DOMINGO XXVI DEL ORDINARIO. Ciclo C. 26 de septiembre de 2010

Lecturas:
Am 6, 1a. 4-7  
Sal 145, 7-10  
1Tim 6, 11-16  
Lc 16, 19-31
 

PRIMERAS REFLEXIONES

                Una defensa con mucha inseguridad. Un recuerdo muy distorsionado. Con frecuencia e insistencia hemos recordado las tesis de que el calvinismo y su forma de mirar el éxito personal como signo de la bendición de Dios promocionaron el triunfo del capitalismo. De ahí no debiera haberse deducido otra cosa que la negación de una línea directa entre las situaciones personales (o grupales) y la benevolencia o lejanía de Dios. Un residuo indeleble de lo anterior tiende a presentar la pobreza como ese signo tan esperado de que Dios está con nosotros. No se formula así, pero casi supone que toda riqueza personal y familiar sea poco menos que signo de alianza con el diablo. Coincidíamos todos en una especie de suspicacia, anterior a todo juicio, hacia la riqueza, el empresariado, el accionista, el financiero y la gente de negocios en general.

                 ¿Se podrá ser rico y seguidor de Jesús, o no? Quien argumente los textos “del joven rico” (Mc 10, 17-22) podrá recodar los de Zaqueo (Lc 19, 1-10) de un tono muy diferente. Crear riqueza para facilitar su justo reparto no creo fuera rechazado por nadie. Hay que crearla, o acumularla (?) y hacerla entrar en los cauces actuales (básicamente capitalistas) para su crecimiento. Podemos soñar en otros, pero no están hoy, aquí, a nuestro alcance. (Ni siquiera es evidente que los actuales sean en todo caso “anti-cristianos”) Es muy posible que funcionemos habitualmente con prejuicios y simplismos en temas de riqueza. Se puede ser rico y seguidor de Jesús, empresario, banquero, broker y fiel suyo, sin caer en los fundamentalismos de cristianizar el capitalismo y su globalización. Más todavía, deberíamos conocer y manejar principios conocidos y aceptados por todos, que faciliten el uso honesto y cristiano de la riqueza, sin proponer, como única salida, destruirla siempre -de la forma que sea-  como signo de seguimiento de Jesús. Nuestros puritanismos sexuales los hemos trasladado, también sin abandonarlos del todo, a puritanismos de pobreza. Debemos defender que es posible, conveniente y necesario que existan empresas y grupos empresariales compatibles con lo mejor del evangelio. Grupos o colectivos que requieren de base para su misma continuidad la creación y acumulación de riqueza y que eso ni les echa de la comunidad cristiana ni los empequeñece ante Dios o ante los demás. No vaya a ser que ahora la riqueza y sus condiciones inherentes terminen como signo de la maldición de Dios. Lo digo, en primer lugar, por mí, pero creo formar parte de una manera de enfocar lo cristiano habitual hasta hace poco, y con pretensiones de verdad y exclusividad entre quienes aspiran a mayor fidelidad evangélica. Quizá un cambio de mentalidad en este orden figure también entre nuestras necesarias conversiones. Ni la riqueza ni la pobreza, ni la salud ni la enfermedad, ni la felicidad ni la desgracia son señales directamente traducibles de la benevolencia o malevolencia de Dios hacia nosotros. Ésto sí, seguro, requiere una conversión permanente. 

LOS TEXTOS EN SUS CONTEXTOS

                La 1ª lec, como en el domingo anterior, pertenece al profeta Amós y vale todo lo dicho entonces. Muy vinculada esta denuncia de los ricos al del evangelio de hoy, que “vestía de púrpura y lino y banqueteaba espléndidamente cada día”.

                La 2ª lec pertenece a 1Tim, como anteriores domingos. Unas últimas recomendaciones a Timoteo que se detienen en el testimonio. Toma el ejemplo de Jesús ante Pilato, y recuerda la inminencia de su retorno. De él parte para la alabanza final.

                El Ev, de Lc, continúa el del domingo pasado con una nueva parábola en torno a la riqueza. Exclusiva de Lc, es la única parábola que da un nombre concreto a un personaje: Lázaro=Dios ayuda. Parábola con dos focos centrales: el cambio radical entre esta vida y la otra, y la urgente conversión ahora mismo. Algún autor propone sea conocida como la “parábola de los seis hermanos” (no siete, plenitud), dada la importancia de esta segunda parte. Cuidar de no trasladar las imágenes judías del S I para la muerte y la otra vida, que acompañan la narración de la parábola, a las explicaciones actuales como si fueran las únicas válidas y gozaran del refrendo definitivo de la Iglesia. 

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                 Un rico que presenta el evangelio como exquisito y refinado en sus vestidos y banquetes. ¡Qué repugnancia, día tras días, tener que pasar por encima de ese mendigo, sucio, ulceroso y hambriento, para simplemente llegar a casa! El mendigo sabemos que se llama “Dios ayuda”, Lázaro. Del rico no sabemos el nombre. Murieron los dos. Y, a partir de la muerte, todo les cambia. A uno se lo llevaron los ángeles, a otro los hombres y lo enterraron. Uno en el seno de Abrahán y otro en el infierno. Uno en excelente compañía, otro entre tormentos. Los que coincidían a diario en la puerta están ahora separados por un abismo. El mendigo dispone de agua y comida y el que banqueteaba necesita un dedo humedecido en agua fresca. El mendigo Lázaro-Dios ayuda está arriba y el que pasaba por encima ha de levantar los ojos, si quiere verlo. Todo ha cambiado, porque el rico que tanto tenía –hasta refinamiento- carece ahora de todo y Lázaro-Dios ayuda lo tiene todo. Respetuosamente -es educado y religioso el rico- se interesará primero por él mismo y luego por sus hermanos. El rico no tenía todo, carecía de lo que le podía salvar: la misericordia con Lázaro. Está lejos de Abrahán, a un abismo de él, no por rico, sino por inmisericorde, por falto de la auténtica sensibilidad, porque probablemente ni conocía, ni se había fijado en el mendigo llagado, ni conocía su nombre, ni menos su verdad de “Dios ayuda”. Pasaba por encima todos los días, entre el alboroto de los perros, que sabían con certeza que algo recogerían de casa del rico: llegaban siempre antes que el llagado Lázaro-Dios ayuda. Para atender al mendigo llagado es preciso fijarnos antes en él, caer en la cuenta de él y sus necesidades, salir de nuestro bienestar para reparar en su malestar. Es cierto que la riqueza facilita ese cerrarnos en nuestra satisfacción, esa displicencia ante cualquier ajeno, que nos arrastra a la ruina completa. Nuestro vivir actual facilita no mirar, no querer mirar, no vayan a fastidiarnos nuestro cómodo y honrado vivir. Da igual que miremos cerca que lo hagamos lejos. Necesitados, sobrantes, llagados, hambrientos, parados, inmigrantes saturan todas nuestras posibles miradas. No digamos que no los vemos, están ahí, a nuestra mano y nuestra ayuda. Y el evangelio aumenta más todavía nuestra sensibilidad para descubrirlos a todos. No verlos es el pecado.

                El rico tenía cinco hermanos en sus mismas condiciones. Convendría darles un toque de atención. Muy bien podría hacerlo Lázaro-Dios ayuda que goza de libertad en el seno de Abrahán. Abrahán asume en la parábola los conocimientos y saberes de Dios y responde en su nombre. Así descubrimos que en la comunidad tenemos la Escritura y los profetas. Sería más que suficiente si les hiciéramos caso. No es así. Ni siquiera con un muerto vuelto a la vida. Nosotros, además de los profetas entre nosotros, tenemos al Resucitado de la muerte, al que ha vuelto a la vida. No cambian las consecuencias. No nos convertimos ni hacemos caso. Somos nosotros, hermanos del rico, pues vivimos en el mundo de la riqueza, los que continuamos lejos de Dios. No somos compasivos como primera urgencia, seamos ricos o pobres. La compasión parece secundaria y anecdótica, casi de pobres y simples. La dureza de corazón es una garantía para sobrevivir en una tierra tan abigarrada de miseria. Incluso la justificamos con más facilidad en el duro mundo de la crisis económica. Con otros corazones, ni nuestra riqueza ni nuestro mundo serían lo mismo. Profetas tenemos, y muchos bien colocados en los márgenes del bienestar, tumbados o caídos en las fronteras de la miseria, entre los perros y las ratas y los estercoleros. Hablan mejor, con más elocuencia que todos los discursos. No nos piden dineros, nos piden otro corazón. De ahí vendrán los dineros si es caso. Sobre todo, de ahí vendrán otras personas, diferentes de esos malos seis hijos de Abrahán de la parábola.

                 Por cierto, ¿mantenemos al menos aquello, tan propuesto en otros tiempos, de un día de ingresos mensuales (como mínimo) para los Lázaros-Dios ayuda?

                 J. Javier Lizaur