Lecturas
Sap 1, 13-15. 2, 23-24
Sal 29, 2 y 4. 5-6. 11-13
2Cor 8, 7. 9. 13-15 Mc 5, 21-43
IDEAS PRIMERAS
De nuevo, el tema de la sabiduría. No valoramos hoy, en general, a una persona sabia. Dicen que los pueblos antiguos sí y que se la vinculaba con la experiencia de la vida y la reflexión y conclusiones sobre ella. El mayor acopio de las dos últimas, depende del paso de los años, que, en principio, le dan garantía. La sabiduría nos descubre las claves de interpretación del conjunto de la vida y de la muerte, ese punto de mira que nos hace comprenderlo todo y descubrir su coherencia final. Por eso la sabiduría exige colocarnos ante la vida y platicar con gusto y profundidad sobre ella. Dos cosas habituales en nuestro mundo nos la hacen casi imposible y, desde luego, poco interesante. Por un lado, las prisas, la urgencia y celeridad de cuanto vivimos y emprendemos. Si algo nos urge, es claro que ya hemos descubierto la meta del vivir y morir y a ello nos dirigimos. Pudiera ser que no tengamos meta, pero convertimos el correr en todas direcciones como meta misma de la vida. Hay que correr mucho aunque no lleguemos a nada. “Hay que hacer algo”, aunque esté demostrada desde hace mucho la inutilidad de la propuesta. Hacer, y luego ya pensaremos. Con semejantes prisas, difícil y hermética cualquier sabiduría. Ni los sucesos pasarán a experiencias, ni la celeridad permitirá que nada nos asombre o interpele. Con las prisas, y el prestigio actual de todo lo que sea hacer, el menosprecio del pensar resulta inevitable. Abrumados, asfixiados, entre noticias y desgracias inasimilables por nuestra limitación, todo queda en la banalidad. Si algo repara nuestra atención, llega rápido algo que de manera inmediata nos reclama con fuerza y nos impide el reposo mínimo para asimilar lo anterior. Dificilísimo, si no imposible, construir así una sabiduría actual y eficiente. Corriendo, imposible salvarnos de la banalidad y, tan banales, qué otra cosa queda que seguir corriendo.