Lecturas:
2Sam 7, 1-5; 8-12; 14-16
Sal 88, 2-5, 27-29
Rom 16, 25-27
Lc 1, 26-38
Y TERMINA EL ADVIENTO
Ya tenemos la Navidad encima. Tendremos que repetir el mensaje de siempre con fe renovada. Esto es evangelio, actualizar el mensaje de siempre, que trata de Dios y Jesús, haciéndolo pasar por nuestras historias actuales que tratan de nosotros. Importante sería que lo consiguiéramos en esta Navidad.
No vale protestar de las condiciones actuales de la misma, ni quejarnos de la imposibilidad de sacar de ella la más pequeña porción de fe. No merece la pena lamentarnos otra vez de la pérdida de valores esenciales. Puede resultar un caso más de que nos resulta más sencillo presentar los misterios de Dios en las circunstancias difíciles de la vida que en las gozosas. Hay buenas noticias, excelentes noticias, noticias hoy sólo de expansión y alegría: Dios con nosotros para siempre, los pecados perdonados, la paz garantizada, el sentido de la vida y del universo respondido, la ternura brotando mansamente. Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha regalado. Vida nueva, divertida, retozante del crío, observado bobaliconamente por todos, padres, abuelos, hermanos. Qué gustazo, qué alegría, qué bienestar junto a él. Y llega una multitud de pobres que nadie sabría contar, de toda lengua, raza y nación, con sus imponentes miserias, y al niño se le ve feliz como ellos y con ellos que son los suyos. La madre, como loca, que le llamarán dichosa para siempre. Que nos conceda el Señor saber decir lo de siempre con palabras y gestos nuevos y emocionantes, en el ambiente actual de la Navidad que puede gustarnos o desagradarnos.
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