Orar con el Evangelio (Lc. 1, 39-45) – C –

 

*  El personaje principal del Evangelio de este domingo es María, la Madre de Jesús.
    En la presentación de María llama la atención la cantidad de verbos, de acciones que se utilizan para describir el papel de María:
*    Se puso en camino.
*    Fue aprisa.
*    Entró.
*    Saludo…
*    Nos describe, una persona puesta al servicio de l@s demás;
que no se para ante las dificultades… Decidida.
Una persona, para l@s demás..
     Su “FIARSE DE DIOS”, se traduce en SERVICIO…
     Por eso Dios, la ha elegido como Madre  de su Hijo.
*    Buena lección para nuestro Adviento.
                         

                                O R A C I Ó N 

*       VIRGEN  DE  LA  ESPERANZA

 * CUARTA SEMANA DE ADVIENTO. (20 Diciembre)  

*    María de Nazaret
Madre de nuestro Señor,
compañera de nuestras marchas,
ven a visitarnos, quédate con nosotros.
Te necesitamos, Madre buena,
vivimos tiempos difíciles,
atravesamos bajones,
tenemos caídas, nos agarra la flojera
nos inmoviliza la apatía,
nos da rabia la solidez de la injusticia.


*María, virgen de
la Esperanza.
Contágianos tu fuerza,
acércanos el Espíritu que llena tu vida.
Ayúdanos a vivir con alegría,
a pesar de las pruebas y las cruces
que encontramos en el seguimiento
de tu Hijo.
Que no nos desaliente
la lentitud de los cambios,
que las espinas de la vida
no nos ahoguen la semilla del Evangelio.
Que no perdamos la utopía,
Madre buena,
de creer que es posible otro mundo
y otra sociedad.
Que no bajemos los brazos
en la lucha por la justicia
y en la práctica de la solidaridad.
Que no se enturbie nuestra mirada,
al punto que no veamos la luz del Señor
que nos acompaña siempre,
que camina a nuestro lado,
que nos sostiene en los momentos duros.
           
Madre de la Esperanza, ayúdanos. AMÉN
                               

              Z U R I Ñ E 

 

dominngo tercero de adviento. 13 de diciembre de 2009

DOMINGO TERCERO DE ADVIENTO13 de diciembre de 2009So 3, 14-18ª   Sal: Is 12, 2-6   Flp 4, 4-7   Lc 3, 10-18 IDEAS SUELTAS EN TORNO A LAS LECTURAS                Aparecen en el evangelio de hoy propuestas concretas de conversión, apropiadas al estado de vida de cada uno. Concretan la conversión anunciada y exigida. Es clásico distinguir “primera conversión” de la segunda o las siguientes. En la primera se trata del paso decisivo a la fe, el cambio a la adhesión personal a Jesucristo.  Las demás serán muy probablemente necesarias a lo largo de la vida, pero no tendrán la radicalidad y responsabilidad de la primera. Y surge espontánea la primera cuestión sobre la importancia y la calidad de nuestra primera conversión que ha de preceder y culminar en el bautismo. En la práctica totalidad de los casos, entre nosotros no tiene lugar la primera conversión. Queda solapada en la decisión de los padres de bautizarnos. Así, en ningún momento podemos asumir nuestra propia vida con suficiente perspectiva como para confiarla a las manos de Dios, por la atracción (la gracia) que nos ha supuesto Jesucristo y todo lo suyo. ¿Es prescindible esta primera conversión? ¿Es suficiente ir haciéndola a lo largo de la vida en las diferentes conversiones? ¿Es posible transferirla en toda su seriedad a la confirmación, o incluso a la preparación del matrimonio? Puede que de no tener que elegirla nunca con implicación  personal, con claridad sobre su alternativa contraria de no adhesión, la base de nuestra fe ofrezca siempre un tono como de dejación. Otros asumieron la responsabilidad (?) y nosotros no nos vemos obligados a hacerlo nunca de manera verdaderamente personalizada. ¿Es factible retrasar el bautismo hasta la maduración que haga posible esa conversión primera? ¿Cuál sería ese momento? ¿Pudiera mantenerse el bautismo de infantes y exigir en otro momento diferente la conversión, pero -eso sí- exigirla de verdad? Esta especie de desbandada general de bautizados, ¿sería igual tras una conversión primera personal y personalizada? ¿Sería un caso más en que la exigencia más fuerte, lejos de asustar, implicase más a los creyentes? ¿O sucedería lo contrario y seríamos menos todavía?
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Domingo 13 de diciembre – III de adviento

Lecturas
So 3, 14-18ª  
Sal: Is 12, 2-6  
Flp 4, 4-7  
Lc 3, 10-18
 

IDEAS SUELTAS EN TORNO A LAS LECTURAS

                Aparecen en el evangelio de hoy propuestas concretas de conversión, apropiadas al estado de vida de cada uno. Concretan la conversión anunciada y exigida. Es clásico distinguir “primera conversión” de la segunda o las siguientes. En la primera se trata del paso decisivo a la fe, el cambio a la adhesión personal a Jesucristo.  Las demás serán muy probablemente necesarias a lo largo de la vida, pero no tendrán la radicalidad y responsabilidad de la primera. Y surge espontánea la primera cuestión sobre la importancia y la calidad de nuestra primera conversión que ha de preceder y culminar en el bautismo. En la práctica totalidad de los casos, entre nosotros no tiene lugar la primera conversión. Queda solapada en la decisión de los padres de bautizarnos. Así, en ningún momento podemos asumir nuestra propia vida con suficiente perspectiva como para confiarla a las manos de Dios, por la atracción (la gracia) que nos ha supuesto Jesucristo y todo lo suyo. ¿Es prescindible esta primera conversión? ¿Es suficiente ir haciéndola a lo largo de la vida en las diferentes conversiones? ¿Es posible transferirla en toda su seriedad a la confirmación, o incluso a la preparación del matrimonio? Puede que de no tener que elegirla nunca con implicación  personal, con claridad sobre su alternativa contraria de no adhesión, la base de nuestra fe ofrezca siempre un tono como de dejación. Otros asumieron la responsabilidad (?) y nosotros no nos vemos obligados a hacerlo nunca de manera verdaderamente personalizada. ¿Es factible retrasar el bautismo hasta la maduración que haga posible esa conversión primera? ¿Cuál sería ese momento? ¿Pudiera mantenerse el bautismo de infantes y exigir en otro momento diferente la conversión, pero -eso sí- exigirla de verdad? Esta especie de desbandada general de bautizados, ¿sería igual tras una conversión primera personal y personalizada? ¿Sería un caso más en que la exigencia más fuerte, lejos de asustar, implicase más a los creyentes? ¿O sucedería lo contrario y seríamos menos todavía?

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ORAR CON EL EVANGELIO. (Lc.2, 28-32) y (Jn. 19, 25-27)

*    María  Inmaculada  , madre de Dios y nuestra (Diciembre 8)

*            *Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. 
No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios.
Vas a concebir en tu seno y vas  a dar a luz un hijo: le pondrás por nombre Jesús.
Él será grande y será llama­do hijo del Altísimo. El Espíritu vendrá sobre ti y el Altísimo te cubrirá con su sombra, por eso el que ha de nacer de ti será santo y se llamará Hijo de Dios.

*       Estaban en pie, junto a la cruz de Jesús, su madre, María de Cleofás, hermana de su madre y María Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo preferi­do, dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquel momento el discípulo  la recibió en su casa

*                  * Momento de reflexión personal, en silencio ..

* Reflexión  

*     Nos preparamos para celebrar la fiesta de la Inmaculada,
“fiesta del comienzo absoluto”, en que celebramos la gra­tuita iniciativa de Dios, que ha elegido a María como Ma­dre del Salvador.
     Antes de mirar el “sí” de María, nos alegramos del “sí” absoluto de Dios a María,
y en ella a toda la humanidad. Dios preservó a María de toda mancha de pecado para que, en plenitud de gracia, fuese digna Madre de su Hijo. María aparece así como la primera redi­mida.
    Celebramos también la fiesta de la Iglesia ya que toda la humanidad, y en particular la Iglesia, ha quedado benefi­ciada de esta plenitud de gracia que María ha recibido de Dios.  Desde la cruz, Jesús nos la da por Madre. En ella tenemos una compañera, un modelo, una estrella que nos guía, una
Madre que nos quiere.

                   Oración en común (un lect@r y todos)

L. Te saludamos, Madre Inmaculada.
El mundo entero te saluda como a su reina
y como a la criatura más excelsa de nuestra raza. 
T. Te saludamos, María,
porque el Señor ha hecho en ti maravillas.

L.
Dios te ensalzó y te hizo grande, por eso te llamarán bienaventurada todas las generaciones.
T. Te saludamos, María, y te cantamos por ser la Madre de Dios y madre nuestra.

L. Tú estás presente en nuestra vida y nos  acompañas en nuestro caminar.
T. Te bendecimos, María, porque eres la predilecta de Dios, la elegida y predestinada antes de todos los siglos para ser su Madre. 

L. Madre de Dios, reina y madre de todas las personas humanas, Madre de la Iglesia, en medio del rumor afanoso de la vida, tu corazón de madre alienta nuestras luchas.  
T. Santa María, Madre de Dios y madre nuestra, ruega por nosotros tus hijos ahora y siempre.
                   Z U R I Ñ E

Orar con el Evangelio (Lc. 3, 3 – 18) -C-

* TERCER  DOMINGO  DE  ADVIENTO (Diciembre 13)

*    La primera lectura de este Domingo,  de Adviento nos recuerda
que es el domingo  llamado  “DE LA ALEGRÍA”.
*    Jesús, el Hijo y el Verbo, se hace carne de nuestra carne.
Hay que recordar  que Ía  alegría  cristiana es “profunda”
y se nutre de las tres virtudes teologales: de la Fe,  
que nos hace ver la realidad  tal  como Dios mismo la ve;
la  Esperanza, que es como la brújula para seguir caminando,
y el Amor, que nos hace darnos y compartir sin límites, en gratuidad,
sacando lo mejor de nosotr@s mism@s.
                                     *                       

                                 O R A C I Ó N

 *    Estad  siempre alegres, que el Señor viene y nos salva.
Contagiad vuestra  alegría a todo el mundo.
    El Señor está cerca, es el
  “DIOS,  CON    NOSOTR@S 

*  Si nos  despierta y nos  saca de la mediocridad,
si compromete y complica nuestra  vida,
pero la llena de sentido…es  Dios.
 

*    Si llama al corazón, al amor, a la generosidad, a la ilusión,
 no al miedo  ni al temor… es  Dios.
 

*    Si nos  invita a ser profundamente felices y a hacer felices a los demás…
Si  habla el lenguaje de la confianza y de la paz… es  Dios.
 

*    Si nos va liberando de cosas, de egoísmos;
si rompe nuestros planes como rompió los de
María de Nazaret… es  Dios.
 

*    Si no nos saca de la realidad del mundo sino que nos invita a estar en ella
como levadura, sal , luz… es  Dios.
 

*    Si nos invita a acercarnos, a estar y a sentir con los más pobres,
a dar vida, alegría, plenitud, sentido… es  Dios. 

*    Si nos invita a centrarnos en Jesús, a seguirle,
a convivir con Él  y a anunciar su Buena Noticia …es  Dios.

 *   Y eso es NAVIDAD,  DIOS – CON – NOSOTR@S.

 *    Estad siempre alegres y que vuestra alegría, 
      la conozca todo el mundo. AMÉN

                            Z U R I Ñ E   

 

Domingo 6 de diciembre – II de adviento.

Lecturas
Ba 5, 1-9  
Sal 125 1-6  
Flp 1, 4-6. 8-11  
Lc 3, 1-6
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                En cualquier tema que presentemos resulta decisivo ser capaces de concretar lo más posible. Ocurre también, o especialmente, en el terreno de las esperanzas. Concretarlas. Sucede, sin embargo, que cuanto más concretas más fácilmente se disuelven en el mar confuso de la ambigüedad. A más precisas y claras, más discutibles. Tanto que pueden terminar impresentables. Nuestras esperanzas de un mundo justo, mejor repartido son comunes a todos. Sus concreciones sobre impuestos –el IVA-, el 0’7, las medidas sobre migraciones, voluntariado o puestos de trabajo, consumismo o recesión económica son bastante más discutibles y no resultan válidas como afirmaciones aceptables para todos. Parecido ocurre con la ecología y las suyas: con transgénicos, hoy mismo podemos terminar con el hambre; pero ¿carecen de peligros a corto y medio plazo? ¿Qué es prioritario? Y los ejemplos se multiplicarían en todos los ámbitos. Es fácil objetar que concretamos poco en el anuncio del evangelio. Es difícil hacerlo sin que todas nuestras afirmaciones de salvación se tornen completamente discutibles. Como que Dios nos bendice y nos ampara. Cierto, pero eso no se traduce en que nos libra del cáncer, del paro o de la esquizofrenia. Así, necesario y peligroso a la vez el concretar. El esfuerzo por lograrlo es imprescindible, pero siendo conscientes de dónde entramos. Y se trata nada menos que de dar cuerpo a la esperanza.

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Orar con el Evangelio ( Lc. 3, 1 – 6 )

                                 EL  SEÑOR  VIENE

*            SEGUNDA  SEMANA  DE  ADVIENTO.(Diciembre 6 )

*    El Evangelio nos recuerda que el proyecto de Dios, la historia de la Salvación, se realiza en el tiempo y en la historia humana, transformándola.
*    Juan Bautista nos invita a preparar el camino del Señor. Hay que hacer un cambio radical, para poder recibir al Señor..
*    Unas veces significará allanar, enderezar, igualar;…
*    Otras, descender, abajarse (sencillez).
      Pero también en alguna ocasión , “elevarse” (dejar los complejos).
*    El Adviento nos invita a cambiar de vida,
     pero no de una manera superficial, sino profunda

                        
                                O R A C I Ó N

*                       Allanad los caminos.                            
Allanad, sí, todos los caminos de la tierra porque el Señor está cerca.
El vendrá y llenará de esperanza a quienes la perdieron
Vendrá en la noche para ser luz.
Vendrá para acompañar a l@s cansad@s,a l@s etern@s desilusionad@s.

*Ya pueden cantar victoria quienes se creían abandonad@s.
Ya está el Salvador a la puerta. 

*Allanad los caminos.Abrid caminos de esperanza,
quienes pasáis por este mundo sin encontrar sentido a la vida.

*Allanad los sendero, porque él vendrá.
Vendrá como rocío mañanero.
Rasgará los corazones de piedra y
ablandará la dureza de nuestra tierra seca.

*Vendrá el Señor, no tardará.
Esperadlo en el umbral de vuestra casa,
porque sin hacer ruido vendrá y lo inundará todo con su amor.
        

*  VEN  PRONTO, SEÑOR,  QUE  TE  ESPERAMOS 
   
                  
Z U R I Ñ  E    

Domingo 29 de noviembre – Iº de Adviento

Lecturas
Jr 33, 14-16  
Sal 24, 4-5. 8-9. 10. 14  
1Tes 3, 12- 4, 2  
Lc 21, 25-28. 34-36
 

PRIMERAS REFLEXIONES

            Muy difícil ya lo de sorprender. En cualquier aspecto. No digamos en la celebración litúrgica. Ya sé que sorprender no es ningún fin en ella. Pero conviene encontrar algo que llame la atención, y que señale un horizonte, una propuesta para todo este tiempo. Es adviento de nuevo. Que todo el espacio celebrativo, que las músicas y canciones, que las actitudes y posturas, la ornamentación y las flores (o su ausencia) lo señalen. ¿No es ya una dificultad la rapidez con que vivimos el tiempo? De nuevo en adviento, “obligados” a novedades y sorpresas. ¿O quienes participan en las celebraciones no tienen la misma sensación, no guardan mayores recuerdos ni ensartan las cosas en el hilo de la continuidad, y no tienen estas dificultades? Puede que todo sea sólo de quienes han de preparar la liturgia.

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Orar con el Evangelio

*           1ER.  DOMINGO  DE  ADVIENTO . (Noviembre 29)  

 *                         EN  CAMINO

*Como viajero que llega de otro mundo,
como peregrino con hambre de presencia,Dios,
vengo hoy aquí
con mi vida en las manos.
Traigo la alegría y el peso de ser persona…

*Padre, entro en este Adviento,con la esperanza
de encontrar tu Palabra
para seguir caminando.

Dios de las promesas,renueva con nosotros tu alianza
hoy,
nosotros somos compañeros frágiles.
Dios de la palabra eficaz, levanta ilusión y
enciende nuestros corazones
para seguir los caminos del Reino.
Dios de la salvación,haznos testigos entre los hombres y mujeres
por el amor, la justicia y la paz.                
Te lo pedimos por Jesucristo, que 
         VINO,  VIENE,  y  VENDRÁ
                        

                      Z U R I Ñ E 

Domingo 22 de noviembre – XXXIV del ordinario (Cristo Rey)

Lecturas
Dn 7, 13-14  
Sal 92, 1-2. 5  
Ap 1, 5-8  
Jn 18, 33b-37

 

PRIMERAS IDEAS

                Concluye el ciclo litúrgico B, para dar comienzo al C con el domingo próximo, primero del Adviento. Concluye con la solemnidad de Cristo Rey, como síntesis y meta de todo el recorrido cristiano del año. Antes de la reforma conciliar no era así, y el domingo de Cristo Rey era el último del mes de octubre, pero no el final del año litúrgico. Al colocarlo en el final se ha pretendido centrar o corregir el sentido de esta fiesta. Había sido creada en 1925 por el papa Pío XI, en un contexto y situación política concreta, y con referencias implícitas a la misma.

                El domingo próximo comienza el adviento de este año y sería bueno prever una preparación y celebración lo más cercana posible a nuestra realidad, y, desde ella, creadora de esperanza.

                La fiesta de Cristo Rey no es ajena al ambiente final, escatológico, con el que concluyen los años litúrgicos. La realeza, o mejor el señorío, de Cristo se manifestará al final, será la conclusión gloriosa de todo. Su afirmación es el punto central y culminante de la escatología cristiana. 1Cor 15, 25-28. Cristo “tiene que” reinar. Afirmación de fe, e incuestionable. Contenido final y confesante de toda fe cristiana en ese “tiene que”. La muerte reina sobre todos los humanos. Será la última vencida, y será  arrastrada ante Dios como fruto de la victoria de Cristo. Con la muerte vencida, todos los humanos, sometidos por ella, se ven también colocados ante Dios, el que será plenitud de todo.

                Nos movemos en uno de los principales, si no el principal, punto de controversia de la teología cristiana actual. La dificultad de compaginar el señorío de Cristo sobre toda la creación y la aceptación del poder salvador de otras religiones y aun fuera de ellas. No parece posible hoy prescindir o silenciar la afirmación de fe de “Cristo tiene que reinar” en la humanidad y el universo entero. Si en otras religiones hay caminos de salvación (vd NE y DH), ¿qué relación mantienen con Cristo Jesús? ¿Sigue siendo él y su reinado referencia última e insustituible para todos y cada uno de los salvados? Cambiando señorío o realeza por mediación, ¿es eludible la mediación de Cristo, el Señor? ¿Es posible que otros grandes hombres y mujeres de Dios establezcan mediación directa con él, sin intervención de Cristo Jesús? No parece que los cristianos puedan renunciar a este punto de su fe en la que es quicio. ¿Vale aquí también la diferencia explícito e implícito? ¿Es suficiente proclamación cristiana la realeza y señorío de Cristo sin su afirmación explícita o sin deducir las consecuencias de la misma? Cristo ejercería su señorío real, pero de forma implícita, sobre el resto de religiones; como sin decirlo expresamente (ni rechazarlo), pero siendo real y verdadera su mediación no dicha. ¿No es una solución en falso, pues las demás religiones y opciones quedan siempre por debajo de Cristo, pero lo silenciamos como por delicadeza o por miedo? “Y toda lengua proclame ¡Jesú-Cristo es Señor! para gloria de Dios Padre” (Flp 2, 11).

                Entre Señor y Rey, ¿qué título más adaptado a la cultura, al estilo de hoy? “Señor” fue uno de los títulos primeros y expresos sobre la divinidad de Jesús, frecuente sobre todo en la obra de Lucas. Ya en el S. I, el título Señor (Kyrios) se atribuía al emperador, colocándolo en cercanía con la divinidad. No parece posible separarlo de sus adherencias políticas y sociales. Pudiera pensarse que eran títulos más adecuados los de “Gran Esclavo”, “Universal Servidor”; pero no señalarían la ruptura de la resurrección y entronización en Dios del ajusticiado. Al hacerlo con títulos que así lo señalan, resulta imposible que no contengan adherencias del poder y el dominio.

 

                1ª lec de la profecía de Daniel. De su parte central, entre los capítulos 7-12. Una visión nocturna –nocturna, ¿facilita o entorpece la visión?- nos presenta a la figura central del texto, “un hijo de hombre”, que viene en las nubes y se presenta al anciano. De aceptar Jesús de Nazaret algún título, pudiera haber sido este. Quizá para la Escritura es un título más cercano a Dios que “hijo de Dios”. El “como un hijo de hombre” viene en nubes, sin origen concreto expreso, y se acerca a Dios. Hijo de Dios era título no sólo atribuido al rey de Israel (Sal 2), sino a otros reyes del entorno. Recordemos además la discusión en Jerusalén sobre la filiación divina del Mesías y el ser hijo de Dios (Mc 12, 37)

 

                2ª lec del libro del Apocalipsis, que significa “revelación”. Revelación de Juan para una iglesia que sufre persecución y celebra los misterios santos. Es continuación del saludo primero de Juan a las siete iglesias, deseando gracia y paz de parte del Espíritu y de Jesucristo. El “desarrollo” de ‘Jesucristo’ es la lectura de hoy. El Rey nos ha amado y nos ha hecho reyes y sacerdotes por amor. Todos han de mirar (un mirar que es intimidad en relación): los que lo aman y los que lo temen, porque lo atravesaron. Las palabras finales pertenecen a Dios, que todo lo abarca, y en todo se ha movido y se mueve hacia nosotros.

 

                3ª lec  del evangelio de Juan. Nos situamos en la narración de la pasión de Jesús. Un diálogo propio y característico  de este evangelista. No sucede en el exterior, sino dentro del Pretorio (en el interior, frente al exterior del  mundo. ¿El interior de las comunidades de Juan?). El punto de partida, corroborado por los otros evangelios: el título de rey para Jesús en boca de Pilato, certificado luego en el cartelón de la cruz. Casi un diálogo de lingüistas en torno a los términos, sus matices y su alcance real. Termina el diálogo, Pilato sale fuera y comienzan las burlas en torno a la realeza de Jesús. Y ¿si fuera esta segunda la verdadera?

 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                El Señor es Dios: él nos lumina (Sal 110). No es rey con criterios del mundo. Su reino no es de este mundo. Es rey para la verdad. Es tan la verdad de todo cuanto existe que esa verdad es la que lo constituye como rey de todo. Es rey que es agua, y que es luz y que es pan para vivir y que es pastor y que es esclavo y que es vida rebosante. Por eso es la verdad de las cosas, fluyendo entre nosotros. Sabemos por experiencia de su luz y su agua y su pan y su vida. Al saberlo y descubrirlo tan generoso e inagotable, sabemos que es rey y fuente de luz y de agua y de vida. Sabemos por experiencia de su estar por encima de todo, haciendo fluir, empapándolo todo. Su ser, tan originario, es ser realmente rey de cuanto vive y fluye y se mueve. Es rey del Espíritu. Es el Señor. Y nadie lo reconoce como tal, si no es por ese Espíritu que de él mana y todo lo inunda.

                Su reino no tiene que ver con los de este mundo, por civilizados que se presenten. Ni ejércitos, ni coacciones, ni miedo, ni impuestos, ni reverencias, ni castillos –ni interiores-, ni boato, ni pompa y circunstancia. Libertad, amor, ternura, debilidad por los malos y perdedores, son las claves de ese reino. Organizaciones, derecho, dicasterios, controles no son el reino. El reino es él y sólo él. Su comunidad lo intenta. Prefigura, hace interesante, provoca envidia por el reino, sin serlo. Señala qué y cómo es el reino, pero el horizonte último de cuanto señala es Jesús de Nazaret y sólo él. Su comunidad –y ojalá así fuera- sólo “”un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, un recinto donde seguir esperando” (vd Plegaria Eucarística V b), no en el que estar tranquilo y cómodo, como si se tratara de una situación consolidada.

                El reino está entre nosotros (Lc  17, 21). Hasta fuera de nosotros. Está por todas partes, empujando con fuerza, mientras la creación gime. Creciendo en sitios inesperados, en estercoleros de esta humanidad satisfecha y orgullosa, en rincones oscuros de olvido y soledad, en apartados donde se mantiene la esperanza aun en la misma sumisión. Está donde las razones para seguir esperando sin razones. ¿No lo veis, incluso oís, brotar manso y bello como la hierba? Se desarrolla en tanto amor y ternura silencioso que estremece la creación, en las búsquedas tercas de paz y de concordia, en los que vienen y van lejos, buscando eso, el Reino sin saberlo, y han de esperar en campos de refugiados. Entre nosotros. Come con publicanos y pecadores (Lc 15, 2), sabe de prostitutas que aventajarán a virtuosos  (. Está entre nosotros como semilla que se pudre y fructifica, como  antorcha en la noche, como joya inalcanzable, como levadura de otro pan, como el dinero perdido y necesario, como la pobre viuda generosa, como esterilla a los pies de todos, como paciente espera de quien busca.

                Está en nosotros, madura en nuestro interior, se apoya en el Espíritu. Nos hace dichosos en circunstancias bien adversas, en pobreza y paro y persecución, en mansedumbre y tersura de corazón. Dichosos en procurar la dicha a los demás. Tensos sólo ante la desesperanza. Está en nuestro interior, creciendo por años y días. En nosotros, incluso cuando nos desmoronamos y las fuerzas ceden o la memoria y la inteligencia nos abandonan. En nosotros siempre vigilantes, atentos a cuanto sucede, espabilados ante quien puede que esté llamando a la puerta para entrar y cenar con nosotros. En nosotros, como gozo y paz, consuela a todos y bendice a Dios.

                Venga a nosotros tu reino, Señor y Rey. Que tu reino nos alcance, nos invada, nos asalte y nos sumerja por fin. Que llegue tu reino. ¡Ven, Señor Jesús! Ven, y será tu reino.