Domingo 9 de agosto – XIX del Tiempo Ordinario


Lecturas
1Re 19, 4-8
Sal 33, 2-9
Ef 4, 30- 5, 2
Jn 6, 41-51
 

 REFLEXIONES PRIMERAS

En un pasaje muy bello del ciclo de Elías, escuchamos hoy que comió un pan cocido, que le era imprescindible para llegar a la meta del camino, Dios. El profeta huye de Jezabel que le busca para matarlo. Está cansado de huir en un intento que ahora le parece inútil o excesivo. Descubre algo bien sencillo y que descubrimos todos con la madurez: yo, el profeta de vida y hechos tan extraordinarios, no soy mejor que nadie. No merecen la pena estos esfuerzos, soy como todos y no me voy a singularizar. Cansancio, renuncia al protagonismo, humillación de quien sólo puede huir, sensación de la muerte próxima. Elías duerme y espera la muerte. Por medio de un ángel, se siente llamado a proseguir hasta la meta, el monte de Dios. Le ofrece pan cocido y agua. Come y bebe y, sin ánimo suficiente, vuelve a dormir. De nuevo el ángel, y una afirmación: el camino es superior a tus fuerzas. También han de confluir experiencias y tiempo para la constatación de que el camino, cualquier camino, es superior a nuestras fuerzas. De nuevo una llamada superior y un alimento extraordinario y, al fin, ya tiene fuerzas el profeta para avanzar hasta el Dios insondable de final del camino. Ese camino dura lo que ha de durar, los célebres 40 años. No perderse el final de este texto precioso: 19, 9-14.

Alimento para el camino, eucaristía, viático. Viático, de ‘via’, camino. La Eucaristía, en el cansancio final, en el barrunto de la muerte cercana, en el temor de pasar una puerta que se abre hacia delante y nunca hacia atrás. ¿Qué querría Vd. para esos días u horas últimas? Ternura, paz, no mucho dolor, gente que me quiera bien…y un trozo de pan y un poco de vino que me presten las fuerzas últimas necesarias. Se ha llamado siempre “viático”. El “ritual de la sagrada comunión (…) fuera de la Misa” nos recuerda que el fin primero y primordial de la reserva eucarística es la administración del viático. (No el culto estático de la misma, añadiría yo.) El viático, eucaristía final, implica que el creyente asume sin mentiras su precaria situación, acepta la proximidad y compañía de la muerte, es consciente de que este trozo final del camino suele ser especialmente costoso, y echa en falta un signo de la bendición y las fuerzas que llegan del Señor. El signo del pan y el vino de la Eucaristía. Ya ha dicho Juan que la multiplicación de panes fue en la proximidad de la Pascua (Jn 6, 4) y añade luego que “llegada la hora de pasar de este mundo al Padre” (Jn 13, 1) Ahí mismo, en ese momento, se encuentra el creyente cristiano. Es crucial para él, sabe que le dará fuerzas, que no es mejor que los demás humanos, y pide con humildad un alimento sobresustancial. Un regalo final inmerecido, la bendición y el sí absoluto de Dios a él y su vida y su muerte, que es para todos Cristo Jesús. La Eucaristía, en ese momento, es viático para el último tramo del camino. Es también “puerta sagrada” para el paso-pascua definitivo. “Yo soy la puerta de las ovejas”, dice el Señor (Jn 10, 7). Por esa puerta entramos en la Pascua definitiva. Por ese alimento nos unimos e incorporamos a Cristo Jesús y con él y como él afrontamos los últimos momentos.

La 1ª lec., del primer libro de los Reyes, narra las aventuras finales del tiempo de profecía de Elías en el reino del Norte. Va a tomar el relevo (y el manto) Eliseo, antes de que Elías sea arrebatado al cielo. Encuadramos el texto en el reino del Norte y su prosperidad del momento, en el enfrentamiento y la muerte de los falsos profetas por parte de Elías, en su persecución y en su experiencia de Dios en el monte Horeb (Sinaí?). Figura como 1ª lectura, en razón de ser un signo, explicación y anuncio de la Eucaristía como pan de camino por la vida. Sucede lo mismo con todas las 1ªs lecturas de estos domingos, cuyo evangelio es el capítulo 6 de Juan.

La 2ª lec continúa con el texto de la carta a los Efesios en su última parte. Sigue con las consecuencias concretas del vivir la vida nueva en Cristo. Aparece el término “imitar” a Jesús, como equiparable a “seguir” o a “vivir con” o “ser en”, de más antigua raigambre. La complicación mayor del texto estaría en los términos que hacen referencia al sacrificio y al propiciatorio, “oblación y víctima de suave olor” (resonancias de Rom 3, 25). Habría que descubrir palabras y expresiones nuevas, sin perder la unión entre la muerte de Jesús y el perdón total de los pecados. No se trata sólo de las palabras, sino de las realidades y experiencias de las que parten esas palabras.

El Ev pertenece al capítulo 6 de Jn. Recoge algo de la controversia en la sinagoga entre Jesús y sus oyentes sobre origen y autoridad de Jesús. (Otros evangelios también la recuerdan y en parecidos términos. Tampoco podrá separarse con facilidad de la controversia primera entre cristianos y sinagoga.) ¿Cómo puede Jesús presentarse como “pan bajado del cielo”, si conocemos a sus parientes, y de dónde viene? Es el único texto del evangelio en que aparece expresamente Jesús como hijo de José. Recordar hoy también que los discursos colocados en el cuarto evangelio no son de desarrollo lineal, sino circulares, envueltos sobre sí mismos, con una idea fundamental a la que se vuelve de continuo, y pequeños desarrollos, también repetidos, que centran  armónicamente esa idea principal. Son ideas que acompañan en este texto a la propuesta principal del “pan de la vida”, la iniciativa del Padre -no de humanos-, la excepcional relación del Padre con el Hijo, y la equivalencia del creer y el comer: los dos reportan vida eterna y los dos se implican en un comer-tragar como venido del cielo, Dios, a una carne y sangre histórica, fruto de una familia y unos padres.

 

PROPUESTAS DE HOMILÍA

La pretensión de Jesús es muy alta. Él es el pan bajado del cielo. Él viene de Dios mismo. La realidad que conocen y pueden demostrar sus contemporáneos es más pedestre: es el hijo de José y conocen al resto de su familia. Es algo diferente en su hablar y en su obrar, pues cura y sana y multiplica el pan en la necesidad, como sucedió al pueblo en el desierto. Pero de ahí a que sea “pan bajado del cielo” hay demasiada distancia, una distancia astronómica, y una radical diferencia, la de Dios a hombre. Veamos nosotros y nuestras experiencias: ¿hemos comprobado que es un pan divino, imprescindible para mantenernos vivos? Es pan todo él, su estilo, sus palabras, sus costumbres, sus acciones y omisiones, su vida y su valoración de ella, su muerte y su entrega. Todo en él es pan de la vida y sólo puede provenir del cielo. ¿Lo hemos comprobado?

Sus contemporáneos, que le conocen tan bien, han de aceptar que acercarse al misterio de Dios es la mejor y la única manera de entenderle. Se lo dice Jesús con palabras que parecen estropear las iniciativas humanas, pero que vienen a decir lo mismo: es el Padre Dios quien se encarga de atraer, acercar, a Jesús a quienes le van a descubrir cercano a Dios y no meramente hijo de José y su familia. Es que de Dios nadie puede atreverse a hacer afirmaciones, salvo Jesús, el hijo, que lo conoce íntimamente y de siempre. Del misterio de Dios sólo Jesús sabe bien. Escuchando al Padre, se entiende a Jesús, el pan para la vida.

Los humanos nos vamos quedando sin vida. Va a menos con el tiempo. Tememos la muerte y siempre, siempre, buscamos más vida para mantenerla, mejorarla, disfrutarla. ¿Quién puede hablar sin miedo de esa vida que es esta vida nuestra? Jesús, que afirma que él nos la garantiza. El que cree en Jesús tiene vida para siempre. Un poquito más adelante, Jesús lo cambia: quien come a Jesús tiene esa vida eterna. Comer a Jesús lo hemos reducido demasiado al pan de la Eucaristía. Por su origen, en la inminencia de su muerte; por decisión de Jesús, “repetidlo en mi recuerdo”; por acuerdo de la comunidad, “cada vez que comemos este pan (…) anunciamos la muerte del Señor”; por todo esto, no comemos a un Jesús sin historia. Comemos una carne concreta, nacida de mujer, nacida bajo la ley, y una sangre derramada y entregada en alianza nueva. Una manera de entender la vida que llevó a Jesús a una muerte inexorable. Comulgamos con todo eso a la vez, sin dejar aparte o desperdiciar nada. “¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber?” Comulgar con Jesús en su cena de despedida era comulgar con su mismo destino, con una realidad muerta por la muerte y llena de la esperanza de la vida de Dios. No cosificar la Eucaristía es imprescindible para entender estos discursos del evangelio de Juan. Es Jesús entero y verdadero el que es pan de la vida. A él hay que aceptarlo como es y experimentar que así cobra fuerza y dicha nuestra vida. El pan que da Jesús, que solemos llamar eucaristía, es su carne, su vida limitada y carnal, el escándalo de tener que aceptar que esa carne, como la nuestra, encierra y vive del misterio de Dios. Comulgar con el Jesús de Nazaret concreto y real, el que viene de Dios, es comulgar con Dios, aliarse con él en su misteriosa dinámica de salvación universal que brota en Jesús.

Pan rico y tierno para todos, la entrañable manera de vivir de Jesús. Asimilando esa vida, como el más nutritivo de los alimentos, nos vamos haciendo hijos de Dios en el Hijo único, el Cristo de Dios, bendito siempre y por siempre.

               

 J. Javier Lizaur