Lecturas
Gn 18, 1-10
Sal 14, 2-5
Col 1, 24-28
Lc 10, 38-42
PRIMERAS IDEAS
Las lecturas 1 y 3 nos traen resonancias de contemplación. Esa cosa tan alta y tan sencilla, pero que impone a muchos y dejamos a resguardado como para sólo unos privilegiados. Todas la religiones y todos los saberes o filosofías la tienen en alta estima y hasta nacen de ella. Contemplar, admirar y, de ahí, todo lo que venga con ello. Proceso algo distinto del aprender y profundizar para sólo más tarde descubrir si queda algo que contemplar. Acerquemos la contemplación a la vida de fe y a la vida ordinaria de los humanos. Perdiéndole el miedo. Se trata de una sencilla detención en las cosas que conduzca a descubrir lo descubierto. Ese alto leve, emocionado quizá, en las cosas nos coloca en contemplación.
La tradición más oriental de los iconos trata, entre otras cosas, de acercar a la contemplación y aproximarnos al misterio. Hoy, la 1ª lec es el icono de la Trinidad de Rublev, ya tan conocido. (Hay excelentes estudios sobre esta obra.) Digo que la lectura es icono del cuadro, como el cuadro lo es de la lectura, porque las dos obras de arte buscan rastrear el inmenso misterio de Dios con colores y formas o con palabras. Otros lo harán con música. Y, siempre, esa suave emoción, como un domesticado respingo, de que un misterio que nos roza, de algo segundo detrás o en cima de eso primero y evidente, algo más que lo previsto y visto, todo “plus”. El himno del comienzo del Gn conduce al icono de Dios, a la única estatua del enorme templo de la creación, que no es otro que el humano -varón y mujer- allí colocado. Todas las demás imágenes, en bulto o sin él, quedan prohibidas. Ya hay icono, ya hay imagen entronizada, Cristo Jesús, (Col 1, 15) y en él y con él (incluso, sin él expresamente), todos los humanos. El más degradado de ellos nunca deja de ser el icono de Dios. Como esos pintores que nos hacen descubrir belleza en lo feo, en el más deteriorado de los humanos continúa el resplandor del icono de Dios, el único no prohibido.