Domingo 14 de diciembre – III de adviento

Lecturas
Is 61, 1-2ª. 10-11.
Luc 1, 46-54.
1Tes 5, 16-24.
Jn 1, 6-8. 19-28.
 

TODAVÍA ES ADVIENTO

                Suele hablarse en este domingo de la alegría. Incluso se permiten ornamentos rosados que mitiguen la seriedad del morado penitencial, y algunas flores. (Tampoco estaría mal repasar el significado de los colores en la nueva situación o la moda. Qué expresan hoy el negro, el violeta, el rosa, el blanco o el verde, cuando los curas se visten así.)

                A parte del talante de cada cual, ser más o menos alegre depende de muchas circunstancias (educación, ambiente familiar, compañeros y amigos). Estar alegre parece algo más circunstancial y pasajero. Habría que pensar si tenemos muchas razones hoy para estar alegres. Además, la segunda lectura vincula esta alegría a la fe. A saber ser agradecido y dar las gracias, a expresarse ante Dios en oración. Huir de cualquier maldad y aguardar la vuelta del Señor. La fidelidad de Dios es la garantía.

                Para la alegría es imprescindible una satisfacción, una paz, un acuerdo hondo con lo que uno mismo es y representa, o con la vida misma tal como nos toca vivirla. La alegría necesita un cierto entorno que también la disfrute. Aislada o en contradicción con el conjunto, tampoco es fácil que sobreviva. Esa confianza total en la vida, ¿quién la garantiza o la mantiene? Para el creyente Dios mismo y su fidelidad. Su fidelidad es la vida mantenida y su alegría: “Sé de quién me he fiado”. “Dios es fiel y cumple siempre sus promesas”. El creyente sabe lo irreversible de la promesa, lo temporal y relativo de los pesares, y disfruta de la aventura del vivir en esta situación. Sabe que no tiene otra salida que la buena, la de Dios y su futuro. Muchos reniegan de la vida y su dureza, otros viven hundidos de tanto sufrimiento que la cuestiona a fondo. No sólo sufrimiento personal, también -y en muchos casos, sobre todo- el sufrimiento de los otros, el sufrimiento de los inocentes o hasta de los animales parece hacer tambalear la vida y su placer intrínseco. Vivir es igual a gustar, disfrutar, comulgar profundamente con eso que llamamos vida. Con todos sus condicionamientos, pesares y limitaciones, la vida me parece digna de aprovechamiento y disfrute.

                Por eso, esas alegrías repelentes y superficiales. Alegrías como programadas u ordenadas. Esas alegrías que desacreditan la causa a la que dicen deberse, por ejemplo a lo religioso. Son alegrías risueñas y panolis, y suscitan animadversión. Puede que sea porque la alegría auténtica es totalmente gratuita y, cuando queda demasiado claro que se quiere hacer notar su origen, resulta invalidada. La alegría brota, fluye, contagia. Ni se impone ni tiene por qué aparecer desmesurada. Su exceso externo no implica mayor garantía de calidad. Tan gratuita como la vida, puede que tengan todo que ver. Ignacio de Antioquia repetía en sus cartas: “os deseo muchísima alegría”. Pues sí, porque él es fiel, y nosotros pura promesa incoada, inacabada, pero segura ya de su plenitud en la alegría.

                 La 1ª lec la conocemos más por su inserción en 4, 18 de Lc, como presentación del Mesías, que Jesús se aplica a sí mismo. Ungido por el Espíritu y con una misión concreta, homologable al año de gracia que instituye el Lev (25, 10). Jesús retira del anuncio de Is la referencia al “día del desquite de nuestro Dios”. La lec concluye en el cap 61, pero, ya que este domingo va de alegría, conviene no olvidar la belleza descarada de 62, 5: “La alegría que encuentra el marido con su esposa la encontrará el Señor, tu Dios, contigo”.

                La 2ª lec pertenece a la 1Tes, el escrito más antiguo del segundo testamento. Es prácticamente su saludo final y despedida. Desgrana buenos consejos en la perspectiva de una muy cercana vuelta del Señor. Puede que fuera ésta la perspectiva de esas primeras comunidades, cuando hacía 25 años más o menos de la muerte de Jesús.

                El Ev es continuación del prólogo del 4º evangelio. (Recoge incluso los versos 6-8 del mismo, que se refieren a Juan, el Bautista) Este cuarto evangelio, en varios momentos, trata de hacer un sutil ajuste de cuentas con los grupos del Bautista que resistían por su cuenta y coincidían con las primeras comunidades cristianas. En el diálogo de Juan con los enviados del Templo, se quiere dejar claro quién es el mayor. Las preguntas se basan en tradiciones apocalípticas del tiempo de Jesús sobre Elías y su vuelta. Resalta también en ellas que hay otro bautismo, que no es sólo de agua.

                 POSIBLES IDEAS PARA UNA HOMILÍA

                Avanzado ya el adviento, la situación de crisis no disminuye. Puede recogerse en sencillas preguntas, como esa de “Tú ¿quién eres?”, del comienzo del evangelio.  Se juega mucho Juan, el que bautiza, con su respuesta a los enviados oficiales de Jerusalén. No es el Mesías, ni Elías, ni el Profeta. No basta. ¿Qué dices, cómo te ves a ti mismo? Una simple voz, sin contenido verbal, un grito, una llamada de atención, que a la vez lo relaciona con el profeta Is. Pero, entre todos y desconocido, hay otro. Es la palabra que da contenido concreto a la voz. Juan no se atreve ni a presentarse como su criado.

                Con bastantes años encima, alguien audaz en preguntas, puede decirnos sencillamente a cualquiera de nosotros ‘tú quién eres”. Incluso puede insistir en diferenciar quién eres para ti y quién para los demás. Muchos advientos quizá pensando que éramos nosotros quienes habían de asumir la tarea de profetizar. Con los signos de los tiempos como aval, nos sentimos profetas anunciadores y denunciadores de toda injusticia. Casi salvadores, como leves mesías actuales: sin nuestra contribución, la justicia se retardaba. Pequeños Elías al caso, marcando el final de unos tiempos para que fuera posible el surgimiento de los nuevos. Tarda la justicia, se empantana la salvación que puede aparecer por cualquier sitio o por ninguno, y muchos otros con pretensiones de salvación hacen notar sus voces. Pasan los años, destiñendo nuestros empujes proféticos. ¿Quién soy en el mundo de las buenas-noticias de Dios? ¿Cómo me ven los amigos, los compañeros de trabajo, los otros parados o los otros jubilados? ¿Y en casa, y los hijos? Pero, tú ¿quién eres, quién te crees? ¿Soy llamada de atención, soy causa de extrañeza, puede que hasta escándalo de algunos? Mejor, si sencillamente me acojo al que viene como el Fuerte, que sabe mi nombre y me sondea y conoce. Estas preguntas sencillas y profundas no pueden nunca quedar agotarlas y he de confiarme al que viene y sabe y salva.

                La grandeza del Bautista nace precisamente del que él anuncia. Ante el que viene detrás, sabe que carece de importancia hasta su vida dura que concluye en la ejecución a manos de Antipas. Es voz sólo y llega ya la palabra. Bautiza exigiendo la conversión. El que viene detrás trae consigo el reino-reinado de Dios expresado en las metáforas en la 1ª lec. No se precisa la conversión, porque su presencia es perdón de los pecados y su bautismo sobrepasa al agua, porque trae el Espíritu y, en él, perdón y conversión.

                “Esto pasaba en Betania…” y pasa aquí mismo, en Pamplona o Tudela, ahora, tan cerca de la Navidad, mientras alguien anuncia que Dios viene a nosotros, y nosotros nos colocamos y reconocemos ante él, tal como somos. Aun sin estar seguros de tener una respuesta definitiva al “tú, ¿quién eres?” 

                 J. Javier Lizaur