Domingo 22 de noviembre – XXXIV del ordinario (Cristo Rey)

Lecturas
Dn 7, 13-14  
Sal 92, 1-2. 5  
Ap 1, 5-8  
Jn 18, 33b-37

 

PRIMERAS IDEAS

                Concluye el ciclo litúrgico B, para dar comienzo al C con el domingo próximo, primero del Adviento. Concluye con la solemnidad de Cristo Rey, como síntesis y meta de todo el recorrido cristiano del año. Antes de la reforma conciliar no era así, y el domingo de Cristo Rey era el último del mes de octubre, pero no el final del año litúrgico. Al colocarlo en el final se ha pretendido centrar o corregir el sentido de esta fiesta. Había sido creada en 1925 por el papa Pío XI, en un contexto y situación política concreta, y con referencias implícitas a la misma.

                El domingo próximo comienza el adviento de este año y sería bueno prever una preparación y celebración lo más cercana posible a nuestra realidad, y, desde ella, creadora de esperanza.

                La fiesta de Cristo Rey no es ajena al ambiente final, escatológico, con el que concluyen los años litúrgicos. La realeza, o mejor el señorío, de Cristo se manifestará al final, será la conclusión gloriosa de todo. Su afirmación es el punto central y culminante de la escatología cristiana. 1Cor 15, 25-28. Cristo “tiene que” reinar. Afirmación de fe, e incuestionable. Contenido final y confesante de toda fe cristiana en ese “tiene que”. La muerte reina sobre todos los humanos. Será la última vencida, y será  arrastrada ante Dios como fruto de la victoria de Cristo. Con la muerte vencida, todos los humanos, sometidos por ella, se ven también colocados ante Dios, el que será plenitud de todo.

                Nos movemos en uno de los principales, si no el principal, punto de controversia de la teología cristiana actual. La dificultad de compaginar el señorío de Cristo sobre toda la creación y la aceptación del poder salvador de otras religiones y aun fuera de ellas. No parece posible hoy prescindir o silenciar la afirmación de fe de “Cristo tiene que reinar” en la humanidad y el universo entero. Si en otras religiones hay caminos de salvación (vd NE y DH), ¿qué relación mantienen con Cristo Jesús? ¿Sigue siendo él y su reinado referencia última e insustituible para todos y cada uno de los salvados? Cambiando señorío o realeza por mediación, ¿es eludible la mediación de Cristo, el Señor? ¿Es posible que otros grandes hombres y mujeres de Dios establezcan mediación directa con él, sin intervención de Cristo Jesús? No parece que los cristianos puedan renunciar a este punto de su fe en la que es quicio. ¿Vale aquí también la diferencia explícito e implícito? ¿Es suficiente proclamación cristiana la realeza y señorío de Cristo sin su afirmación explícita o sin deducir las consecuencias de la misma? Cristo ejercería su señorío real, pero de forma implícita, sobre el resto de religiones; como sin decirlo expresamente (ni rechazarlo), pero siendo real y verdadera su mediación no dicha. ¿No es una solución en falso, pues las demás religiones y opciones quedan siempre por debajo de Cristo, pero lo silenciamos como por delicadeza o por miedo? “Y toda lengua proclame ¡Jesú-Cristo es Señor! para gloria de Dios Padre” (Flp 2, 11).

                Entre Señor y Rey, ¿qué título más adaptado a la cultura, al estilo de hoy? “Señor” fue uno de los títulos primeros y expresos sobre la divinidad de Jesús, frecuente sobre todo en la obra de Lucas. Ya en el S. I, el título Señor (Kyrios) se atribuía al emperador, colocándolo en cercanía con la divinidad. No parece posible separarlo de sus adherencias políticas y sociales. Pudiera pensarse que eran títulos más adecuados los de “Gran Esclavo”, “Universal Servidor”; pero no señalarían la ruptura de la resurrección y entronización en Dios del ajusticiado. Al hacerlo con títulos que así lo señalan, resulta imposible que no contengan adherencias del poder y el dominio.

 

                1ª lec de la profecía de Daniel. De su parte central, entre los capítulos 7-12. Una visión nocturna –nocturna, ¿facilita o entorpece la visión?- nos presenta a la figura central del texto, “un hijo de hombre”, que viene en las nubes y se presenta al anciano. De aceptar Jesús de Nazaret algún título, pudiera haber sido este. Quizá para la Escritura es un título más cercano a Dios que “hijo de Dios”. El “como un hijo de hombre” viene en nubes, sin origen concreto expreso, y se acerca a Dios. Hijo de Dios era título no sólo atribuido al rey de Israel (Sal 2), sino a otros reyes del entorno. Recordemos además la discusión en Jerusalén sobre la filiación divina del Mesías y el ser hijo de Dios (Mc 12, 37)

 

                2ª lec del libro del Apocalipsis, que significa “revelación”. Revelación de Juan para una iglesia que sufre persecución y celebra los misterios santos. Es continuación del saludo primero de Juan a las siete iglesias, deseando gracia y paz de parte del Espíritu y de Jesucristo. El “desarrollo” de ‘Jesucristo’ es la lectura de hoy. El Rey nos ha amado y nos ha hecho reyes y sacerdotes por amor. Todos han de mirar (un mirar que es intimidad en relación): los que lo aman y los que lo temen, porque lo atravesaron. Las palabras finales pertenecen a Dios, que todo lo abarca, y en todo se ha movido y se mueve hacia nosotros.

 

                3ª lec  del evangelio de Juan. Nos situamos en la narración de la pasión de Jesús. Un diálogo propio y característico  de este evangelista. No sucede en el exterior, sino dentro del Pretorio (en el interior, frente al exterior del  mundo. ¿El interior de las comunidades de Juan?). El punto de partida, corroborado por los otros evangelios: el título de rey para Jesús en boca de Pilato, certificado luego en el cartelón de la cruz. Casi un diálogo de lingüistas en torno a los términos, sus matices y su alcance real. Termina el diálogo, Pilato sale fuera y comienzan las burlas en torno a la realeza de Jesús. Y ¿si fuera esta segunda la verdadera?

 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                El Señor es Dios: él nos lumina (Sal 110). No es rey con criterios del mundo. Su reino no es de este mundo. Es rey para la verdad. Es tan la verdad de todo cuanto existe que esa verdad es la que lo constituye como rey de todo. Es rey que es agua, y que es luz y que es pan para vivir y que es pastor y que es esclavo y que es vida rebosante. Por eso es la verdad de las cosas, fluyendo entre nosotros. Sabemos por experiencia de su luz y su agua y su pan y su vida. Al saberlo y descubrirlo tan generoso e inagotable, sabemos que es rey y fuente de luz y de agua y de vida. Sabemos por experiencia de su estar por encima de todo, haciendo fluir, empapándolo todo. Su ser, tan originario, es ser realmente rey de cuanto vive y fluye y se mueve. Es rey del Espíritu. Es el Señor. Y nadie lo reconoce como tal, si no es por ese Espíritu que de él mana y todo lo inunda.

                Su reino no tiene que ver con los de este mundo, por civilizados que se presenten. Ni ejércitos, ni coacciones, ni miedo, ni impuestos, ni reverencias, ni castillos –ni interiores-, ni boato, ni pompa y circunstancia. Libertad, amor, ternura, debilidad por los malos y perdedores, son las claves de ese reino. Organizaciones, derecho, dicasterios, controles no son el reino. El reino es él y sólo él. Su comunidad lo intenta. Prefigura, hace interesante, provoca envidia por el reino, sin serlo. Señala qué y cómo es el reino, pero el horizonte último de cuanto señala es Jesús de Nazaret y sólo él. Su comunidad –y ojalá así fuera- sólo “”un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, un recinto donde seguir esperando” (vd Plegaria Eucarística V b), no en el que estar tranquilo y cómodo, como si se tratara de una situación consolidada.

                El reino está entre nosotros (Lc  17, 21). Hasta fuera de nosotros. Está por todas partes, empujando con fuerza, mientras la creación gime. Creciendo en sitios inesperados, en estercoleros de esta humanidad satisfecha y orgullosa, en rincones oscuros de olvido y soledad, en apartados donde se mantiene la esperanza aun en la misma sumisión. Está donde las razones para seguir esperando sin razones. ¿No lo veis, incluso oís, brotar manso y bello como la hierba? Se desarrolla en tanto amor y ternura silencioso que estremece la creación, en las búsquedas tercas de paz y de concordia, en los que vienen y van lejos, buscando eso, el Reino sin saberlo, y han de esperar en campos de refugiados. Entre nosotros. Come con publicanos y pecadores (Lc 15, 2), sabe de prostitutas que aventajarán a virtuosos  (. Está entre nosotros como semilla que se pudre y fructifica, como  antorcha en la noche, como joya inalcanzable, como levadura de otro pan, como el dinero perdido y necesario, como la pobre viuda generosa, como esterilla a los pies de todos, como paciente espera de quien busca.

                Está en nosotros, madura en nuestro interior, se apoya en el Espíritu. Nos hace dichosos en circunstancias bien adversas, en pobreza y paro y persecución, en mansedumbre y tersura de corazón. Dichosos en procurar la dicha a los demás. Tensos sólo ante la desesperanza. Está en nuestro interior, creciendo por años y días. En nosotros, incluso cuando nos desmoronamos y las fuerzas ceden o la memoria y la inteligencia nos abandonan. En nosotros siempre vigilantes, atentos a cuanto sucede, espabilados ante quien puede que esté llamando a la puerta para entrar y cenar con nosotros. En nosotros, como gozo y paz, consuela a todos y bendice a Dios.

                Venga a nosotros tu reino, Señor y Rey. Que tu reino nos alcance, nos invada, nos asalte y nos sumerja por fin. Que llegue tu reino. ¡Ven, Señor Jesús! Ven, y será tu reino.