DOMINGO XXIII DEL ORDINARIO. Ciclo C. 5 de septiembre de 2010

Lecturas:
Sb 9, 13-18  
Sal 89, 3-6. 12-14. 17  
Fil 9-10. 12-17  
Lc 14, 25-33
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                Las lecturas de hoy remueven un par de ideas, que siempre estarán de actualidad. Una se refiere a la reflexión, y por tanto madurez, necesaria para optar por el evangelio, y la otra a la formación precisa para hacerlo. Una cosa es decidir razonablemente, y otra, saber con alguna claridad de qué se trata.

                 Cuando se vuelve al tema de las edades más adecuadas para la iniciación y progreso en los misterios cristianos (léase bautismos, confirmaciones y comuniones), las palabras de hoy en el evangelio quedan fuera de lugar, mejor dicho, ‘dejan’ fuera de lugar esas cuestiones. Posiblemente, muy pronto en el cristianismo se bautizaron niños, al incorporarse a la comunidad todo el grupo familiar. Pero a la largo de la historia de la Iglesia ha sido siempre cuestión debatida. Una línea subrayaría más bien lo sociológico de esa decisión, y otra, lo personal y libre de la misma. Tampoco perdamos de vista que la iniciación en lo cristiano incluía la catequesis y los ahora clasificados como sacramentos independientes, los tres citados, que se dispensaban unidos (como aun ahora en las iglesias orientales a los infantes). ¿Cuánta libertad personal y cuánto apoyo del entorno se precisa para la adhesión a Cristo Jesús? Ese entorno, ¿puede sustituir a la decisión individual? En qué circunstancias, de qué manera, y por cuánto tiempo. Hoy, con una conciencia tan clara y exigente de la libertad personal, del valor del individuo, no puede extrañarnos -creo que lo debemos prever- que se busque un debate más claro, y se cuestione el tema, sobre todo para el bautismo (aunque fuera preferible asumir entero, y como único, todo el bloque de la iniciación). El argumento de la educación y el entorno familiar es en este momento claramente insuficiente. Puede que lo fuera en otras circunstancias, pero hoy está claro que no, y el más patente argumento es la experiencia que nos rodea. Entre peticiones de “apostasía” oficial (con su mínima organización) y apostasías reales, y abandonos fácticos completos, entre nosotros, creo que la cuestión habría de ser retomada, aun sabiendo los riesgos y el miedo legítimo que nos provoca.

                Y surge de inmediato la cuestión de sobre qué bases decidir. Cuándo el conocimiento del credo -al menos- es suficiente. Y, sea para la decisión primera, sea para la madurez y desarrollo, hemos de volver a crear conciencia de la necesidad de una formación cristiana más sólida y actualizada para todos. No resignarnos a una fe simple y hasta fideísta. En años, hubo un cierto florecimiento de grupos, comunidades y cursos, que buscaban llenar el vacío de formación. No se trata de la simple aceptación de la catequesis, como trámite engorroso e inevitable para los sacramentos, sino del deseo explícito, del descubrimiento personal, de la importancia de una formación cristiana más sólida. ¿Qué mínimo consideramos satisfactorio? Con las dificultades y objeciones a que se ve sometido el cristianismo, resulta imprescindible una formación más firme y extensa, más adecuada a la situación actual. Ojalá me equivoque, pero no me parece percibir en el pueblo cristiano hoy esa demanda. Extenderla y ofrecer respuestas es, con certeza, anuncio del evangelio. Y más, del del domingo de hoy. 

LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS

                El domingo XIX ya aparecían textos de este libro, el de la Sabiduría, en la primera lectura. El de hoy se centra en la sabiduría, como todo el bloque 6-10 de este libro. Tiene forma de oración. Recoge planteamientos más acordes con la mentalidad helénica (14-16). Sólo el espíritu santo nos la proporciona, y así nos salva.

                La 2ª lec es un texto de la carta a Filemón, tan cordial y personalísima, de Pablo. No trata de abordar ningún tema teórico, sino de resolver un conflicto entre cristianos, Filemón y Onésimo, antiguo el primero y reciente el segundo, amo el uno y esclavo el otro. No ordena nada, solicita unas miras más altas, que superen leyes y costumbres.

                El Ev puede que reúna textos de diverso origen y los agrupe en este orden concreto. Unos, de tono más radical, sobre el seguimiento, y otros, más sapienciales, que instan a calcular nuestras fuerzas. La llamada final exige, al menos, conciencia de nuestra responsabilidad personal como discípulos. 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                Ya tenemos hecho el cálculo. Nos comprometemos a seguir a Jesús, a ir con él. Si miramos sólo nuestras fuerzas, es casi seguro que no nos decidamos. Pero confiamos, creemos y experimentamos que las fuerzas son de Dios, y que, con perdón, a él corresponde el cálculo. Ya lo sabemos hace mucho: se trata de una dinámica de abandono de nosotros y de todo lo más nuestro. Nuestra historia y vida personal nos prestan buena luz y perspectiva para entender algo de lo cristiano. También nuestra vida de grupo y comunidad cristiana nos certifican la misma orientación. Sabemos de la cruz de cada día, del cansancio del tiempo y la soledad. Sabemos que colocar en el centro de cuanto vivimos a Dios y su causa y el reino trae infinidad de problemas. Que Dios en el centro de nuestros dineros, de nuestras ideas y saberes y de nuestros afectos, nos desestabilizaría bastante. Que un mayor olvido y descentramiento de nosotros mismos y nuestros intereses personales violenta el estilo de vida que hoy se impone y se lleva como satisfactorio. Lo sabemos y no podemos, ni queremos, engañarnos.

                Quizá nos faltó en el comienzo de nuestra vida cristiana tomar más personalmente la decisión. Puede que en ese comienzo -y, ¿dónde situamos realmente ese comienzo?- no supiéramos bien la hondura de nuestro compromiso. Quizá hasta confundimos compromisos de todo tipo. Pero estamos aquí, algo sabemos de “lo bueno que es el Señor y la dicha de acogerse a él” (vd Sal 33), y queremos sinceramente hacer con él el camino de la vida. Tampoco medimos bien nuestras fuerzas en aquel comienzo, quizá nos pasamos de optimistas, cuando no veíamos dificultad alguna en arreglar el mundo y la Iglesia con las fuerzas que nos acompañaban. Hoy conocemos mejor fuerzas y flaquezas, y tenemos más clara conciencia de lo imprescindible de la ayuda del Señor. Tanto en fuerzas como en luz. Sabemos, antes no de forma tan clara, que si el Señor no construye la casa, si no guarda la ciudad (vd Sal 126), será en vano nuestro intento. Por eso hoy renunciamos al cálculo que nos pide el evangelio para solicitar al mismo Jesús que nos lo propone, que sea él quien lo realice, pues creemos saber de quién nos hemos fiado.

                Habla con claridad el evangelio de alguien que “empezó a construir y no fue capaz de acabar”. Se trata pues de algo que necesita tiempo, duración entre un comenzar y un concluir. Se trata de que nuestro seguimiento, nuestro ir con Jesús, nuestra vida de bautizados, es un caminar, un movimiento, un claro proceso con sus avances y retiradas. Pero lo hemos de terminar como cosa nuestra. Por mucho que las fuerzas vengan del Señor, y de él la luz y la relativa claridad, estamos implicados directamente en esa realización, en esa obra de Dios, en la que nos hemos metido o nos hemos encontrado. No vale quedarnos parados, inmovilizarnos en todo lo que nos proporciona seguridad. Es camino y proceso, y es imposible vivirlo sin desplazarnos. Probablemente ese desplazarnos y movernos forme ya parte del “posponernos a nosotros mismos y llevar la cruz” de que nos habla el evangelio. No perdamos tiempo. Con la fuerza de su Espíritu, construiremos esa hermosa torre, y llegaremos hasta la altura misma de la plenitud total de Cristo Jesús (Ef 3, 19). Y no se precisan muchos y ponderados cálculos, si contamos que es el Señor mismo quien construye el edificio y quien lo elevará a esa altura insospechada.

                 J. Javier Lizaur