Lecturas:
Is 35, 1-6a. 10
Sal 145, 7-10
St 5, 7-10
Mt 11, 2-11
PRIMERAS REFLEXIONES
En la tradición litúrgica romana, este domingo figura como de especial alegría. (Están permitidos los ornamentos de color rosa, como alivio del morado.) El conjunto del adviento, en las diferentes liturgias, tiene acentos de alegría y de penitencia. Podemos acentuar cualquiera de ellas; pero saltar de una a otra encierra dificultades. No parece que los fieles celebrantes conserven y cultiven el sentido de un domingo hasta el siguiente. Puede ser de más ayuda mantener el mismo tono los cuatro domingos. Cambiarlo de unos a otros puede descentrar y privar de unidad clara a todo este tiempo que ciertamente fluctúa de la penitencia a la alegría. Desde el día 17 comienza en la liturgia una preparación más intensa de la Navidad. Son características las llamadas antífonas de la O. Cambian himnos y antífonas en la liturgia de las horas. Las lecturas de las eucaristías están escogidas con criterios más “prenavideños”: las primeras resultan narrativas y poéticas, y muestran relación estrecha con los evangelios; éstos, de los “evangelios de infancia” de Mt y Lc, ofrecen textos que pretenden recoger hechos anteriores al nacimiento de Jesús.
Dice el evangelio de hoy que Juan, el bautista, encarcelado, “le mandó a preguntar” (a Jesús). En aquellos tiempos perdidos, un libro de teología se titulaba “Teología de la pregunta”. Muy cerca de las ideas de Sócrates sobre el punto de partida del saber que es preguntar. Hay preguntas que formulamos, otras que jamás nos atrevemos a plantear, y preguntas que falseamos, pues buscan más enfrentar y diferenciar que relacionar. Hay preguntas que nos llegan de fuera: alguien se fija y espera algo de nosotros. La pregunta supone en quien la formula una carencia y una esperanza, una confianza también hacia donde dirigimos la pregunta. Es un tanteo entre lo desconocido, un instrumento para ampliar y dilatar nuestro horizonte. Con preguntas descubrió Job un Dios diferente frente a él. Con una pregunta resume Isabel su adviento primero “¿de dónde, que venga a mí la madre de mi Señor?”. Con una pregunta descubrió Caín su ser responsable por ser hermano, incluso se descubrió marcado y protegido por la pregunta. Y con una pregunta se acerca hoy Juan a la verdad más honda, pero sólo sospechada, de Jesús de Nazaret. Una pregunta sin respuesta verbal, con respuesta real, vista y oída, en la vida, pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo.
LOS TEXTOS Y SUS CONTEXTOS
1ª lec, del profeta Is. Como en todos los domingos de este adviento con el ciclo A. De nuevo, profusión de imágenes poéticas y metáforas para exorcizar el miedo y soñar; para poner nombres a los deseos y anhelos más hondos del corazón humano. Pertenece al primer Isaías y anuncia el retorno del destierro a través de un desierto que nos recuerda el éxodo primero. Parte del texto quedará recogido en el evangelio.2ª lec tomada de la carta de Santiago. No es esta carta un texto muy frecuentado en la liturgia. Texto del judeocristianismo para quienes comienzan a sentirse desanimados y perplejos ante un final que no llega. Dios ha escogido a los pobres y el texto insiste en la condena de los ricos que hacen fortuna robando. Que llega el Señor es una buena razón para urgir el amor entre todos en la comunidad.3ª lec, del evangelio de Mt. Un texto que tiene paralelo en Lc (7, 18-28) y resonancias en el de Lc, también como presentación de Jesús, en la sinagoga de su pueblo (4, 16-21). Expresa el desconcierto del Bautista ante el estilo de Jesús, su discípulo (Jn 3, 26), en el anuncio del reino. Jesús hace un elogio de Juan que no pretende comprar al Bautista con un seguidor de Jesús, sino relacionar la situación general de antes y la de después de Jesús. El elogio viene precedido de una “bendición” a Juan si logra no escandalizarse con las maneras nuevas de Jesús. Solo un poco más adelante, (20-24) Jesús pronuncia unas durísimas reconvenciones sobre las ciudades de Galilea.
PARA UNA POSIBLE HOMILÍA
Basta con recordar el evangelio del domingo pasado para descubrir las diferencias y tensiones que debieron de darse entre el estilo del Bautista y el de Jesús. El del Bautista, en su vestir y vivir, y en su modo de hablar, depende de los profetas de Israel, de Isaías, Malaquías y Zacarías. Resalta la dureza y la fuerza y rotundidad del juicio de Yhwh. Jesús se siente movido por el Espíritu a sanar y perdonar y consolar. El Bautista está en la cárcel y Jesús, libre. Tan libre que ha roto sus vinculaciones con Juan. Y Juan, extrañado, manda preguntar a Jesús qué está haciendo. La respuesta de Jesús no son palabras, sino acciones, que pueden ser vistas y oídas, comprobadas por los sentidos. Y la realidad es que los ciegos ven, los cojos corren, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son los preferidos. La diferencia entre los dos es evidente: del juicio demoledor o purificador de Dios pasamos a su misericordia incansable, atentísima a los débiles. Juan se extraña. Y nosotros. Si somos sinceros, esperamos más bien de Dios gestos definitivos, señales fáciles, de que impone la justicia. Queremos ciegos que vean, cojos que corran, mudos que canten y muertos vueltos a la vida. Las cosas claras, que se vea bien que tenemos razón y que nuestro Dios reordena el mundo e impone la justicia y la paz, que tumba a los malvados y desacredita a los sinvergüenzas. Que las gentes mejoren, que mantengan la esperanza, que aguanten sin pestañear, que se ablanden los corazones, que se muestren bondadosos y acogedores, no nos resulta muy convincente. Añoramos claridad y contundencia a nuestro estilo. Y nos escandaliza el estilo humilde y persuasivo del Señor. ¿Qué buscamos en este adviento, “qué hemos salido a ver” (Ev)? ¿Qué nos gustaría escuchar hoy? Que ya está aquí el cambio, y los poderosos quedan destronados y los humildes ensalzados, los hambrientos saciados y los soberbios dispersados. Jesús busca otra cosa: que no nos escandalicemos. Que no nos cansemos, y que no renunciemos a seguir esperando las promesas del Señor. Que aceptemos hoy, con Juan el Bautista, que las maneras de Dios son otras y muy diferentes de las nuestras. Él se preocupa primero de los que no ven ni oyen, de los que se hunden y gritan, de los sucios y marginados, y ni sueña arreglar el mundo de un manotazo. Dichosos, si no nos escandalizamos de la lentitud y paciencia de Dios, de su sencillez y discreción. No vayamos a olvidar que viene en un pesebre de animales, en unos pañales, en la marginación. ¿No decimos que es esto lo que venimos a ver? No nos escandalicemos. Y quien aguanta el tirón de la realidad, sabiendo del amor de Dios por todos, sobre todo por los pequeños y perdedores, ha de mantener el tipo y no dejarse arrastrar del viento de las apariencias. Al final, descubriremos que lo real es ese amor perseverante de Dios que todo lo salva, sin nuestras prisas y nuestra necesidad de evidencias. El que sabe y cree todo esto es el más grande de los humanos, pues goza del secreto de Dios, de la vida, de la historia que tantos quisieron descubrir y no pudieron (Ev).
J. Javier Lizaur