Domingo 7 de diciembre – II de adviento

Lecturas
Is 49, 1-5. 9-11.
Sal 84.
2Pe 3, 8-14.
Mc 1, 1-8.
                

SEGUIMOS EN ADVIENTO

Entre el consuelo de la 1ª lec y la exigencia del Ev. En medio, como colchón mullido, la 2ª y su afirmación de que todo es paciencia de Dios con todos, que en profundidad es salvación. Una salvación muy “discreta”, muy difícil de distinguir del común de la vida.

                Consolar, como todo entre humanos, termina siendo un arte en equilibrio inconstante difícil de precisar. Son malos y humillantes los consuelos paternalistas, desde fuera y de superioridad. Siempre será necesario consolar, imprescindible y profundamente humano (El Dios bendecido, porque nos consuela de 2Cor 1, 3). ¿Cómo consolar sin ser una vez más entrometidos? ¿Cómo descubrir al que urge de consuelo y no lo dice porque ni puede? Con facilidad, nos desentendemos de los demás por el peligro cierto de invadir intimidades. Podemos resultar  entrometidos, consolando sin miramiento, a quien no lo necesita o lo rechaza. Se precisa humildad no retórica para aceptar una mano al hombro y una palabra buena. Y se precisa una verdadero arte para saber consolar en el momento preciso sin ingerencia y tan delicadamente que sólo procure bienestar y paz. La bendición inicial de la citada 2Cor da gracias por convertirnos Dios a nosotros en agentes de consuelo para la tribulación de cualquiera. Somos quienes han de consolar, hoy mismo, a esta humanidad de crisis, desgracias e injusticias estructurales con una palabra acertada, cargada de futuro y de esperanza.

               Una vida dura, austera, siempre ha parecido un ideal de vida cristiana. Ahí tenemos al Bautista con su vestimenta y su alimentación. No es una caña agitada con facilidad por cualquier viento. Jesús mismo parece ser que introduce ya una corrección. Tras el que ni comía ni bebía, llega con fama de comilón y borracho Mt 11, 16-19. Tras situarse en el desierto, opta por ir él mismo recorriendo pueblos y aldeas. Tras recoger a los primeros del grupo, los lleva a una boda, cuyo fallo es la falta de vino. Bien cerca la Navidad y sus excesos, ¿austeridad evangélica o francachela gozosa igualmente evangélica? Alguien nos diría que, en la crisis, tampoco debemos dejar alegremente de consumir, pues redundará en mayor miseria de los pobres. La austeridad y sobriedad son necesarias siempre. No son ajenas a nuestro mundo: razones de salud o de apariencia nos someten a privaciones y controles severos. La ecología y sus derivaciones nos solicitan también para mayor austeridad. Lo difícil es la proporción. ¿Cuánta austeridad para estas fiestas? ¿Cuánta, si tenemos al esposo con nosotros o si lo estamos aguardando con impaciencia (Mt 9, 15)? Las dos cosas son verdad: está con nosotros y lo esperamos. La vida buena ni está reñida con la austeridad ni la requiere esencialmente.
                Seguimos bajo la enorme paciencia de Dios. Este vivir de los humanos es la parte visible de una paciencia de Dios con su creación -limitada por serlo-, que mientras tiene paciencia lo salva. Esta paciencia de Dios es el único espacio que puede él abrir para hacer sitio a nuestra libertad. Muy difícil de percibir, tan difícil como la fe misma. Hablar de su “paciencia” y de nuestra fe debe de ser lo mismo. Algo sutil y cristalino, huidizo a nuestra vista, pero roca firme a la fe y la esperanza contra toda esperanza.
             La 1ª lec, del comienzo del 2º Isaías, el llamado a veces “libro de la consolación”. Tiene dos partes diferenciadas. La 1ª sirve de apoyo textual a la llamada del Bautista en el evangelio. La 2ª contiene la llamada del heraldo-mensajero-evangelizador que trae la noticia de la llegada del Dios, en la imagen tradicional de pastor.
                La 2ª lec, de la 2ª carta de Pedro, introduce el tema de la paciencia de Dios, no de la nuestra que aparece en otros textos. Su visión del final de las cosas es repentina y fulminante. En Rom 8, Pablo presenta una visión del final más evolutiva. No hay por qué atenerse a una de ellas. Los científicos tienen su palabra, aunque tampoco es única.
                El Ev es el comienzo del de Mc. Sólo el título que coloca el autor concentra toda la propuesta de este inventor del género evangelio. Nos dice que comienza la buena noticia sobre Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios. Este último título encierra el desarrollo de todo este evangelio, pues se trata de reconocerlo a lo largo del relato en su verdadera dimensión. Al final, un militar extranjero lo confiesa como tal: es tras la pasión y muerte, el grito, y el salmo de Jesús en la cruz. Tras el título, la presentación del Bautista: retoma la tarea del 2º Isaías y, en el desierto, anuncia la llegada del Fuerte que trae el Espíritu. Para entonces ha de encontrarnos convertidos y bautizados.
 
PARA UNA POSIBLE HOMILÍA
                Tiempo crítico el de este adviento. De sí o no a nuestra esperanza. Tiempo para que tome cuerpo en nosotros el aguante de la espera del futuro nuestro en Dios, nuestro futuro, o tiempo para rendirnos a las aparentes evidencias de la desgracia. Nos consolaremos y no con palabras vacías, sino con realidades tan sólidas como Dios mismo.
                La crisis alcanza de lleno a nuestras personas. Se escuchan llamadas a la conversión, a volver a los caminos buenos. Nos urgen y gritan al cambio total, a otro mundo posible. Llamadas a la austeridad, a preparar grandes vías para que llegue algo mejor a todos, a consagrarnos por entero a nuestro Dios, a creer de corazón que Dios llegará e irrumpirá en nuestras vidas. Todo junto resulta excesivo a cualquiera. Creer, esperar, sin el aval de nuestras experiencias personales. Creer y esperar en coherencia con nuestra edad, nuestras ocupaciones, nuestras ideas actuales, nuestros problemas e inquietudes. No nos vale rezar como antes, ni creer y esperar lo de antes. Demasiadas cosas se nos han venido abajo, tantas que ni las decimos, porque cayeron afirmaciones anticuadas de fe, pero también otras más recientes que nos parecían sólidas para siempre jamás. Lo nuevo que vamos descubriendo nos torna más compleja y matizada la fe, menos rotunda y absoluta. Rezamos más, pero suena más a voluntarismo que a desahogo. No estamos ciertos y cómodos en afirmaciones antiguas, ni acabamos de disfrutar de visiones nuevas que nos presten una mínima supervivencia. Rotos nos sentimos muchos, si intentamos ser fieles al Dios del futuro y de la novedad y a nuestra experiencia de vida y de convivencia con quienes nos rodean. ¿Nuestros compromisos y gestos más radicales han conseguido algo más que mantener nuestra imagen y buen nombre ante nosotros mismos o los demás? ¿Nuestros estudios y lecturas nos han traído algo diferente de incertidumbre y oscuridad? ¿A dónde convertirse tantos que con mucha sinceridad ya lo han intentado muchas veces y se descubren ahora tan inconsistentes ante Dios que ni descubren hacia dónde orientar la célebre necesaria conversión?
                Consolaos, tranquilizaos. Llega alguien más fuerte y diferente. Y es un crío pequeño en pañales. Consolaos y no temáis. Ni necesita grandes calzadas, ni llega en la tempestad y el huracán: en el silencio y la oscuridad. Con el temblor y los nervios, no acertaréis ni a calzarle sus diminutas sandalias. Pero consolaos y tranquilizaos los que estáis en crisis, los que soñabais la coherencia y claridad personal. Quizá sólo se trata de rendirse ante el más fuerte, renunciar a la pretendida radicalidad y perfección, sabiéndonos acogidos a la paciencia -esta sí santa- de Dios. El fuerte trae el Espíritu, quiere que arda la tierra, hace nuevas todas las cosas. Convertíos sencillamente a dejaros consolar por ese Espíritu vivo. 
                 J. Javier Lizaur