Domingo de Ramos. En la pasión del Señor. Ciclo C. 28 de marzo de 2010

Lecturas
Is 50, 4-7  
Sal 21, 8-9. 17-20. 23-24  
Fp 2, 6-11  
Lc 22, 14-23, 56
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                De entrada, no olvidemos varias cosas. La celebración está centrada en la lectura de la Pasión del Señor, este año en la versión de Lucas. El ritmo de la celebración cristiana lo señala el domingo, por tanto, la reunión próxima es la de la Pascua, no tanto la del triduo pascual. La primera parte de la celebración es un rito de entrada, algo más largo de lo habitual, que incluye la procesión con los ramos acompañando a Cristo que sube a Jerusalén. Esta primera parte ofrece en el misal romano tres posibilidades, según la importancia de la celebración y el número de participantes. Pensemos un poquito cuál conviene más al conjunto de la celebración. En sus orígenes, trataba de coincidir con el recorrido de Jesús para entrar en Jerusalén, y contenía un desplazamiento real hacia ella, en procesión y con los ramos. Recordar finalmente que está oficialmente aceptado suprimir una o las dos lecturas que anteceden a la pasión por mantener esta entera y darle mayor realce.

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Domingo 21 de marzo – V de Cuaresma

Lecturas
Is 43, 16-21  
Sal 125, 1-6  
Fp 3, 8-14  
Jn 8, 1-11
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                Jesús de nuevo enfrentado a pecados y leyes. Son otros quienes lo llevan a ese terreno para ponerlo a prueba. Debe de ser un terreno muy propicio para poner a prueba a cualquiera. De hecho, Jesús mismo lo utiliza para comprometer a quienes querían hacerlo con él. Una ley como de justicia para su momento y su cultura, que otro momento y cultura descubre sencillamente inhumana. Estos son los vaivenes de culpas y sanciones que dependen de nuestros juicios. Dejan patentes la fragilidad e inconsistencia de los mismos. Nos suele gustar el papel de justicieros: siempre -más en nuestro estilo de vida- descubrir culpables para todo, y luego el riguroso ‘que se haga justicia’, equivalente a ‘se castigue con dureza máxima’. Tan familiarizados con la falsa secuencia causa-efecto, no toleramos admitir que suceda algo sin culpables. Resulta mucho más tranquilizador que no saber de ellos. Y una vez que los tenemos, sin perder tiempo en buscar la certeza, descargamos en ellos nuestras iras, venganzas y, sobre todo, frustraciones y envidias. Todo depende de cómo entendemos la condición humana y de cómo pretendemos controlar las oscuras relaciones entre el mal y la libertad. Los resultados multiplican la injusticia y ahondan la división permanente entre pretendidos buenos y malos. Merece la pena dedicar más atención a los temas de justicia que nos parecen tan evidentes como los de tiempos de Jesús a ellos, pero que están llenos de carencias y ocultan siempre un no tan disimulado deseo de venganza. Y ¿cuándo los justicieros se revisten de celo cristiano? Leyes, con el marchamo de cristianas o hasta evangélicas, que también el paso del tiempo ha desacreditado, y que tan oscuros momentos han propiciado –y propician- a la historia de la Iglesia. Siempre se ha interpretado con poca literalidad y mucha metáfora la afirmación del evangelio de ese Dios nuestro que “hace salir el sol sobre buenos y malos y envía la lluvia para justos y pecadores” (Mt 5, 45).

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Domingo 14 de marzo – IV de Cuaresma

Lecturas
Jos 5, 9a.10-12  
Sal 33, 2-7  
2Cor 5, 17-21  
Lc 15, 1-3. 11-32
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                La lectura más larga de hoy, y probablemente la que centrará la atención, es la del Evangelio, la parábola del hijo pródigo, o mejor, del padre generoso. Muchos han comentado este texto y  hasta los cuadros que ha inspirado. No perdamos de vista la introducción a las tres parábolas de la oveja, de la moneda y del hijo perdidos. Las narraciones tratan sólo de dar cuerpo a esa introducción: que Jesús “acoge a los pecadores y come con ellos”. Esto es lo que escandaliza a los fariseos especialmente. Ellos ni se incluyen ni pueden ser incluidos en pecadores.

                Las invocaciones y oraciones de cuaresma insisten hasta el exceso en nuestra condición de pecadores: la oración de reunión del domingo pasado hablaba del “remedio de nuestros pecados” y de que “estamos hundidos bajo el peso de nuestras culpas”. De tan repetidas, pueden resultar coletillas de costumbre más que experiencias reales que nos abruman de continuo. Dicen que hoy se ha perdido el sentido de pecado. No sé si la insistencia de que estamos permanentemente bajo su peso, de que “ningún hombre es inocente frente a Dios”, contribuye a dar seriedad o rutina a esa conciencia. Hoy no vivimos bajo esa presión y sensación. La cuestión pendiente puede formularse así: si mantenemos ese lenguaje y esa forma de entender la vida, qué contenido damos a “pecado”. No encuentro que se trate mucho el tema. Se da por claro y evidente. Pero resulta peligroso seguir  insistiendo en que es así, sin precisar qué experiencia real recoge.

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Domingo 7 de marzo – III de cuaresma

Lecturas:
Ex 3, 1-8a. 13-15  
Sal 102, 1-4. 6-8. 11  
1Cor 10, 1-6. 10-12  
Lc 13, 1-9
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                Una soberbia primera lectura bien conocida de todos: La manifestación de Dios a Moisés. La presentación, el hacerse evidente de Dios a su siervo Moisés, ese que hablará con él cara a cara (Dt 34, 10). Unos signos inexplicables que provocan curiosidad y atención, una llamada y una misión. Ésta tan peligrosa y difícil que el llamado busca alguna prueba de que no sueña. Pide, nada menos, que saber “el nombre” del Dios que le envía. Quien sabe su nombre sabe todo lo posible sobre él. La respuesta de Dios es evasiva, o no tan precisa como a Moisés -y a cualquiera- le hubiera gustado. Yhwh, nombre santo e impronunciable en diversas tradiciones religiosas. Sobre este nombre, infinidad de estudios, comentarios, plegarias y, sobre todo, vidas colgadas de él, empezando por la de Moisés. El nombre (Él-es) tiene un claro matiz de futuro, señalando que se descubre la verdad de ese nombre identitario, precisamente viéndole actuar como lo hará en adelante.

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Domingo 28 de febrero – II de cuaresma

Lecturas
Gn 15, 5-12. 17-18  
Sal 26, 1. 7-9. 13-14  
Flp 3, 17-4, 1   Lc  9, 28b-36
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                En las lecturas de hoy, hombres con experiencia de Dios y alguien, diferente de ellos, que ha tratado de recogerla. Hoy insistimos mucho -quizá nunca suficiente- sobre la experiencia de Dios por parte del creyente. Como algo que, en algún momento y de alguna manera, debe suceder en su vida real.En nuestra iniciación cristiana, que en muchos casos ha sido simultanea y confundida con todas las iniciaciones y enseñanzas necesarias, no se hace fuerza en el intento de acceder personalmente al misterio de Dios. Las normas y obligaciones, hasta los rezos en su materialidad, son más fáciles de transmitir. Pero, ¿Dios, algo de Dios, algo de ese misterio de fondo que no puede ser alcanzado por los sentidos? Para muchos no es otra cosa que la expresión máxima de la soberbia humana: pretender llegar a Dios y saber de él. Para otros, una enorme mentira que disfraza miedos e ineptitudes de nuestra limitadísima condición. Para otros un nombre para el puro deseo, para el afán tenaz, por más y mejor y más largo. Puede que experiencia de Dios sea ya descubrir con gusto que lo de Dios no se reduce a todo eso. Que es cierto que todo lo sospechado, y más, le acecha y amenaza de continuo. Pero una deliciosa certeza nos lleva a seguir confiando que Dios es Dios, más allá de nosotros y de todos. Que es, que está, que llama, que responde, que se enreda en la vida real, que nada nos arregla y que todo lo modifica para bien. Que más susurra que grita, que mejor anima que reprende, que más acaricia que golpea, que casi siempre deja un sitio vacío con aromas de eso que tradicional y confusamente llamamos Dios. Es más fácil y claro hablar de obligaciones y mandatos, viejos o actuales, que pretender señalar a su misterio. Sin ese misterio, ni los mandatos ni las libertades tienen tampoco referencia clara. “Con mi apelación -todos los tanteos y dificultades enumerados y muchísimos más- vengo a tu presencia. Y, al despertar, me saciaré de tu semblante” (Sal 16). Albergo y cuido con mimo esta esperanza en mi corazón.

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Domingo 21 de febrero – I de cuaresma

Lecturas
Dt 26, 4-10  
Sal 90, 1-2. 10-15
  
Rom 10, 8-13
  
Lc 4, 1-13 

PRIMERAS REFLEXIONES

                Comenzamos un tiempo diferente. Tal como se desenvuelve la liturgia romana, es difícil percibir sin mucha atención que se trata de algo distinto. Todo es igual menos los textos oracionales, los prefacios y las lecturas. Todo de atención intelectual. Hacen falta signos, elementos e intervenciones que entren por los sentidos y resalten las diferencias. Hay ausencias: himno de gloria, aleluias, flores, quizá acompañamiento musical. Pero, hasta para eso se requiere cierta especialización. De primeras todo tiene el mismo estilo y tono, pero en morado. Habría que trabajar y cuidar mucho más los signos no verbales, convirtiéndolos en aliados que expresen con claridad que estamos en un tiempo cristiano diferente: la cuaresma. En adviento se ha divulgado la corona y algún rito en torno a ella. Resulta expresiva y es como esperada por el pueblo. En cuaresma carecemos de algo similar y queda a la creatividad de cada comunidad. Y, entre nosotros, en nuestra tipo de religiosidad, queda siempre pendiente el reto, incluso para comunidades cristianas más avezadas en estas cosas, que el tiempo pascual es mucho más importante que el cuaresmal y que es la meta a la que éste tiende y desemboca.

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Domingo 14 de febrero – VI del ordinario

Lecturas
Jer 17, 5-8  
Sal 1, 1-6  
1Cor 15, 12. 16-20  
Lc 6, 17. 20-26
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                Comenzamos por la cuaresma, que comienza este año el próximo miércoles, 17. Es ya el momento de prepararlo todo, desconfiando de la improvisación. Importa conseguir un conjunto expresivo de celebraciones, actitudes, decoraciones, propósitos y propuestas. Que sea toda ella coherente. Que señale y anticipe la primacía del tiempo pascual. Que sea realista para predicar la conversión en este tiempo de crisis general de economía y de esperanza. En las Eucaristías, aunar cantos, liberar la sobriedad, potenciar los silencios, cuidar un ambiente de plegaria. Todos los domingos, los seis, debieran de dejar claro, sin explicaciones, que forman una unidad y que justifican una diferencia respecto a otros.

                Con frecuencia, en todo el ámbito de la educación, se plantea el tema de la memoria. Parece que periódicamente se la desprestigia o se la ensalza. Vale plantear lo mismo para la catequesis. Incluso, con visión más total, para su uso y presencia en la construcción progresiva del creyente. ¿Es conveniente, o más bien quizá necesario, que el cristiano sepa el padrenuestro, los mandamientos de la ley antigua, el credo, textos y aclamaciones para la liturgia, las bienaventuranzas?

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Domingo 7 de febrero – V del ordinario

Lecturas
Is 6, 1-8  
Sal 137, 1-5. 7-8  
1Cor 15, 1-11  
Lc 5, 1-11
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                Aparece hoy en los textos la célebre presentación de Dios a Isaías en el templo y su título de “santo”. Una especie de cantinela o letanía con la que los serafines nombran y rinden homenaje a Dios. El empleo del término “santo” lleva entre nosotros una fuerte carga moral. Casi parece imposible separar la santidad de los buenos comportamientos. Y esos buenos comportamientos se atienen a valoraciones sociales, sometidas a la relatividad de tiempos y culturas. En las Escrituras, aquí y en su paralelo del Apocalipsis, la santidad es la mejor caracterización de Dios. Del Dios del universo, que lo ha dejado repleto de su misma gloria. La santidad conviene a la identidad de Dios, la precisa, y a su misterio inalcanzable. Sólo Dios es santo, sólo él tiene como propia la santidad, sólo él puede prestarla o regalarla. Algo de la cohesión sin fisuras, de la plenitud total, de la inaccesibilidad, algo de todo eso que sólo Dios puede poseer. Nuestras “santidades” lo son sólo por su regalo, por su invasión de la realidad, nunca por nuestros méritos y obras. Su punto fijo de inserción entre nosotros es Cristo Jesús, el santo de Dios. Su persistencia en la historia que transcurre la administra el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo. Cuando el primer escrito cristiano llama santos todos los de la comunidad (1Tes 3,13), no hace sino reflejar que la santidad única de Dios desemboca en cada cristiano por la muerte y resurrección de Cristo al que cada creyente se vincula por su bautismo. En la liturgia católica la aclamación del tres veces Santo es fija. En la plegaria eucarística II proclamamos. “Santo eres en verdad, Señor, fuente de toda santidad”. Una corrección en este dirección de lo referente a lo santo nos daría una visión más exacta de su realidad y nos libraría de las contradicciones que genera dar título de santos a quienes lo son de una forma tan claramente vinculada a modelos sociales que se quieren proclamar y proponer como paradigmas atemporales. “Que yo soy Dios y no hombre, santo en medio de ti y no enemigo a la puerta” (Os  11, 9)

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Domingo 31 de enero – IV del ordinario

Lecturas
Jer 1, 4-5. 17-19  
Sal 70, 1-6. 15. 17  
1Cor 12, 31-13, 13  
Lc 4, 21-30
 

PRIMERAS REFLEXIONES 

               Jeremías y Jesús de Nazaret sufren el rechazo de los suyos. Necesitan una fuerza mayor para resistir y la encuentran en Dios, en su Espíritu. Es la tensión de los diferentes. Al resultarnos tan familiares y entrañables, podemos olvidar su incomodidad. Pero no serían fáciles de aceptar, no digamos de integrar. Su estilo, su comportamiento, son inquietantes, interpelantes para los demás. No se atienen a lo convencional, a lo acostumbrado y, con frecuencia, se salen de tono. Ni al rey, ni a la familia, ni a los jefes religiosos, ni a sus discípulos. Se desmarcan y dejan fuera de lugar a otros, si pretenden ser fieles a sí mismos. ¿Los clasificaríamos entre los normales o entre no-normales? En nuestra sociedad y cultura tan masificada, ¿somos normales o no? En la versión de las bienaventuranzas de Lucas figura aquello de “Ay, si siempre hablan bien de vosotros”. Ya sé que habremos de preguntarnos por la causa de ese sospechar y hablar mal. Pero si siempre hablan bien, es que no somos signos de nada (insignificantes), iguales a todos en vulgaridad administrada. Algo singular, algo diferente, debiera de ser inseparable del cristiano. Puede que no sea tan malo que no seamos gente normal, si por tal aceptamos lo socialmente normalizado para ni destacar ni llamar la atención ni singularizarnos. Al menos debemos cuestionarnos siempre esta normalidad nuestra, en que incluso la enfermedad y la ancianidad son estorbos y resultan sospechosas de anormalidad. Ay de la normalidad de un colectivo que ve normal el hambre, la injusticia, el terror, el silencio, la soledad y se incomoda ante la debilidad, la vejez y la diferencia. ¿Somos normales o anormales los cristianos en esta sociedad?

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Domingo 24 de enero – III del ordinario

Lecturas
Ne 8, 2-4a. 5-6. 8-10  
Sal 18, 8-10. 15  
1Cor 12, 12-30  
Lc 1, 1-4. 4, 14-21
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                Este domingo entra en las fechas fijadas para los ocho días de oración por la unidad de los cristianos. Sería conveniente dedicarlo a este tema. Centrar con él las oraciones, la homilía, los cantos y el ambiente general. Hay tres formularios en el misal romano dedicados a esta causa e incluyen un prefacio. Con todo esto, sin necesidad de cambiar las lecturas del día, y con la ilusión que pongan la comunidad y el presidente, podremos construir una buena –y necesaria- celebración sobre la unidad, tan urgente y tan lenta, de todos los cristianos y sus iglesias y congregaciones.

                La 1ª lectura se presta a una reflexión sobre la liturgia. Nos muestra un caso de liturgia a la vuelta del destierro y lo hace con precisión. Los gestos y actitudes, los actores, el lugar, los objetos de esa liturgia. Cuidar todos los detalles y unirlos aportando coherencia en su expresión es básico para toda celebración. Que el pueblo se acostumbre a la expresión corporal. Cambiamos dos o tres veces de postura en nuestras liturgias, pero demasiado maquinalmente y con poca conciencia del significado del cuerpo y sus actitudes. Es ya tópico denunciar lo poco expresiva que resulta la liturgia romana en todo lo relacionado con el cuerpo. Aun tópico, es evidentemente cierto. Pero, en el fondo, carecemos de voluntad, de disposición y educación, para ir haciendo de nuestro cuerpo algo que expresa y potencia nuestro interior. Saber  manifestar nuestros sentimientos con el cuerpo en cualquier ámbito, y más ante Dios. Si siento algo, lo expreso con una determinada postura corporal. Si adoro, si escucho, si como, si acojo, lo hago de forma que se me nota. Tan en serio, tan intensamente, que el mismo gesto refuerza mi actitud. La valoración de la liturgia pasa por la valorización del cuerpo y sus posibilidades expresivas. Quizá haga falta una explicación, una pedagogía y una formación, de nuestras posturas corporales partiendo de esas actitudes radicalmente religiosas que las personas testimoniamos en nuestras celebraciones.

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