaré me ayude en las contrariedades, le protestaré de todo el mal del mundo, le haré presente a los enfermos y a los parados, le recordaré a los locos, le insistiré que tengo mucho miedo a la muerte. Y esperaré algo real, esperaré algo vivo y cierto de mi Dios, de mi Padre y Padre de nuestro Señor Jesucristo, el tentado casi al revés que yo: el por su convicción y su fe, yo por mi falta de fe. De tanto purificar mi fe, puede que más bien me desentienda de ella, y Dios pase a ser algo muy bello en mi decoración intelectual. Dios de lleno en mi vida y en mis disgustos, en mis indecisiones y dudas y batallitas. Pero Dios, siempre Dios, en medio de mis problemas y tinglados, soportando conmigo y en mí tensiones y tentaciones. Dios en todos mis fregados, mojado y estropeado en ellos, hasta abrir la puerta y quedar enceguecido por la luz de la Pascua.

                 J. Javier Lizaur