Domingo 14 de marzo – IV de Cuaresma

Lecturas
Jos 5, 9a.10-12  
Sal 33, 2-7  
2Cor 5, 17-21  
Lc 15, 1-3. 11-32
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                La lectura más larga de hoy, y probablemente la que centrará la atención, es la del Evangelio, la parábola del hijo pródigo, o mejor, del padre generoso. Muchos han comentado este texto y  hasta los cuadros que ha inspirado. No perdamos de vista la introducción a las tres parábolas de la oveja, de la moneda y del hijo perdidos. Las narraciones tratan sólo de dar cuerpo a esa introducción: que Jesús “acoge a los pecadores y come con ellos”. Esto es lo que escandaliza a los fariseos especialmente. Ellos ni se incluyen ni pueden ser incluidos en pecadores.

                Las invocaciones y oraciones de cuaresma insisten hasta el exceso en nuestra condición de pecadores: la oración de reunión del domingo pasado hablaba del “remedio de nuestros pecados” y de que “estamos hundidos bajo el peso de nuestras culpas”. De tan repetidas, pueden resultar coletillas de costumbre más que experiencias reales que nos abruman de continuo. Dicen que hoy se ha perdido el sentido de pecado. No sé si la insistencia de que estamos permanentemente bajo su peso, de que “ningún hombre es inocente frente a Dios”, contribuye a dar seriedad o rutina a esa conciencia. Hoy no vivimos bajo esa presión y sensación. La cuestión pendiente puede formularse así: si mantenemos ese lenguaje y esa forma de entender la vida, qué contenido damos a “pecado”. No encuentro que se trate mucho el tema. Se da por claro y evidente. Pero resulta peligroso seguir  insistiendo en que es así, sin precisar qué experiencia real recoge.

                Con S. Agustín y Lucero, podemos afirmar que el pecado es “permanecer encorvado sobre uno mismo”. (Supongo que en referencia a Dios, pues sin esa referencia hablaremos de otra cosa, pero no de pecado.) Cerrarse en uno mismo. Así, sin más, me preocupa cuánto de cerrado, porque todos guardamos una intimidad intransferible que nos define. Por tanto no debe ser el estar encorvado, sino cuánto, y, si es así, habrá que explicarlo, y la explicación deja oscuridades en la afirmación primera. ¿Quién ha dicho que es pecado el despilfarro y virtud el ahorro? ¿Quién, que la pereza es denostable y la acción encomiable? ¿Es pecado tener un carácter tendente al enfado o a la hipocondría y la tristeza? A veces, con buena voluntad, enseñamos que desobedecer a los papás o no estudiar o hasta cruzar mal los semáforos es pecado. Y siendo mayores, desobedecer a quien corresponda y no trabajar o estudiar, ¿será pecado?

                Cuando insistimos tanto en nuestro carácter de pecadores permanentes, nos aproximamos a eso que se llamaba “pecado de origen u original”, que no incluía la voluntariedad personal y que se desliza inexorable a ser pecadores sólo por ser criaturas limitadas. Nos deslizamos de ser “pecadores” a ser “pecado”, cosa hoy más fácil de presentar. (¿Qué quería decir Pedro, cuando exclama ante el Señor “apártate de mí, que soy un pecador” Lc 5, 8?) Cuando  generalizamos que todos estamos hundidos bajo los pecados, suena más a que las desgracias se ceban sobre nosotros y los pesares nos acompañan siempre. Y convendría no confundir esa situación con la de pecado, ni, en general, aceptar que las limitaciones propias de nuestra condición humana o de la personalidad de cada uno son, de entrada, pecado. Y aún queda el complejo tema de la libertad personal o la adhesión expresa del individuo a situaciones generales de pecado, con su participación real en ellas (la injusticia económica) y el debido contraste necesario de poder dejar de participar en algún momento. Nos equivocamos y erramos con mucha frecuencia. ¿Es pecado el error o pueden serlo sus consecuencias? El aprendizaje de los humanos sale adelante mediante el manejo de errores y aciertos. En todos los campos. Y ese error necesario -por ejemplo en sexualidad- no parece merecer el título de pecado.

                Algunos pensamos que es muy difícil pecar. Otros que muy fácil. Desde luego, creo indiscutible  que ha de ser en confrontación, en relación, con Dios, notando que tiene algo que ver con él. Sin eso tan importante no puedo formular nada de “pecado”. ¿Podremos mejorar nuestro vivir ante Dios en un tema tan decisivo sin precisar mucho más de qué hablamos? No vale seguir afirmando que somos pecadores, sin explicar algo más. La generalización en esto del pecado es injusta, es peligrosa y puede que, sencillamente, falsa. Debemos afrontar y precisar, si queremos salvar algo sobre pecado. Porque para notar que necesitamos, y urgentemente, salvación, son muchísimas más las experiencias de que partimos, que la de sólo pecado. 

TEXTOS DE HOY Y SUS CONTEXTOS

                La 1ª lec, breve, pertenece al libro de Josué. Para los católicos pertenece el grupo de libros históricos y para el pueblo judío al llamado de ”profetas”. En esos libros históricos se pueden descubrir diferentes tradiciones y Josué pertenece al bloque deuteronómico: de Jos a 2Re. Al meditar el pasado de Israel, (aquí el pasado de la conquista de la tierra prometida), lo lee en la clave de la fidelidad de Dios a su alianza y la infidelidad del pueblo a la misma. Propone volver a esa alianza y adhesión permanente al Dios siempre fiel, y recordarla de continuo. En la lectura de hoy aparecen referencias a la Pascua, agrícolas y ajenas ya al desierto, y con un calendario más preciso.

                La 2ª lec, forma parte de los textos de 2Co en torno a las glorias y penas de la tarea del apóstol. En la lectura de hoy, coloca la vida nueva en la reconciliación total. Nosotros, reconciliados con Dios, sembramos reconciliación y la establecemos en toda la humanidad. En este escrito, en ella encuentra Pablo la vida nueva. La iniciativa ha partido de Dios, nos alcanza y reconcilia en nosotros mismos y, de ahí, partimos a reconciliar el mundo. Nuestro ministerio es reconciliar. Dios nos lo hizo en Cristo, sin pedirnos cuentas de nuestros pecados. En ese mismo estilo, buscamos reconciliación.

                La 3ª lec, del 15 del evangelio de Lc. Tres cuentecillos para aclarar eso de si Jesús -y el Dios del que habla- acoge a los pecadores y come con ellos. Los tres con su cumbre en la alegría enorme y sorpresiva de Dios al encontrarnos. El Ev de hoy sólo contiene la parábola conocida como del hijo pródigo y el hermano mayor. Su verdadero protagonista es el Padre. 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                “Dejaos reconciliar con Dios”. Os lo pido en nombre de Cristo, dejaos reconciliar con Dios (2ª lec). Ya bien avanzada la cuaresma del año 10, más cerca de la fiesta cristiana de la Pascua, y el consejo o la orden consiste en que nos dejemos reconciliar con Dios. Habremos hecho esfuerzos de conversión, de más oración, de reflexión intensa, de atención preferente a los necesitados y resulta que era cosa de dejarnos hacer algo. Dejar que nos reconcilien, dejar a Dios su sitio para que nos reconcilie. Algo más bien pasivo. Abrirnos, hacer posible el acceso de Dios hasta nosotros, la llegada de quien trae la reconciliación.

                El hijo pequeño se ha hecho adulto y se ha ido de casa con lo suyo. El mayor sigue en casa, entre aburrido y resentido. La oveja se ha escapado en fuerza de algún leve instinto. y la moneda ha rodado con la poca fortuna de perderse en el rincón más recóndito. A todos, a todo, llega la misteriosa voz, “dejaos reconciliar”. La escucha el pequeño entre cerdos que todo lo dejan impuro, en el hambre que lo retuerce hasta confundirlo con el grito del padre. El mayor lo escucha de labios del Padre directamente. La oveja siente miedo, y la moneda, no siente. Pero la voz o la llamada o el afán llega a todos para que retornen al punto de partida, para encontrar allí nada menos que la alegría siempre esperada y buscada, para un abrazo y una fiesta inolvidable. Que venga también Josué que le llaman para entregarle definitivamente el acta de la libertad de su pueblo. A todos llama, busca, reordena, acoge y vivifica el Señor, el Padre que vive pendiente de cuanto existe, ansioso sólo de abrazarse con él.

                Nosotros, en esta cuaresma, sin otra tarea que la de reconciliación. Muchos se sentirán hijos perdidos, muchos, hijos en casa entristecidos, alguno, oveja irrecuperable, alguien, simplemente nada: nunca ha sido otra cosa que nada en sitio alguno. Dejémonos reconciliar primero con nosotros mismos, con el papel que hemos ido asumiendo y construyendo. Para el Padre no tiene importancia si hemos salido de casa buscando autonomía o novedades, ni le importa que, de tanto estar con él, ni le prestemos atención. No le importa la tozudez -ya tiene costumbre, por la de Israel-, ni la desesperanza total. Le importamos todos y cada uno de nosotros, comos somos y queremos ser. No pregunta, ni echa en cara. Está empeñado en montar una gran fiesta con nosotros, no la va a hacer él solito. Nos necesita gozosos, tranquilos, pacificados. Reconciliados en nuestro haber y entender para no pasar ya vergüenza, ni temor ante él; reconciliados, para no intentar cargarle a él nuestras personales frustraciones en casa. Y haremos una gran fiesta, una fiesta interminable. Tan sin fin, que descubriremos que el fondo consistía en que “estaba muerto y ha revivido”. Sí, el Hijo. Y el perdido, y el de casa, y el que ni se entera, todos, muertos y resucitados.

                Si más o menos ya estamos reconciliados con nosotros mismos ante Dios, y vivimos el gozo y la paz en el Espíritu Santo (Rom 14, 17), nos queda la tarea de la reconciliación. Para Pablo en eso consiste la vida nueva, en reconciliación. ¡Vaya tarea! La iglesia entera, convertida en un enorme espacio abierto para toda reconciliación. Si queremos convertirnos o trabajar algo nuestro compromiso bautismal o renovar nuestra vida nueva en el Espíritu, si queremos algo en esta cuaresma, vamos todos al tajo de la reconciliación. Basta y sobra con eso, pero a la tarea. En esta iglesia de las malas caras y las broncas, que vuelva el estilo de la reconciliación, ese que ni pregunta qué has hecho ni por qué, que no te riñe antes de la fiesta, que no estropea la fiesta con reconvenciones. Buscar reconciliaciones de integristas y progresistas, papistas y populares. Sin temor al irenismo de las paces falsas, pues la reconciliación tampoco anulará las diferencias. Fomentar el diálogo, el encuentro, la mirada benévola entre políticas diferentes, entre economías antagonistas. Fomentar encuentros, nunca distancias, favorecer reconciliaciones, nunca enfrentamientos. Jamás cortar el fino hilo que aún queda para algún encuentro posible. Me permito pensar que este es el ayuno que Dios espera de todos nosotros. Que esto es conversión del corazón y no llanto y golpes de pecho.

                Todo, porque tu hermano “estaba muerto y ha resucitado”. Y eso sí que será la fiesta de la vida sin vuelta atrás. La fiesta de la Pascua, con la certeza de que nadie nunca nos arrebatará esta alegría (Jn 16, 22).

                 J. Javier Lizaur