SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO

Lecturas:
Is 11, 1-10  
Sal 71, 1-2. 7-8. 12-13. 17  
Rom 15, 4-9  
Mt 3, 1-12

PRIMERAS REFLEXIONES

                En Adviento parece obligado detenernos en el tema de la vuelta del Señor. Atendiendo a la tradición, que aparece en oraciones, prefacios y lecturas de este tiempo, hablamos de tres venidas: la de la Navidad, la del final, la continua a nuestras vidas. La venida final (y la primera) queda recogida en el credo, y de siempre, desde los primeros tiempos de la comunidad, ha sido objeto de diferentes interpretaciones y ha provocado grandes problemas en la fe cristiana. ¿Qué creemos hoy realmente, cuando decimos “que de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos”?

                La carta segunda de Pedro relaciona la venida del Señor con lo que llamamos transfiguración (1, 16-19). Será un buen punto de partida. La vuelta del Señor es descubrir la santa resurrección y su poder cósmico transfigurando el universo. Descubrimos que el Resucitado es la realidad última de todo, que todo lo abraza en él, que todo está repleto de vida y de luz y hermosura desde la irrupción (no temporal) de la santidad de Dios en el cuerpo del Señor. Todo cambia sólo lo justo y preciso para que resplandezca que “todo era muy bueno” (Gen 1, 31). Cuando todos veamos, experimentemos, que las cosas son así, será el final. Todo será tan claro, tan iluminado, que la referencia al Santo, en su resucitado, será el criterio último. La vuelta del Señor será la verdadera comprobación para nosotros de su santa (e histórica) resurrección. Los tres del monte santo lo entrevieron y luego volvieron a encontrar a Jesús de Nazaret solo. Nosotros lo descubriremos y no habremos de volver. Nos quedaremos en el gusto de estar allí, en la nube de Dios, y la alegría será para siempre. Creo que es urgente pensar la vuelta del Señor en otros parámetros, otras referencias. Para que ese punto de luz brille para nosotros en la oscuridad de la historia (2Pe 1, 19). Para que todo el pueblo cristiano descubra que la mejor, la única oración, sigue siendo “Ven, Señor Jesús”. O el único credo “el Señor viene” (Ap 22, 20). [Empleo “santo-a” para designar la aproximación mayor posible al inalcanzable mundo de Dios.]

LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS

                La 1ª lec, de nuevo del profeta Is. Otro texto muy conocido y comentado. Bellísimo. Para algunos formaría parte de un “libro del Emmanuel” contenido en los capítulos 7-12. El sucesor de David, del tronco de Jesé, contará con el Espíritu y podrá llevar a cabo la obra que David no supo. Un nuevo estilo de ser rey, en consonancia con la demanda de Dios y de su pueblo. Nueva justicia, nueva paz, tan nuevas que sólo el Espíritu las garantiza.

                La 2ª lec, del final de Rom. Unas precisiones sobre la Escritura, una exhortación a la alabanza y otra a acogernos para ser imagen del Dios que acoge a todos, incluso a los gentiles. Entre tanto, referencias a Dios que bien pueden ser las de nuestro adviento: consuelo, paciencia y promesas.

                La 3ª lec. del Ev de Mt. Sería el comienzo de este evangelio (cap 3), al acogerse al esquema original de Mc. Comienza en la predicación del Bautista, la del evangelio de hoy. Juan, como Jesús y los discípulos luego, anuncia el Reino de Dios (en este evangelio ‘de los cielos’). Pero Juan, como profeta antiguo, se aproxima a los anuncios anteriores del día de Yhwh en sus imágenes duras y terminantes.

PARA UNA POSIBLE HOMILÍA

                Está cerca la Navidad y la preparamos. Está cerca el reino de Dios y nos hemos de preparar. En Navidad, el reino de Dios corresponde a los ángeles, los pastores, la paz, la gloria de Dios, la claridad, la alegría, el niño en el pesebre. Antes del reino, voces que nos gritan, locos extraños a nuestras costumbres, nos urgen al cambio y la conversión. Que los cambios son hoy necesarios y urgentes ya no lo discute nadie. La economía condicionándolo todo, la sensación continua de peligros graves que escapan a nuestro control, nos llevan a pensar y desear un cambio real, radical. El cambio es tan complejo, tan indescriptible, que no queda otra cosa que cambiar los corazones, las mentalidades, los modelos de referencia. Un cambio que abarque a grandes y pequeños, ricos y pobres. Un cambio que propicie una humanidad más fraternal y justa, reconciliada y plural, que acerque a todos a la felicidad, al reino, en términos cristianos. Juan el bautista, al reconocer a los fariseos entre los que solicitaban su bautismo, plantea la hipocresía y la doblez como punto de partida a la conversión exigida. En el cambio ya imprescindible, será obligatoria la verdad de las cosas. Basta ya de ricos y famosos que juegan a pobres y abnegados. De pobres y pequeños que disimulan su envidia y aspiran a llegar a ricos. De creyentes ahogados en moralina y de increyentes en suficiencia. De palabras vacías y consejos que nadie ha demandado, de cosechas para el desecho e invenciones de unos pocos para la opresión mayor de muchos. El bautismo de Juan es para la conversión, exige cambiar las costumbres habituales. Él ya ha cambiado comida, vestido y vivienda. En algo hemos de empezar a cambiar nosotros, aunque sólo sea como señal de no seguir en el inmovilismo. En algo pequeño, pero cambiar en algo para dejar claro que esperamos cosas diferentes y mejores, que esperamos el reino. Tanto si cambiamos, como si no, una promesa con aires de amenaza o una amenaza con estilo de promesa: viene otro que nos bautizará con Espíritu y fuego. Alguien de fuera de toda esta miseria inmisericorde, que nos trae la novedad, esa que nosotros ya sólo sabemos añorar a ratos. Alguien ante quien el mayor de los profetas de futuro se sentirá tan impresionado que no se atreverá ni a agacharse para acomodarle las sandalias. Alguien viene de fuera y nos sorprende en nuestros estériles esfuerzos de cambio. Pero él trae la novedad, el Espíritu soplo de vida, para un cambio total. Pretende bautizarnos al cambio, arrancarnos de la inmovilidad, abrasarnos en deseos de otra cosa que no llegamos a conseguir, consagrarnos a otra dinámica de creación y libertad, al Espíritu. En la clara sensación de un cambio imprescindible, hoy, Juan el bautista nos alerta de la verdad y autenticidad, no mentira, de ese desplazamiento. Del peligro de las palabras vacías y las imágenes espectáculo. Y nos anuncia a otro, éste sí nuevo y poderoso, que trae el Espíritu creador y renovador, que trae el reino anunciado, el fuego que purifica y transforma todo. Alguien viene y nos importa mucho: es la novedad, el cambio, el fuego, el reino de Dios. Alguien viene, seguro. Y trae el Espíritu del Señor sobre él, y no juzgará por apariencias, y desbaratará a los violentos y los pueblos se llenarán de la sabiduría de Dios (1ª lec). Cuando por fin llega, nos sorprende en un pesebre y unos pañales, envuelto en la paz, la armonía, la sencillez, el cielo. Viene, y nos marca para siempre con Espíritu Santo y fuego. No nos extrañe: de las mismas piedras es capaz de sacar hijos de Dios. 

J Javier Lizaur