Domingo 2 de noviembre – XXXI del ordinario

CONMEMORACION DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS
Las tres lecturas y el salmo han de escogerse entre todas las posibles de difuntos. 

CONSIDERACIONES

Vivimos un ambiente, una cultura que prohíbe la muerte, el dolor y la tristeza. Alguien triste estorba en todas partes y provoca recomendaciones de que vaya a los médicos. Ante el dolor, sobre todo de la muerte, se buscan pastillas y psiquiatras que anulen o amortigüen la desesperación o la angustia. Y la muerte sigue ahí para todos, con el agravante de encontrarnos cada vez menos preparados. Ante cualquier muerte, tendemos a buscar primero posibles culpables o, al menos, causas lógicas que nos la expliquen y justifiquen. No admitimos una muerte que no tenga explicación racional; no cabe la muerte sin más, porque estamos vivos.

¡Qué suerte los creyentes que saben lo que les aguarda tras la muerte! Ya están preparados. Algunos hasta se extrañan si un creyente tiene miedo o dudas ante la muerte. Es probable que estas suposiciones no encierren sino la idea de que la fe es un calmante, como una medicación más, eficaz, ante la soledad de la muerte. La fe no ahorra ninguna de las zozobras ni de las angustias de la vida, más bien provoca una apuesta por otras realidades,  por otras dimensiones. Llama la atención que Israel creyó en Dios durante siglos sin falta de creer en ninguna resurrección. Nosotros, por el contrario, parece necesitemos de esa afirmación para mantener la fe. ¿Creer en Dios sin creer en un premio futuro? Puede presentarse así un Dios más radicalmente gratuito.

Este año nos toca celebrar el recuerdo de todos los difuntos en un domingo, ‘día de la resurrección del Señor’. Para pensar y afrontar la muerte con distancia, sin los agobios de un muerto cercano y reciente. Ahora, entre nosotros, se habla bastante de una muerte madurada y aceptada, una muerte humana. Tras despedirnos de los que queremos, serenamente, terminar. ¿Es más ‘humana’ esta muerte que la de quien muere entre angustias o gritos de desesperación? ¿Cuál es más cristiana? ¿Murió Jesús de Nazaret como recoge Mc o como lo hace Lc?

Todas las civilizaciones han acumulado ritos, creencias, costumbres que mitigan o exorcizan la muerte. También la nuestra. Muertes y despedidas solemnísimas convertidas en espectáculos; muertes horrorosas o miserables presentadas en espectáculo. Es nuestra sociedad que sólo admite lo que sirve para el espectáculo global. La muerte y el espectáculo son de los otros. La nuestra y la de los nuestros se silencian, y la muerte ‘normal’ (?), la que no da para espectáculo, la que golpea y huye, desaparece de nuestra referencia. Y llega de improviso siempre. ¿Será la muerte el momento decisivo de nuestra libertad, la plenitud-consumación de toda vida?

Entre el fárrago de doctrinas, catecismos, hipótesis y enseñanzas; entre la revalorización general de los cuerpos, los cristianos hemos de creer, como si se tratara de una única afirmación, la resurrección de Jesucristo y la nuestra personal. Seguramente sin mayores precisiones ni circunstancias, pero tan firme e indiscutible la del Señor como la mía. Da impresión de que esto último no lo vemos tan claro. Con todo, es inseparable, y es comprobación final, del primero. Al resucitar nosotros, “comprobamos” la resurrección del Señor. 

IDEAS PARA UNA POSIBLE HOMILÍA, que sirva con cualesquiera lecturas.

Nos detenemos brevemente ante la muerte, mientras afirmamos estar ante el Señor de la vida. ¿Hay una muerte cristiana, frente a otras no cristianas? ¿O humana, frente a in-humanas? Vivimos rodeados de muerte, pero la experimentamos como ajena, no nuestra. Vivimos un presente elemental y, cuando queda alterado por una muerte próxima que nos afecta, volvemos como solución al puro presente, forzando su superficialidad como forma magistral de olvido. Ante tiempos y civilizaciones que han vivido obsesionados por la muerte, a nosotros nos obsesiona el disfrute inmediato de la vida. ¿Será posible tener presente la muerte sin amargarnos y obsesionarnos, vivir y disfrutar la vida sin acordarnos siquiera de ella? La seriedad de la muerte es inseparable de una vida tomada con la mínima atención y consideración hacia ella. Es preciso emplearse a fondo y saber disponer de todas nuestras habilidades a la hora de afrontar la muerte: el conocimiento y la inteligencia, los afectos y su raigambre, la entereza de la persona, la familia y su situación, la paciencia o impaciencia personal, la situación económica. Que no nos pille como el ladrón, consecuencia de una vida irreflexiva y sin previsiones.

Y la fe. “Creo que mi “vengador” (goel) vive”, decía Job. Mi “vengador” y el vengador de los pobres. Creo que alguien dará la cara por mí y por ellos. Creo que justificará que yo mismo haya existido, por triste y sosa que parezca mi vida. Creo en el vengador de Cristo Jesús. Creo que dio la cara por él, que justificó esa vida que terminó en una tortura y ejecución ignominiosas. Creo en las dos cosas a la vez, porque son la misma para el mismo “vengador” y su acción única y perseverante de justificación de todos y de todo.

No creo muchas más cosas. Menos creo en precisiones culturales, cambiantes al paso de la historia, llenas de juicios -entre populares y filosóficos- sobre qué es el hombre y cuál la estructura del mundo. No creo en detalles insostenibles hoy -ni desde la ciencia, ni desde la fe, ni desde el sentido común-, sobre el cuándo, cómo y por qué de las cosas tras la muerte. Creo que, por morir, Jesús bajó a los infiernos del existir. Y allí fue abrazado por Dios, por “el goel”, y -como en el viejo icono- Jesús tomó de la mano a Adán y a Eva, y a Caín y Abel y Set…y a ti y a mí y a los que vengan a la cadena de vida.

Ante la muerte, sí que el creer se convierte en puro confiar. Sobran las palabras. Tiene el mismo contenido real decir nuestra fe con “es bueno esperar en silencio la salvación de nuestro Dios”. Como decir “creo la resurrección de la carne”. Como decir “el Señor viene”. La muerte cristiana es siempre muerte germinada en vida definitiva. Al vencedor de la muerte, al que ha recibido el mejor de los títulos tras la batalla con la muerte, al primogénito de los que han muerto, al que comparte nuestra dura condición humana (la mía), al que se sienta en lugar privilegiado junto al Padre (como me sentaré yo Ef 2, 6), la misma adoración y admiración, agradecimiento y sentido cariño que sólo el Padre merece.  

José Javier Lizaur