Lecturas:
Is 7, 10-14
Sal 23, 1-6
Rom 1, 1-7
Mt 1, 18-24
PRIMERAS REFLEXIONES
Nos encontramos hoy ante unos textos muy importantes para los cristianos. Han configurado, y configuran, vida y mentalidad y han marcado, y marcan, comportamientos. Y todo depende de una traducción, quizá discutible como todas, pero decisiva para lo que llamaríamos hoy el “imaginario” cristiano. El término hebreo más próximo a ‘doncella’, queda traducido por los setenta como `virgen`. (Los “setenta” tradujeron los textos sagrados del pueblo judío, en Alejandría, entre el S. III y II a C., del hebreo y arameo al griego. Según la leyenda, fueron aislados uno por uno para la traducción y, en la confrontación final de los textos, resultó que todos habían coincidido en la misma.) Virgen y virginidad han dejado una huella profundísima, tanto que el misterio de Dios queda implicado en ella. Dios muestra preferencias ante la virginidad y la no- virginidad queda preterida. ¿Se puede o se debe desmontar algo de todo esto? Convendría precisar de qué hablamos al hacerlo de “virgen”. Si se trata de un dato fisiológico o de sus adheridos simbólicos. Lo primero resulta tan material, tan accidental e imprevisible en ocasiones, que no parece pueda vincularse a preferencias, ni divinas ni humanas. Lo segundo, tan abierto e indeterminado, que no resulta útil ni válido para la comunicación, sin previo perfil que lo determine. Si para el diccionario virgen es quien no ha tenido relaciones sexuales, podemos formular el pensamiento (o falta de pensamiento) habitual diciendo que Dios se complace en quien no haya tenido relaciones sexuales por encima de quien sí las haya tenido. Y creo que hoy nadie lo afirmaría así.