Domingo 9 de noviembre – XXXII del ordinario

DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DEL SALVADOR

Son varias las ofertas de lecturas y salmo que figuran en el misal romano para el aniversario de la dedicación de una iglesia fuera de la misma. Se ha de elegir entre ellas. 

PRIMERAS CONSIDERACIONES

            De nuevo, un domingo con una celebración especial. Esta vez la consagración en el S IV de lo que sería catedral de Roma, en Letrán, en terrenos de la casa imperial de Constantino. Un basílica (edificio público de reunión y de justicia para los romanos) dedicada primero al Salvador y que luego pasó a designarse como de S. Juan (Bautista) de Letrán, por el baptisterio cercano. Como catedral de Roma, es “presidenta” del resto de catedrales y es fiesta para celebrar en la Iglesia entera.

 

             Hoy, por todo el mundo, la imagen que prima es la de la basílica de S. Pedro. Muchos añoramos que vuelva a ser S. Juan de Letrán la que ostente realmente la preeminencia. S. Pedro, obra magnífica, solemne y bella, iniciada por Miguel Ángel, en su aspecto general actual, como monumento funerario del papa Julio II, acapara la imagen pública de la Iglesia, del papado y de lo que este significa. Hasta de un estado entre los estados es imagen la basílica de S. Pedro. La cátedra del obispo de Roma es la de S. Juan de Letrán, no la de S. Pedro, y menos la de la ventana de al lado. El retorno a S Juan de Letrán significaría recuperar la tarea de obispo de Roma por la que este obispo lo es de toda la cristiandad. Es todavía el único elegido por su clero y fieles -origen de los cardenales-. Su “autoridad” queda acreditada con su buen hacer en la iglesia de Roma. Una cantidad enorme de recuerdos históricos y de posibilidades nuevas -quizá también antiguas- acuden a nosotros con motivo de esta fiesta, imaginando otra forma de dirigir la Iglesia

             Y ya que comentamos obras tan singularmente bellas y cargadas de historia, surge también una reflexión breve sobre el arte entre nosotros. No prestamos demasiada atención a la belleza. Creemos que la verdad y la virtud sí son caminos hacia Dios y su misterio. No que la belleza lo sea. Sospechamos de ella por su coste económico y su vinculación a grandes poderes que nada tienen de cristianos. En nombre de una pretendida sencillez, caemos en la pura miseria. ¿Qué iglesia de las nuestras se atreve a cambiar de ornamentos y paramentos, aunque no estén viejos, por  buscar mayor belleza? ¿Quién compra con criterio estético y no con económico? ¿Quién no siente malestar si decide gastar en pintura, escultura, arquitectura, decoración, entre la crisis económica y en el aumento continuo de pobres y hambrientos? ¿Tenemos algún criterio sobre arte y sus gastos? Y todo esto sería necesario aplicar a corales y sus músicas: ¿tenemos presente la belleza a la hora de valorarlas y legitimarlas? ¿Hemos reflexionado despacio alguna vez si el arte y la belleza son valores autónomos que preparan al valor absoluto, sobre si el arte es prescindible o no al pueblo, aun hambriento y torturado? Sería triste que nuestro vivir ignorando todo el tema del arte actual fuera expresión de nuestro vivir distanciados de todo lo que en el mundo de hoy nos incomoda.

            También es buena ocasión esta fiesta para plantear la actualización de la relación-comunión de las diversas iglesias con la de Roma. El Cap III de la Consitución sobre la Iglesia (nota incluida), a causa de las fuertes diferencias en los grupos, quedó sin perfilar e incluye contradicciones. Su desarrollo posterior se ha decantado en una sola dirección hasta convertir a los obispos en portavoces sumisos de un único obispo efectivo, el de Roma. ¿Qué tipo de disensos caben dentro de la comunión? 

 

IDEAS SUELTAS PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

            Al celebrar esta fiesta en recuerdo de una fecha importante para la iglesia, es imposible no recordar el cap 7 de Jer. “¡El templo del Señor, es el templo del Señor!”. Nos da seguridad acogernos a nuestras iglesias, templos o ermitas. O a devociones y advocaciones. Mientras, nos permitimos toda clase de desmanes, amparados en la seguridad que prestan templos y gestos de piedad. Lo mismo les sucedía a los discípulos: “ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y de los exvotos” (Lc 21, 5). Hoy diríamos: Mira, Jesús, la belleza y armonía de S. Juan de Letrán, de S. Pedro, de la iglesia de mi pueblo. Y Jesús: Todo será destruido. Sólo mi palabra se mantendrá. Jesús relativiza la importancia del templo para remitirnos a nuestras obras y a nuestro corazón del que brotan. Más desorientados todavía nos dejan las palabras de Jesús en el evangelio de Jn: ‘los que quieran dar culto verdadero no lo harán en este monte ni en Jerusalén; adorarán al Padre en espíritu y verdad’ (vid Jn 4, 21-24). No valen los templos, la autenticidad y la interioridad personal son el ámbito adecuado para el encuentro con Dios. Y ¿el templo? Es Jesús, sobre todos y todo, y somos nosotros. Dice Jesús en ese evangelio: “Destruid este templo y en tres días lo levantaré”. “Él hablaba del templo de su cuerpo” (vid Jn 2, 18-22) El cuerpo, la realidad de Jesús, es el único espacio sagrado donde Dios y el hombre se encuentran tan totalmente que coinciden. Sobre Jesús, el templo, bajan y suben los ángeles de Dios como sobre la piedra del sueño de Jacob (Jn 1, 51; vid Gen 31, 11 y 12). De Jesús, el templo, de su ladera-costado, brotan manantiales de agua viva, vivísima por el Espíritu, como del templo previsto por Ezequiel (Jn 19, 34; vid Ez 47). Jesús es el auténtico templo de Dios, destruido por nosotros en su muerte, reconstruido por Dios en su santa resurrección y, desde entonces, abierto de par en par a todos y para siempre. Él es nuestra única seguridad y protección, él fuente para nuestra sed, él puerta abierta de Dios y del cielo. Ya tenemos templo de verdad y con qué garantías de duración y firmeza.

             Nosotros también somos templo de Dios (1Cor 3, 16). Más templo de Dios que todos los templos. Nosotros nos integramos en el templo que es Jesús y nos integramos tanto que pasamos a ser piedras de su construcción. Jesús y nosotros, elevando el único templo de la creación entera, celebrando  el banquete de bodas, entrando por la puerta única, retirando el velo del dolor, atentos al cuidado de los hermanos, somos lo que pretenden y han pretendido todos los templos: garantía total del encuentro entre Dios y los hombres. Si somos templo de Dios, los otros lo son por igual, y profanamos el templo del Señor cada vez que los agredimos y ultrajamos. Cuando los menospreciamos.

            Ya tenemos templo. Jesús, consagrado por Dios en su resurrección, y todos, consagrados y dedicados en él. Los más bellos templos posibles del universo. ‘Es un día de consagración. No hagáis duelo ni lloréis. Andad, comed buenas tajadas y bebed vino dulce y enviad porciones a quien no tiene. Porque el gozo en el Señor es nuestra fortaleza’ (vid Ne 8, 8-10).

J. Javier Lizaur