Domingo de la octava de Navidad. Sagrada Familia

Lecturas
Gen 15, 1-6; 21, 1-3  
Sal 104, 1b-9  
Hb 11, 8. 11-12. 17-19  
Lc 2, 22-40

EN NAVIDAD Y EN FAMILIA.

      Nuestra tradición, más reciente de lo que parece, une con fuerza la navidad y la familia. Días de encuentros y de reconciliaciones, de disfrute por estar y sabernos juntos y, si cristianos todos, hasta de alegría por estar unidos y salvados. Con todo, la coincidencia de muchos y diversos también facilita las tensiones y enfrentamientos y, más que nada, las frustraciones por las expectativas puestas y el corto resultado.

      Si algo está sometido a la cultura es precisamente la familia. Empleamos la palabra, como si tuviera un indiscutible contenido, igual para todos y siempre. No hace falta apelar a tiempos lejanos; en los actuales en otras culturas, y en la nuestra misma hasta el S. XX, la familia tenía un sentido amplio, más cercano a clan y grupo que a familia actual. En el S. I, en tiempos de Jesús, era amplia y se regía por otras leyes. Su cohesión y su honor eran premisas incuestionables, su patriarcalismo proporcionaba cohesión al conjunto; hasta la precaria economía era común. Los niños eran del grupo para lo bueno y lo malo, y no gozaban de privilegio alguno. Hablar de aquella familia y de la nuestra como similares es una falsedad. De ese estilo de familia resultaba heroicidad y traición desmarcarse y alejarse -como lo hizo Jesús-. Esto no quita, sino que refuerza, los intentos y logros del grupo familiar de Jesús por controlarle a él, beneficiarse de su fama, y dirigir, tras su muerte, los grupos de seguidores de Jerusalén.

      Es difícil sacar argumentos en favor de la familia, de cualquier familia, partiendo del evangelio. (No tanto en las cartas, aun contando con la diferencia de contenido de la palabra.) En él, la familia es cuestionada con frecuencia (Mc 3, 32-35; 21; 10, 29; Mt 10,  37). Se dice que habrá división y persecución entre sus miembros, que es preciso abandonarla por seguir a Jesús, que aquí mismo se encontrará nueva familia con madres y hermanos, se relativizan sus relaciones que quedan pospuestas a las del reino.

      No sobrará repetir una vez más que los llamados “evangelios de la infancia”, son reconstrucciones teológicas sobre unos datos escasísimos o nulos sobre Jesús de Nazaret. La confesión de fe en la resurrección del Señor y su grandeza se aplican al nacimiento e infancia de Jesús, y el resultado son esos dos primeros capítulos de Mt y de Lc, diferentes y próximos entre sí. Otros pudieran haber sido creados con el mismo fin (el prólogo de Jn), partiendo como ellos de referencias, datos y citas del 1er testamento y sus tradiciones.

       La 1ª lec del libro del Gen, del ciclo de Abraham, es hermosísima, como todas las del ciclo, pero nada tiene que ver con la familia a que hoy hacemos referencia. El hijo y la tierra son lo real inmediato de las promesas de Dios y proporcionan continuidad. Los dos son más que nunca en este caso de Abraham puro regalo inesperado y desproporcionado del Dios de la alianza.

       La 2ª lec, un texto precioso y profundo de la carta a Hb, desarrolla con ejemplos qué es la fe (“seguridad de lo que se espera, y prueba de los que no se ve.” Hb11, 1). La lectura contiene parte de lo aplicado en la carta a Abrahán y su fe. Para concluir “así recobró a Isaac como figura del futuro”. El de Cristo Jesús, y el tuyo y mío.

      El Ev, de Lc. Un texto largo y difícil, si se espera de él algo sobre familia. Lc en su obra (Ev y Hch) presta gran importancia a Jerusalén y su templo. Juan, el Bautista, anunciado en él, no entra al templo. Jesús, anunciado y nacido fuera, entra ahora, como liberador, luz, gloria, salvador universal: todos los títulos con resonancias del 2º Is. Simeón y Ana le dan la bienvenida y bendicen a Dios. Son prototipos del pueblo de Israel que aguarda al Mesías y vive esperándole. Los personajes del relato cumplen en Jesús la ley y se encuentran con la gracia, en las bendiciones y cánticos de Simeón y Ana. Simeón, en concreto, movido del Espíritu Santo.

       PARA UNA HOMILÍA POSIBLE

      Concluye el evangelio con unas palabras clave para Jesús y para la familia: “El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba”. La gracia acompañando es la que santifica, pues ella sola es santidad. Si acompañaba al niño es que se movía y no estaba quieto o fijo en nada. La familia será sagrada sólo por esa compañía itinerante de Dios, no por costumbres fijas, cívicas o morales.

       El niño iba creciendo y robusteciéndose. Como todos los niños, que no tienen otra tarea que crecer y robustecerse. Cuando Jesús propone a sus seguidores adultos ser como niños, les habla de crecer y crecer sin parar, aunque sean ya abuelos en la familia. Robustecerse para proporcionarse a sí mismo una entereza o firmeza física de la que partir, para gozar de identidad y saber mantenerse mínimamente fiel a sí mismo.

       La sabiduría, tan valorada antiguamente y hoy algo menospreciada, no es sino un conjunto de habilidades y herramientas que se han comprobado válidas para los caminos de la vida. La persona que adquiere sabiduría almacena experiencias que le marcan y enriquecen para acertar en los asuntos de la vida; se acredita a sí mismo en ese arte sutil de vivir, resolver y salir adelante.

       Una agrupación y convivencia que merezca el nombre de familia será ese grupo capaz de ayudar a todos a crecer sin detenerse. Las personas no van a estar al servicio de la familia, sino que ella estará por entero al servicio de sus componentes. Nadie es débil o menor, salvo si se empeña en no crecer. Si alguno no crece y se robustece (caso de la mujer hasta hace poco) la familia no cumple su función. Se torna monstruosa, cuando todos se sacrifican para que uno solo crezca. La familia acumula sabiduría, saberes útiles para vivir, que se ofrecen por su valor, no se imponen por su prestigio antiguo. Y todos crecen sin cesar, se van haciendo a ellos mismos. Todos encuentran imprescindible la riqueza de cariño y compañía que les proporcionan los demás, todos se añoran en una estabilidad segura y gozosa. Saben que toda familia auténtica tiende a desaparecer como tal, cuando sus miembros han crecido, se han robustecido, y se ven suficientemente sabios como para repetir y aun profundizar la misma experiencia y aventura en la vida.

       Jesús creció, que sepamos, con y por María y José; pero es evidente que María y José crecieron por Jesús y crecieron por la confrontación y la ayuda amorosa de cada uno hacia los otros. Dios estaba con ellos siempre y eran su familia santa. Dios tomó carne y condición humana en ellos y jamás hubo ni habrá tal santidad y tan sagrada como la de esa familia.

    José Javier Lizaur