dominngo tercero de adviento. 13 de diciembre de 2009

DOMINGO TERCERO DE ADVIENTO13 de diciembre de 2009So 3, 14-18ª   Sal: Is 12, 2-6   Flp 4, 4-7   Lc 3, 10-18 IDEAS SUELTAS EN TORNO A LAS LECTURAS                Aparecen en el evangelio de hoy propuestas concretas de conversión, apropiadas al estado de vida de cada uno. Concretan la conversión anunciada y exigida. Es clásico distinguir “primera conversión” de la segunda o las siguientes. En la primera se trata del paso decisivo a la fe, el cambio a la adhesión personal a Jesucristo.  Las demás serán muy probablemente necesarias a lo largo de la vida, pero no tendrán la radicalidad y responsabilidad de la primera. Y surge espontánea la primera cuestión sobre la importancia y la calidad de nuestra primera conversión que ha de preceder y culminar en el bautismo. En la práctica totalidad de los casos, entre nosotros no tiene lugar la primera conversión. Queda solapada en la decisión de los padres de bautizarnos. Así, en ningún momento podemos asumir nuestra propia vida con suficiente perspectiva como para confiarla a las manos de Dios, por la atracción (la gracia) que nos ha supuesto Jesucristo y todo lo suyo. ¿Es prescindible esta primera conversión? ¿Es suficiente ir haciéndola a lo largo de la vida en las diferentes conversiones? ¿Es posible transferirla en toda su seriedad a la confirmación, o incluso a la preparación del matrimonio? Puede que de no tener que elegirla nunca con implicación  personal, con claridad sobre su alternativa contraria de no adhesión, la base de nuestra fe ofrezca siempre un tono como de dejación. Otros asumieron la responsabilidad (?) y nosotros no nos vemos obligados a hacerlo nunca de manera verdaderamente personalizada. ¿Es factible retrasar el bautismo hasta la maduración que haga posible esa conversión primera? ¿Cuál sería ese momento? ¿Pudiera mantenerse el bautismo de infantes y exigir en otro momento diferente la conversión, pero -eso sí- exigirla de verdad? Esta especie de desbandada general de bautizados, ¿sería igual tras una conversión primera personal y personalizada? ¿Sería un caso más en que la exigencia más fuerte, lejos de asustar, implicase más a los creyentes? ¿O sucedería lo contrario y seríamos menos todavía?

DOMINGO TERCERO DE ADVIENTO13 de diciembre de 2009So 3, 14-18ª   Sal: Is 12, 2-6   Flp 4, 4-7   Lc 3, 10-18 IDEAS SUELTAS EN TORNO A LAS LECTURAS                Aparecen en el evangelio de hoy propuestas concretas de conversión, apropiadas al estado de vida de cada uno. Concretan la conversión anunciada y exigida. Es clásico distinguir “primera conversión” de la segunda o las siguientes. En la primera se trata del paso decisivo a la fe, el cambio a la adhesión personal a Jesucristo.  Las demás serán muy probablemente necesarias a lo largo de la vida, pero no tendrán la radicalidad y responsabilidad de la primera. Y surge espontánea la primera cuestión sobre la importancia y la calidad de nuestra primera conversión que ha de preceder y culminar en el bautismo. En la práctica totalidad de los casos, entre nosotros no tiene lugar la primera conversión. Queda solapada en la decisión de los padres de bautizarnos. Así, en ningún momento podemos asumir nuestra propia vida con suficiente perspectiva como para confiarla a las manos de Dios, por la atracción (la gracia) que nos ha supuesto Jesucristo y todo lo suyo. ¿Es prescindible esta primera conversión? ¿Es suficiente ir haciéndola a lo largo de la vida en las diferentes conversiones? ¿Es posible transferirla en toda su seriedad a la confirmación, o incluso a la preparación del matrimonio? Puede que de no tener que elegirla nunca con implicación  personal, con claridad sobre su alternativa contraria de no adhesión, la base de nuestra fe ofrezca siempre un tono como de dejación. Otros asumieron la responsabilidad (?) y nosotros no nos vemos obligados a hacerlo nunca de manera verdaderamente personalizada. ¿Es factible retrasar el bautismo hasta la maduración que haga posible esa conversión primera? ¿Cuál sería ese momento? ¿Pudiera mantenerse el bautismo de infantes y exigir en otro momento diferente la conversión, pero -eso sí- exigirla de verdad? Esta especie de desbandada general de bautizados, ¿sería igual tras una conversión primera personal y personalizada? ¿Sería un caso más en que la exigencia más fuerte, lejos de asustar, implicase más a los creyentes? ¿O sucedería lo contrario y seríamos menos todavía?                Y la alegría. Hoy aparece con abundancia en las dos primeras lecturas. Un tema interesante a debatir entre todos y al alcance de cualquiera. Puede que la primera dificultad surja de las mismas palabras. Alegría, gozo, dicha, felicidad, y otras. “Estad siempre alegres…Os lo repito estad alegres” (2ª lec) Una recomendación en forma de imperativo. Todos recordamos aquel dicho (Bernanos) de que un cristiano ha de ser alegre. Mensajero, ¿qué hay de la alegría? ¿Es una actitud, un estado, algo que dura y se extiende en el tiempo o simplemente un destello momentáneo de luces, color y vida? ¿Es más que la felicidad o es un paso hacia ella? ¿Podemos buscarla  y provocarla o la encontramos y nos alcanza graciosamente? Ya para este momento del diálogo las diferencias y matices serán numerosos y todavía daremos vueltas a qué palabra corresponde mejor a nuestra experiencia. La alegría tiene mucho, o brota quizá, de la paz, el sosiego, el estar bien con uno mismo y sus obras. Habla de expansión o dilatación del corazón, de abrazo a lo que vivimos o nos rodea, de holgura y anchura interior. Va unida a la consecución de metas. Se opone a la tristeza, el desasosiego, la pesantez del diario vivir. En paz, unidos a lo que somos y hacemos, alejados de la tristeza y la desconfianza, ¿estamos ya alegres? ¿O sólo en disposición de estarlo y hemos de esperarla, abiertos, por si llega? La alegría es posesión de sí y de sus cosas, serenidad; requiere distancia también y desprendimiento de la inmediatez nuestra y del entorno. Pero  siempre es fogonazo deslumbrante de unión con y en la vida que nos electriza o nos inunda. ¿La podemos retener o sólo esperar que se repita? ¿Es posible mantener una actitud alegre, que puede que sea lo que nos recomienda Pablo? ¿O se trata sólo de una actitud positiva, de adherirnos a la vida como es y viene, esperando la gracia del instante de alegría? Toda esta digresión resulta una manera más de diferir la cuestión de si entre nosotros es posible la alegría, o de cuánta alegría. Tan lejos de los paraísos de llegada, tan desgastadas y envejecidas las esperanzas, entre tantas lágrimas y dolor, ¿podemos estar alegres? ¿Debemos quizá estarlo como afirmación de fe frente a tanta fuente de tristeza? ¿Qué relación encadena la salvación y la realidad? ¿Es su mediación la alegría? Las certezas del Señor, su resurrección, su venida son alegrías de altísima calidad, ¿pero podemos relacionarlas sin riesgo de desaparición con el duro día a día de los días y su grisura? Con el contenido que cada uno pongamos en ello, es llamada, convocatoria e interpelación del Señor a todos, hoy mismo y aquí, la de estar siempre alegres. Él pondrá su gracia. LAS LECTURAS Y SUS CONTEXTOS                1ª lec del profeta Sofonías. De la segunda mitad del S VII a C. Ante la presión de los asirios, algunos huyen del reino del norte y se refugian en Jerusalén. Se funda con ellos un nuevo barrio al norte de la ciudad, cercano al templo. Él es la “hija de Sión”. Para Sofonías, ante “el día del Señor”, que ha llegado al norte y amenaza al sur, la esperanza surge en un “pequeño resto”, en la hija de Sión -en el nuevo barrio-, porque en él sí reside el Señor que salvará a Israel.                2ª lec, como el domingo anterior de la carta a los de Filipos. Más bien del final de la misma. Una llamada a la alegría y la mesura: el Señor viene, pero tarda. La oración aporta su presencia en la espera y en la paz nos sentimos acogidos y protegidos del Señor.                3ª lec del evangelio de Lucas. Un texto propio y exclusivo de Lc, concretando conversiones. El resto, coincide con los otros sinópticos. El bautismo que propone Juan está en la línea del “día del Señor” de Sofonías, y el fuego es aquí Espíritu Santo. No es todavía el reino; lo precede y anuncia, y él justo llega a poder llevarle las sandalias. En el texto inmediato posterior se presenta ya el reino, Jesús. Con su genealogía.PARA UNA POSIBLE HOMILÍA                Otro adviento. Tercer domingo ya. “Entonces, ¿qué hacemos?” Vivimos tiempos complejos y hasta confusos. La perplejidad nos paraliza. No aminora la dureza y oscuridad de la vida en los simples días transcurridos en este adviento 2009. “¿Qué hacemos nosotros?” Tres propuestas concretas de conversión: una claramente universal, la solidaridad; otras dos, más unidas a circunstancias concretas de dinero o de fuerza, pero que sin forzar lo más mínimo son también universales.                Es admirable, es casi milagroso. Milagroso, es decir fuera y contra las llamadas leyes naturales. Estamos todos sometidos, encadenados a nuestra propias leyes y costumbres personales y bien sujetos a normas y principios inexorables del entorno, a lo que hoy llamamos gráficamente “lo políticamente correcto”. Cambiar es tanto como crear, salir de lo natural, inventar de nuevo el mundo, nuestro pequeño mundo. Requiere fe -en que hay otro mundo- y audacia -lanzarse a lo desconocido y sólo entrevisto-.   Cambiarnos a la solidaridad. No a la políticamente recomendada y hasta exigida de las publicidades y los famosos y sus famoseos. Una solidaridad que pellizque nuestros bienes y nuestras pretendidas correcciones de gente de bien. Una solidaridad que arañe, hago daño en lo nuestro personal, para ser entregada a los demás, a quienes ni son yo ni son como yo -por suerte-. Solidaridad sin publicidad, sin lazos para el retorno, que obligue a desprenderse, a deshacer un poco nuestro mundo y nuestro yo para acercarnos a otro y nuevo.                  Y ¿esas solidaridades que no cumplen siquiera con los mínimos de justicia y no saben nada de impuestos públicos, de leyes sobre capital? No es posible solidaridad sin honestidad en los asuntos de dinero y sus fáciles ocultaciones, que siempre reniegan de su colaboración en lo público y detestan todo lo que exija mirar a lo colectivo, a lo de varios y no de uno solo. La solidaridad, con honestidad. Sin claridad en las aportaciones necesarias al bien común es mentira toda palabra de solidaridad. Algo de esto plantea el segundo caso del “qué hacemos” de hoy.                 “¿Qué hacemos?” Nada por la fuerza. O quizá, aun cuando nos cuesta admitirlo, ¿hay cuestiones urgentes que exigen fuerza y violencia? ¿Cuánta, si así fuera? Entre las gentes más jóvenes parece que la fuerza es casi natural y, entre juego y diversión, se usa con normalidad. Pero para “no hacer extorsión” se precisa no emplear la fuerza en orden a nada; nada se ha de acercar o conseguir si necesita el uso de la fuerza. El culto a la fuerza, a la musculatura -aun con pretexto de belleza- es un peligro, aunque sea bien visto y aceptado por todos. Los débiles no tienen cartel, la delicadeza es cosa de blandos. Los gritos, las palabras fuertes, los golpes, todo en esa enorme, deshumanizada esfera de la fuerza y la violencia. Con facilidad nos descubriremos dentro de ella. Y lo peor es que cada vez nos asusta menos. Convertirnos de la extorsión, la fuerza, la violencia, la imposición. En el fondo, no desesperarnos de tanta ambigüedad, de tanta confusión y aceptar vivir en ella, sin romperla a machetazos. Convertirnos al pábilo vacilante y la caña ya cascada (Is 42, 2).                Cualquier conversión es un milagro, porque rompe lo esperado, lo habitual y natural de nuestro mundo tan poco natural. “¿Qué hacemos?” Cualquier novedad, cualquier imprevisto está más cerca de la conversión que las pequeñas conversiones a lo de siempre, que llevan sólo a más o mejor de lo mismo. En esta complejidad y confusión, creatividad, novedad, invención son nombres de la conversión y del cambio. “¿Qué hacemos?” Sencillo: experiencias nuevas, creaciones pequeñitas que surjan de la sencillez primera del evangelio. Creaciones nuevas en nosotros y en nuestro entorno. Son obra del Espíritu, se acercan al fuego.                Al concluir el evangelio de hoy escuchamos la frase  “añadiendo otras muchas cosas” (vd Jn 16, 12). Otra conversión: perder el miedo a añadir cosas a las viejas y repetitivas que más que evangelio son modelos sociales y convenciones rancias; que no son anuncio claro y sencillo del reino. Del reino no tenemos derechos ni a llevar los primeros ladrillos o las primeras semillas, no nos corresponde ni presentar unos modelos exclusivos de conversión. No somos dignos ni de llevar en la mano las sandalias de nuestro Señor y Salvador, Cristo Jesús, que viene a nosotros con su Reino, el de Dios. Él sí es otra cosa, es la novedad total, el cambio completo.                 J. Javier Lizaur